¡Libertad!

A pesar de que ahora reina la oscuridad cuando pongo un pie en la calle, continúo paseando a la misma hora de siempre. Es extraña esta noche mañanera, silenciosa y sin los habituales ruidos del amanecer, sin los primeros rayos de sol y en cierto modo atemorizante, pero no tarda en desaparecer. Poco a poco comienzan a retirarse las sombras, y la luz, que había estado escondida en algún punto, surge entre las nubes o las montañas radiante o apagada según el día. Vuelvo, entonces, a reconocer los lugares por los que camino, mis compañeros y amigos del corto viaje que inicio cada mañana, y ya no me siento sola.

Hoy, como en otras ocasiones, me he topado con algunos residentes que llevaban sus perros a pasear. Cuando los veo andando a paso lento y sin prisas no puedo evitar sentir pena por sus mascotas. Un perro no puede correr, no puede saltar, no puede detenerse, ni puede oler si su amo no se lo permite. Se le sujeta con una correa y se le da un estirón para meterlo en vereda. Se les quiere mucho pero realmente son unos esclavos.

Esta mañana, en mi paseo me he encontrado con uno de esos residentes, un joven que caminaba junto a su perro con el paso tranquilo y aburrido de todos los dueños, pero de repente, por algún descuido tal vez, la correa se le ha escurrido de la mano y ha caído al suelo y su perro, patas para qué os quiero, ha aprovechado la oportunidad para salir corriendo hacia mí como un loco. Me he detenido indecisa porque no sabía si su intención era la de darme un lametón o un mordisco, sin embargo el pequeño fugitivo no me ha prestado ninguna atención, ha pasado a mi lado como una exhalación, arrastrando la correa y su asa de plástico, que sonaba ruidosamente sobre el pavimento, y haciendo caso omiso de la llamada de su amo que le gritaba ¡mate!, ¡oide! Por fin, después de dar un brinco de alegría, se ha girado y ha esperado a su dueño. Su rostro era risueño, feliz, pletórico, como si estuviera diciendo ¡chico, ha sido fantástico!

Yo me he reído bajo mi mascarilla. Desde luego, perrito, ¡qué bien sienta la libertad! ¿Verdad?

¿Qué ha pasado hoy?

Mientras escribía en mi diario, ha aparecido en la pantalla de la televisión una alerta de terremoto que, finalmente, se ha producido a las 18:42 en la prefectura de Ishikawa, registrando una magnitud de 5,2.

Ve despacio

A las cinco de la mañana solo hay oscuridad. Se acabaron los días luminosos que despertaban temprano y me sacaban de la cama de un empujón. Ahora son las luces de las farolas las que me reciben al salir de casa. Y no es lo mismo.

Miro sobre mi hombro y veo cómo agosto se queda atrás con sus calores y sus lluvias, derritiéndose como un helado sobre mi mano, caliente y pringoso, y no creo que lo eche de menos. Sin embargo, septiembre, el mes de la vuelta a la rutina y de las nuevas promesas, ha desembarcado con litros de agua, y no tiene muy buena pinta. ¿Tendremos que soportar otro mes de lluvias? Las hojas y los frutos que caen de los árboles se pudren sobre el asfalto. Los colores están apagados. No hay cielos azules con nubes aterciopeladas…

Esta mañana la lluvia resbalaba sobre mi paraguas y mojaba mis zapatillas. Caminaba deprisa. Otros hacían lo mismo que yo, apresuraban el paso para esquivar la lluvia y volver pronto a sus hogares satisfechos por haber cumplido con su deber. Pero correr no parece servir de nada. Las cosas siguen su ritmo, a veces rápido, a veces lento. Mañana volverá a llover y estaremos en la misma situación. Tal vez sea preferible ir despacio, con cuidado, como dice el letrero del parque y dejar que nos empape la lluvia.

¿Qué ha pasado hoy?

El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, anuncia que se larga: su partido, el PLD, le ha dado la patada. Ha durado un año, el pobre. Me produce cierta tristeza, su aspecto cándido y tímido me gustaba.