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Nostalgia

Nostalgia viene a visitarme todos los días. Nunca escucho sus pasos, se acerca a mí sigilosamente cuando me envuelve la música o veo una película, cuando detengo la mirada en un objeto o, incluso, cuando estoy inmersa en una actividad que me agota. Entonces, ella me acaricia los ojos con su aliento, y su aroma, vago e indefinible, me produce un cosquilleo en la nariz. ¡Ven!, me dice, y tira de mi mano. Podría taparme los oídos o correr para apartarla de mí, pero no pongo ninguna resistencia. Ella me promete un mundo de luz y alegría, y yo quiero creerla. Nostalgia conoce bien el camino, me conduce hasta el umbral de otro tiempo y mi corazón palpita agitado ante lo que está a punto de percibir. Entonces, cierro los ojos con fuerza y libero mis sentidos. ¡Quiero tocar, quiero ver, quiero volver a respirar el mismo aire de antaño! Mis manos buscan, desesperadas, aferrarse a las imágenes que resplandecen en un lugar recóndito de mi memoria, pero no hay materia que puedan agarrar, no hay calor que puedan sentir; se desvanecen, se alejan, se convierten en aire a pesar de mis lágrimas. La luz se hace oscuridad, y luego no hay nada.

Nostalgia viene a visitarme todos los días. Hoy también. La noto a mi lado, asiendo mi mano de nuevo, susurrando promesas. Ella es mi amiga y me enemiga. Mi deseo y mi desesperanza. Ella me trae un dolor, que no quiero olvidar.

Bienestar

Hay bellotas en el camino que baja hasta el parque. Al pisarlas crujen debajo de mis zapatillas y se rompen en pedazos. El aire frío penetra en mis pulmones y me infunde vigor. En el estanque nadan unos patos entre la niebla de vapor. Me detengo y los contemplo. Algunos chapotean ruidosamente en esas aguas brillantes y otros agitan sus alas y se persiguen con aparente enojo. Todavía hay seitaka en la orilla. Si esta flor es hermosa, si inunda el paisaje de un alegre color amarillo, ¿por qué hay que destruirla? Más adelante, en la zona de juegos, un grupo de personas hace gimnasia con radio taiso. Les echo un vistazo, los conozco, son los de siempre. Enseguida dejan de ejercitarse y rompen el círculo que habían formado. Se ríen y se sienten satisfechos porque han cumplido con su deber matutino. Unos se marchan, y otros deciden permanecer un ratito más para cantar canciones tradicionales al compás de sus manos. Me pongo la mascarilla que llevo dentro del bolsillo porque alguien se acerca y me dirijo al campo de béisbol. Las hojas rojas y doradas de los liquidámbar rodean el campo como un anillo de fuego. En un su interior hay un jugador que rastrilla la pista con parsimonia. Hoy habrá partido, es domingo. Al subir la cuesta, después de salir del parque, me fijo en las nubes que dejan hilos lechosos sobre el cielo azul claro. Las copas verdes de los árboles contrastan con este cielo de ensueño. Más allá, una lengua de niebla reposa entre las montañas del valle. Cuando cruzo de nuevo el parque, observo que las pistas de tenis están a rebosar. Algunos esperan su turno, sentados en las gradas de piedra. Rebotan las pelotas y los jugadores jadean felices. Un aroma llega hasta mí, sutil. Surge de un arbusto con pequeñas flores blancas. Respiro hondo. Perfume, aire frío, colores. Estoy bien.

El reencuentro

Entro en el centro comercial y enseguida doy con ellas. Tienen el mismo aspecto de siempre, a pesar de que han transcurrido casi tres años desde la última vez que nos vimos. Al principio, nos sentimos un poco cohibidas y nos abrazamos torpemente por culpa del famoso virus, en cierto modo es como si estuviéramos cometiendo una infracción al acercar tanto nuestros cuerpos, pero nuestro deseo de mostrar afecto es aún más fuerte. En el vestíbulo alguien toca un piano. Es una mujer mayor, que desliza los dedos sobre las teclas sin prestar atención a la gente que tiene a su alrededor. Contemplo la escena y me embarga un sentimiento de irrealidad. Esa música que se une a nuestros abrazos y saludos es la banda sonora de nuestro reencuentro.

¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo! Charlamos brevemente y nos dirigimos a nuestro antiguo restaurante, el del precio económico. Al pasar al comedor, nos enfrentamos por primera vez a los cambios que se han operado en su interior: las sillas, las mesas, las paredes… todo es diferente, pero resulta elegante y bonito. Luego buscamos nuestra mesa y nos sentamos cerca de la pared de cristal como hacíamos antes, ellas de espaldas y yo de frente. Sobre la mesa reposa el tarjetón del menú. ¡Vaya!, los platos también han cambiado, pero no solo eso, ¡son más caros! A ver, ¿qué te parece esta hamburguesa con verdura? Una de mis amigas repara en la tableta que hay a un lado de la mesa y nos dice que tenemos que hacer uso de ella para pedir nuestra comida. Nos lanzamos miradas interrogantes. ¿Esto cómo se utiliza? Levanto la mano y llamo a una camarera. Es joven y tiene una apariencia algo adusta, pero con paciencia nos explica todos los pasos que hemos de dar: primero buscar el plato, luego apretar este botón, pasar a la siguiente pantalla y… ¡ya está! Nos reímos como niñas, pero ¡cómo han cambiado las cosas! Poco después llega un camarero con uno de los platos y a continuación… ¡mira!, me dicen mis amigas. A mi izquierda se ha parado un robot con cara de gato que trae las otras bandejas de comida, una encima de otra. Me levanto y las retiro, y el robot se aleja deslizándose suavemente con una musiquilla que anuncia su paso. ¡Qué bonito juguete! No me importaría tener uno en casa, estoy segura de que acabaría hablando con él.

Es el momento de quitarse la mascarilla. Lo hago con aprensión porque no consigo deshacerme del miedo al contagio, me siento vulnerable sin ella. Pero ese temor no tarda mucho en desaparecer. Charlamos largo y tendido como antes, casi, casi como antes, porque nuestras vidas han cambiado: la familia, el trabajo, la rutina, las personas que se marcharon… He estado muchas veces en este espacio, estoy en él, pero ahora me resulta ajeno y distante. Tengo la impresión de haber perdido algo muy importante en estos tres años. Algo que se fue para siempre. Recuerdo que en el pasado hablábamos continuamente de nuestro futuro, planeábamos y discutíamos mucho sobre él. Sin embargo, lo que yo había percibido como lejano y lleno de promesas está a punto de engullirnos. En ese futuro ya no hay inocencia ni esperanza, ni tampoco una completa felicidad. Es posible que hayamos llegado al final de nuestro camino. Sonrío. Una aguja se clava en mi carne poco a poco como el alfiler de un faquir y la atraviesa sin detenerse hasta el corazón. Es un dolor seco, sin lágrimas.

Miro el reloj. La sobremesa ha durado varias horas, deberíamos irnos. La camarera que nos había atendido se acerca y nos dice educadamente que deberíamos dejar la mesa libre si no vamos a consumir nada más. Nos levantamos de un salto y recogemos nuestros bolsos con premura. Ciertamente todo ha cambiado. ¿Nos vemos el mes que viene? ¡Por supuesto!

Superstición

Ha florecido en mi jardín un ramillete de flores Higanbana. No sé cuándo, ni cómo, pero allí estaban sobre la hierba mostrando su belleza perfecta y fría. En cuanto las he visto he tenido un sentimiento de inquietud. Esta flor está asociada a la muerte. ¿Qué debería hacer? Mi primer impulso ha sido arrancarlas de la tierra para que no volvieran a aparecer nunca más. Me he puesto en cuclillas y las he contemplado: acariciadas por el sol caliente de otoño, se mecían con la suave brisa, tan hermosas y ajenas a mi deseo de destrucción. ¿Soy capaz de quitar una vida por culpa de una leyenda, un cuento, una superstición? La naturaleza me ha dado esta ofrenda, una flor nacida de manera espontánea que a pesar de todas las dificultades ha conseguido florecer y hacer que su vida sea totalmente plena.

No, no voy a ser controlada por ninguna creencia.

Otro más

Anoche me desperté por un terremoto. La sacudida me sacó de mi sueño y fui consciente de cómo se movía toda la habitación. Pero no me alteré, ni me asusté. Con los ojos cerrados, esperé pacientemente a que cesaran los temblores y cuando mi cama dejó de moverse, miré el reloj de mi mesilla de noche: eran más de las tres y media. Luego me di la vuelta y seguí durmiendo.

La primera vez que sentí un terremoto también estaba en la cama, despierta, a punto de apagar las luces. La lámpara del techo se movió de un lado a otro peligrosamente encima de mi cabeza y yo me quedé petrificada de miedo sin saber qué hacer. Después tardé mucho en calmarme, cualquier ruido podía ser el preámbulo de otro temblor. ¿Por qué anoche no tuve miedo? Siempre me he asustado cuando se produce uno de esos temblores, incluso he soltado algunas lágrimas de terror. Tal vez estaba demasiado cansada para prestarle atención a un terremoto inoportuno que tenía la desfachatez de molestar mi descanso, o, simplemente, he aprendido a vivir con ese temor, igual que vivo sabiendo que estoy rodeada de innumerables peligros.

En el ascensor

Me levanto cansada cada día por culpa del calor. Hoy he podido desayunar sin tener que encender el aparato de aire acondicionado, pero los grados suben y el aire se vuelve más húmedo y caliente, así que finalmente acabo por cerrar las ventanas y las puertas. Este verano el calor se ha convertido en el invitado pesado que no entiende que ha llegado la hora de marcharse. Quisiera echarlo a patadas y no volver a verlo en mucho tiempo. Pero aquí sigue, torturándome cada día y exprimiéndome como una fruta a la que se le saca todo su jugo. Hace unos días, precisamente, el calor fue el tema de una conversación muy, muy breve.

Yo había terminado de hacer mis compras en el súper y me dirigía al ascensor del centro comercial. Las puertas estaban abiertas. De repente una señora puso el pie dentro, y yo, ante el temor de que el ascensor se fuera sin mí, apreté el pasó y empujé con fuerza mi carrito de la compra. La señora, una mujer de mediana edad, no muy alta, escuchó que alguien decía “sumimasen” desde el exterior y esperó pacientemente. En cuanto las puertas se cerraron, ella, sin más preámbulos, me dirigió la palabra e hizo un comentario sobre el gran número de personas que había ese día en la tienda (era un lunes y no había ninguna oferta especial). La miré sorprendida. No es corriente que un desconocido te dirija la palabra en el ascensor; por lo general, todos guardamos silencio hasta llegar a nuestra planta. Si hay algún bebé a veces se le hace alguna carantoña, pero rara vez. Lo usual es estar callados e ignorarnos los unos a los otros. Me pregunté si la mujer había observado que era extranjera, tal vez no lo había notado por culpa de la mascarilla que cubría casi todo mi rostro —en más de una ocasión he soportado la mirada curiosa de unos ojos que intentaban descubrir quién se ocultaba detrás de ella— . Sé por experiencia que los japoneses no se sienten cómodos cuando tienen que entablar una conversación con alguien de fuera. Creen que tienen el deber moral de hablar en inglés, un idioma que apenas dominan, y para no meterse en un campo de minas prefieren hacerse los suecos. Tal vez, pensé, como estaba de espaldas cuando entré en el ascensor, no se dio cuenta. En cuanto suelte mis primeras palabras será consciente de su error. Como es de rigor en estos casos, recurrí al socorrido tema del clima para continuar con la conversación.

—Hace muchísimo calor. Un día y otro, y otro…

Pero ella no pareció sorprenderse, todo lo contrario, me dio la razón entusiasmada:

—¡Sí, hace un calor insufrible!—me dijo echándome un vistazo—, y las dos, como dos viejas conocidas, asentimos con la cabeza y sonreímos. Por unos segundos me olvidé de que estaba en un país que no era el mío y que mi acento era diferente; sentí que una especie de hilo invisible nos unía la una a la otra y que solo éramos dos mujeres que compartían la misma opinión.

Las puertas se abrieron y nos dijimos adiós.

Pajarito

Pajarito, ¿por qué languideces?

Te encerraste en una jaula y ahora te niegas a salir.

Tus ojos no tienen luz.

Tus colores se apagan.

¿Por qué no escapas y extiendes tus alas sobre mí?

Te he llamado y tú me rehúyes.

Tienes frío y no te puedo calentar.

¿Recuerdas? Volamos juntos por el cielo azul,

muy alto, ¡arriba!, ¡arriba!

Y yo te seguía. Siempre detrás, mi dulce pajarito.

Tan ingenuo, tan cabezota. Tan hambriento de amor.

Quiero tocar el sol y la luna contigo, ven, ¡salgamos a volar!

Pero te quedas inmóvil y en silencio. La mirada clavada en el suelo.

Pajarito, ¿qué hay dentro de tu cabeza?

¿Un cielo brumoso, una tormenta que te enloquece?

Quizás un torbellino de dolor…

Padre

Hace calor y tengo abiertas las ventanas para dejar entrar la brisa que sopla desde esta mañana, pero también ha entrado la humedad y se ha metido por todos los rincones de la casa. Otro domingo tranquilo. Nadie pasa por la calle (tampoco el resto de la semana). Para ver a otras personas hay que acercarse a algún centro comercial donde todos se afanan por comprar cosas que realmente no necesitan. Allí hay bullicio, gente que se ríe y padres aburridos que acompañan a sus esposas. Hoy es el día de estos últimos, de los pobres y sufridos padres, que dedican su día de descanso a la familia. La mayoría de ellos se levanta muy temprano, cuando la mañana aún es oscura, y soñolientos se dirigen a su trabajo subidos en un tren o conduciendo su propio coche. La hora de la vuelta a casa es incierta. Por lo general regresan cuando sus retoños ya están en la cama soñando con grandes aventuras. Por eso el padre, con el paso del tiempo, acaba convirtiéndose en una figura ajena y distante para ellos. Los hijos crecen y traspasan el umbral de la adultez, y salen del hogar paterno en pos de su futuro sin sentir un gran dolor por la separación. Transcurre un año, dos, tres o más y el hijo, que apenas vio a su padre de niño, no se digna a hacerle una visita aunque viva a menos de una hora. Tiene cosas mejores que hacer, trabaja mucho durante el día y llega a casa agotado. Tal vez se acuerde hoy de su viejo y lo llame por teléfono si se fija en los carteles de las tiendas con la fecha de tan señalado día: Chichi no Hi, Día del Padre.

«Entonces, tus hijos cuando ven a tu marido le preguntan: ¿Tú quién eres?», le dije a mi amiga hace muchos años, bromeando. Me reí en su momento. Me resultaba inconcebible que un padre no quisiera pasar el domingo con sus hijos y que prefiriera irse a jugar al golf con sus clientes. Era un hombre que vivía para su trabajo, como muchos otros. Las nuevas generaciones quieren cambiar esto, pero es difícil. El trabajo siempre estará antes que la familia.

Padres llenos de obligaciones. Padres cansados que juegan al pachinko para no pensar en nada. Padres que se quedan solos cuando las esposas se divorcian y contraen matrimonio con otro hombre. Padres que salen a correr con sus hijos antes del trabajo. Padres estafados por el «ore ore». Padres imperfectos. Padres que envejecen. Padres necesitados de amor…

Te has ido

Te has ido y solo me has dejado una maleta de recuerdos.

Te has ido con tus ojos claros y chispeantes.

Te has ido con tu impaciencia y tus fantasías.

Música soul de los 70 en una mañana de nubarrones de tristeza.

La olla exprés suelta vapores de cocido sobre la brisa fresca y húmeda que entra por la ventana.

Te has ido, te has ido. Es mi letanía.

Lo digo en mi mente.

Lo escribo en el papel.

Lo leo en la pantalla del ordenador.

Y al cerrar los ojos veo aquella mañana de verano.

En el patio, la pila se llena de agua. Tú eres feliz. La cinta cassette que gira es tu nueva ilusión.

Yo te miro y escucho esa música nueva que ahora es antigua. Sonríes pero estás lejos de mí.

Anhelando algo que no puedes alcanzar. En busca de un destino esquivo.

Abrazo este recuerdo que viene hoy hacia mí y lo aprieto en mi pecho, con lágrimas.

Sonríes. La música da vueltas y vueltas…

Te has ido.

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