Biyōin

Desde siempre, cortarme el pelo ha sido una tortura que tengo que sufrir por lo menos una vez al año. Y hoy llegó ese día. No podía posponerlo más agarrándome a la excusa del coronavirus.

Por la tarde fui a la peluquería de mi barrio, a una hora en la que no suele haber mucha gente. Cuando llegué la encontré vacía. La peluquera, una señora que ya me conoce desde hace muchos años, en cuanto puse un pie dentro, me señaló el gel hidroalcohólico que había sobre el mostrador. Como buena ciudadana acerqué mis manos al dispensador que, al ser automático, me echó un buen chorro de líquido sobre ellas antes de tener el buen sentido de retirarlas. Después me senté en un sillón giratorio, resignada a sufrir que una (casi) desconocida hurgara en mi cabeza durante bastante tiempo.

Tanto la peluquera como yo llevábamos mascarilla. Sentí curiosidad por saber cómo se las iba a arreglar para cortarme el pelo con eso puesto. La solución fue muy sencilla, aunque no muy refinada. Sacó la goma elástica de mis orejas y luego pegó la mascarilla a la piel de mi cara con esparadrapo blanco. En mi interior recé por que no fuera muy adherente… Y, de esta guisa, la peluquera comenzó a cortar mi larga cabellera —casi, casi como la de Rapunzel— con sus afiladas tijeras. Mientras tanto, teníamos entre nosotras la típica charla insustancial que es de uso obligatorio en estas situaciones, y así hablamos sobre la familia, el trabajo, mi vida en Japón y el tema estrella: el coronavirus y todo lo relacionado con él.

Una vez que la peluquera terminó de trasquilarme, me llevó hasta la zona de lavado —en Japón, no suelen lavar el pelo con champú antes de cortarlo, sino que lo humedecen con un pulverizador de agua—. El agua de la ducha estaba a su temperatura justa, pero ¿por qué todas las peluqueras (o peluqueros) del mundo tienen la manía de restregar el cuero cabelludo hasta dejarlo dolorido?, ¿qué quieren arrancar?

Un rato después, volví a sentarme frente al espejo y esperé pacientemente a que me secaran el cabello. Tenía ganas de irme, pero aún quedaba un suplicio más: el masaje.

Es costumbre en Japón masajear la cabeza y los hombros del cliente para que este se vaya relajado y a gustito a su casa. La primera vez que me lo hicieron me quedé pasmada y mi cuerpo se puso tieso como un palo, pero ahora intento soportarlo con estoicismo y con la mejor cara, como si me agradara.

Y llegó el final de mi padecimiento. La peluquera me preguntó qué me parecía mi nuevo corte de pelo. En esta ocasión no tuve que mentir y le dije que me gustaba mucho. Me levanté y ella fue a por mi bolso y mi abrigo, que había guardado una hora antes en un armario. Pagué, le di las gracias entre risas y bromas (¡se le había olvidado quitarme el esparadrapo!) y… ¡hasta el año que viene!

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

2 comentarios en “Biyōin”

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