Yuri

Cerré la ventana y me tapé con la sábana. Después miré el reloj que había sobre la mesita, eran las cinco de la mañana, la hora de mi paseo. Pero no me moví, continué tumbada en la cama unos segundos, pensando. ¡Qué placentero había sido despertarse con un poco de frío! Era una sensación que ya no recordaba, de un tiempo remoto. Sentir frío en verano resultaba extraño. Volví a levantarme y miré por la ventana, que había cerrado un momento antes. No llovía pero el cielo estaba empedrado de nubes grises y compactas que tapaban completamente el sol. Me vestí con premura y me preparé para salir a la calle.

La mañana era sorprendentemente fresca tras el paso del tifón. El viento se movía caprichoso, se detenía de repente o azotaba revoltoso, y aunque tenía un tacto húmedo su caricia era fría . Por fin habían descendido las altas temperaturas que nos asfixiaban y nos mantenían encerrados en casa. Me sentía liviana, ágil, como si me hubieran quitado una pesada carga. Y las personas que me encontré en el camino tal vez sentían lo mismo, se las veía relajadas y contentas, deseosas de mover sus cuerpos.

En una plazoleta rectangular que hay antes de llegar al parque unos lirios blancos y casi sin mácula se erguían hermosos sobre el suelo. Milagrosamente habían conseguido hacer frente a los fuertes embates del tifón y sus cabezas blancas ligeramente iclinadas hacia abajo, semejantes al antiguo tocado de unas religiosas, no parecían haber sufrido ningún daño.

Cuando caminaba por el sendero que me llevaba a la entrada oeste del parque, escuché a lo lejos los ruidosos graznidos de unos cuervos y al acercarme vi que se trataba de un pequeño grupo que estaba posado sobre el suelo. Graznaban enfadados, haciendo corrillo a dos cuervos que se batían agitando las alas y se daban fuertes picotazos. Me detuve asustada, solo un poco, porque no tardé en sacar la cámara con la intención de hacerles una foto. Sin embargo, los cuervos enseguida notaron mi presencia y, como unos alumnos que han sido sorprendidos haciendo algo que no debían, volaron espantados hacia unos árboles que había cerca. Solo cuatro de ellos permanecieron en el suelo. Todos dejaron de graznar y se quedaron quietos, mirando de reojo cómo me alejaba. En cuanto se creyeron a salvo, alzaron la voz, pero sin la intensidad de antes. Mi interrupción les había quitado las ganas de seguir enojados.

Les eché un último vistazo y proseguí mi paseo. El camino del parque estaba salpicado de ramas y hojas que el fuerte viento se había llevado. Era la huella devastadora del paso del tifón y, sin embargo, los lirios…

Autor: Matilda

Amante de los libros (¡los de papel!) y la naturaleza, buscadora de pequeños tesoros. Esa soy yo. Española en Japón.

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