Leer en japonés

Hace una semana me compré este libro: Konbini ningen (titulado en España La dependienta), de Sayaka Murata. Pensé que antes de leerlo en español podría intentar hacerlo en japonés. No es muy extenso, solo tiene 169 páginas. Sin embargo, querer y poder no van siempre de la mano. Todavía soy incapaz de leer con fluidez los numerosos kanjis que pueblan este idioma, y no avanzo todo lo rápido que me gustaría. Pero no hay que rendirse… ¡Ganbarimasu!

Papeleras

Estás caminando por una calle de Japón y de pronto necesitas tirar un papel a la basura, pero… ¿dónde están las papeleras? No busques, no vas a encontrar ninguna. La basura se la lleva uno a su casa. Esta es la filosofía del país. Al principio cuesta aceptarlo, pero luego te parece una magnífica idea.
En el parque por el que suelo pasear quedan unas papeleras inútiles que solo sirven para recordar tiempos pasados. Estas reliquias se sellaron hace mucho tiempo, tanto, que no recuerdo haberlas visto de otra manera. Los cuervos, pájaros muy listos que dominan todo Japón, se encargaban de esparcir su contenido.
Por cierto, el letrero dice que te lleves a tu casa los pañales y la caquitas del perro. 

Amistad, de Saneatsu Mushanokōji

Un triángulo amoroso es el eje argumental de esta novela que se publicó por primera vez en 1919.

Para entender esta obra hay que conocer su contexto histórico. La primera guerra mundial acababa de finalizar, y Japón, con el fin de continuar con su proceso de modernización, impulsaba la salida a Occidente de científicos y artistas. Este deseo patriótico de superación recorre la novela de principio a fin y se ve reflejada en la idea de sacrificio de los personajes principales, Nojima y Omiya, que antepondrán su amistad sobre su propia felicidad.

La novela tiene una fácil lectura, pero parece algo encorsetada, sobre todo en los diálogos, cuando se habla de moral y política. Sin embargo, la parte epistolar resulta más fresca y natural, y ayuda a entender mejor la personalidad de los tres protagonistas.

Su autor es Saneatsu Mushanokōji (1885-1976), novelista, dramaturgo y filósofo.

Estudió literatura inglesa en la universidad de Tokio y recibió clases de Natsume Soseki, pero abandonó la carrera poco después para comenzar sociología. Desde muy joven, su escritor de cabecera fue León Tolstoi, y, siguiendo su filosofía humanista, participó en la creación de una sociedad utópica en la provincia de Miyazaki, en 1918.

Título: Amistad (Yūjō)

Autor: Saneatsu Mushanokōji

Traducción: Elena Gallego Andrada y Fernando Rodríguez-Izquierdo

Editorial: Luna Books

Indigno de ser humano, de Osamu Dazai

Aunque Osamu Dazai es un escritor respetado en Japón, no es del gusto de muchos por su turbulenta vida bañada en alcohol (y alguna que otra droga) y sus obsesivas ideas sobre el suicidio y la muerte.

Dazai nació en Kanagi (prefectura de Aomori), en 1909. Su verdadero nombre fue Shuji Tsushima y fue el décimo hijo de una familia noble acomodada que dejó su crianza a cargo de una tía y los criados de la casa; algunos creen que la falta de cariño de sus padres fue la causa de todos sus problemas mentales que, finalmente, lo condujeron al suicidio (en el quinto intento) junto a su amante.

Descubrí a este autor hace unos meses en la biblioteca de mi ciudad que no tiene muchos libros en español, pero encontré algunas obras interesantes, como Shayō (El ocaso), de Osamu Dazai. Había sido traducida al español por Montse Watkins, pionera en la traducción de literatura japonesa, y su lectura me causó una fuerte impresión. Esto me animó a leer su siguiente novela, Indigno de ser humano (Ningen shikkaku), que publicó en 1948, un año antes de su muerte.

La novela es de corte autobiográfico y es difícil saber qué es verdad y qué, ficción. Relata la vida de un artista que, bajo una apariencia extrovertida y bromista, esconde un profundo miedo: que todos descubran que es diferente al resto del mundo. Esas angustias personales lo llevan a refugiarse en el alcohol y a tener una actitud de desidia y hastío ante la vida.

El lenguaje que utiliza Dazai es sencillo y cercano, pero sorprende la facilidad con que puede transmitir emociones como el desarraigo, la soledad, la incomunicación, la aparente indiferencia hacia todo lo que le rodea… Es un autor que fascina y horroriza a partes iguales.

Título: Indigno de ser humano (Ningen shikkaku)

Autor: Osamu Dazai

Traducción: Montse Watkins

Editorial: Luna Books

Nota: en septiembre de este año se estrenó una película sobre Osamu Dazai con el mismo título de su novela. No la he visto, así que no puedo opinar sobre ella. Os dejo el tráiler por si queréis echarle un vistazo.

Golosinas

Hoy he estado charlando con un amigo que recientemente estuvo en el Tíbet. Como sabréis, ahora pertenece a China y para entrar se necesita un permiso especial. Me ha enseñado unas fotos que mostraban un paisaje árido y desierto con el Everest de fondo, y me ha parecido desolador. Sin embargo, me dijo que a la gente se la veía feliz.

Del Tíbet me ha traído unas golosinas: unas galletitas y unos caramelos con sabor a leche. Los paquetes estaban escritos en chino y tibetano, así que no tenía ni idea de qué me iba a encontrar. Pero mi paladar ha reconocido los sabores de siempre, sabores universales que no me sorprenden.

Amanecer

Últimamente he cogido la costumbre de salir a pasear temprano por un parque que está en los alrededores. El parque no es muy grande ni muy pequeño, tiene el tamaño justo. En él puedes ver tortugas tomando el sol en alguna piedra, patos salvajes que nadan en el estanque, tórtolas que se arrullan, cuervos que miran altaneros y personas como yo que quieren empezar el día con un poco de naturaleza. Y en estas salidas he descubierto algo: cada amanecer es diferente. Lo sé, en realidad no he descubierto nada, pero hasta ahora no había prestado demasiada atención. Un día amanece nublado y el paisaje parece triste y borroso. Otro, la niebla engulle en su blancura gris las figuras de las cosas. Otro, la lluvia persistente aplasta la vegetación y a las personas…

Hoy también era diferente y he querido conservarlo en una fotografía. Bajo los rayos de sol, los árboles resplandecían como llamaradas.

¿Quién mató a don Quijote?

¿Quién mató a don Quijote? o, mejor dicho, ¿quiénes mataron a don Quijote? es la pregunta que me he hecho esta mañana al levantarme. Sé muy bien que no se cometió ningún crimen y que nadie hirió de gravedad a nuestro caballero andante, pero no hubo necesidad.

Todo empezó con la lectura de novelas de caballerías. Un hidalgo en una aldea perdida de la Mancha estaba aburrido porque, aparte de salir con el caballo y matar algunos conejos, o llevar las cuentas de la casa, no tenía mucho que hacer, y como era noble no podía ponerse a sacar patatas, arar la tierra o cuidar de los animales (ocupaciones estas tan divertidas que solo podían realizar los campesinos). Tampoco tenía con quien conversar porque en su pueblo no abundaban personas con estudios, tan solo el cura, con el que había que tener cuidado con lo que se decía («Con la Iglesia hemos topado, Sancho») y su acólito el barbero, que cualquiera sabía lo que pensaba de verdad. Así que nuestro pobre hidalgo, que ya no era joven ni tenía nada que aprender, empezó a evadirse con la lectura de novelas de caballerías que lo transportaban a mundos maravillosos de reyes magnánimos, princesas desvalidas, ogros desalmados y encantadores aguafiestas. Y como en invierno no apetece salir de casa y las noches son más largas, sus horas de lectura aumentaron hasta que acabó volviéndose loco. No me extraña, en esas oscuras y silenciosas noches, el sonido de las palabras en su cabeza debía ser abrumador. Cuando llegó el verano estaba completamente majareta.

Ya sabemos lo que ocurrió después: se fue a buscar aventuras y dejó de aburrirse.

Pero la familia y los amigos siempre miran por nuestro bien. Y a don Quijote lo miraban mucho su sobrina, el ama (que era una mandona), el cura y el barbero, que hicieron todo lo posible por volver cuerdo a Alonso Quijano (que así se llamaba en realidad nuestro hidalgo). En la primera parte de la novela lo convencieron de que estaba encantado para llevarlo al pueblo en una jaula. En la segunda, lo humillaron. Enfermo y triste, después de echarse una buena siesta, decidió que ya no quería continuar estando loco. ¿Para qué? No había ninguna razón, sus días llenas de aventuras y diversión habían terminado. Su familia y amigos habían conseguido su propósito: don Quijote había recuperado el juicio. Pero también le quitaron la ilusión de vivir, es decir, lo mataron.

Siempre había pensado que el amor era beneficioso, pero a don Quijote no le hizo ningún bien. Tal vez porque, antes que el amor, lo más importante es la comprensión. Y a don Quijote el único que lo comprendió de verdad fue Sancho. Sancho, el analfabeto, que sabía que la locura de don Quijote era una buena excusa para querer seguir viviendo.

Nota: La expresión “con la Iglesia hemos topado, Sancho” es un invento. Don Quijote lo que realmente dice es: «Con la iglesia hemos dado, Sancho». Lo podéis leer en el capítulo IX de la segunda parte.

Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (1.ª parte)

¿Conocéis Shōdoshima? Si abrís un mapa de Japón por la página de las regiones de Chūgoku y Shikoku, «al este del mar interior de Seto, encontraréis una pequeña isla que tiene la forma de un perrito inclinado sobre su comida», escribe Sakae Tsuboi al principio de su novela Los niños sin madre y la madre sin hijos para presentar su tierra natal, Shōdoshima. Como ella dice, Shōdoshima (isla Shōdo) tiene la figura de un perrito; es una isla pequeña, pero, dentro del mar interior de Seto, es la segunda más grande después de Awajishima. En el extremo este de la isla, en la rodilla de la pata trasera del perrito, nació Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai).

Shōdoshima es conocida por la belleza de su paisaje otoñal y por las extrañas formas de las rocas que se encuentran en el lugar turístico de Kankakei, pero también por ser el único lugar en Japón donde se ha podido cultivar olivos con éxito, gracias a las suaves temperaturas de un clima muy parecido al de la costa mediterránea. A principios de verano, dicen que, en el terreno inclinado que está frente al golfo Uchinomi, las verdes hojas de los olivos emiten una luz oscilante que produce la sensación del movimiento del mar.

Entre los productos típicos de Shōdoshima sobresale la salsa de soja. Su manera de fabricarla se transmite desde hace cuatrocientos años, aproximadamente. En su elaboración se utiliza una sal de excelente calidad, también de la isla, que hace que su fermentación sea comparable a la de Noda o Chōshi en Kantō. Otro producto es el sōmen, unos fideos largos y finos que destacan sobre el resto por su fuerza y grosor. Antiguamente gozó de gran prosperidad el negocio de fabricación de barriles para la salsa de soja, y sus artesanos eran apreciados por su técnica y buen hacer. Uno de estos artesanos fue Tokichi Iwai, padre de Sakae Tsuboi.

En este escenario, una isla montañosa en la que sus habitantes se ganaban la vida con la pesca y la agricultura, se desarrollan las historias de muchos de los cuentos infantiles y novelas de Sakae Tsuboi, que tienen como protagonistas a su gente, a la naturaleza, y, en especial, a los niños.

Su obra más importante es Veinticuatro ojos, publicada en 1952 y llevada enseguida al cine por el director Keisuke Kinoshita. La novela nos relata el fuerte vínculo que se crea entre doce niños de un pequeño colegio y su nueva profesora. El gran éxito de la película, estrenada en 1954, convirtió a Sakae Tsuboi en una escritora muy popular en Japón, y el número de sus lectores creció rápidamente.

La guerra había terminado hacía nueve años, y Japón, todavía devastada por los bombardeos aéreos y muy empobrecida, empezaba poco a poco a levantarse sobre sus cenizas. Es posible que el éxito de la película se debiera a la añoranza de la gente al ver las imágenes de una Shōdoshima no bombardeada, y que sus apacibles playas, sus montañas y huertas les hicieran recordar al Japón de antes de la contienda. Todo el mundo había perdido un familiar, un esposo, un hermano… La guerra les había arrebatado a sus seres queridos, pero, al igual que en la película, todos intentaban superar su dolor y llenarse de esperanza hacia el futuro.

Los decorados que sirvieron para hacer la película se dejaron sin desmontar en Shōdoshima, y se convirtieron en Eiga Mura. En la primera película la protagonista fue Hideko Takamine, pero años más tarde se rodó una nueva versión, utilizando los mismos decorados, con la actriz Yūko Tanaka.

Junto a Eiga Mura se encuentra el Museo de Literatura Sakae Tsuboi, que reúne, principalmente, documentos y libros de la escritora. Actualmente, este lugar se ha convertido en un nuevo centro turístico que cada año recibe la visita de un gran número de personas.

Sakae Tsuboi (1899-1962) nació en el pueblo de Sakatemura, desde cuyo puerto sale la ruta que va a la región de Hanshin (Ōsaka y Kōbe). En esta aldea vivió hasta los veinticinco años y sufrió los rigores de la pobreza y la enfermedad.

Pero de Shōdoshima también salieron otros literatos de la misma generación, como el poeta Shigeji Tsuboi (1897-1975), esposo de Sakae, que nació en el seno de una acaudalada familia del pueblo de Nōmamura y marchó a Tokio muy joven para iniciar su carrera literaria, y el escritor proletario Denji Kuroshima (1898-1843), también del mismo pueblo.

Estimulada por estos escritores, Sakae empezó a formarse intelectualmente con la lectura de libros y revistas literarias, y secretamente se inició en la escritura. Por influencia de su marido y por su naturaleza caritativa, abrazó el movimiento proletario con el deseo de cambiar las duras condiciones en las que vivía la gente común.

¿Has leído alguna vez la literatura juvenil de Sakae Tsuboi? Algunos de sus cuentos aparecen en los libros de texto, como Sakamichi (La pendiente) y Kaki no Ki no Aru Ie (La casa con el árbol de caqui). Este último cuento narra la historia de una familia que vive en una casa con un gran árbol de caqui. El padre es marinero y la madre confecciona kimonos y cuida de sus dos hijos, Fumie y Yōichi. También está la abuela, que se ocupa de los quehaceres de la casa. En el barrio vive también un matrimonio, el tío abuelo Santarō y su mujer que, al no tener hijos, sienten un gran cariño por los niños. Un día en la familia de Fumie y Yōichi nacen dos gemelos.

—¡Vaya! ¿No son bonitos los gemelos? Vuestra madre ahora tiene doble trabajo, pero también doble diversión. Tiene que hacer ropa para dos, zapatos para dos cuando crezcan, y comprar juguetes para dos. Empezarán a andar juntos, irán al colegio juntos y los dos se harán adultos al mismo tiempo. ¿No os parece gracioso? les decía la abuela a Fumie y a Yōichi, que, poco a poco, empezaban a alegrarse por la noticia.

—Tenéis que llevaros bien pequeñuelos, que habéis nacido juntos —les decía la madre.

Pero se comentaba que uno de los gemelos iba a ser para el tío Santarō, que no tenía hijos.

Yōichi no quería entregarle a ninguno de los bebés, a los que llamaron Hidemi y Shinnosuke, y estaba tan en contra que le arrojó a la cara el futón que había llevado.

—Pero mira, los dos gemelos tienen la misma cara. Tienes dos, ¿por qué no me das uno?

—¡No, te he dicho que no! ¡Los niños no son ni mandarinas ni caquis!

Cuando el tío Santarō escuchó esto, se dio por vencido y se arrodilló en el suelo para pedirle perdón. Ya no le iba pedir nunca más a ninguno de los bebés. Esa fue la última vez que el tío Santarō habló de quedarse con Shinnosuke.

El tío Santarō y su esposa iban cada día a ver a los bebés. Les llevaban pañales y ropa que habían cosido, udón hecho a mano para que la madre pudiera dar leche y huevos recién puestos. Ante estos cuidados, la fuerte determinación de Yōichi empezó a vacilar.

Poco a poco la leche se fue volviendo insuficiente, y los niños se turnaban para ir a la aldea vecina a comprar leche en polvo.

Un día, Yōichi, cuando iba a comprar, se encontró en el camino con su tío, que llevaba una cabra con unas hermosas ubres que le colgaban del vientre. Y cuando estaba pensando cuánto le gustaría que compartiera un poco de leche con él, su tío, que sabía a qué iba, se rio y le dijo:

—Bueno, ya no hace falta que vayas. Me han dicho que esta cabra puede dar alrededor de seis litros de leche cada día. Puede criar gemelos, y hasta tres niños.

Yōichi se puso muy contento, y pensó que el tío Santarō era de verdad una buena persona. ¿Por qué le diría a este buen hombre que nunca le daría al bebé? Y no pudo evitar pensar que era un mezquino. Sin embargo, ya no podía decírselo, y, después, su tío nunca le volvió a comentar que quería quedarse con Shinnosuke. Mientras Yōichi no sabía qué pensar, el otro le ofreció la cuerda que sujetaba a la cabra por el cuello.

—Toma, llévatela.

—¿De verdad, tío Santarō?

—¡Pues claro! ¿No eres tú quien la necesita?

Yōichi estaba a punto de echarse llorar. Como no estaba acostumbrado a llevar una cabra, sujetaba la cuerda con miedo, pero la cabra, indiferente, caminaba despacio mientras comía la hierba del borde del camino.

—Tío, ¿y si le doy a Shinnosuke? —se atrevió a decirle.

Su tío, sin reírse, le contestó:

—Eso estaría bien.

—Tío, se lo doy. A mí no me importa.

—¿De verdad? Pero yo también lo he pensado. Cuando Shinnosuke crezca, no sabemos qué va a decir.

La cabra siempre estaba sujeta al árbol de caqui.

La charla sobre Shinnosuke quedó en nada, pero, cuando la madre se quedó sin fuerzas por el cuidado de los gemelos, Yōichi, al tener noticia de esto, de repente tomó una decisión.

Los bebés dormían uno frente a otro, ajenos a todo, en su cuna debajo del caqui. Cuando abrieron sus ojos, un bebé salió de esa casa en brazos de la mujer del tío Santarō, con la cabra y un arbolito de caqui que le había regalado Yōichi.

La autora, con su natural sencillez, narra esta terrible historia de manera risueña y alegre. Siente afecto hacia sus personajes: por el tío Santarō y su deseo de ayudar ; y por Yōichi, el hermano mayor, que no quiere separar a sus hermanos gemelos. En las historias de Sakae Tsuboi los niños tienen voz y se toma en consideración sus opiniones y sentimientos. La separación de unos hermanos no es algo que deba ser tratado con ligereza y así lo expresa un niño de apenas diez años.