El último día del año

Y nevó. Y lo niños salieron a la calle y jugaron con la nieve.

Yo también.

Después se marcharon las nubes grises con el viento, apareció el sol y la nieve se derritió.

Mañana, nos levantaremos con una nueva ilusión.

Feliz Año Nuevo.

Tradiciones

Es curioso que tengamos que poner límites al tiempo para que la vida sea más llevadera. Cuando terminen de sonar las doce campanadas de la noche del día treinta y uno de diciembre, creeremos que empieza una nueva etapa y que el siguiente amanecer será totalmente diferente del anterior, que los rayos de sol iluminarán con más intensidad, que lo que antes era negro ahora será blanco e incluso que de nuestro interior nacerá otro yo renovado… y tan solo porque nosotros lo hemos decidido así.

Esa ilusión por un nuevo año, que siempre promete ser mejor que el presente, me ha llevado hoy al supermercado para hacer una última compra. El fuerte y gélido viento, que ha soplado desde el mediodía, no invitaba a salir a la calle, pero había olvidado comprar algo muy importante para entrar con buen pie en el 2021: ¡las uvas!

Las que vendían en la tienda procedían de Estados Unidos y eran bastante gordas, pero no había otras. Tendría que cortarlas por la mitad para no morir atragantada en la cuenta final. Con mis uvas en la bolsa, regresé a casa de buen humor y un poquito más tranquila —porque una no puede deshacerse fácilmente de una superstición que viene de la infancia—.

Esta noche y mañana nevará en gran parte del país. Que vuelva la nieve y el frío me parece un buen augurio, aunque es probable que no todos piensen igual. Pero para mí tiene un carácter simbólico: si la naturaleza sigue su rutina, todo irá bien .

Navidad 2020

Mis primeras navidades en Japón fueron también las primeras que pasé lejos de mi familia. Ese año no pude evitar derramar algunas lágrimas y sentirme muy extraña. Descubrí que en este país no existía ningún espíritu navideño —ni siquiera en televisión— y que la navidad, como en otras partes del mundo, solo era un puñado de guirnaldas y luces de colores engalanando tiendas y calles del centro de la ciudad. Estos adornos, inexplicablemente, duraban hasta el día veinticuatro de diciembre. El día de Navidad todo desaparecía —recuerdo el año en que mi vecino de enfrente emperifolló el jardín de su casa con racimos de luces brillantes y un papá noel muy gracioso que simulaba subir por una pared, cuando llegó el día 25, lo desmontó todo en un pispás—.

Sin embargo, el tan ansiado espíritu de la Navidad sí que existía en Japón, oculto en el interior de las iglesias. Pero ¿dónde podía encontrar una?, no te topabas con una iglesia dando un paseíto por las calles de la ciudad como ocurre en España, había que preguntar para conocer su ubicación. Y así, en esa búsqueda, llegué nada menos que a la iglesia de Nakayamate de Kobe. Mi sorpresa fue mayúscula al presentarme en el lugar: donde debía haber una iglesia solo hallé un gran solar en obras. Por desgracia había sido destruida en el gran terremoto de 1995.

Era ya de noche y hacía frío cuando entré en el recinto. Di una vuelta y miré todo aquello en silencio. Las sombras acrecentaban la desolación de aquel terreno casi vacío. Estaba decepcionada y un poco triste. El espíritu navideño estaba resultando ser bastante esquivo. Cerca de un pequeño edificio de una sola planta, que más bien parecía una habitación, habían montado un portal de belén hecho con ramas de pino. La Virgen y san José velaban al niño Jesús, rodeados por los Reyes Magos y los pastores. Me coloqué al lado del portal y me hicieron una foto. Esa foto la tengo ahora frente a mí. Una joven vestida con un abrigo negro y una bufanda blanca mira a la cámara con semblante serio.

Poco tiempo después alguien me dijo que no era necesario ir tan lejos en pos de un espíritu que tenía más cerca de lo que imaginaba.

Han transcurrido muchos años. Y hoy también es Navidad.

Esta mañana, como de costumbre, me levanté muy temprano para dar mi paseo matutino. Sin embargo, hoy no hice la ruta de siempre, me dirigí a la única iglesia católica que hay en mi ciudad. Sabía que sus puertas estarían cerradas y que no podría entrar, pero eso no me importaba, mi propósito era contemplar el pequeño nacimiento que todos los años colocaban junto a la entrada. Observé las figuras depositadas sobre un lecho de paja: los padres, arrodillados en el suelo, miraban a su bebé que dormía en la cuna. Esas figuras toscas y un poco deterioradas simbolizaban el espíritu navideño que yo echaba de menos.

Feliz Navidad.

Primera nevada

El frío ya está aquí, llegó el domingo por la tarde. Y ayer el hombre del tiempo predijo que por la noche caería una fuerte nevada en el norte de la región.

Por eso, esta mañana me habría quedado con gusto en la cama, calentita bajo una montaña de edredones, pero tenía curiosidad por saber si había nevado también aquí y experimentar ese frío de invierno que corta la respiración, así que me levanté de un salto.

Me miré al espejo antes de salir: debajo de mi gruesa chaqueta de chándal llevaba varias camisetas y jerséis, me había encasquetado el gorro hasta las cejas y mi cara estaba totalmente tapada con la mascarilla, solo se me veían los ojos —pensé que nadie me reconocería con esas pintas, pero, más tarde, un vecino de un vistazo supo quién era yo y me saludó como todos los días—, por supuesto también me protegí las manos con unos guantes de lana.

Y al abrir la puerta de casa descubrí que, efectivamente, había nevado por la noche. Me alegré. El termómetro que había en la calle marcaba dos grados bajo cero, sin embargo no sentí demasiado frío cuando inicié mi caminata hacia el parque. Eran cerca de las siete y el sol todavía no había salido. El cielo tenía un color gris sucio. Todo estaba en calma y no soplaba ni una ligera brisa. La acera estaba cubierta por una fina capa de nieve que en algunos sitios se había convertido en hielo. Después de algunos resbalones decidí fijarme bien en dónde ponía los pies.

Era una pena que no hubiera nevado un poco más. Apenas se notaba la nieve sobre el suelo o la vegetación, en pocas horas toda ella se habría derretido con el tímido sol de invierno.

No había casi nadie por la calle, excepto los transeúntes de siempre, los que salen a dar su paseo matutino llueva, nieve o truene. Pero eché en falta a algunos.

En la calle de una urbanización, una niña de unos cinco años recogía la nieve de la calzada con una pequeña pala azul de juguete y luego la depositaba en un cubilete amarillo. A ella no parecía importarle que esta nevada fuera demasiado insignificante. Tampoco el frío, pues llevaba poca ropa de abrigo. ¡Había nevado! ¿Qué había más importante? Después, cuando acabó con su tarea, se metió en su casa corriendo, llevando con ella su pequeño tesoro.

En el santuario, el buey sagrado me saludó de buen humor. Sobre su cabeza y su lomo había algunos copos de nieve, pero no tenía frío. Me dijo que esta nieve era un buen presagio, que en el nuevo año las cosas irían mejor. Sonreí, en mi interior yo también quería creerlo. Le dije que tuviera cuidado con el coronavirus y que se pusiera bien la mascarilla porque la tenía un poco torcida. En enero iba a ver a mucha gente.

Salí de allí y tomé el camino de regreso. Un estudiante de secundaria pasó a mi lado en bicicleta, llevaba una gran mochila roja a sus espaldas y hablaba por el móvil mientras pedaleaba, algo que hacen muchos, pero me sorprendió verlo vestido solo con el uniforme del colegio: unos pantalones, un polo y un jersey negro, nada más. Ni guantes, ni bufanda, ni gorro, ni chaqueta. Iba charlando tan tranquilo en su bicicleta como si estuviéramos en un cálido día de primavera.

¿Es posible que esta primera nieve dé más calor que frío?

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.

Sigo traduciendo

Me ha costado mucho, muchísimo, pero por fin he logrado traducir la segunda parte del capítulo uno de la biografía de Sakae Tsuboi, de Reiko Mori. He tenido que lidiar con la lectura de los nombres propios de los artistas y escritores que aparecen aquí —Internet me ha sido de gran ayuda, no sé que haría sin él—; también los topónimos me han traído de cabeza y he invertido mucho tiempo en esa investigación. Pero eso, dentro de lo que cabe, no es lo peor: traducir es un trabajo arduo y penoso —que me desespera y me pone de mal humor—. Traducir es entender las palabras y las construcciones de un lenguaje que no es el tuyo y trasladar todo eso a tu propia lengua, y no es nada fácil.

El español, el japonés, qué idiomas tan diferentes.

Nuestra lengua parece que tuviera una espina dorsal de la que salen todas las palabras y oraciones en perfecto orden; cada elemento conoce su lugar. Pero cuando leo las oraciones en japonés siento que estoy ante un cuadro impresionista que solo se ve bien desde lejos. ¿Dónde está el sujeto? ¿Cuál es el verbo principal? A veces, eso carece de importancia. Así que me devano los sesos y me sale humo de la cabeza, y pregunto a todo bicho viviente (que sea japonés, claro) que pueda resolver mis dudas.

No, no me gusta traducir, pero ¿de qué otro modo podría conocer en profundidad a la escritora Sakae Tsuboi si toda la información está escrita en japonés? En más de una ocasión he tenido la tentanción de abandonar este proyecto, pero el blog me empuja a seguir adelante y llegar hasta el final. Y estoy a punto de dar otro paso.

Todavía tengo que pulirlo un poco más, pero en breve publicaré esa segunda parte del capítulo uno, donde Sakae Iwai, por fin, podrá encontrarse con Shigeji Tsuboi, que estaba ilocalizable. A través de él entrará en contacto con otros artistas que luchan por abrirse camino y hacerse un nombre, como el ilustrador Tatsuo Okada y la escritora Taiko Hirabayashi.

Soñé

Esta mañana no he ido a caminar. El pitido desagradable del reloj me despertó, pero no le hice caso —me dolía la cabeza y estaba cansada—. Cerré de nuevo los ojos tras el sobresalto y soñé un sueño absurdo que terminó en tragedia. ¿Quién escribe el guion de nuestros sueños mientras dormimos? ¿Quién decide el desenlace final? El dolor que sentí fue tan profundo y desgarrador que mi mente no tuvo más remedio que despertarme para dejarme salir de aquel infierno. Lo hice jadeando. Enseguida me di cuenta de que solo había sido una pesadilla, pero no experimenté ningún alivio. Me quedé en la cama sin ganas de moverme y recordando con tristeza aquella imagen de un cuerpo pálido e inerte. Como en la vida real, no había nada que pudiera deshacer. Pero ese dolor estaba dentro de mí y necesitaba entenderlo, conocer su origen, diseccionarlo en pequeñas partes, y eso hice después de desayunar. Me senté ante el ordenador y miré desde la distancia, analicé cada fragmento, cada elemento de mi sueño y, así, palabra a palabra pude llegar a comprender. El hecho era muy simple: en mi sueño solo había rememorado antiguos temores; minúsculos detalles sin importancia del día anterior, palabras que dije, imágenes que vi. Todo eso habría quedado sepultado en el olvido si me hubiera levantado temprano, si no hubiera soñado otra vez.

Por fortuna, casi todos los sueños acaban borrándose de nuestra mente o se transforman en una niebla espesa que no nos deja ver con claridad.

A través de la ventana que tengo a mi lado, el sol entra a raudales y calienta mi cuerpo. Esa luz me reconforta. Lo mejor es olvidar.

Mirar

Con el tiempo, los días se vuelven monótonos y semejantes. Pasan y los olvido. Pero, si no puedo retenerlos, si se han borrado de mi memoria, ¿realmente los he vivido? ¿Cómo hacer para que los días, las semanas, los meses, las estaciones y los años no sean tan solo una masa compacta y sin color? La respuesta no está en el trabajo, ni en las tareas domésticas, ni en la compra semanal. Eso lo sé muy bien. Tampoco, en alterar la vida de manera drástica y sin sentido. No. La respuesta está en mirar.

Mis paseos matutinos me han dado la oportunidad de observar los pequeños cambios de la naturaleza, aquellos que apenas veía a través de la ventana o cuando iba de compras, siempre con prisas. Y a veces son tan pequeños que solamente los veo yo. Salgo cada mañana con mi vieja canon en la riñonera, preparada para guardar ese algo que hará mi día diferente. No siempre lo registro con mi cámara, pero sí lo miro muy bien para poder recordarlo.

Por ejemplo, puedo recordar las flores de los cerezos abriéndose poco a poco como el miedo de la gente al coronavirus, el cuervo que me persiguió en primavera en Shingetsuin, los arrozales verdes en junio, mi pie torcido en un socavón del camino por fotografiar el paisaje, el niño que me sonrió tímidamente cuando iba a jugar al béisbol, el sol atómico en agosto, la flor roja venenosa del cálido otoño, aquella araña en las alturas agarrada al tendido eléctrico, las ramas de los árboles reflejándose en el estanque que ahora está seco.

Puedo recordar que el martes pasado, cuando el sol estaba a punto de salir por el este, la luna resplandecía en el cielo del oeste, redonda e inmaculada, como si fuera otra farola más que iluminaba la calle. Y recordaré que hoy la bruma cercaba mi ciudad y la convertía en otra Brigadoon  —pero sin Gene Kelly —, y que al llegar a casa tenía el flequillo mojado y mis pestañas, cargadas de diminutas gotitas.