Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (1.ª parte)

わたしの愛した子どもたち

¿Conocéis Shōdoshima? Si abrís un mapa de Japón por la página de las regiones de Chūgoku y Shikoku, «al este del mar interior de Seto, encontraréis una pequeña isla que tiene la forma de un perrito inclinado sobre su comida», escribe Sakae Tsuboi al principio de su novela Los niños sin madre y la madre sin hijos para presentar su tierra natal, Shōdoshima. Como ella dice, Shōdoshima (isla Shōdo) tiene la figura de un perrito; es una isla pequeña, pero, dentro del mar interior de Seto, es la segunda más grande después de Awajishima. En el extremo este de la isla, en la rodilla de la pata trasera del perrito, nació Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai).

Shōdoshima es conocida por la belleza de su paisaje otoñal y por las extrañas formas de las rocas que se encuentran en el lugar turístico de Kankakei, pero también por ser el único lugar en Japón donde se ha podido cultivar olivos con éxito, gracias a las suaves temperaturas de un clima muy parecido al de la costa mediterránea. A principios de verano, dicen que, en el terreno inclinado que está frente al golfo Uchinomi, las verdes hojas de los olivos emiten una luz oscilante que produce la sensación del movimiento del mar.

Entre los productos típicos de Shōdoshima sobresale la salsa de soja. Su manera de fabricarla se transmite desde hace cuatrocientos años, aproximadamente. En su elaboración se utiliza una sal de excelente calidad, también de la isla, que hace que su fermentación sea comparable a la de Noda o Chōshi en Kantō. Otro producto es el sōmen, unos fideos largos y finos que destacan sobre el resto por su fuerza y grosor. Antiguamente gozó de gran prosperidad el negocio de fabricación de barriles para la salsa de soja, y sus artesanos eran apreciados por su técnica y buen hacer. Uno de estos artesanos fue Tokichi Iwai, padre de Sakae Tsuboi.

En este escenario, una isla montañosa en la que sus habitantes se ganaban la vida con la pesca y la agricultura, se desarrollan las historias de muchos de los cuentos infantiles y novelas de Sakae Tsuboi, que tienen como protagonistas a su gente, a la naturaleza, y, en especial, a los niños.

Su obra más importante es Veinticuatro ojos, publicada en 1952 y llevada enseguida al cine por el director Keisuke Kinoshita. La novela nos relata el fuerte vínculo que se crea entre doce niños de un pequeño colegio y su nueva profesora. El gran éxito de la película, estrenada en 1954, convirtió a Sakae Tsuboi en una escritora muy popular en Japón, y el número de sus lectores creció rápidamente.

La guerra había terminado hacía nueve años, y Japón, todavía devastada por los bombardeos aéreos y muy empobrecida, empezaba poco a poco a levantarse sobre sus cenizas. Es posible que el éxito de la película se debiera a la añoranza de la gente al ver las imágenes de una Shōdoshima no bombardeada, y que sus apacibles playas, sus montañas y huertas les hicieran recordar al Japón de antes de la contienda. Todo el mundo había perdido un familiar, un esposo, un hermano… La guerra les había arrebatado a sus seres queridos, pero, al igual que en la película, todos intentaban superar su dolor y llenarse de esperanza hacia el futuro.

Los decorados que sirvieron para hacer la película se dejaron sin desmontar en Shōdoshima, y se convirtieron en Eiga Mura. En la primera película la protagonista fue Hideko Takamine, pero años más tarde se rodó una nueva versión, utilizando los mismos decorados, con la actriz Yūko Tanaka.

Junto a Eiga Mura se encuentra el Museo de Literatura Sakae Tsuboi, que reúne, principalmente, documentos y libros de la escritora. Actualmente, este lugar se ha convertido en un nuevo centro turístico que cada año recibe la visita de un gran número de personas.

Sakae Tsuboi (1899-1962) nació en el pueblo de Sakatemura, desde cuyo puerto sale la ruta que va a la región de Hanshin (Ōsaka y Kōbe). En esta aldea vivió hasta los veinticinco años y sufrió los rigores de la pobreza y la enfermedad.

Pero de Shōdoshima también salieron otros literatos de la misma generación, como el poeta Shigeji Tsuboi (1897-1975), esposo de Sakae, que nació en el seno de una acaudalada familia del pueblo de Nōmamura y marchó a Tokio muy joven para iniciar su carrera literaria, y el escritor proletario Denji Kuroshima (1898-1843), también del mismo pueblo.

Estimulada por estos escritores, Sakae empezó a formarse intelectualmente con la lectura de libros y revistas literarias, y secretamente se inició en la escritura. Por influencia de su marido y por su naturaleza caritativa, abrazó el movimiento proletario con el deseo de cambiar las duras condiciones en las que vivía la gente común.

¿Has leído alguna vez la literatura juvenil de Sakae Tsuboi? Algunos de sus cuentos aparecen en los libros de texto, como Sakamichi (La pendiente) y Kaki no Ki no Aru Ie (La casa con el árbol de caqui). Este último cuento narra la historia de una familia que vive en una casa con un gran árbol de caqui. El padre es marinero y la madre confecciona kimonos y cuida de sus dos hijos, Fumie y Yōichi. También está la abuela, que se ocupa de los quehaceres de la casa. En el barrio vive también un matrimonio, el tío abuelo Santarō y su mujer que, al no tener hijos, sienten un gran cariño por los niños. Un día en la familia de Fumie y Yōichi nacen dos gemelos.

—¡Vaya! ¿No son bonitos los gemelos? Vuestra madre ahora tiene doble trabajo, pero también doble diversión. Tiene que hacer ropa para dos, zapatos para dos cuando crezcan, y comprar juguetes para dos. Empezarán a andar juntos, irán al colegio juntos y los dos se harán adultos al mismo tiempo. ¿No os parece gracioso? les decía la abuela a Fumie y a Yōichi, que, poco a poco, empezaban a alegrarse por la noticia.

—Tenéis que llevaros bien pequeñuelos, que habéis nacido juntos —les decía la madre.

Pero se comentaba que uno de los gemelos iba a ser para el tío Santarō, que no tenía hijos.

Yōichi no quería entregarle a ninguno de los bebés, a los que llamaron Hidemi y Shinnosuke, y estaba tan en contra que le arrojó a la cara el futón que había llevado.

—Pero mira, los dos gemelos tienen la misma cara. Tienes dos, ¿por qué no me das uno?

—¡No, te he dicho que no! ¡Los niños no son ni mandarinas ni caquis!

Cuando el tío Santarō escuchó esto, se dio por vencido y se arrodilló en el suelo para pedirle perdón. Ya no le iba pedir nunca más a ninguno de los bebés. Esa fue la última vez que el tío Santarō habló de quedarse con Shinnosuke.

El tío Santarō y su esposa iban cada día a ver a los bebés. Les llevaban pañales y ropa que habían cosido, udón hecho a mano para que la madre pudiera dar leche y huevos recién puestos. Ante estos cuidados, la fuerte determinación de Yōichi empezó a vacilar.

Poco a poco la leche se fue volviendo insuficiente, y los niños se turnaban para ir a la aldea vecina a comprar leche en polvo.

Un día, Yōichi, cuando iba a comprar, se encontró en el camino con su tío, que llevaba una cabra con unas hermosas ubres que le colgaban del vientre. Y cuando estaba pensando cuánto le gustaría que compartiera un poco de leche con él, su tío, que sabía a qué iba, se rio y le dijo:

—Bueno, ya no hace falta que vayas. Me han dicho que esta cabra puede dar alrededor de seis litros de leche cada día. Puede criar gemelos, y hasta tres niños.

Yōichi se puso muy contento, y pensó que el tío Santarō era de verdad una buena persona. ¿Por qué le diría a este buen hombre que nunca le daría al bebé? Y no pudo evitar pensar que era un mezquino. Sin embargo, ya no podía decírselo, y, después, su tío nunca le volvió a comentar que quería quedarse con Shinnosuke. Mientras Yōichi no sabía qué pensar, el otro le ofreció la cuerda que sujetaba a la cabra por el cuello.

—Toma, llévatela.

—¿De verdad, tío Santarō?

—¡Pues claro! ¿No eres tú quien la necesita?

Yōichi estaba a punto de echarse llorar. Como no estaba acostumbrado a llevar una cabra, sujetaba la cuerda con miedo, pero la cabra, indiferente, caminaba despacio mientras comía la hierba del borde del camino.

—Tío, ¿y si le doy a Shinnosuke? —se atrevió a decirle.

Su tío, sin reírse, le contestó:

—Eso estaría bien.

—Tío, se lo doy. A mí no me importa.

—¿De verdad? Pero yo también lo he pensado. Cuando Shinnosuke crezca, no sabemos qué va a decir.

La cabra siempre estaba sujeta al árbol de caqui.

La charla sobre Shinnosuke quedó en nada, pero, cuando la madre se quedó sin fuerzas por el cuidado de los gemelos, Yōichi, al tener noticia de esto, de repente tomó una decisión.

Los bebés dormían uno frente a otro, ajenos a todo, en su cuna debajo del caqui. Cuando abrieron sus ojos, un bebé salió de esa casa en brazos de la mujer del tío Santarō, con la cabra y un arbolito de caqui que le había regalado Yōichi.

La autora, con su natural sencillez, narra esta terrible historia de manera risueña y alegre. Siente afecto hacia sus personajes: por el tío Santarō y su deseo de ayudar ; y por Yōichi, el hermano mayor, que no quiere separar a sus hermanos gemelos. En las historias de Sakae Tsuboi los niños tienen voz y se toma en consideración sus opiniones y sentimientos. La separación de unos hermanos no es algo que deba ser tratado con ligereza y así lo expresa un niño de apenas diez años.

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

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