Flor de otoño

Desde hace unos días estamos siendo bombardeados por los saludos de presentación de los canditados de las próximas elecciones generales que machaconamente no dejan de repetir sus nombres a través de los altavoces de sus furgonetas.
En las calles, como siempre, han puesto unos tablones para que los candidatos peguen sus carteles con la frase eslogan. Algunas fotos son curiosas. Uno de los candidatos tiene pose de intelectual o profesor de universidad; otro se viste con una gorra y parece Donald Trump; el de más allá se remanga la camisa para ponerse a trabajar de inmediato; una candidata busca el voto femenino —imagino— y todo es de color rosa: su camiseta, los guantes, la silueta de una chica que está corriendo… Por supuesto, todos dicen que van a hacer lo mejor por la ciudad. El cuatro de octubre dejarán de molestar.

Pero la imagen que quiero conservar de este día es la de una flor que recientemente veo por todas partes, sobre todo en los márgenes de los campos de arroz ya recolectados. En japonés recibe el nombre de Higanbana y su nombre científico es Lycoris radiata, pero popularmente se la conoce por Flor del infierno. Suele ser de color rojo y su apariencia recuerda de algún modo a la de una araña. El bulbo de esta flor es venenoso.
Sin embargo, a pesar de su nombre y su veneno, es agradable contemplar su singular figura cuando caminas por la ciudad. Nos dice que el otoño ya está aquí, que debemos disfrutar de la estación de la madurez.

Elecciones generales en Japón, 2020

De gorriones y arañas

Esta mañana me ha sorprendido la niebla cuando he salido de casa. Aunque ya empezaba a retirarse, las montañas que rodean mi ciudad continuaban siendo siluetas borrosas tras el manto blanco. Las fuertes lluvias del día anterior habían dejado una atmósfera húmeda y agradable.

En el parque algunos vecinos se preparaban para la gimnasia de radio taisō. Uno de ellos, el más dicharachero, comentaba que no hacía frío, «samunai, samunai», repetía entre risas.

Dejé atrás el parque y enfilé la calle que tenía a mi derecha. Los campos de arroz que tanto había fotografiado desde la primavera presentaban una imagen muy diferente después de la recolección: los tallos de las plantas habían sido cortados a ras del suelo. Ya no había colores — el verde intenso o el amarillo tostado–, ni agua donde las ranas se sumergían al menor ruido. Sin embargo, todavía estaban llenos de vida. Una bandada de gorriones que picoteaba en uno de los campos salió de estampida al percibir mi presencia, formando en el aire una nube de alegres aleteos; inmediatamente, los gorriones se posaron sobre los arbustos de una casa vecina, sin dejar de gorjear escandalosamente, y volvieron a levantar el vuelo inquietos y revoltosos, como si tuvieran prisa por apurar estos cálidos días de otoño.

Por el camino encontré numerosas telarañas colgadas en las ramas de los arbustos y los árboles, pero también en cada rincón que a las arañas les pareció apropiado; por ejemplo, una araña muy aventurera había tejido su tela entre unos postes de la luz a varios metros del suelo, muy por encima de mi cabeza. La imaginaba, allí arriba, pletórica de alegría por tener tanto espacio para ella sola, pero su telaraña parecía más una red para cazar pájaros que insectos. Un trabajo grandioso.

Más tarde, cuando volví a atravesar el parque, me fijé en otro grupo de vecinos que, de cara al estanque de la entrada y retirados los unos de los otros, practicaba taichi con una pequeña radio de la que surgía unas instrucciones cantadas en chino. Movían sus brazos y piernas en una coreografía armoniosa y delicada, sin prisas…

Con esta última imagen en mi cabeza me dirigí hacia el paso de peatones. Eran las siete de la mañana y me sentía exultante.

Nigauri

Cuando llegué a Japón descubrí que en este país se comía alimentos que nunca había visto en mi vida. Uno de ellos era una especie de pepino con verrugas que un día vi en el supermercado, al lado de las otras verduras. Enseguida quise probarlo y me lo llevé a casa. Pero mi primera experiencia fue negativa. ¡Ese pepino rugoso sabía a rayos!

Su nombre en japonés es nigauri o goya (nada que ver con nuestro pintor), y en español recibe inexplicablemente la denominación de melón amargo —¡¿por qué?!—. La ciencia, sin embargo, prefiere llamarlo momordica charantia.

Han pasado ya bastantes años desde la primera vez que le hinqué el diente y mi percepción de los sabores ha cambiado bastante. Con el paso del tiempo aprendí a cocinar el goya japonés con un poco de aceite de oliva, ajo, sal, salsa de soja y mirin (sake dulce para cocinar), y ahora me encanta, si no está crudo, claro . Dicen, además, que reduce los niveles de azúcar en la sangre y que ayuda a evitar el cáncer…

En fin, espero que sea muy bueno para la salud, porque llevo un mes comiendo nigauri casi todos los días…

Adiós, verano

Y, así, de repente, el calor del verano se ha marchado. Ahora estamos de verdad en septiembre. Algunos, con la bajada de las temperaturas, se han apresurado a vestirse de otoño como si hiciera frío. Pero todavía es pronto.

Esta tarde, cuando volvía a casa, después de unas compras en el centro comercial, mis ojos se encontraron con esta bella imagen: un cielo que ardía tras los edificios de la ciudad. Me detuve para contemplar la puesta de sol e hice unas fotos con mi modesta cámara. No quería moverme de allí, pero debía seguir mi camino. Al darme la vuelta, noté que detrás de mí una señora y unas estudiantes de secundaria hacían lo mismo que yo con sus móviles.

Septiembre

Ha llegado septiembre, pero el calor continúa con nosotros, persistente e inagotable.

Hoy, aunque sabía que no era una buena idea, me levanté temprano para dar mi acostumbrado paseo matutino. Pronto me di cuenta de mi error. El aire era caliente y húmedo, asfixiante como en una sauna. A cada paso que daba, sentía mi cuerpo flojo y sin fuerzas.

En el camino vi a una pareja de ancianos sentada en un muro bajo de cemento. La mujer abanicaba a su compañero con un “uchiwa” mientras le decía algunas palabras. Creo que le estaba recomendando no andar con semejante calor. Sorprendentemente, hablaba con voz fuerte y firme en medio del silencio de la mañana, sin inquietarse por las personas que aún dormían a esa hora. Es posible que el hombre hubiera sufrido algún desmayo o cansancio repentino y que por esa razón la señora no dejara de refrescarlo con el abanico. Al pasar cerca de ellos, la anciana dirigió la vista hacia mí y me saludó amablemente.

La cuesta que subía resultaba eterna. Bajo la mascarilla, podía percibir los ríos de sudor que corrían por mi cara y cómo la ropa se adhería a todo mi cuerpo.

Una chica que estaba corriendo —¡no sé de dónde sacaba la energía!— se tapó la boca con la mano cuando se acercaba a mí. No era la primera vez que coincidíamos en nuestra ruta, por lo que su gesto de cortesía ya me era familiar. Muchos de los transeúntes con los que me topaba no llevaban mascarilla, amparándose, tal vez, en la excusa de que a esas horas de la mañana las calles estaban solitarias. Pero no era así. En el parque y alrededores, la gente madrugadora iba y venía, y algunos formaban corrillos para hablar despreocupadamente a pesar de los carteles de advertencia. Yo no podía dejar de mirar con resentimiento sus caras limpias y libres del bozal de la mascarilla. Resignada, me dispuse a volver a casa, pero antes me fijé en unos girasoles que se mantenían erguidos en un rincón del parque. Con su llamativo color amarillo parecía que proclamaban alegres que el verano seguía —todavía— aquí.