Círculo

El otoño rojo y dorado llega a su fin. Los hojas de los árboles, que no hace mucho pintaban el paisaje de color, yacen ahora sobre el suelo secas o apelmazadas. Camino sobre ellas en mis paseos, las arrastro con mis pies. Luego desaparecerán y nadie se acordará de que existieron.

Las ramas desnudas parecen esqueletos, pero bajo su piel duermen acurrucadas otras hojas. Porque siempre hay otro comienzo.

Biyōin

Desde siempre, cortarme el pelo ha sido una tortura que tengo que sufrir por lo menos una vez al año. Y hoy llegó ese día. No podía posponerlo más agarrándome a la excusa del coronavirus.

Por la tarde fui a la peluquería de mi barrio, a una hora en la que no suele haber mucha gente. Cuando llegué la encontré vacía. La peluquera, una señora que ya me conoce desde hace muchos años, en cuanto puse un pie dentro, me señaló el gel hidroalcohólico que había sobre el mostrador. Como buena ciudadana acerqué mis manos al dispensador que, al ser automático, me echó un buen chorro de líquido sobre ellas antes de tener el buen sentido de retirarlas. Después me senté en un sillón giratorio, resignada a sufrir que una (casi) desconocida hurgara en mi cabeza durante bastante tiempo.

Tanto la peluquera como yo llevábamos mascarilla. Sentí curiosidad por saber cómo se las iba a arreglar para cortarme el pelo con eso puesto. La solución fue muy sencilla, aunque no muy refinada. Sacó la goma elástica de mis orejas y luego pegó la mascarilla a la piel de mi cara con esparadrapo blanco. En mi interior recé por que no fuera muy adherente… Y, de esta guisa, la peluquera comenzó a cortar mi larga cabellera —casi, casi como la de Rapunzel— con sus afiladas tijeras. Mientras tanto, teníamos entre nosotras la típica charla insustancial que es de uso obligatorio en estas situaciones, y así hablamos sobre la familia, el trabajo, mi vida en Japón y el tema estrella: el coronavirus y todo lo relacionado con él.

Una vez que la peluquera terminó de trasquilarme, me llevó hasta la zona de lavado —en Japón, no suelen lavar el pelo con champú antes de cortarlo, sino que lo humedecen con un pulverizador de agua—. El agua de la ducha estaba a su temperatura justa, pero ¿por qué todas las peluqueras (o peluqueros) del mundo tienen la manía de restregar el cuero cabelludo hasta dejarlo dolorido?, ¿qué quieren arrancar?

Un rato después, volví a sentarme frente al espejo y esperé pacientemente a que me secaran el cabello. Tenía ganas de irme, pero aún quedaba un suplicio más: el masaje.

Es costumbre en Japón masajear la cabeza y los hombros del cliente para que este se vaya relajado y a gustito a su casa. La primera vez que me lo hicieron me quedé pasmada y mi cuerpo se puso tieso como un palo, pero ahora intento soportarlo con estoicismo y con la mejor cara, como si me agradara.

Y llegó el final de mi padecimiento. La peluquera me preguntó qué me parecía mi nuevo corte de pelo. En esta ocasión no tuve que mentir y le dije que me gustaba mucho. Me levanté y ella fue a por mi bolso y mi abrigo, que había guardado una hora antes en un armario. Pagué, le di las gracias entre risas y bromas (¡se le había olvidado quitarme el esparadrapo!) y… ¡hasta el año que viene!

Un mono en el camino

Adoro mis paseo matutinos. Me relajo, hago ejercicio y descubro cosas interesantes. Pero hoy han sobrepasado mis expectativas. Cuando volvía a casa, en el camino, me he encontrado con un mono. Al principio no daba crédito a mis ojos —no estoy en un zoológico, ¿verdad?– y luego me he detenido asustada y sin saber qué hacer porque era más grande de lo que imaginaba. Un conocido, el día anterior, me había contado que un mono solitario merodeaba por la ciudad, pero no esperaba encontrármelo al día siguiente, ni tampoco que tuviera ese gran tamaño (el mono japonés, Macaca fuscata, mide entre 50 y 90 centímetros, estoy segura de que este no era nada pequeño).

El mono estaba sentado sobre la valla de una casa. Enseguida ha bajado a la acera y se ha paseado de un lado a otro nervioso e inquieto. Desde la casa alguien ha hecho ruido para espantarlo y el mono, enfurecido y con una agilidad asombrosa, se ha metido en el jardín de un salto y ha vuelto a salir después de unos segundos. Yo lo estaba viendo todo a varios metros del lugar y he conseguido hacer algunas fotos.

Muy cerca del animal, en el otro extremo, había una mujer con dos perros. Uno de ellos lanzó algunos ladridos, pero la dueña lo ha hecho callar rápidamente. Finalmente, el mono, harto de la situación, ha cruzado la calle, y yo, temerosa de que fuera hacia donde me encontraba, he salido corriendo calle arriba, una calle sin salidas cercada por dos muros muy altos. Sin embargo, el mono no fue tras de mí, sino que tomó otra dirección. Cuando un minuto más tarde volví al mismo punto, el mono había desparecido. Tal vez había huido por una calleja que desemboca en un bosquecillo de bambúes.

Llegué a casa totalmente excitada y con ganas de narrarle a todo el mundo mi gran aventura. Una vez que me hube calmado, consulté la página web del ayuntamiento donde se hacían unas recomendaciones en el caso de que alguien se topara con el mono. Decía que no se le podía mirar fijamente a los ojos (¡anda que no!) porque lo tomaría como una amenaza y que no se le debía ofrecer ningún alimento (yo había pensado en llevarme un plátano mañana), porque dejaría de tener miedo de los humanos y se acostumbraría a vivir en nuestra ciudad.

En fin, mañana daré mi paseo de siempre, aunque llevaré un paraguas conmigo para sentirme más segura.

Me pregunto a dónde se dirigirá el mono y por qué está solo. Parece un rōnin, un samurái sin amo que se busca la vida sin servir a nadie.

Tumbas sin nombre

Me adentré en el cementerio. Las tumbas, cubiertas por la hojarasca, estaban colocadas de cualquier manera entre una vegetación salvaje y sin control. Delante de cada una de ellas había dos cilindros verdes clavados en la tierra que servían para colocar las flores, pero casi todos estaban vacíos o las flores estaban tiesas y sin vida.

En algunas lápidas, en forma de monolitos, las inscripciones había sido borradas por el tiempo y la naturaleza. Me detuve ante una que estaba ligeramente torcida sobre unas raíces enroscadas que la levantaban de su sitio. Sobre la piedra ya no quedaba rastro de ningún signo que indicara la identidad de la persona que reposaba en aquel pequeño espacio. Era un alma olvidada, sin nombre. El musgo y otros parásitos devoraban la lápida, resquebrajando la dura piedra, convirtiendo en polvo su recuerdo. Quizás —pensé–, en un futuro, la cenizas del cuerpo que descansa aquí y las cenizas de la piedra de la lápida acabarán confundiéndose sobre la tierra y el viento las arrastrará, desparramándolas por el mundo. Polvo eres y en polvo te convertirás, así de ciertas son estas palabras que no pude dejar de evocar.

Miré hacia arriba. Las copas de los árboles se inclinaban y formaban una cúpula sobre mi cabeza, que me encerraba y aislaba del mundo exterior. La luz del día se iba apagando. En lo más profundo del cementerio tan solo quedaba el silencio. Estaba sola entre todas esas tumbas, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido. No había nada más. O eso pensaba. Porque realmente no estaba sola. Una sombra surgió de la espesura.

Era un hombre que vestía la ropa de trabajo de los ayudantes de los templos, de un color apagado y poco llamativo, y se cubría la cabeza con un sombrero tradicional de forma cónica. Estaba de espaldas a mí y no podía ver muy bien lo que hacía, pero, al girarse un momento, pude observar que portaba una pequeña cesta de mimbre sin asas. Andaba despacio en medio de las tumbas con el rostro oculto por el sombrero. Empecé a espiarlo por el rabillo del ojo llena de curiosidad. Vi que se detenía ante una lápida, que juntaba las manos y luego inclinaba la cabeza. Supuse que estaba rezando. Enseguida sacó algo del cesto, que me pareció un ramillete de flores, y lo colocó sobre el florero tubular que había a los pies de la lápida. Después, siempre en silencio, se levantó con parsimonia y volvió a hacer lo mismo en otra tumba que había un poco más adelante.

En las viejas tumbas de renombre, las de importantes antepasados e ilustres personajes, siempre había flores, pero no sabía que estas pequeñas tumbas, humildes o sin nombre, también eran honradas por el personal del templo. No habían sido olvidadas después de todo. Inesperadamente me sentí feliz. Volví a mirar la tumba que tenía frente a mí. En otra ocasión yo también traería flores a este espíritu sin nombre con el que me había encariñado —una mujer, un niño o un anciano—, una persona cuyo corazón latió tan fuerte como el mío, que sintió alegrías y penas, y que tuvo sueños.

Mientras contemplaba la lápida deteriorada, sumida en mis pensamientos sobre la vida y la muerte, noté la mirada del hombre clavada en mí, aguda como el pinchazo de una aguja. Había detenido su caminar por las tumbas sin darme cuenta y ahora me observaba desde lejos, muy quieto. Tal vez estaba molesto porque me había visto hacer fotos a las lápidas y eso le había parecido una falta de respeto (aunque esa no había sido mi intención), así que opté por darme la vuelta escondiendo mi perturbación y, sin levantar la vista, me dirigí hacia la entrada del templo. Respiré aliviada cuando lo dejé atrás.

Una señora que ya conocía y con la que había conversado más de una vez me sorprendió saliendo del camposanto. Después de intercambiar los saludos de rigor, me echó una pequeña regañina porque a esas horas, cuando la noche está punto de caer, no era prudente pasearse por el cementerio. Podía toparme con algún indeseable con ganas de hacer daño, y, «además, —bajó la voz— podrías encontrarte con Hanabito, el hombre de las flores, que deambula por el cementerio cuando el sol está a punto de ponerse y las tinieblas se dan prisa en aparecer, dicen que si lo miras a los ojos, no tardarás en morir».

Rezos

Esta mañana, al entrar en el santuario, vi a una mujer realizando algo que solo había visto en las películas japonesas de suspense que emiten en televisión por la tarde. Iba en línea recta desde las puertas del santuario hasta los pies del altar mayor, y luego volvía otra vez por el mismo camino y rodeaba un pequeño pilar de piedra que había en la entrada para, acto seguido, recorrer otra vez el mismo trayecto. Cuando llegaba a las escaleras del altar, se detenía y anotaba algo en un papelito que tenía en la mano. Enseguida supe de qué se trataba: estaba haciéndole una súplica al dios del santuario. Este ritual se conoce con el nombre de Ohyakudo 御百度, que significa cien vueltas, porque ese es el número de vueltas que hay que dar para que el favor sea otorgado. Por lo general se hace en la intimidad y sin decírselo a nadie.

Miré mi reloj, todavía no eran las siete de la mañana, ¿cuánto tiempo llevaría allí aquella señora delgada y vestida de negro, que escribía en un papelito para llevar el conteo de sus idas y vueltas? Ojalá pueda ver cumplido su deseo.

Ohyakudo ishi

Kawaii Amabie

Ayer fue el Día de Todos los Santos, pero en Japón esta fecha no significa nada. Era un domingo como otro cualquiera. Para descansar, para jugar con los niños, para ir al centro comercial.

Salí por la tarde, después de comer, decidida a dar un gran paseo. El cielo gris amenazaba con dejar caer algunas gotas de lluvia, así que metí un paraguas en mi mochila por si las moscas. Afuera hacía calor y no tardé mucho en desprenderme de mi chaqueta.

Entré en el parque. Muchos coches habían aparcado dentro y se habían apropiado del camino que solía ser de los transeúntes. Se disputaba un partido de béisbol. En el campo de juego, los jugadores se veían jóvenes, casi niños, pero al observarlos más detenidamente, me di cuenta de que eran señores que estaban más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Me había engañado la agilidad con la que se movían. Sorteando algunos de esos coches, seguí hasta la zona de juegos. Un grupo de jóvenes padres jugaban con sus niños pequeños. Pero no se oían gritos estridentes ni lloros. Se movían casi en silencio. Un padre, sentado en el escalón del foso de arena, sostenía una bola de barro en su mano con la mirada perdida. Como él, otros padres allí congregados tenían el aspecto de estar bastante aburridos, como si estuvieran deseando estar en otro sitio.

Dejé atrás el parque y me encaminé hacia el santuario Tenma con un objetivo: comprar una figurita de Amabie. Ya tenía una pequeña lámina que representa su imagen plana, pero ahora quería hacerme con una tridimensional. Costaba unos 500 yenes, un precio nada desdeñable. Aunque abrazo cualquier superstición que no sea dañina, no era esto lo que me empujaba a comprar el yōkai salvador, sino el deseo de guardar un recuerdo palpable de estos días, porque, muy dentro de mí, confío en que pasen estos momentos de incertidumbre y preocupación, y cuando esto suceda, cada vez que contemple mi pequeño amuleto, me alegraré y sonreiré por lo que dejamos atrás.

En el recinto del santuario había tres parejas de padres con sus hijos pequeños, todos vestidos de gala. Acababan de celebrar la ceremonia de Shichi-go-san que siempre tiene lugar en noviembre. Se hacían fotos frente al templo. A su alrededor también se econtraban miembros del personal del santuario dispuestos a prestar su ayuda. Incluso había un pequeño puesto ambulante de dulces pegado al escenario cuadrado del santuario, en el centro del patio. Al detenerme un momento para echarle un vistazo, el tendero, solícito, me invitó a acercarme para que comprara algo. Sin embargo, yo solo tenía ojos para el mostrador donde se exponían los amuletos. Le pregunté al encargado si vendían «Amabíes», mientras miraba por encima. ¿Omamori?, me preguntó. Sí. Aquí están, y me señaló una esquina donde se alineaban unas vistosas figuritas de color rosa y verde, muy cerquita las unas de las otras. No sé si el hombre notó mi confusión y cierta desilusión en mi rostro —llevaba mascarilla—, porque, francamente, me había esperado otra cosa. Las figuras eran de cerámica —tan pequeñas que casi podías encerrar una en la palma de la mano— y no de trapo como las había imaginado. El rosa chicle y el verde chillón me hicieron pensar en caramelos. Detrás, en la espalda, rezaba una leyenda: «ekibyō taisan» (疫病退散), es decir, «aléjate epidemia». En su interior sonaba un cascabel. Elegí una figura de Amabie y se la di al encargado para que la metiera en una bolsita de papel con la insignia del santuario.

Después proseguí mi paseo. Crucé uno de los numerosos puentes que hay sobre el río Mukogawa, cuyas aguas corrían apaciblemente, y fui aún más lejos, caminando entre arrozales secos y tierras de labranza. Una bandada de cuervos picoteba en uno de esos arrozales. Algunos levantaron el vuelo cuando me vieron con mi cámara en ristre, dispuesta a hacer algunas fotos; otros solo me miraron de reojo y siguieron con lo que estaban. Dos horas más tarde volvía a casa, cansada de vagabundear. La luz de la tarde realzaba el intenso rojo de las hojas de los árboles. Tan hermosas. Quién dice que el otoño es triste. ¡Está lleno de color!