Primera nevada

El frío ya está aquí, llegó el domingo por la tarde. Y ayer el hombre del tiempo predijo que por la noche caería una fuerte nevada en el norte de la región.

Por eso, esta mañana me habría quedado con gusto en la cama, calentita bajo una montaña de edredones, pero tenía curiosidad por saber si había nevado también aquí y experimentar ese frío de invierno que corta la respiración, así que me levanté de un salto.

Me miré al espejo antes de salir: debajo de mi gruesa chaqueta de chándal llevaba varias camisetas y jerséis, me había encasquetado el gorro hasta las cejas y mi cara estaba totalmente tapada con la mascarilla, solo se me veían los ojos —pensé que nadie me reconocería con esas pintas, pero, más tarde, un vecino de un vistazo supo quién era yo y me saludó como todos los días—, por supuesto también me protegí las manos con unos guantes de lana.

Y al abrir la puerta de casa descubrí que, efectivamente, había nevado por la noche. Me alegré. El termómetro que había en la calle marcaba dos grados bajo cero, sin embargo no sentí demasiado frío cuando inicié mi caminata hacia el parque. Eran cerca de las siete y el sol todavía no había salido. El cielo tenía un color gris sucio. Todo estaba en calma y no soplaba ni una ligera brisa. La acera estaba cubierta por una fina capa de nieve que en algunos sitios se había convertido en hielo. Después de algunos resbalones decidí fijarme bien en dónde ponía los pies.

Era una pena que no hubiera nevado un poco más. Apenas se notaba la nieve sobre el suelo o la vegetación, en pocas horas toda ella se habría derretido con el tímido sol de invierno.

No había casi nadie por la calle, excepto los transeúntes de siempre, los que salen a dar su paseo matutino llueva, nieve o truene. Pero eché en falta a algunos.

En la calle de una urbanización, una niña de unos cinco años recogía la nieve de la calzada con una pequeña pala azul de juguete y luego la depositaba en un cubilete amarillo. A ella no parecía importarle que esta nevada fuera demasiado insignificante. Tampoco el frío, pues llevaba poca ropa de abrigo. ¡Había nevado! ¿Qué había más importante? Después, cuando acabó con su tarea, se metió en su casa corriendo, llevando con ella su pequeño tesoro.

En el santuario, el buey sagrado me saludó de buen humor. Sobre su cabeza y su lomo había algunos copos de nieve, pero no tenía frío. Me dijo que esta nieve era un buen presagio, que en el nuevo año las cosas irían mejor. Sonreí, en mi interior yo también quería creerlo. Le dije que tuviera cuidado con el coronavirus y que se pusiera bien la mascarilla porque la tenía un poco torcida. En enero iba a ver a mucha gente.

Salí de allí y tomé el camino de regreso. Un estudiante de secundaria pasó a mi lado en bicicleta, llevaba una gran mochila roja a sus espaldas y hablaba por el móvil mientras pedaleaba, algo que hacen muchos, pero me sorprendió verlo vestido solo con el uniforme del colegio: unos pantalones, un polo y un jersey negro, nada más. Ni guantes, ni bufanda, ni gorro, ni chaqueta. Iba charlando tan tranquilo en su bicicleta como si estuviéramos en un cálido día de primavera.

¿Es posible que esta primera nieve dé más calor que frío?

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

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