¿Quién mató a don Quijote?

¿Quién mató a don Quijote? o, mejor dicho, ¿quiénes mataron a don Quijote? es la pregunta que me he hecho esta mañana al levantarme. Sé muy bien que no se cometió ningún crimen y que nadie hirió de gravedad a nuestro caballero andante, pero no hubo necesidad.

Todo empezó con la lectura de novelas de caballerías. Un hidalgo en una aldea perdida de la Mancha estaba aburrido porque, aparte de salir con el caballo y matar algunos conejos, o llevar las cuentas de la casa, no tenía mucho que hacer, y como era noble no podía ponerse a sacar patatas, arar la tierra o cuidar de los animales (ocupaciones estas tan divertidas que solo podían realizar los campesinos). Tampoco tenía con quien conversar porque en su pueblo no abundaban personas con estudios, tan solo el cura, con el que había que tener cuidado con lo que se decía («Con la Iglesia hemos topado, Sancho») y su acólito el barbero, que cualquiera sabía lo que pensaba de verdad. Así que nuestro pobre hidalgo, que ya no era joven ni tenía nada que aprender, empezó a evadirse con la lectura de novelas de caballerías que lo transportaban a mundos maravillosos de reyes magnánimos, princesas desvalidas, ogros desalmados y encantadores aguafiestas. Y como en invierno no apetece salir de casa y las noches son más largas, sus horas de lectura aumentaron hasta que acabó volviéndose loco. No me extraña, en esas oscuras y silenciosas noches, el sonido de las palabras en su cabeza debía ser abrumador. Cuando llegó el verano estaba completamente majareta.

Ya sabemos lo que ocurrió después: se fue a buscar aventuras y dejó de aburrirse.

Pero la familia y los amigos siempre miran por nuestro bien. Y a don Quijote lo miraban mucho su sobrina, el ama (que era una mandona), el cura y el barbero, que hicieron todo lo posible por volver cuerdo a Alonso Quijano (que así se llamaba en realidad nuestro hidalgo). En la primera parte de la novela lo convencieron de que estaba encantado para llevarlo al pueblo en una jaula. En la segunda, lo humillaron. Enfermo y triste, después de echarse una buena siesta, decidió que ya no quería continuar estando loco. ¿Para qué? No había ninguna razón, sus días llenas de aventuras y diversión habían terminado. Su familia y amigos habían conseguido su propósito: don Quijote había recuperado el juicio. Pero también le quitaron la ilusión de vivir, es decir, lo mataron.

Siempre había pensado que el amor era beneficioso, pero a don Quijote no le hizo ningún bien. Tal vez porque, antes que el amor, lo más importante es la comprensión. Y a don Quijote el único que lo comprendió de verdad fue Sancho. Sancho, el analfabeto, que sabía que la locura de don Quijote era una buena excusa para querer seguir viviendo.

Nota: La expresión «con la Iglesia hemos topado, Sancho» es un invento. Don Quijote lo que realmente dice es: «Con la iglesia hemos dado, Sancho». Lo podéis leer en el capítulo IX de la segunda parte.

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

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