Amistad, de Saneatsu Mushanokōji

Un triángulo amoroso es el eje argumental de esta novela que se publicó por primera vez en 1919.

Para entender esta obra hay que conocer su contexto histórico. La primera guerra mundial acababa de finalizar, y Japón, con el fin de continuar con su proceso de modernización, impulsaba la salida a Occidente de científicos y artistas. Este deseo patriótico de superación recorre la novela de principio a fin y se ve reflejada en la idea de sacrificio de los personajes principales, Nojima y Omiya, que antepondrán su amistad sobre su propia felicidad.

La novela tiene una fácil lectura, pero parece algo encorsetada, sobre todo en los diálogos, cuando se habla de moral y política. Sin embargo, la parte epistolar resulta más fresca y natural, y ayuda a entender mejor la personalidad de los tres protagonistas.

Su autor es Saneatsu Mushanokōji (1885-1976), novelista, dramaturgo y filósofo.

Estudió literatura inglesa en la universidad de Tokio y recibió clases de Natsume Soseki, pero abandonó la carrera poco después para comenzar sociología. Desde muy joven, su escritor de cabecera fue León Tolstoi, y, siguiendo su filosofía humanista, participó en la creación de una sociedad utópica en la provincia de Miyazaki, en 1918.

Título: Amistad (Yūjō)

Autor: Saneatsu Mushanokōji

Traducción: Elena Gallego Andrada y Fernando Rodríguez-Izquierdo

Editorial: Luna Books

Indigno de ser humano, de Osamu Dazai

Aunque Osamu Dazai es un escritor respetado en Japón, no es del gusto de muchos por su turbulenta vida bañada en alcohol (y alguna que otra droga) y sus obsesivas ideas sobre el suicidio y la muerte.

Dazai nació en Kanagi (prefectura de Aomori), en 1909. Su verdadero nombre fue Shuji Tsushima y fue el décimo hijo de una familia noble acomodada que dejó su crianza a cargo de una tía y los criados de la casa; algunos creen que la falta de cariño de sus padres fue la causa de todos sus problemas mentales que, finalmente, lo condujeron al suicidio (en el quinto intento) junto a su amante.

Descubrí a este autor hace unos meses en la biblioteca de mi ciudad que no tiene muchos libros en español, pero encontré algunas obras interesantes, como Shayō (El ocaso), de Osamu Dazai. Había sido traducida al español por Montse Watkins, pionera en la traducción de literatura japonesa, y su lectura me causó una fuerte impresión. Esto me animó a leer su siguiente novela, Indigno de ser humano (Ningen shikkaku), que publicó en 1948, un año antes de su muerte.

La novela es de corte autobiográfico y es difícil saber qué es verdad y qué, ficción. Relata la vida de un artista que, bajo una apariencia extrovertida y bromista, esconde un profundo miedo: que todos descubran que es diferente al resto del mundo. Esas angustias personales lo llevan a refugiarse en el alcohol y a tener una actitud de desidia y hastío ante la vida.

El lenguaje que utiliza Dazai es sencillo y cercano, pero sorprende la facilidad con que puede transmitir emociones como el desarraigo, la soledad, la incomunicación, la aparente indiferencia hacia todo lo que le rodea… Es un autor que fascina y horroriza a partes iguales.

Título: Indigno de ser humano (Ningen shikkaku)

Autor: Osamu Dazai

Traducción: Montse Watkins

Editorial: Luna Books

Nota: en septiembre de este año se estrenó una película sobre Osamu Dazai con el mismo título de su novela. No la he visto, así que no puedo opinar sobre ella. Os dejo el tráiler por si queréis echarle un vistazo.

¿Quién mató a don Quijote?

¿Quién mató a don Quijote? o, mejor dicho, ¿quiénes mataron a don Quijote? es la pregunta que me he hecho esta mañana al levantarme. Sé muy bien que no se cometió ningún crimen y que nadie hirió de gravedad a nuestro caballero andante, pero no hubo necesidad.

Todo empezó con la lectura de novelas de caballerías. Un hidalgo en una aldea perdida de la Mancha estaba aburrido porque, aparte de salir con el caballo y matar algunos conejos, o llevar las cuentas de la casa, no tenía mucho que hacer, y como era noble no podía ponerse a sacar patatas, arar la tierra o cuidar de los animales (ocupaciones estas tan divertidas que solo podían realizar los campesinos). Tampoco tenía con quien conversar porque en su pueblo no abundaban personas con estudios, tan solo el cura, con el que había que tener cuidado con lo que se decía («Con la Iglesia hemos topado, Sancho») y su acólito el barbero, que cualquiera sabía lo que pensaba de verdad. Así que nuestro pobre hidalgo, que ya no era joven ni tenía nada que aprender, empezó a evadirse con la lectura de novelas de caballerías que lo transportaban a mundos maravillosos de reyes magnánimos, princesas desvalidas, ogros desalmados y encantadores aguafiestas. Y como en invierno no apetece salir de casa y las noches son más largas, sus horas de lectura aumentaron hasta que acabó volviéndose loco. No me extraña, en esas oscuras y silenciosas noches, el sonido de las palabras en su cabeza debía ser abrumador. Cuando llegó el verano estaba completamente majareta.

Ya sabemos lo que ocurrió después: se fue a buscar aventuras y dejó de aburrirse.

Pero la familia y los amigos siempre miran por nuestro bien. Y a don Quijote lo miraban mucho su sobrina, el ama (que era una mandona), el cura y el barbero, que hicieron todo lo posible por volver cuerdo a Alonso Quijano (que así se llamaba en realidad nuestro hidalgo). En la primera parte de la novela lo convencieron de que estaba encantado para llevarlo al pueblo en una jaula. En la segunda, lo humillaron. Enfermo y triste, después de echarse una buena siesta, decidió que ya no quería continuar estando loco. ¿Para qué? No había ninguna razón, sus días llenas de aventuras y diversión habían terminado. Su familia y amigos habían conseguido su propósito: don Quijote había recuperado el juicio. Pero también le quitaron la ilusión de vivir, es decir, lo mataron.

Siempre había pensado que el amor era beneficioso, pero a don Quijote no le hizo ningún bien. Tal vez porque, antes que el amor, lo más importante es la comprensión. Y a don Quijote el único que lo comprendió de verdad fue Sancho. Sancho, el analfabeto, que sabía que la locura de don Quijote era una buena excusa para querer seguir viviendo.

Nota: La expresión «con la Iglesia hemos topado, Sancho» es un invento. Don Quijote lo que realmente dice es: «Con la iglesia hemos dado, Sancho». Lo podéis leer en el capítulo IX de la segunda parte.

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