Detrás de mí

Cuando salí del santuario, un pequeño ruido a mi izquierda me sobresaltó. En el aparcamiento, un hombre se estaba colocando bien la ropa, o eso me pareció, porque solo tuve tiempo de echarle un rápido vistazo; de todos modos, supe al instante que no era nadie conocido. Pocos segundos después escuché unos pasos tras de mí. No me atreví a girar la cabeza para no parecer descortés —probablemente se trataba de la persona que acaba de ver—, pero su presencia me inquietó. Intenté tranquilizarme pensando que casualmente iba en la misma dirección que yo, y seguí andando con el oído alerta.

Me detuve cerca del torii de la entrada e hice varias fotos —el sol lanzaba hermosos destellos de oro que atravesaban la puerta de piedra—, sin embargo, no tardé en reanudar mi marcha cuando sentí que los pasos del hombre se acercaban presurosos. Ante la duda, es preferible pensar lo peor y desconfiar. Había adelantado la hora de mi acostumbrado paseo matutino y ahora ningún rostro me resultaba familiar. La mejor opción era caminar deprisa como alma que lleva al diablo. Y así, aguantando el deseo de mirar hacia atrás, llegué hasta el paso de peatones que había unos metros más adelante. Esperé con algo de impaciencia a que el semáforo se pusiera en verde, mientras miraba de reojo cómo el hombre se iba aproximando, y crucé antes de que él me alcanzara. Me encontraba en una calle principal, pero a las seis de la mañana es difícil encontrar transeúntes y estaba completamente sola. De repente, escuché un sonido diferente, el rumor de unos fuertes pasos sobre el pavimento, era alguien que corría por la otra acera. Lo miré sorprendida. Era el hombre del santuario, que calzaba unas zapatillas rojas muy llamativas, aunque su atuendo no tenía nada de deportivo, pues se vestía con una camisa a cuadros y unos vaqueros. Cuando me sobrepasó, cruzó la calle sin parar de correr y se colocó delante de mí, después continuó andando rápidamente por la acera.

La situación había cambiado, ahora era yo la que caminaba detrás de él y eso me hizo sentir mejor. ¿Es posible que el hombre hubiera percibido mi malestar y que su carrera tuviera el propósito de calmarme? Los pasos que se escuchan en el silencio de la noche o de la mañana siempre son motivo de preocupación.

Observé al hombre desde la distancia que finalmente se perdió al girar a la derecha, hacia Shingetsuin, y no lo volví a ver más. La recobrada soledad me levantó el ánimo. Me olvidé pronto de mis miedos y presté atención a mi paseo, que volvía a ser placentero.

Al entrar en el templo budista me llevé una grata sorpresa, las azaleas habían florecido y pintaban de rosa todo el jardín. Las puertas del edificio principal estaban abiertas a pesar de que aún era muy temprano pero no vi a nadie. Di varias vueltas por el lugar y después me dejé atrapar por el sonido del Shishi odoshi, mis ojos no podían apartarse del chorrito de agua que poco a poco iba llenando el cilindro de bambú hasta que sin previo aviso golpeaba contra la piedra, emitiendo un sonido seco y estridente. Antigüamente este artilugio se utilizaba para espantar a los animales —ciervos, jabalíes y osos—, pero con los años se ha convertido en un elemento decorativo que encandila tanto a los extranjeros como a los nativos del país. No permanecí allí demasiado tiempo, enseguida me encaminé hacia el cementerio y salí por la puerta de atrás.

Respiré profundamente. A pesar del frío, hacía un día magnífico.

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s