Ume

La primavera, oficialmente, aún no ha llegado, pero eso a la naturaleza le importa poco. La vida se abre camino otra vez sin detenerse y haciendo caso omiso de formulismos.

En el santuario, las flores blancas y rojas de los ciruelos, como los trazos delicados de un pintor, salpican de color las ramas sin hojas de los árboles. Las contemplo sorprendida y me siento feliz.

Un hombre sube las escaleras y deposita unas monedas en el saisenbako, y antes de rezar me echa un vistazo.

Miro las flores. También me siento un poco triste. Un año, ¿cuánto más hay que esperar?