Viaje relámpago a Tokio (1)

Habíamos llegado demasiado pronto. «¡Venga, coge este tren, deprisa!», me apremió. Y me subí a él precipitadamente, casi sin despedirme. Las puertas se cerraron y el tren con un quejido reanudó su marcha. A partir de ahora tendría que arreglármelas yo sola. Me senté y pasé una rápida mirada a mi alrededor. En mi vagón solo había tres personas. Eran tres hombres. Uno estaba dormitando con la cabeza inclinada sobre su pecho, otro miraba el móvil con parsimonia y el tercero, que estaba más cerca de mí, leía el periódico. Eran las cinco de la mañana. En los cristales del vagón veía el reflejo distorsionado de mi figura y tras ellos, la oscuridad. Me agarré las manos e hice un intento por relajarme, tenía ante mí un día muy largo. Hoy viajaba a Tokio.

Saqué mi cuaderno y anoté mis primeras impresiones —es más fácil evocar las sensaciones si antes han quedado registradas de algún modo—. Mis letras resbalaban sobre el papel sin orden ni concierto, libres de la vigilancia de mis ojos, porque por pereza no me había tomado la molestia de buscar las gafas, que se encontraban en algún bolsillo de la mochila, y solo era capaz de entrever unos garabatos borrosos. Después guardé el cuaderno y me dediqué a repasar mentalmente todos los pasos que debía dar hasta llegar a mi destino. El primero lo daría en Tanigami, donde tendría que hacer transbordo. Conocía muy bien esta parte del trayecto, lo había recorrido muchas veces, así que gradualmente empecé a serenarme.

El tren hacía su tercera parada cuando, de repente, al volver a echar un vistazo a mis pertenencias, me di cuenta de que había olvidado algo muy importante. ¡No puede ser! Me levanté de un salto presa del pánico. «¡Ay, ay!», me quejé en voz alta, moviéndome de un lado a otro ante la indiferencia del resto de los pasajeros, que apenas me dirigieron la mirada. ¿Qué podía hacer? Rápidamente tomé una decisión y salí del vagón antes de que cerraran las puertas. El tren se alejó y yo me quedé en el andén, buscando el móvil con frenesí en los infinitos recovecos de la mochila. «¡Me he dejado la bolsa en el coche!», le grité desesperada cuando él, ajeno al drama que yo estaba viviendo, contestó de buen humor a mi llamada. «Tranquila», me dijo sin perder la calma,«¿dónde estás?». Se lo expliqué. «No te muevas de ahí, voy en el próximo tren», y cortó bruscamente. Miré el reloj de la plataforma: aún había tiempo. Tal vez podría conseguirlo. Llena de ansiedad comencé a vigilar el camino por el que aparecería el tren y, mientras lo esperaba, no cesé de reprenderme una y otra vez: por mi culpa la planificación del viaje podría irse al traste. Unos minutos más tarde, se escuchaba por megafonía la conocida melodía que avisaba de la llegada de un tren —era el que tenía que haber tomado en un primer momento—. En su interior, con una sonrisa de aliento, estaba él portando mi bolsa. En cuanto bajó, arranqué la bolsa de sus manos y subí sin detenerme. Apenas intercambiamos un saludo.

Suspiré aliviada. Todo estaba bajo control, mi viaje volvía a empezar.

Vuelve la nieve

Por diferente motivos, hacía días que no salía a pasear por la mañana. Pero hoy lo hice.

Lo primero que vi al abrir la puerta fue el suelo cubierto de nieve reciente. Acababa de empezar a nevar. Decidí llevarme el paraguas y, muy abrigada, salí a andar por las oscuras y solitarias calles de la ciudad. En el parque alguien corría con la cabeza descubierta, en apariencia, indiferente a los copos de nieve que se introducían en sus ojos. Creo que no había nadie más, quién querría caminar con ese tiempo…

Me dolían las manos a pesar de los guantes. Moví los dedos una y otra vez para entrar en calor y cerré el paraguas.

La nieve poco a poco fue cambiando el aspecto de las calles, su blancura se derramaba sobre el suelo, los coches, los edificios… con cada paso que daba aplastaba su superficie emitiendo un curioso sonido; tras él quedaban las huellas de mis zapatillas deportivas.

Kinō wa doko ni mo arimasen, de Tatsuji Miyoshi

Otra de las poesías que atrajo mi atención en la colección de poemas Poketto Shishū III (ポケット詩集III) fue Kinō wa doko ni mo arimasen (El ayer no está en ningún lugar) de Tatsuji Miyoshi.


 El ayer no está en ningún lugar

 Autor: Tatsuji Miyoshi
 Traducción: Matilda O. Salinas
 
 El ayer no está en ningún lugar
 Ni en los cajones de la cómoda de allí
 Ni en los cajones del escritorio de aquí
 El ayer no está en ningún lugar
  
 ¿Es una fotografía de ayer?
 Estás de pie ahí
 Estás riendo ahí
 ¿Es una fotografía de ayer?
  
 No, el ayer no está
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
 No es el reloj de ayer
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
  
 El ayer no está en ningún lugar
 La habitación de ayer no está
 Son las cortinas de hoy
 Son las zapatillas de hoy
  
 La tristeza de hoy es algo de hoy
 No es algo de ayer
 El ayer no está en ningún lugar
 La tristeza de hoy es algo de hoy
  
 No, no hay tristeza
 ¿Por qué tal tristeza?
 El ayer no está en ningún lugar
 ¿Qué tiene de triste?
  
 El ayer no está en ningún lugar
 Estabas de pie ahí
 Estabas riendo ahí
 El ayer no está en ningún lugar 
Kinō wa doko ni mo arimasen

Autor: Tatsuji Miyoshi

Kinō wa doko ni mo arimasen
Achira no tansu no hikidashi ni mo
Kochira no tsukue no hikidashi ni mo
Kinō wa doko ni mo arimasen

Sore wa kinō no shashin deshōka
Soko ni anata no tatteiru
Soko ni anata no waratteiru
Sore wa kinō no shashin deshōka

Iie kinō wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei
Kyō no tokei wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei

Kinō wa doko ni mo arimasen
Kinō no heya wa arimasen
Sore wa kyō no madokake desu
Sore wa kyō no surippa desu

Kyō kanashii no wa kyō no koto
Kinō no koto de wa arimasen
Kinō wa doko ni mo arimasen
Kyō kanashii no wa kyō no koto

Iie kanashiku arimasen
Nan de kanashii mono deshō
Kinō wa doko ni mo arimasen
Nani ga kanashii mono desu ka

Kinō wa doko ni mo arimasen
Soko ni anata no tatteita
Soko ni anata no waratteita
Kinō wa doko ni mo arimasen

Antología completa de Tatsuji Miyoshi. Edición definitiva, 1962.

定本三好達治全詩集1962


El poema, escrito en verso libre, está dividido en siete estrofas. Como una letanía se repite una y otra vez el título de la composición o parte de él, haciendo hincapié en la palabra arimasen (no está, no hay).

El poeta observa la habitación de manera minuciosa y nos hace saber que no existe ningún recuerdo del ayer (no hay nada en los cajones de la cómoda ni del escritorio), y enfrenta ese pasado al hoy del son del reloj, al hoy de la habitación, las cortinas y las zapatillas. Sin embargo, hay un elemento que sirve de nexo entre el ayer y el hoy, una foto de una persona que sonríe. ¿Quién es? ¿Una mujer a la que amó? ¿Un querido amigo? El ayer y el hoy se funden en esa foto del pasado que permanece en su presente y que provoca en el poeta un sentimiento de tristeza que se niega a reconocer.

El autor

Tatsuji Miyoshi 三好達治 (1900-1964) fue un poeta, crítico literario y editor japonés de la era Shōwa.

Nace en Osaka el 23 de agosto de 1900.

Debido a las dificultades económicas que sufre su familia, tiene problemas para finalizar sus estudios.

Se alista en el ejercito imperial japonés en 1915 con el propósito de hacer carrera como soldado, pero lo abandona años más tarde. En 1925, inicia sus estudios de literatura francesa en la universidad de Tokio y traduce obras de Charles Baudelaire y otros autores franceses.

En 1930 se da a conocer con la publicación de su primera antología poética, Sokuryōsen  (La nave de medición).

Muere en Tokio el 5 de abril de 1964.

En su obra se ve reflejada la poesía simbolista francesa, con reminiscencias de la tradición poética japonesa. Su estilo es profundo, complejo y visual.

En 2004, la ciudad de Osaka crea el premio Miyoshi Tatsuji para galardonar la mejor antología poética publicada en el país.

Reconocido a nivel nacional, la poesía de Miyoshi empieza a aparecer en los libros de texto de Japón después de la Segunda Guerra Mundial: sus composiciones, breves y aparentemente sencillas, eran idóneas para la enseñanza escolar. Pese a ello, con el paso del tiempo, Miyoshi ha ido cayendo en el olvido y se ha convertido en un poeta del pasado.

Gélido

Sentir frío es agotador. Encoge los músculos y anula el deseo de acción.

Esta mañana había cero grados dentro de casa. En el exterior la temperatura era aún más baja.

Me abrigué con capas y más capas de pesada ropa con el fin de proteger mi fina piel y mantener mi calor coroporal, y luego encendí el aire acondicionado y el kotatsu. Mientras esperaba a que la habitación se calentara, eché un vistazo por la ventana.

En el jardín, las plantas, desnudas tanto en verano como en invierno, estaban arrugadas y habían adquirido un feo tono morado nada favorecedor; otras, convertidas en negros esqueletos sin vida, ya solo eran el triste recuerdo de lo que una vez fueron.

Sin embargo, el sol brillaba alegremente y el cielo estaba azul. Si ahora hiciera una foto a un pedacito de este cielo luminoso, pensé, nadie sabría que es invierno ni que el viento gélido se divierte azotando los cuerpos contraídos de personas y plantas, nadie vería cómo la vida hace frente a las inclemencias del tiempo y se resiste a morir.

Ganjitsu, Año nuevo

Hoy me levanté a las seis de la mañana y me vestí enseguida. La habitación estaba helada, hacía muchísimo frío. Cogí algunas monedas, mi cámara de fotos y salí al exterior.

En la entrada me esperaba el pequeño muñeco de nieve que habíamos hecho el día anterior, que con sus brazos extendidos parecía proteger la casa; había perdido sus ojos, unos guijarros que habían caído pesadamente sobre el suelo, y a duras penas se mantenía en pie. Su vistoso gorro de color rojo era como un faro dentro de la oscura mañana. Todo estaba en silencio, nada se movía, la gente dormía plácidamente en sus camas. Pero el vecino de enfrente también se había levantado, había luces en su casa. Sin pensármelo más, di unos pasos e inicié mi caminata por las calles silenciosas de la ciudad.

Atravesé el parque que estaba extrañamente solitario —nadie andaba por allí—, pero los animales, escondidos en las sombras, se movían y hacían ruiditos extraños, luego, al entrar en la pista de jogging, vi aproximarse a una pareja de ancianos que paseaba a su perro. Eran unos viejos conocidos. Los saludé pero ellos no me contestaron, ¿no me han oído?, pensé dolida.

Apresuré mi paso y crucé la calle. Delante de mí caminaban tres personas, una familia tal vez. El hombre empujaba con brío un carrito de bebé, cuyas ruedas resonaban estrepitosamente sobre la acera. El pequeñajo estaba muy quieto, posiblemente encogido de frío, sentí lástima de él, sin embargo noté que algo no encajaba… Cuando los alcancé me di cuenta de que el adorable angelito era en realidad un perro. Resoplé. Los adelanté rápidamente y llegué antes que ellos al santuario.

No entré por la puerta delantera, sino por la de atrás, por el patio. Allí había un hombre que se calentaba junto a una hoguera. El santuario estaba iluminado con farolillos que creaban una atmósfera cálida y acogedora en esta gélida mañana de enero. Entré sin más preámbulos, deprisa, aprovechando la soledad del momento. Lancé varias monedas dentro del saisenbako y me incliné antes de rezar. Después me acerqué a saludar a mi amigo, el buey sagrado, y di una vuelta por el lugar, que era como mi casa.

En el puesto de los omamori, compré una pequeña vaquita de madera para colgarla en el llavero. ¿Y los omikuji?, le pregunté al hombre que estaba detrás del mostrador, porque no veía por ninguna parte a las jóvenes miko que se encargaban de venderlos. El señor me dio una explicación con un lenguaje tan cortés, que no entendí nada. Le di las gracias, claro. De todos modos, les pregunté a unos chicos que, no muy lejos de mí, estaban leyendo sus papelitos de la suerte y ellos me indicaron dónde estaban, justo a mi lado, en unas cajas que había sobre una mesa plegable. Introduje una moneda de cien yenes en un cuenco de bambú y cogí un papelito muy bien doblado. No lo abrí, lo haría más tarde en casa. Y una vez que cumplí con el propósito de mi visita, emprendí el camino de regreso a casa. Pero antes tenía que seguir otro ritual.

Subí deprisa la colina, mirando constantemente por encima de mi hombro, tan rápido que empezaron a dolerme las piernas y a sentir demasiado calor. Arriba, ya había otras personas congregadas, esperando la salida del sol. Me detuve y miré al horizonte como los demás. Tras las montañas surgía una luz amarilla que gradualmente iba haciéndose más intensa, muy lentamente. Temí que las nubes volvieran a robarnos lo que tanto ansiábamos contemplar, pero no, ¡allí estaba el sol!, con su luz limpia y llena de vida. El disco solar apareció mostrando todo su esplendor. Detrás de mí, un grupo de vecinos charlaba animadamente.