Abenomask

やっとアベノマスクが届いた!
Lo prometido es deuda. Ya tenemos en casa la Abenomask, o lo que es lo mismo, la mascarilla del señor Abe, primer ministro de Japón. A primeros de abril, el gobierno anunció que iba a mandar a cada familia dos mascarillas de tela lavables, y lo ha cumplido. Son un poco pequeñas y no cubren toda la cara, pero mejor eso que nada. Mañana las lavaré.

Enid Blyton

Muchos nos iniciamos en la lectura con los libros de Enid Blyton.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí una de sus obras.

Tenía diez años y guardaba cama.

En el dormitorio no estaba sola. Me hacían compañía mis hermanos, que jugaban a mi alrededor, y mi madre, que planchaba una montaña de ropa. Pero yo estaba aburrida, había leído por enésima vez todos los cuentos que poseía y ya no sabía qué hacer para entretenerme. Finalmente, me fijé en uno de los libros de mi pequeña estantería. Me lo habían regalado dos años antes, cuando todavía era demasiado niña para sentir interés por una obra sin ilustraciones —y bastante voluminosa— que tenía toda la apariencia de ser para gente mayor. Pero en ese momento captó mi antención. ¿Qué historias guardaría en su interior?

—Tráeme ese libro —le pedí a mi hermana pequeña.

—¿Cuál? ¿Este?

—No, ese no. El que está al lado de Heidi.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando lo tuve en mis manos leí el título: Misterio en Tantan. En la cubierta se veía a unos niños en la playa que escuchaban atentamente a uno de ellos. Eso me inspiró confianza, sin embargo, al abrir el libro me acobardé un poco: un mar infinito de letras cubría cada página, una detrás de otra…

Y así fue como una tarde, rodeada del calor de mi familia, emprendí un camino lleno de aventuras y misterios, sin moverme de la cama, sin saltar ni correr, tan solo con la ayuda de mi imaginación, y la de la autora, claro.

Ni que decir tiene que me convertí en una fanática de Enid Blyton y que devoré cuanto libro pude encontrar de ella.

Pero recientemente, después de tantos años, descubro, asombrada, que la obra de esta autora ha sido retraducida. ¿Por qué?, os estaréis preguntando —yo también me hice la misma pregunta—. Por una razón muy sencilla: los tiempos han cambiado, ¡y mucho! En la traducción original había términos y expresiones que habían caído en desuso, y se prefirió sustituirlos por otros más actuales, como, por ejemplo, piscolabis —una palabra que me encantaba pero que incluso a mí, en su momento, ya me resultaba extraña— que ahora se traduce por almuerzo ligero. Además, nuestra escala de valores es notablemente diferente. En la actualidad son totalmente inaceptables las ideas sexistas, los comentarios despectivos hacia personas que antes eran consideradas de clase inferior y palabras que hagan referencia a actos violentos. Y la obra de Enid Blyton está repleta de todo esto. La editorial Juventud, que deseaba volver a editar todos sus libros, tuvo que revisar toda su colección y omitir y alterar lo que ya no era políticamente correcto.

Pero este modo de proceder crea controversia. ¿Es lícito alterar la obra original de un autor?

En principio, yo diría que no. Pero hablamos de literatura infantil y juvenil, de un grupo de lectores que aún está formándose moral e intelectualmente, y entonces la cosa ya no está tan clara.

Los libros para niños han ido evolucionando con el paso del tiempo. Todos conocemos los cuentos de los hermanos Grimm. En la primera edición del cuento de Blancanieves (1812), la reina celosa que intentaba matar a la bella princesa no era su madrasta, sino su propia madre. Terrible, ¿verdad? No os preocupéis, muy pocos niños leyeron esa versión, pues los mismos autores la modificaron enseguida ante la protesta de la sociedad. Y así, con el correr de los años, —de los siglos—, estos cuentos tradicionales se fueron volviendo menos violentos y más dulces, hasta nuestro presente, donde los padres ven con desagrado las historias sobre ogros que devoran niños, o sobre princesas que se suicidan o son asesinadas.

Y Enid Blyton ha corrido la misma suerte. Sus prejuicios sociales y su educación clasista provocan rechazo en la sociedad actual. No importa que la escritora fuera hija de su tiempo. Lo que importa es la influencia negativa que sus escritos pudieran ejercer sobre los jóvenes lectores de nuestra época. Así que partir de ahora la obra de Enid Blyton tendrá dos versiones: la original y la censurada. La mala y la buena.

Aquel primer libro de Enid Blyton que leí en mi niñez, y que tanto me gustó, un día se lo presté a una amiga y ya nunca más lo volví a ver. Pero aún recuerdo ese momento, después de leer un buen rato, cuando levanté los ojos del libro y miré con extrañeza a mi alrededor. Todo parecía igual, mis hermanos seguían jugando, mi madre iba de un lado a otro…, pero yo ya no era la misma. Había estado en otro lugar y con otras personas. Me sentía aturdida y muy emocionada, pero sobre todo, inmensamente feliz.

Paseos por Shingetsuin

Esta mañana me levanté antes de las cinco y me fui a pasear.

En el camino, me encontré con algunos vecinos del barrio que ya habían terminado con sus ejercicio matutinos y regresaban a casa. Me imagino que se habrían levantado a las cuatro, por lo menos. Es curioso, pero cuando es muy temprano la gente se saluda más, como si se creara cierta camaradería entre todos lo que nos damos un madrugón.
Después me dirigí hacia Shingetsuin.

Mejiro

Cuando ves a un mejiro dando saltitos en las ramas de un árbol, ya sabes que ha llegado la primavera. Es diminuto y de color verde, y sus ojos están rodeados de un anillo blanco; ese detalle es el que le da su nombre. Mejiro significa “ojo blanco” 目白.
El mejiro que tenía ante mí, tan cerca que casi podía tocarlo —si él se dejara—, alegre y vivaracho, se movía sin detenerse ni un momento. Estaba muy ocupado zampándose algunos gusanos que había encontrado entre las hojas tiernas de un caqui. ¡Seguro que le supieron a gloria!

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

Kodomo no hi

Hoy es el Día de los niños, en japonés Kodomo no hi, una fiesta que originalmente estaba dedicada solo a los niños varones.
Y para celebrarlo es típico, entre otras cosas, degustar un pastelito de arroz llamado Kashiwa-mochi, con relleno de anko, una pasta dulce de judía roja. Como este pastelito es muy pegajoso, se envuelve en una hoja de roble, kashiwa, que le da un aromático sabor y simboliza la prosperidad en la familia, pues las hojas de los robles no caen hasta que aparecen los nuevos brotes.
¡Feliz Día de los niños!