Un poco más lejos

Esta mañana el cielo tenía un color gris de acuarela. Triste y pesado. Miré hacia el este para ver el nacimiento del sol, pero las nubes cerraban su paso obstinadamente. Sin embargo, unos minutos después surgió entre las nubes un hueco de luz brillante y celestial. Los días se van acortando. Aquellas cigarras que cantaban a todo pulmón han dejado de existir, ahora las sustituyen otras que silban un canto dulce y melódico. Pero no cantan solas, las acompañan los grillos, que día y noche repiten el mismo sonido monocorde y aburrido.

Como hoy era sábado y no necesitaba apresurar mi paseo, decidí cambiar mi ruta habitual. Caminé por la ribera del río en dirección norte y me deleité con la visión de las aguas que corrían impetuosas por las eternas lluvias. Algunos transeúntes iban con los rostros descubiertos, pero se colocaban la mascarilla enseguida cuando llegaban a mi altura, y después me deseaban los buenos días.

Cuando anduve un buen trecho, torcí hacia la izquierda para volver a casa por la carretera, pero vi un letrero que indicaba que a seiscientos metros había un santuario, que jamás había visitado, y cambié de opinión. Solo tenía que andar un poco más, hacia un lugar que no conocía. Mi pequeña aventura acababa de empezar.

Pronto me encontré ante un cuesta no muy empinada que se adentraba en un bosquecillo. Los árboles cercaban un sendero asfaltado que llegaba hasta la entrada del santuario, luego el camino continuaba flanqueado por una hilera de faroles de piedra y concluía en el torii principal del santuario. Subí los escalones y me acerqué a la capilla. En ese momento no había nadie. Miré de un lado a otro por precaución, un hábito del que jamás me voy a deshacer, y como vi que todo parecía estar bien comencé a relajarme. Los dos komainu llevaban unas amplias mascarillas blancas de tela que por las lluvias no estaban muy limpias y que les conferían un aspecto bastante cómico. La capilla no tenía paredes y eso me resultó muy extraño. Desde allí se podía ver con claridad el Honden o pabellón donde reside la deidad más importante. Se levantaba sobre un suelo cubierto de grandes piedras y estaba rodeado por una cerca.

Seguí husmeando por el recinto, haciendo fotos aquí y allá, siempre un poco intranquila, pero finalmente acabé riéndome de mí misma y de mis temores cuando una señora que portaba dos bastones de montaña subió las escaleras y se dispuso a orar con mucha devoción ante el altar. Parecía muy mayor y con cierta dificultad para andar. Su imagen serena borró de un plumazo todas mis inquietudes. Para no sobresaltarla di unos fuertes pasos y tras un breve saludo me dirigí hacia un sendero que se perdía cuesta abajo. ¿A dónde iría a parar? Volví a buscar la aventura.

¡Ay!, ese sendero desembocaba en la calle de una urbanización, no había más bosque tenebroso, ni rincones llenos de misterio. La aventura había llegado a su fin. De todos modos, no sabía muy bien dónde me encontraba, así que tomando el este como punto de referencia empecé a caminar por las limpias y ordenadas calles. Bajé la colina, pasé cerca de un gran estanque y volví a estar de nuevo entre extensos y verdes campos de arroz.

El cielo ya no era gris, sino de un azul blanquecino, pero seguía cubierto de nubes de lluvia. A mí no me importaba. Caminaba feliz por los senderos que cruzaban los arrozales, en medio de un mar de color verde. Caminaba en soledad pero no estaba sola. Las garzas y los cuervos buscaban su comida en el agua. A lo lejos un agricultor trabajaba en su huerto. Por la carretera los coches circulaban y se paraban en los semáforos. Los campos olían a arroz.

Lluvia de agosto

Llueve a mares en esta mañana de agosto. Con rayos y truenos. Y me pregunto qué clase de verano es este si no hay sol. Hasta las cigarras se han quedado mudas bajo las lluvias torrenciales que han caído durante estos días. Este verano es aún más triste que el del año pasado. Lo único que ha permanecido, muy a mi pesar, es la humedad, que deja todas las superficies con un tacto pegajoso.

Pero antes de que los cielos se abrieran ruidosamente fui capaz de dar un pequeño paseo por la ciudad, que ya comenzaba a despertarse. En el parque nadie transitaba por la pista mojada que rodea al campo de béisbol, pero algunas personas se habían refugiado bajo el tejadillo de una zona de descanso y hacían sus ejercicios matutinos siguiendo las instrucciones de la radio. Otros se había atrevido a jugar al tenis y corrían felices tras la pelota, con la esperanza de que el tiempo les diera una tregua. Y así fue, durante una hora. Después unas pequeñas gotas y unos truenos lejanos anunciaron que nuestro tiempo de diversión llegaba a su final.

Volvimos a refugiarnos en nuestras casas para contemplar tras los cristales a una lluvia enfurecida que se resiste a abandonarnos.

Rendición

Hoy se conmemoraba la rendición de Japón, que tuvo lugar el 15 de agosto de 1945, y se han celebrado diferentes actos para honrar a las personas que fallecieron en el conflicto.

Los domingos por la tarde no hay nada interesante que ver en televisión, los mismos programas aburridos y anodinos de siempre, pero en una de las cadenas de pago han estado emitiendo varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial, como Tora! Tora! Tora! y The Emperor in August, y les he echado un vistazo. La verdad es que no les he prestado demasiada atención, nunca me han gustado las películas de guerra, pero me han acompañado en esta tarde extraña que olía a tardes de infancia. Tal vez porque el aire era fresco y con fragancia a ropa recién lavada, o porque las nubes grises y blancas flotaban en un cielo azul, o sencillamente porque por fin había salido el sol. ¿Cuántos días de lluvia hemos tenido? ¿Cuatro, cinco días? Las intensas lluvias lo han destrozado todo, han inundado calles y pueblos y se han llevado la alegría de muchas personas —también la vida de otras— y lamentablemente permanecerán con nosotros unos días más.

No, no creo que hoy la celebración del final de la guerra haya importado mucho a la gente, había otras cosas de las que preocuparse.

Después de la tormenta siempre se hace un recuento de los daños y se intenta recuperar lo que se pueda, con rabia y tristeza. Y aunque yo no he perdido gran cosa, tan solo unas plantas que se han encharcado y podrido, también estaba desanimada. Pero si el sol brilla durante unas horas puede surgir una pequeña ilusión, el deseo de volver a empezar. Por eso, en esta tarde de domingo, que había comenzado mojado y oscuro, me he sentido tan feliz al ver los rayos de sol, porque son un pequeño recordatorio de unos días que están por venir.

Yuri

Cerré la ventana y me tapé con la sábana. Después miré el reloj que había sobre la mesita, eran las cinco de la mañana, la hora de mi paseo. Pero no me moví, continué tumbada en la cama unos segundos, pensando. ¡Qué placentero había sido despertarse con un poco de frío! Era una sensación que ya no recordaba, de un tiempo remoto. Sentir frío en verano resultaba extraño. Volví a levantarme y miré por la ventana, que había cerrado un momento antes. No llovía pero el cielo estaba empedrado de nubes grises y compactas que tapaban completamente el sol. Me vestí con premura y me preparé para salir a la calle.

La mañana era sorprendentemente fresca tras el paso del tifón. El viento se movía caprichoso, se detenía de repente o azotaba revoltoso, y aunque tenía un tacto húmedo su caricia era fría . Por fin habían descendido las altas temperaturas que nos asfixiaban y nos mantenían encerrados en casa. Me sentía liviana, ágil, como si me hubieran quitado una pesada carga. Y las personas que me encontré en el camino tal vez sentían lo mismo, se las veía relajadas y contentas, deseosas de mover sus cuerpos.

En una plazoleta rectangular que hay antes de llegar al parque unos lirios blancos y casi sin mácula se erguían hermosos sobre el suelo. Milagrosamente habían conseguido hacer frente a los fuertes embates del tifón y sus cabezas blancas ligeramente iclinadas hacia abajo, semejantes al antiguo tocado de unas religiosas, no parecían haber sufrido ningún daño.

Cuando caminaba por el sendero que me llevaba a la entrada oeste del parque, escuché a lo lejos los ruidosos graznidos de unos cuervos y al acercarme vi que se trataba de un pequeño grupo que estaba posado sobre el suelo. Graznaban enfadados, haciendo corrillo a dos cuervos que se batían agitando las alas y se daban fuertes picotazos. Me detuve asustada, solo un poco, porque no tardé en sacar la cámara con la intención de hacerles una foto. Sin embargo, los cuervos enseguida notaron mi presencia y, como unos alumnos que han sido sorprendidos haciendo algo que no debían, volaron espantados hacia unos árboles que había cerca. Solo cuatro de ellos permanecieron en el suelo. Todos dejaron de graznar y se quedaron quietos, mirando de reojo cómo me alejaba. En cuanto se creyeron a salvo, alzaron la voz, pero sin la intensidad de antes. Mi interrupción les había quitado las ganas de seguir enojados.

Les eché un último vistazo y proseguí mi paseo. El camino del parque estaba salpicado de ramas y hojas que el fuerte viento se había llevado. Era la huella devastadora del paso del tifón y, sin embargo, los lirios…

La vacuna

Ayer me pusieron la segunda dosis de la vacuna pfizer y hoy me siento tan cansada y soñolienta que podría dormir todo el día hasta la mañana siguiente sin ningún esfuerzo. Estoy desencantada y sin fuerzas. Pero no puedo achacar este estado anímico únicamente a la inoculación de la vacuna. Me siento así porque hace demasiado calor. El jueves pasado creo que fue el día más caluroso del año. Las cigarras cantaban ensordecedoramente cuando paseaba por la mañana y a veces salían volando espantadas ante mi presencia, en el camino algunas yacían en el suelo con las patas arriba. El aire es caliente y húmedo desde muy temprano y en casa no puedo hacer ninguna actividad sin la ayuda del aire acondinado, que me obliga a permanecer dentro de una habitación para no sucumbir.

Me siento así también porque los días se repiten monótonos y aburridos: número de contagios, número de muertes, no olvides la mascarilla, lávate bien las manos con jabón y alcohol, evita el contacto con otras personas… Porque salgo a la calle con preocupación ante el temor de tocar algo infectado con el virus.

Dicen, dicen tantas cosas… Dicen que volveremos a la normalidad el año que viene. Normalidad, la gran palabra ¿y qué significa realmente? ¿Aquellos días de risas y charlas con salivazos incontrolados que salpicaban sin querer a nuestro interlocutor? ¿De abrazos y besos de amigos y extraños?

Miro las noticias de las siete en la NHK. Otra vez vuelven a sacar la gráfica de contagios en Tokio. ¿Quiénes harán esas gráficas tan bonitas de colores brillantes? Supongo que en la actualidad debe de ser un trabajo bien remunerado. Las gráficas están en todas partes, son muy importantes para conocer cuántas personas mueren cada día, para que no lo olvidemos. Antes morían personas, pero no había ningún recuento diario. Ahora es como en esas películas de ciencia ficción en las que se seleccionaba a un número de personas para un destino maravilloso, aunque en verdad no lo era tanto… ¿A quién le tocará mañana? ¿Quién formará parte de esas gráficas?

Me he vacunado y en cierto modo me siento aliviada, pero es algo temporal, no soluciona nada. Decían y dicen que el coronavirus es como un terrible resfriado, si es así, qué aterrador, los resfriados aparecen todos los años y no hay ninguna cura.