Capítulo 1: el capítulo del matrimonio (3)

A la mañana siguiente, Sakae se levantó a las seis cuando todavía estaba oscuro, tal como acostumbraba en su pueblo. En su primera noche de recién casada se dio cuenta de que no iba ser fácil vivir con Shigeji y estaba enfrentándose a un principio de desilusión. No obstante, se levantó alegremente cuando, desde la ventana sin cortinas, contempló la arboleda y escuchó el canto animado de los gorriones y los patos. Se puso el kimono, intentando no hacer ruido, se ajustó bien el obi y se recogió rápidamente el pelo en la habitación sin espejo y, tras pisar algunas columnas de escarcha, se quedó de pie ante el pretil del pozo.

Coció arroz en una olla de barro y como guarnición solo preparó una buena cantidad de sopa de miso. Después se sentó y, sin hacer nada, se quedó esperando a que Shigeji se levantara, pero él siguió durmiendo y roncando suavemente.

Se sentía desencantada recordando los sucesos del día anterior, debido a los cambios demasiado sorprendentes que estaban produciéndose en su vida. Shigeji había llegado a esa casa con las manos vacías. Cuando le preguntó dónde estaban sus cosas, él, rascándose la cabeza avergonzado, le explicó que estaban en su apartamento, pero que como debía cuatro meses de alquiler y no tenía dinero no podía ir a por ellas, y que por esa razón había estado alojándose en las casas de sus amigos.

—Sakae, ¿me prestas dos o tres kimonos?

Shigeji le dijo que los iba a llevar a la casa de empeños. Inmediatamente, ella los sacó de su maleta de mimbre y se los entregó, incluso añadió su reloj de pulsera.

—No te preocupes. Soy un hombre casado, ¿no?, así que me voy a poner enseguida a buscar trabajo.

—¡Yo también voy a buscar trabajo! Si trabajamos los dos, podremos vivir sin problemas.

Sakae se alegraba de haber ido a la playa de Kujūkuri-hama, porque pudo ver con sus propios ojos cómo era la vida de Shigeji en Tokio, la vida con la que él soñaba en Shōdoshima. No sabía qué pensamientos tenía en su cabeza, pero de lo que sí estaba segura es de que no tenía sentido vivir en esa ciudad si no podían apañárselas bien, y lo que más odiaba Sakae era llevar una vida disoluta.

—¡No se puede vivir bien sin comer! —dijo Sakae, y cuando Shigeji salió de casa cayó de bruces en la habitación vacía y rompió a llorar.

Lloraba sin cesar porque echaba de menos a su padres y hermanos y porque al recordar la vida en su pueblo se arrepentía de haberse marchado de allí. Por esas fechas, el viento marino de invierno, que azotaba los árboles, ya habría encerrado en sus casas a la gente de la isla.

Shigeji volvió contento porque le habían prestado diez yenes y enseguida le propuso a Sakae ir a comprar una olla y un caldero para cocer arroz. Una nueva determinación brotó de Sakae tras las lágrimas que había derramado. Ella, que hacía un rato había llorado desconsoladamente, se preguntaba por qué solo con escuchar la voz de su despreocupado Shigeji volvía a sentirse feliz y lo seguía como si flotara de alegría. Tal vez fuera porque su hakama desgastado de color castaño rojizo y su cabello largo y sucio, lejos de causarle desagrado, le sacaban una sonrisa. En el amor mutuo que sienten un hombre y una mujer, ¿no existirá también una fascinación por aquello que es contradictorio? Es el mundo de un hombre y una mujer que unieron sus cuerpos. Es la compasión hacia una persona ante la que una se ha desnudado por primera vez al cumplir los veinticinco años. ¡Qué felicidad! En la isla nunca hubo nadie a quien deseara. Ella, que había suspirado por Shigeji, finalmente se había unido a él.

Un día escuchó que el hermano mayor de Shigeji había dicho: «Si alguien puede ser la esposa de Shigeji, es Sakae». Ella era de la misma opinión. A él no le agradaban las jóvenes de la isla, que solo pensaban en casarse y tener hijos. Si pudiera hacerse realidad, a ella no le importaría convertirse en la esposa de un hombre como Shigeji, que seguía diferentes movimientos ideológicos y literarios en Tokio en pos de una nueva era.

Sin embargo, él no tenía un céntimo ni un trabajo con el que ganarse la vida, a diferencia de Sakae que, a pesar de ser una mujer, se había ocupado de sostener a su famila y había trabajado en el ayuntamiendo de su pueblo, e incluso había ahorrado el dinero suficiente para viajar a Tokio. Desde el principio, la razón por la que Shigeji la había mandado llamar era porque contaba con su escaso dinero ahorrado, se lamentaba. Antes había llorado hasta quedar exhausta, pero ahora, sin saber por qué, derramaba dulces y tristes lágrimas. Hasta el bicho de lengua viperina se había ocultado en algún lugar dentro de Sakae…

Sakae Tsuboi (foto tomada en Kobe cuando viajaba a Tokio en 1925)

Hicieron las compras en un mercado cercano y volvieron a casa sujetando los paquetes con ambas manos. Después compraron dos céntimos de carbón vegetal y cinco kilos de arroz, y alquilaron tres futones de algodón fino en la tienda de futones de alquiler. En la tienda, les envolvieron los futones en un lienzo de gran tamaño para poder cargarlos.

A una tabla de cortar le colocaron cuatro patas para usarla como mesita y, muertos de risa, celebraron su primera cena. Dicen que a Shigeji le encantó la comida aunque solo consistió en una sopa de miso con satoimo, tofu y rábano secos cocinados con tofu frito, encurtido de rábano amarillo y una pequeña pieza de besugo. Con todo, si Sakae no hubiera tenido dinero ahorrado, es posible que el inicio de su vida en pareja hubiera sido muy semejante a la noche en que Tatsuo Okada dio la bienvenida a Taiko Hirabayashi, y que Shigeji, al igual que él, en esa primera cena la agasajara con unos cuencos de arroz robados de un cementerio y unos rábanos del huerto de alguien.

—Este guiso me recuerda a mi madre, ¡cómo la echo de menos!

En fin, puesto que había formado un hogar con Shigeji, debía vivir sin causar preocupación a sus padres.

Sakae estaba esperando a que Shigeji se levantara para que le buscara un trabajo que ella pudiera hacer en casa, pero él continuaba durmiendo. Como siempre había vivido solo, estaba acostumbrado a hacer lo que le daba la gana; si ella no lo levantaba, estaba segura de que dormiría hasta muy tarde. La sopa de miso estaba completamente fría, el arroz, tibio y duro, y ella, la mañana después de su boda, permanece sentada sobre el tatami de la pequeña habitación sin tener nada que hacer. Entonces, escucha a lo lejos la voz de una mujer llamando a alguien, y Sakae cree oír: ¡Tsuboi!

¿Quién vendría a visitarlos por la mañana si se habían mudado el día anterior? ¿y cómo sabían que se habían casado?, se preguntó extrañada. En efecto, la voz no cesaba de llamar a Shigeji Tsuboi. Desde el otro extremo del jardín, llamaban como si gritaran desde la cima de una montaña esperando el eco.

—Oye, que te están llamando.

Shigeji se ajustó el kimono con el que había dormido, se enrolló a la cintura un obi negro de muselina y, frotándose los ojos soñolientos, echó un vistazo a través de los cristales del corredor que daba al exterior de la casa.

—¿Quién es?

—¡Ah! Soy Nomura, y también está conmigo Fumiko Hayashi.

Eran los mejores amigos de Shigeji, la pareja formada por Yoshiya Nomura y Fumiko Hayashi, a los que Sakae conocía de oídas porque su marido le había hablado mucho de sus amistades en esos tres días en los que habían ido de un lado para otro. Él le había contado que los dos vivían en Seta, que en la línea ferroviaria de Tamagawa era la parada que venía después de Sangenjaya, y que había ido con ellos a dar una vuelta en bote por el cercano río Tama.

A Sakae le parecía increíble que los dos poetas se acercaran a visitarlos tan pronto —ella se consideraba una persona con sentido común y lo natural era sorprenderse—, estas personas que se presentaban sin ser invitadas a esas horas eran muy raras.

Dobló rápidamente los futones alquilados y los guardó dentro del armario empotrado, después se puso detrás de Shigeji, pegada a su espalda, y juntos miraron a las personas que hablaban fuera.

Leamos a continuación un texto de la propia Sakae Tsuboi. Pertenece a su obra, de corte autobiográfico, Kaze (Viento,風), publicada en la revista Bungei (文芸), en noviembre de 1954.

—¡Eh, estamos aquí!

Shūzō (Shigeji) descorrió el pasador de la puerta de cristal y levantó la mano hacia el hombre y la mujer que, en medio del campo, estaban gritando con las manos ahuecadas alrededor de la boca. El hombre, de alta estatura, se acerca corriendo sin parar de reírse, corre con su largo cabello meciéndose bajo el cielo frío, mostrando la piel desnuda de sus pies descalzos hasta la entrepierna. La mujer es tan pequeña como una niña y los dos corren cogidos de la mano como chiquillos. Especialmente Fusako (Fumiko Hayashi), que riéndose a carcajadas tiernamente dice: «N (Yoshiya Nomura), eres terrible. Corres a zancadas y casi me arrancas la mano». Después, mira a Shigeo (Sakae) y comienza a hablarle con demasiada confianza, como si la conociera de toda la vida.


Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

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