Adiós

Los últimos días de marzo, que fueron lluviosos y algo fríos, los vi pasar rápidamente a través de los cristales de la ventana. Las desnudas ramas de los árboles de la calle y del bosquecillo vecino empezaron a cubrirse de diminutas hojas y lo que al principio fue una pequeña esperanza acabó finalmente anegando el paisaje de verde y otros exultantes colores. Sin embargo, no todas las plantas pudieron experimentar ese renacer primaveral, algunas se quedaron en el camino, como el viejo arce que había en un jardincito próximo a mi casa. Ya hacía algún tiempo que no mostraba un color saludable y sus ramas tenían un aspecto quebradizo y seco, pero no le di la menor importancia, cada año seguía dando abrigo a los pajarillos revoltosos e inquietos y sombra en los calurosos días de verano. Pensé que todo continuaría igual. Una tarde escuché el ruido de un motor y el crujir desgarrador de un tronco que se partía en dos. Eran los operarios del ayuntamiento que serraban un árbol muerto. Habían talado a mi querido árbol, pero yo no lo sabía. Fue días después cuando descubrí que el lugar donde se erguía, firme y orgulloso, era ahora un espacio desnudo y desolador y que su sombra había desparecido para siempre. Lo que parecía eterno ya no existía. Se había ido de repente, sin un pensamiento, sin una caricia. Este ser, que fue tan importante para otros seres, ¿cuánto tiempo sería recordado?

El olvido es la muerte de los vivos, querido árbol, yo no quiero olvidarte.

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