Brisa

La ventanas están abiertas de par en par. Las cortinas blancas y vaporosas se inflan suavemente por la brisa o se agitan y estiran enérgicamente por una repentina ráfaga de aire. Se escucha a lo lejos el solitario y repetitivo piar de un gorrión. Silencio. Es una tarde calurosa de junio. Estoy tumbada en el sofá y leo con desgana un libro en un lector digital, que pesa en mis manos. Las negras letras destacan sobre el blanco impoluto de la pantalla lisa por la que se deslizan mis dedos índice o corazón. Intento concentrarme en la lectura, pero la brisa me distrae. Hay algo que quiero alcanzar y se me escapa, como un delicado perfume que no consigo retener. Cierro los ojos y siento cómo el aire me roza la piel y me susurra al oído. Los sonidos son muy parecidos a otros. La brisa se asemeja a otra brisa.

Y ahora no estoy aquí, sobre mi sofá de color vainilla. Estoy recostada en mi cama blanca de niña y leo un libro que huele a rancio y a antiguo, que pesa en mis manos. La luz entra a raudales por la ventanas abiertas, y la brisa seca acaricia mis mejillas y mis pies desnudos. He leído durante varias horas y la cabeza y el cuello me duelen. Me muevo y busco una posición más cómoda. De la calle llegan voces apagadas que no molestan y el gorjeo estridente de unos gorriones. Leo sola en mi habitación anhelando otro tiempo y otros lugares, paso las páginas con avidez, una tras otra, impaciente por conocer el final de esta historia.

Y ahora no estoy en mi cama blanca. Ni reposo en mi sofá vainilla. Descanso en una cama de enferma de una habitación muy limpia. La brisa mueve las cortinas claras en una tarde de junio. Los gorriones que revolotean en el jardín cantan ruidosamente. Tengo los ojos cerrados y dejo que la brisa los bese con sus labios frescos y dulces. Mis ojos están cansados y ya no pueden leer, pero mis manos sujetan un libro imaginario y leo, los recuerdos.