El obispo leproso, de Gabriel Miró

El obispo leproso, de Gabriel Miró

La acción de El obispo leproso (1926) tiene lugar en Oleza, trasunto de Orihuela (Alicante), en el último cuarto del siglo XIX, período que comprende el reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina.

Es Oleza una pequeña ciudad provinciana repleta de conventos e iglesias, comandada por dos fuerzas que se enfrentan: el colegio de jesuitas y el palacio episcopal.

Aunque la Restauración trae consigo nuevos aires a España, la sociedad olecense vive dominada por una religión carente de espiritualidad que alienta un fanatismo exacerbado hacia la veneración de los santos y los actos de culto (novenas, procesiones, etc.), que ahoga y reprime cualquier atisbo de sexualidad, incluso en el matrimonio. Los tradicionalistas, un grupo que se opone a cualquier proyecto renovador de la ciudad, como la construcción del ferrocarril, son los guardianes de esta religiosidad convencional, siempre al servicio de los eclesiásticos más intolerantes.

El estilo narrativo de Gabriel Miró no es fácil, requiere esfuerzo y concentración. El autor hace uso de un léxico muy exhaustivo y rico que pone nombre a actos y objetos desconocidos para la mayoría de la gente. En la edición de Manuel Ruiz-Funes hay un glosario al final del libro, pero consultarlo frecuentemente suponía interrumpir la lectura, y acabé por ignorarlo. Soy consciente de que esta obra necesita ser leída de una manera más pausada y concienzuda.

El obispo leproso es la continuación de otra novela: Nuestro Padre San Daniel. Su lectura no es obligatoria, pero ayuda a comprender la situación de los personajes y sus circunstancias personales, y, sobre todo, evita sentirse perdido (como me ocurrió a mí) en los primeros capítulos de la novela.

Azorín y otros escritores propusieron a Gabriel Miró como académico de la Real Academia, pero se dice que la publicación de El obispo leproso, de naturaleza anticlerical, le cerró las puertas.

En 1990, se emitió en Televisión Española una serie de seis capítulos basada en El obispo leproso. La podéis ver en Youtube.

Título: El obispo leproso

Autor: Gabriel Miró

Editorial: Cátedra

San Valentín

Hoy es día de los enamorados

con ansias y esperanzas de un quereeer.

Cuando llega San Valentín no puedo evitar tararear esta canción tan melosa y cursi.

Hoy, muchas novias y esposas recibirán un ramo de flores de sus parejas. O chocolate. O alguna joya. O, juntos, harán algo especial para recordarse que se quieren mucho.

Pero en Japón esta celebración es algo diferente. Aquí las mujeres no son las “importantes”, sino los hombres. Durante este día, ellos recibirán chocolate de sus compañeras de trabajo, de sus amigas, de alguna chica enamorada, de su novia, o de su mujer. ¡Mucho chocolate! Creo que a este día lo deberían llamar “El Día del Chocolate” y no San Valentín. En febrero las empresas fabricantes de chocolate hacen su agosto.

Una mujer en Japón tiene que trabajar para conseguir su amor. Por eso, las verdaderamente enamoradas comprarán, unos días antes, todo lo necesario para hacer ellas mismas unos bombones riquísimos que colocarán en unas preciosas cajas con lacitos y corazones. Ante eso, ¡cualquier hombre caerá rendido a sus pies!

A mí ya me han regalado una caja de bombones. Ha sido una amiga. Porque las amigas también se regalan chocolate este día. No puede ser que solo sean los hombres los que se pongan morados comiendo chocolate. ¡Las mujeres también queremos catarlo! Incluso hay quien se regala a sí mismo, ¿por qué no?

Realmente, en Japón, el día de los enamorados es el 24 de diciembre, en Nochebuena. Las parejitas se toman fotos con el árbol de navidad, se hacen regalitos y cenan algo especial en un buen restaurante. Porque, como ya he mencionado alguna vez, en este país la Navidad no tiene niguna connotación religiosa.

Sea como fuere, que paséis un feliz Día de San Valentín con vuestras parejas, vuestros hijos, vuestros padres, vuestros amigos, en definitiva, con la gente que queréis de verdad. ¡Que viva el amor!

Frío

Esta mañana había cuatros grados bajo cero cuando fui a andar por el parque. No sé cómo fui capaz de levantarme tan temprano.

Antes de que sonara el despertador, mi demonio, con palabras tiernas y convincentes, me empujaba a quedarme en el refugio cálido de mi cama y me decía: «Hoy va a ser el día más frío del año, nadie te va a pedir cuentas si sigues durmiendo un poquito más, ¡hala!, cierra los ojos»; mientras que mi angelito, con voz firme y severa, me exhortaba a salir de allí enseguida porque «después te vas a arrepentir, hazme caso y levántate, el frío no va a desaparecer aunque te quedes en la cama», y yo lo obedecí.

Con algo más de ropa que de costumbre, me dirigí en silencio al parque. Ya estaban allí los cuatro abuelos que pasean todos los días con sus perros a la misma hora, un matrimonio y dos caballeros. La mujer es menuda y grácil, y camina dando saltitos como una niña; va a la cabeza del grupo, se vuelve y murmura unas palabras. Su marido, alto y espigado, lleva de la correa a un perro obediente y charla con el único abuelo que no tiene mascota, un hombre de aspecto jovial y campechano. Creo que vive solo porque siempre lo he visto con los mismos pantalones blancos desde hace varios meses, o tal vez sea su ropa de pasear, no sé; se abriga con una chaqueta de aviador que le da un curioso toque macarra, con andares de cowboy del viejo oeste. Un poco separado del resto, camina el otro señor con su perro; se acerca, dice algo, se aleja buscando momentos de soledad…

Me ven y yo los saludo con un buenos días bajo mi bufanda, y apresuro mi paso para no perder el calor de mi cuerpo. Corriendo hacia mí vienen una madre y su hija. Es la segunda vez que las veo y me pregunto otra vez por qué han escogido estos días tan fríos para salir a correr. La niña no lleva ni gorro ni guantes, tiene la cara roja. Me estremezco al pensar en mis orejas y mis manos desnudas en este aire helado. Luego, una mirada, un suave ohayō gozaimasu. Ellas corren y yo ando.

La luz de la mañana emerge a lo lejos, tras un perfil de casas oscuras. Ando y ando deprisa, a mi lado el césped es un manto de diamantes. El frío me persigue.

Setsubun

Hoy se celebra la fiesta de Setsubun para dar la bienvenida a la primavera.
En los hogares y santuarios se arrojan granos de soja tostados para espantar a los demonios, y se grita: ¡Oni wa soto, Fuku wa uchi! ¡Fuera Demonio! ¡Entra buena fortuna!
Arrojar mame es muy divertido, pero no tanto cuando haces el papel de demonio y te llueven granos por todas partes… ciertamente, es para salir huyendo. Cuando se acaban las semillas, coges la escoba y ¡a barrer!
¡Buena fortuna para todos!