Un día más

La mañana es fresca. El cielo está casi despejado, solo lo empañan unas nubes bajas y jaspeadas de color gris. Escucho el silencio y el gorjeo de los pájaros. El hombre de la regadera y los guantes verdes vuelve a su casa cuando yo entro en el parque. Hoy va abrigado con una chaqueta blanca. Atraviesa la calle y se aleja. También le echo un vistazo a la cuadrilla de cuervos bribones que suele reunirse en un claro del parque. ¿Qué fechorías estarán tramando? Hacía tiempo que no coincidíamos porque, como el resto de la gente, ellos también han retrasado su hora de salida. Forman un pequeño corro donde parlotean escandalosamente y se enfrentan agitando sus alas. A veces creo que hablan de mí. Al cruzar la calle veo a uno de sus compañeros en medio de la carretera, caminando despreocupadamente. Otro baja de un cable del tendido eléctrico y hace lo mismo. ¿Por qué lo harán? ¿Qué hay sobre el asfalto? La conducta de estos pajarracos es un misterio para mí. La propietaria de la casa de color amarillo chillón que hay antes de bajar la cuesta está inspeccionando el jardín. Mira hacia abajo porque está buscando algo o tal vez porque le ciega el color de su casa. Alguien ha tendido la ropa en el jardín y huele a limpio. Hoy es el día de la basura. Algunos residentes van en coche a tirarla, como el señor que tengo delante de mí que no ha dudado en aparcar en medio de la carretera impidiendo el paso a otro. Los coches están mojados, gotas de rocío resbalan por su superficie y dejan lágrimas sobre los cristales. Me dentengo ante el rincón que me gustaba tanto: han recogido el montón de flores cortadas, las cosmos han desaparecido. Permanecen dos botellas grandes de agua tumbadas en el suelo, dos hileras de ajos y una planta de okura medio pelada. No se ven demasiadas seitakas sobre el promontorio que hay a continuación y hay menos maleza en los bordes del camino que otros años, es posible que sea por culpa del alcalde, que dejará su puesto dentro de poco; en estos últimos meses han cortado la hierba de la ciudad con un empeño y un acabado inusuales. Por supuesto la hierba ha vuelto a crecer enseguida. Al entrar en el santuario siento el sol caliente en mi espalda. La figura del tigre situado delante del altar principal no me sorprende hoy, pero observo que esta vez lo acompaña un tigre pequeñito echado sobre una rama. Ojalá el nuevo año sea tan fuerte y fiero como un tigre. En el santuario no corre ninguna brisa, el aire está quieto y dormido. Paso después por la casa abandonada cubierta de hiedra, que tiene un puñado de seitaka en el jardín delantero, ocupan todo el espacio, nadie las controla. Fueron ellas las que me avisaron el año anterior de que aquella casa era extraña y tenía un secreto en su interior. Me aproximo al cruce. La luz verde del semáforo de peatones parpadea y cruzo casi corriendo. Detrás de mí oigo el zumbido del motor de un vehículo, es el camión de Yamazaki que llega tarde. En el parque unos ancianos cantan sentados en unos bancos, mirando al frente. Se ríen y hacen bromas porque están felices.

Mirador

¡Qué brisa tan refrescante! Los arrozales forman tapices amarillos y verdes. Al fondo están las montañas verdes y las nubes cubriendo sus cimas. A la derecha, el río corre flanqueado por hileras de cerezos que se han quedado sin hojas, y detrás del cauce pasa un tren de siete vagones de la línea JR que emite un sonido bamboleante: tacháaaan, tacháann. En medio del valle se levantan los edificios de un centro comercial y el parque de bomberos, y por todas partes granjas y pequeñas casas motean este bello paisaje.

Repetición

No ha llovido, pero a través de las nubes grises puede vislumbrarse un borroso y casi imperceptible arco iris. Voy a pasar por debajo de él. Antes me giro y dirijo la vista hacia el este, y contemplo el perfil nítido de las montañas sobre las que flota una enorme masa de nubes iluminadas por los rayos de sol. No hace frío, solo se siente un frescor muy agradable. En el parque, un señor mayor riega las flores que hay a cada lado de la escalera. Su regadera es verde, sus guantes, verdes. Trabaja animoso y en silencio. Abajo, alrededor del campo de béisbol, el sol hace resplandecer las copas de los árboles, que comienzan a enrojecer. Me detengo en el semáforo y espero a la luz verde. Al otro lado de la calle, un hombre joven vestido con ropa de deporte, una camiseta azul y unos pantalones cortos, espera también. Está fumando y cuando cruza el paso de peatones no aparta la mirada de su móvil. Yo miro al cielo.¡Cómo brilla el sol bajo la espesa capa de nubes! Tal vez no llueva. La flor seitaka ha florecido durante el fin de semana, es casi tan amarilla como la casa que veo en este momento, que destaca escandalosamente sobre las aburridas casas grises y marrones que hay por todas partes. Hay humedad. Lo sé porque hoy mi mascarilla de tela se ha mojado con mi sudor. ¡Oh! ¿Por qué han cortado las finas y altas cosmos de la esquina? Están amontonadas cerca de la pared de la caseta en la que se apoyaban, aún están vivas, pobrecitas. Ya estoy cerca del santuario. La señora que me encuentro todas las mañanas marcha por la otra acera. Hoy estoy muy lejos de ella porque me he retrasado un poco. Me mira de soslayo, no puede saludarme con su voz sosegada. Yo también la miro y, como siempre, me fijo en sus finos pantalones, tan parecidos a los de un pijama. Ella vuelve de rezar. Yo también rezo y hablo con Nadeushi, que cada cierto tiempo cambia de mascarilla. La que lleva ahora es de color morado, no me gusta mucho, pero es mejor que la anterior, marrón con botones. Salgo enseguida y voy al mirador para ver el valle. Dos hombres con dos perros. Uno de los perros quiere acercarse al otro y estira el cuello todo lo que puede, se ahoga, jadea. Su dueño estira bien la correa y sonríe al otro amo, tiene miedo de que su mascota dañe al perrito de orejas gachas, tan mono… Ando deprisa, no debo detenerme más. El mismo camión de Yamazaki, a la misma hora, en el mismo lugar, pasa por la carretera. Todo está bien, soy un rejoj. Otra vez espero en el paso de peatones y… ,¡qué casualidad!, al otro lado de la calle está el hombre de la camiseta azul y los pantalones cortos, que sigue fumando y mirando su móvil.

Otoño

Están podando los arbustos de la mediana de la carretera con esas máquinas ruidosas que desprenden un olor a gasolina. No puedo ver a los trabajadores desde mi ventana, pero sé que van ataviados con una gruesa ropa de trabajo que les debe de estar haciendo sudar a mares. Hoy es un día verdaderamente caluroso. La tarde es azul y caliente, y sopla una extraña brisa marina en mi pequeña ciudad de interior rodeada de montañas. Cualquiera diría que todo sigue igual desde el verano, que no se ha producido ningún cambio, pero no es así. Las cosas comienzan a mudar de estado. Cuando paseo observo que la naturaleza se vuelve quebradiza y arrugada, que las hojas caen apaciblemente de los árboles y los frutos se abren en el suelo. Los caminantes también han alterado sus hábitos, ahora tenemos que salir a pasear una hora más tarde para ver la luz del sol, y muy pronto el grupo que hace gimnasia en el parque siguiendo las indicaciones del programa radio taiso se disolverá.

Hasta hace muy poco tenía la certeza de que este círculo era eterno, que este proceso de repetición, año tras año, era infinito y sin embargo tiene un final. Me levanto por la mañana y solo deseo ver las mismas caras y el mismo paisaje, escuchar la misma voz, muchos otoños.

¡Libertad!

A pesar de que ahora reina la oscuridad cuando pongo un pie en la calle, continúo paseando a la misma hora de siempre. Es extraña esta noche mañanera, silenciosa y sin los habituales ruidos del amanecer, sin los primeros rayos de sol y en cierto modo atemorizante, pero no tarda en desaparecer. Poco a poco comienzan a retirarse las sombras, y la luz, que había estado escondida en algún punto, surge entre las nubes o las montañas radiante o apagada según el día. Vuelvo, entonces, a reconocer los lugares por los que camino, mis compañeros y amigos del corto viaje que inicio cada mañana, y ya no me siento sola.

Hoy, como en otras ocasiones, me he topado con algunos residentes que llevaban sus perros a pasear. Cuando los veo andando a paso lento y sin prisas no puedo evitar sentir pena por sus mascotas. Un perro no puede correr, no puede saltar, no puede detenerse, ni puede oler si su amo no se lo permite. Se le sujeta con una correa y se le da un estirón para meterlo en vereda. Se les quiere mucho pero realmente son unos esclavos.

Esta mañana, en mi paseo me he encontrado con uno de esos residentes, un joven que caminaba junto a su perro con el paso tranquilo y aburrido de todos los dueños, pero de repente, por algún descuido tal vez, la correa se le ha escurrido de la mano y ha caído al suelo y su perro, patas para qué os quiero, ha aprovechado la oportunidad para salir corriendo hacia mí como un loco. Me he detenido indecisa porque no sabía si su intención era la de darme un lametón o un mordisco, sin embargo el pequeño fugitivo no me ha prestado ninguna atención, ha pasado a mi lado como una exhalación, arrastrando la correa y su asa de plástico, que sonaba ruidosamente sobre el pavimento, y haciendo caso omiso de la llamada de su amo que le gritaba ¡mate!, ¡oide! Por fin, después de dar un brinco de alegría, se ha girado y ha esperado a su dueño. Su rostro era risueño, feliz, pletórico, como si estuviera diciendo ¡chico, ha sido fantástico!

Yo me he reído bajo mi mascarilla. Desde luego, perrito, ¡qué bien sienta la libertad! ¿Verdad?

¿Qué ha pasado hoy?

Mientras escribía en mi diario, ha aparecido en la pantalla de la televisión una alerta de terremoto que, finalmente, se ha producido a las 18:42 en la prefectura de Ishikawa, registrando una magnitud de 5,2.

Ve despacio

A las cinco de la mañana solo hay oscuridad. Se acabaron los días luminosos que despertaban temprano y me sacaban de la cama de un empujón. Ahora son las luces de las farolas las que me reciben al salir de casa. Y no es lo mismo.

Miro sobre mi hombro y veo cómo agosto se queda atrás con sus calores y sus lluvias, derritiéndose como un helado sobre mi mano, caliente y pringoso, y no creo que lo eche de menos. Sin embargo, septiembre, el mes de la vuelta a la rutina y de las nuevas promesas, ha desembarcado con litros de agua, y no tiene muy buena pinta. ¿Tendremos que soportar otro mes de lluvias? Las hojas y los frutos que caen de los árboles se pudren sobre el asfalto. Los colores están apagados. No hay cielos azules con nubes aterciopeladas…

Esta mañana la lluvia resbalaba sobre mi paraguas y mojaba mis zapatillas. Caminaba deprisa. Otros hacían lo mismo que yo, apresuraban el paso para esquivar la lluvia y volver pronto a sus hogares satisfechos por haber cumplido con su deber. Pero correr no parece servir de nada. Las cosas siguen su ritmo, a veces rápido, a veces lento. Mañana volverá a llover y estaremos en la misma situación. Tal vez sea preferible ir despacio, con cuidado, como dice el letrero del parque y dejar que nos empape la lluvia.

¿Qué ha pasado hoy?

El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, anuncia que se larga: su partido, el PLD, le ha dado la patada. Ha durado un año, el pobre. Me produce cierta tristeza, su aspecto cándido y tímido me gustaba.

Un poco más lejos

Esta mañana el cielo tenía un color gris de acuarela. Triste y pesado. Miré hacia el este para ver el nacimiento del sol, pero las nubes cerraban su paso obstinadamente. Sin embargo, unos minutos después surgió entre las nubes un hueco de luz brillante y celestial. Los días se van acortando. Aquellas cigarras que cantaban a todo pulmón han dejado de existir, ahora las sustituyen otras que silban un canto dulce y melódico. Pero no cantan solas, las acompañan los grillos, que día y noche repiten el mismo sonido monocorde y aburrido.

Como hoy era sábado y no necesitaba apresurar mi paseo, decidí cambiar mi ruta habitual. Caminé por la ribera del río en dirección norte y me deleité con la visión de las aguas que corrían impetuosas por las eternas lluvias. Algunos transeúntes iban con los rostros descubiertos, pero se colocaban la mascarilla enseguida cuando llegaban a mi altura, y después me deseaban los buenos días.

Cuando anduve un buen trecho, torcí hacia la izquierda para volver a casa por la carretera, pero vi un letrero que indicaba que a seiscientos metros había un santuario, que jamás había visitado, y cambié de opinión. Solo tenía que andar un poco más, hacia un lugar que no conocía. Mi pequeña aventura acababa de empezar.

Pronto me encontré ante un cuesta no muy empinada que se adentraba en un bosquecillo. Los árboles cercaban un sendero asfaltado que llegaba hasta la entrada del santuario, luego el camino continuaba flanqueado por una hilera de faroles de piedra y concluía en el torii principal del santuario. Subí los escalones y me acerqué a la capilla. En ese momento no había nadie. Miré de un lado a otro por precaución, un hábito del que jamás me voy a deshacer, y como vi que todo parecía estar bien comencé a relajarme. Los dos komainu llevaban unas amplias mascarillas blancas de tela que por las lluvias no estaban muy limpias y que les conferían un aspecto bastante cómico. La capilla no tenía paredes y eso me resultó muy extraño. Desde allí se podía ver con claridad el Honden o pabellón donde reside la deidad más importante. Se levantaba sobre un suelo cubierto de grandes piedras y estaba rodeado por una cerca.

Seguí husmeando por el recinto, haciendo fotos aquí y allá, siempre un poco intranquila, pero finalmente acabé riéndome de mí misma y de mis temores cuando una señora que portaba dos bastones de montaña subió las escaleras y se dispuso a orar con mucha devoción ante el altar. Parecía muy mayor y con cierta dificultad para andar. Su imagen serena borró de un plumazo todas mis inquietudes. Para no sobresaltarla di unos fuertes pasos y tras un breve saludo me dirigí hacia un sendero que se perdía cuesta abajo. ¿A dónde iría a parar? Volví a buscar la aventura.

¡Ay!, ese sendero desembocaba en la calle de una urbanización, no había más bosque tenebroso, ni rincones llenos de misterio. La aventura había llegado a su fin. De todos modos, no sabía muy bien dónde me encontraba, así que tomando el este como punto de referencia empecé a caminar por las limpias y ordenadas calles. Bajé la colina, pasé cerca de un gran estanque y volví a estar de nuevo entre extensos y verdes campos de arroz.

El cielo ya no era gris, sino de un azul blanquecino, pero seguía cubierto de nubes de lluvia. A mí no me importaba. Caminaba feliz por los senderos que cruzaban los arrozales, en medio de un mar de color verde. Caminaba en soledad pero no estaba sola. Las garzas y los cuervos buscaban su comida en el agua. A lo lejos un agricultor trabajaba en su huerto. Por la carretera los coches circulaban y se paraban en los semáforos. Los campos olían a arroz.

Lluvia de agosto

Llueve a mares en esta mañana de agosto. Con rayos y truenos. Y me pregunto qué clase de verano es este si no hay sol. Hasta las cigarras se han quedado mudas bajo las lluvias torrenciales que han caído durante estos días. Este verano es aún más triste que el del año pasado. Lo único que ha permanecido, muy a mi pesar, es la humedad, que deja todas las superficies con un tacto pegajoso.

Pero antes de que los cielos se abrieran ruidosamente fui capaz de dar un pequeño paseo por la ciudad, que ya comenzaba a despertarse. En el parque nadie transitaba por la pista mojada que rodea al campo de béisbol, pero algunas personas se habían refugiado bajo el tejadillo de una zona de descanso y hacían sus ejercicios matutinos siguiendo las instrucciones de la radio. Otros se había atrevido a jugar al tenis y corrían felices tras la pelota, con la esperanza de que el tiempo les diera una tregua. Y así fue, durante una hora. Después unas pequeñas gotas y unos truenos lejanos anunciaron que nuestro tiempo de diversión llegaba a su final.

Volvimos a refugiarnos en nuestras casas para contemplar tras los cristales a una lluvia enfurecida que se resiste a abandonarnos.

Rendición

Hoy se conmemoraba la rendición de Japón, que tuvo lugar el 15 de agosto de 1945, y se han celebrado diferentes actos para honrar a las personas que fallecieron en el conflicto.

Los domingos por la tarde no hay nada interesante que ver en televisión, los mismos programas aburridos y anodinos de siempre, pero en una de las cadenas de pago han estado emitiendo varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial, como Tora! Tora! Tora! y The Emperor in August, y les he echado un vistazo. La verdad es que no les he prestado demasiada atención, nunca me han gustado las películas de guerra, pero me han acompañado en esta tarde extraña que olía a tardes de infancia. Tal vez porque el aire era fresco y con fragancia a ropa recién lavada, o porque las nubes grises y blancas flotaban en un cielo azul, o sencillamente porque por fin había salido el sol. ¿Cuántos días de lluvia hemos tenido? ¿Cuatro, cinco días? Las intensas lluvias lo han destrozado todo, han inundado calles y pueblos y se han llevado la alegría de muchas personas —también la vida de otras— y lamentablemente permanecerán con nosotros unos días más.

No, no creo que hoy la celebración del final de la guerra haya importado mucho a la gente, había otras cosas de las que preocuparse.

Después de la tormenta siempre se hace un recuento de los daños y se intenta recuperar lo que se pueda, con rabia y tristeza. Y aunque yo no he perdido gran cosa, tan solo unas plantas que se han encharcado y podrido, también estaba desanimada. Pero si el sol brilla durante unas horas puede surgir una pequeña ilusión, el deseo de volver a empezar. Por eso, en esta tarde de domingo, que había comenzado mojado y oscuro, me he sentido tan feliz al ver los rayos de sol, porque son un pequeño recordatorio de unos días que están por venir.

Yuri

Cerré la ventana y me tapé con la sábana. Después miré el reloj que había sobre la mesita, eran las cinco de la mañana, la hora de mi paseo. Pero no me moví, continué tumbada en la cama unos segundos, pensando. ¡Qué placentero había sido despertarse con un poco de frío! Era una sensación que ya no recordaba, de un tiempo remoto. Sentir frío en verano resultaba extraño. Volví a levantarme y miré por la ventana, que había cerrado un momento antes. No llovía pero el cielo estaba empedrado de nubes grises y compactas que tapaban completamente el sol. Me vestí con premura y me preparé para salir a la calle.

La mañana era sorprendentemente fresca tras el paso del tifón. El viento se movía caprichoso, se detenía de repente o azotaba revoltoso, y aunque tenía un tacto húmedo su caricia era fría . Por fin habían descendido las altas temperaturas que nos asfixiaban y nos mantenían encerrados en casa. Me sentía liviana, ágil, como si me hubieran quitado una pesada carga. Y las personas que me encontré en el camino tal vez sentían lo mismo, se las veía relajadas y contentas, deseosas de mover sus cuerpos.

En una plazoleta rectangular que hay antes de llegar al parque unos lirios blancos y casi sin mácula se erguían hermosos sobre el suelo. Milagrosamente habían conseguido hacer frente a los fuertes embates del tifón y sus cabezas blancas ligeramente iclinadas hacia abajo, semejantes al antiguo tocado de unas religiosas, no parecían haber sufrido ningún daño.

Cuando caminaba por el sendero que me llevaba a la entrada oeste del parque, escuché a lo lejos los ruidosos graznidos de unos cuervos y al acercarme vi que se trataba de un pequeño grupo que estaba posado sobre el suelo. Graznaban enfadados, haciendo corrillo a dos cuervos que se batían agitando las alas y se daban fuertes picotazos. Me detuve asustada, solo un poco, porque no tardé en sacar la cámara con la intención de hacerles una foto. Sin embargo, los cuervos enseguida notaron mi presencia y, como unos alumnos que han sido sorprendidos haciendo algo que no debían, volaron espantados hacia unos árboles que había cerca. Solo cuatro de ellos permanecieron en el suelo. Todos dejaron de graznar y se quedaron quietos, mirando de reojo cómo me alejaba. En cuanto se creyeron a salvo, alzaron la voz, pero sin la intensidad de antes. Mi interrupción les había quitado las ganas de seguir enojados.

Les eché un último vistazo y proseguí mi paseo. El camino del parque estaba salpicado de ramas y hojas que el fuerte viento se había llevado. Era la huella devastadora del paso del tifón y, sin embargo, los lirios…

La vacuna

Ayer me pusieron la segunda dosis de la vacuna pfizer y hoy me siento tan cansada y soñolienta que podría dormir todo el día hasta la mañana siguiente sin ningún esfuerzo. Estoy desencantada y sin fuerzas. Pero no puedo achacar este estado anímico únicamente a la inoculación de la vacuna. Me siento así porque hace demasiado calor. El jueves pasado creo que fue el día más caluroso del año. Las cigarras cantaban ensordecedoramente cuando paseaba por la mañana y a veces salían volando espantadas ante mi presencia, en el camino algunas yacían en el suelo con las patas arriba. El aire es caliente y húmedo desde muy temprano y en casa no puedo hacer ninguna actividad sin la ayuda del aire acondinado, que me obliga a permanecer dentro de una habitación para no sucumbir.

Me siento así también porque los días se repiten monótonos y aburridos: número de contagios, número de muertes, no olvides la mascarilla, lávate bien las manos con jabón y alcohol, evita el contacto con otras personas… Porque salgo a la calle con preocupación ante el temor de tocar algo infectado con el virus.

Dicen, dicen tantas cosas… Dicen que volveremos a la normalidad el año que viene. Normalidad, la gran palabra ¿y qué significa realmente? ¿Aquellos días de risas y charlas con salivazos incontrolados que salpicaban sin querer a nuestro interlocutor? ¿De abrazos y besos de amigos y extraños?

Miro las noticias de las siete en la NHK. Otra vez vuelven a sacar la gráfica de contagios en Tokio. ¿Quiénes harán esas gráficas tan bonitas de colores brillantes? Supongo que en la actualidad debe de ser un trabajo bien remunerado. Las gráficas están en todas partes, son muy importantes para conocer cuántas personas mueren cada día, para que no lo olvidemos. Antes morían personas, pero no había ningún recuento diario. Ahora es como en esas películas de ciencia ficción en las que se seleccionaba a un número de personas para un destino maravilloso, aunque en verdad no lo era tanto… ¿A quién le tocará mañana? ¿Quién formará parte de esas gráficas?

Me he vacunado y en cierto modo me siento aliviada, pero es algo temporal, no soluciona nada. Decían y dicen que el coronavirus es como un terrible resfriado, si es así, qué aterrador, los resfriados aparecen todos los años y no hay ninguna cura.

Brisa

La ventanas están abiertas de par en par. Las cortinas blancas y vaporosas se inflan suavemente por la brisa o se agitan y estiran enérgicamente por una repentina ráfaga de aire. Se escucha a lo lejos el solitario y repetitivo piar de un gorrión. Silencio. Es una tarde calurosa de junio. Estoy tumbada en el sofá y leo con desgana un libro en un lector digital, que pesa en mis manos. Las negras letras destacan sobre el blanco impoluto de la pantalla lisa por la que se deslizan mis dedos índice o corazón. Intento concentrarme en la lectura, pero la brisa me distrae. Hay algo que quiero alcanzar y se me escapa, como un delicado perfume que no consigo retener. Cierro los ojos y siento cómo el aire me roza la piel y me susurra al oído. Los sonidos son muy parecidos a otros. La brisa se asemeja a otra brisa.

Y ahora no estoy aquí, sobre mi sofá de color vainilla. Estoy recostada en mi cama blanca de niña y leo un libro que huele a rancio y a antiguo, que pesa en mis manos. La luz entra a raudales por la ventanas abiertas, y la brisa seca acaricia mis mejillas y mis pies desnudos. He leído durante varias horas y la cabeza y el cuello me duelen. Me muevo y busco una posición más cómoda. De la calle llegan voces apagadas que no molestan y el gorjeo estridente de unos gorriones. Leo sola en mi habitación anhelando otro tiempo y otros lugares, paso las páginas con avidez, una tras otra, impaciente por conocer el final de esta historia.

Y ahora no estoy en mi cama blanca. Ni reposo en mi sofá vainilla. Descanso en una cama de enferma de una habitación muy limpia. La brisa mueve las cortinas claras en una tarde de junio. Los gorriones que revolotean en el jardín cantan ruidosamente. Tengo los ojos cerrados y dejo que la brisa los bese con sus labios frescos y dulces. Mis ojos están cansados y ya no pueden leer, pero mis manos sujetan un libro imaginario y leo, los recuerdos.

Capítulo 1: el capítulo del matrimonio (3)

A la mañana siguiente, Sakae se levantó a las seis cuando todavía estaba oscuro, tal como acostumbraba en su pueblo. En su primera noche de recién casada se dio cuenta de que no iba ser fácil vivir con Shigeji y estaba enfrentándose a un principio de desilusión. No obstante, se levantó alegremente cuando, desde la ventana sin cortinas, contempló la arboleda y escuchó el canto animado de los gorriones y los patos. Se puso el kimono, intentando no hacer ruido, se ajustó bien el obi y se recogió rápidamente el pelo en la habitación sin espejo y, tras pisar algunas columnas de escarcha, se quedó de pie ante el pretil del pozo.

Coció arroz en una olla de barro y como guarnición solo preparó una buena cantidad de sopa de miso. Después se sentó y, sin hacer nada, se quedó esperando a que Shigeji se levantara, pero él seguía durmiendo con suaves ronquidos.

Desencantada, recordó los sucesos del día anterior y los cambios demasiado sorprendentes que estaban produciéndose en su vida. Shigeji había llegado a esa casa con las manos vacías. Cuando le preguntó dónde estaban sus cosas, él, rascándose la cabeza avergonzado, le explicó que estaban en su apartamento, pero que, como debía cuatro meses de alquiler y no tenía dinero, no podía ir a por ellas, y que por esa razón había estado alojándose en las casas de sus amigos.

—Sakae, ¿me prestas dos o tres kimonos?

Shigeji le dijo que los iba a llevar a la casa de empeños. Inmediatamente, ella los sacó de su maleta de mimbre y se los entregó, incluso añadió su reloj de pulsera.

—No te preocupes. Soy un hombre casado, ¿no?, así que me voy a poner enseguida a buscar trabajo.

—¡Yo también voy a buscar trabajo! Si trabajamos los dos, podremos vivir sin problemas.

Sakae se alegraba de haber ido a la playa de Kujūkuri-hama, porque pudo ver con sus propios ojos cómo era la vida de Shigeji en Tokio, la vida con la que él soñaba en Shōdoshima. No sabía qué pensamientos tenía en su cabeza, pero de lo que sí estaba segura es de que no tenía sentido vivir en esa ciudad si no podían apañárselas bien, y lo que más odiaba Sakae era llevar una vida disoluta.

—¡No se puede vivir bien sin comer! —dijo Sakae, y cuando Shigeji salió de casa cayó de bruces en la habitación vacía y rompió a llorar.

Lloraba sin cesar porque echaba de menos a su padres y hermanos y porque al recordar la vida en su pueblo se arrepentía de haberse marchado de allí. Por esas fechas, el viento marino de invierno que azotaba los árboles con fuerza ya habría encerrado en sus casas a la gente de la isla.

Shigeji volvió contento porque le habían prestado diez yenes y enseguida le propuso a Sakae que fueran a comprar una olla y un caldero para cocer arroz. Una nueva determinación brotó de Sakae tras las lágrimas que había derramado. Ella, que hacía un rato había llorado desconsoladamente, se preguntaba por qué solo con escuchar la voz de su despreocupado Shigeji volvía a sentirse feliz y lo seguía como si flotara de alegría. Tal vez fuera porque su hakama desgastado de color castaño rojizo y su cabello largo y sucio, lejos de causarle desagrado, le sacaban una sonrisa. En el amor mutuo que sienten un hombre y una mujer, ¿no existirá también una fascinación por aquello que es contradictorio? Es el universo de un hombre y una mujer que unieron sus cuerpos. Es la compasión hacia una persona ante la que una se ha desnudado por primera vez al cumplir los veinticinco años. ¡Era feliz! En la isla nunca hubo nadie a quien deseara. Ella, que había suspirado por Shigeji, finalmente se había unido a él.

Un día escuchó que el hermano mayor de Shigeji había dicho: «Si alguien puede ser la esposa de Shigeji, es Sakae». Ella era de la misma opinión. A él no le agradaban las jóvenes de la isla, que solo pensaban en casarse y tener hijos. Si hubiera una mínima posibilidad de hacerse realidad, a ella no le importaría convertirse en la esposa de un hombre como Shigeji, que seguía diferentes movimientos ideológicos y literarios en Tokio en pos de una nueva era.

Sin embargo, él no tenía un céntimo ni un trabajo con el que ganarse la vida, a diferencia de Sakae que, a pesar de ser una mujer, se había ocupado de sostener a su famila y había trabajado en el ayuntamiendo de su pueblo, e incluso había ahorrado el dinero suficiente para viajar a Tokio. Desde el principio, se lamentó Sakae, la razón por la que Shigeji la había llamado era porque contaba con su escaso dinero ahorrado. Antes había llorado hasta quedar exhausta, pero ahora, sin saber por qué, derramaba dulces y tristes lágrimas. Hasta el bicho de lengua viperina se había ocultado en algún lugar dentro de Sakae…

Sakae Tsuboi (foto tomada en Kobe cuando viajaba a Tokio en 1925)

Hicieron las compras en un mercado cercano y volvieron a casa con las manos llenas. Después compraron dos céntimos de carbón vegetal y cinco kilos de arroz, y alquilaron tres futones de algodón fino en la tienda de futones de alquiler. En la tienda, les envolvieron los futones en un lienzo de gran tamaño para poder cargarlos.

A una tabla de cortar le colocaron cuatro patas para usarla como mesita y, muertos de risa, celebraron su primera cena. Dicen que a Shigeji le encantó la comida aunque solo consistió en una sopa de miso con satoimo, tofu y rábano secos cocinados con tofu frito, encurtido de rábano amarillo y una pequeña pieza de besugo. Con todo, si Sakae no hubiera tenido dinero ahorrado, es posible que el inicio de su vida en pareja hubiera sido muy semejante a la noche en que Tatsuo Okada dio la bienvenida a Taiko Hirabayashi, y que Shigeji, al igual que él, en esa primera cena la hubiera agasajado con unos cuencos de arroz robados de un cementerio y unos rábanos del huerto de alguien.

—Este guiso me recuerda a mi madre, ¡cómo la echo de menos!

En fin, puesto que había formado un hogar con Shigeji, debía vivir sin causarles ninguna preocupación a sus padres.

Sakae estaba esperando a que Shigeji se levantara para que le buscara un trabajo que ella pudiera hacer en casa, pero él continuaba durmiendo. Como siempre había vivido solo, estaba acostumbrado a hacer lo que le daba la gana; si ella no lo levantaba, estaba segura de que dormiría hasta muy tarde. La sopa de miso estaba completamente fría, el arroz, tibio y duro, y ella, esa mañana después de su boda, permanecía sentada sobre el tatami de la pequeña habitación sin tener nada que hacer. Entonces, escuchó a lo lejos la voz de una mujer llamando a alguien, y Sakae creyó oír: ¡Tsuboi!

¿Quién vendría a visitarlos por la mañana si se habían mudado el día anterior? ¿y cómo sabían que se habían casado?, se preguntó extrañada. En efecto, la voz no cesaba de llamar a Shigeji Tsuboi. Desde el otro extremo del jardín, llamaban como si gritaran desde la cima de una montaña esperando el eco.

—Oye, que te están llamando.

Shigeji se ajustó el kimono con el que había dormido, se enrolló a la cintura un obi negro de muselina y, frotándose los ojos soñolientos, echó un vistazo a través de los cristales del corredor que daba al exterior de la casa.

—¿Quién es?

—¡Ah! Soy Nomura, y también está conmigo Fumiko Hayashi.

Eran los mejores amigos de Shigeji, la pareja formada por Yoshiya Nomura y Fumiko Hayashi, a los que Sakae conocía de oídas porque su marido le había hablado mucho de sus amistades en esos tres días en los que habían ido de un lado para otro. Él le había contado que los dos vivían en Seta, que en la línea ferroviaria de Tamagawa era la parada que venía después de Sangenjaya, y que había ido con ellos a dar una vuelta en bote por el cercano río Tama.

A Sakae le parecía increíble que los dos poetas se hubieran acercado a visitarlos tan pronto —ella se consideraba una persona con sentido común y lo natural era sorprenderse—, estas personas que se presentaban a esas horas sin ser invitadas eran muy raras.

Dobló rápidamente los futones alquilados y los guardó dentro del armario empotrado, después se puso detrás de Shigeji, pegada a su espalda, y juntos miraron a las personas que hablaban fuera.

Leamos a continuación un texto de la propia Sakae Tsuboi. Pertenece a su obra, de corte autobiográfico, Kaze (Viento,風), publicada en la revista Bungei (文芸), en noviembre de 1954.

—¡Eh, estamos aquí!

Shūzō (Shigeji) descorrió el pasador de la puerta de cristal y levantó la mano hacia el hombre y la mujer que en medio del campo gritaban haciendo bocina con las manos. El hombre, que era de alta estatura, se acercó corriendo sin parar de reírse, corría con su largo cabello meciéndose bajo el cielo frío, mostrando la piel desnuda de sus pies descalzos hasta la entrepierna. La mujer era tan pequeña como una niña y los dos corrían cogidos de la mano como chiquillos. Especialmente Fusako (Fumiko Hayashi), que riéndose a carcajadas tiernamente decía: «N (Yoshiya Nomura), eres terrible. Corres a zancadas y casi me arrancas la mano». Después, miró a Shigeo (Sakae) y comenzó a hablarle con demasiada confianza, como si la conociera de toda la vida.


Kinō wa doko ni mo arimasen, de Tatsuji Miyoshi

Otra de las poesías que atrajo mi atención en la colección de poemas Poketto Shishū III (ポケット詩集III) fue Kinō wa doko ni mo arimasen (El ayer no está en ningún lugar) de Tatsuji Miyoshi.


 El ayer no está en ningún lugar

 Autor: Tatsuji Miyoshi
 Traducción: Matilda O. Salinas
 
 El ayer no está en ningún lugar
 Ni en los cajones de la cómoda de allí
 Ni en los cajones del escritorio de aquí
 El ayer no está en ningún lugar
  
 ¿Es una fotografía de ayer?
 Estás de pie ahí
 Estás riendo ahí
 ¿Es una fotografía de ayer?
  
 No, el ayer no está
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
 No es el reloj de ayer
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
  
 El ayer no está en ningún lugar
 La habitación de ayer no está
 Son las cortinas de hoy
 Son las zapatillas de hoy
  
 La tristeza de hoy es algo de hoy
 No es algo de ayer
 El ayer no está en ningún lugar
 La tristeza de hoy es algo de hoy
  
 No, no hay tristeza
 ¿Por qué tal tristeza?
 El ayer no está en ningún lugar
 ¿Qué tiene de triste?
  
 El ayer no está en ningún lugar
 Estabas de pie ahí
 Estabas riendo ahí
 El ayer no está en ningún lugar 
Kinō wa doko ni mo arimasen

Autor: Tatsuji Miyoshi

Kinō wa doko ni mo arimasen
Achira no tansu no hikidashi ni mo
Kochira no tsukue no hikidashi ni mo
Kinō wa doko ni mo arimasen

Sore wa kinō no shashin deshōka
Soko ni anata no tatteiru
Soko ni anata no waratteiru
Sore wa kinō no shashin deshōka

Iie kinō wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei
Kyō no tokei wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei

Kinō wa doko ni mo arimasen
Kinō no heya wa arimasen
Sore wa kyō no madokake desu
Sore wa kyō no surippa desu

Kyō kanashii no wa kyō no koto
Kinō no koto de wa arimasen
Kinō wa doko ni mo arimasen
Kyō kanashii no wa kyō no koto

Iie kanashiku arimasen
Nan de kanashii mono deshō
Kinō wa doko ni mo arimasen
Nani ga kanashii mono desu ka

Kinō wa doko ni mo arimasen
Soko ni anata no tatteita
Soko ni anata no waratteita
Kinō wa doko ni mo arimasen

Antología completa de Tatsuji Miyoshi. Edición definitiva, 1962.

定本三好達治全詩集1962


El poema, escrito en verso libre, está dividido en siete estrofas. Como una letanía se repite una y otra vez el título de la composición o parte de él, haciendo hincapié en la palabra arimasen (no está, no hay).

El poeta observa la habitación de manera minuciosa y nos hace saber que no existe ningún recuerdo del ayer (no hay nada en los cajones de la cómoda ni del escritorio), y enfrenta ese pasado al hoy del son del reloj, al hoy de la habitación, las cortinas y las zapatillas. Sin embargo, hay un elemento que sirve de nexo entre el ayer y el hoy, una foto de una persona que sonríe. ¿Quién es? ¿Una mujer a la que amó? ¿Un querido amigo? El ayer y el hoy se funden en esa foto del pasado que permanece en su presente y que provoca en el poeta un sentimiento de tristeza que se niega a reconocer.

El autor

Tatsuji Miyoshi 三好達治 (1900-1964) fue un poeta, crítico literario y editor japonés de la era Shōwa.

Nace en Osaka el 23 de agosto de 1900.

Debido a las dificultades económicas que sufre su familia, tiene problemas para finalizar sus estudios.

Se alista en el ejercito imperial japonés en 1915 con el propósito de hacer carrera como soldado, pero lo abandona años más tarde. En 1925, inicia sus estudios de literatura francesa en la universidad de Tokio y traduce obras de Charles Baudelaire y otros autores franceses.

En 1930 se da a conocer con la publicación de su primera antología poética, Sokuryōsen  (La nave de medición).

Muere en Tokio el 5 de abril de 1964.

En su obra se ve reflejada la poesía simbolista francesa, con reminiscencias de la tradición poética japonesa. Su estilo es profundo, complejo y visual.

En 2004, la ciudad de Osaka crea el premio Miyoshi Tatsuji para galardonar la mejor antología poética publicada en el país.

Reconocido a nivel nacional, la poesía de Miyoshi empieza a aparecer en los libros de texto de Japón después de la Segunda Guerra Mundial: sus composiciones, breves y aparentemente sencillas, eran idóneas para la enseñanza escolar. Pese a ello, con el paso del tiempo, Miyoshi ha ido cayendo en el olvido y se ha convertido en un poeta del pasado.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.

Sigo traduciendo

Me ha costado mucho, muchísimo, pero por fin he logrado traducir la segunda parte del capítulo uno de la biografía de Sakae Tsuboi, de Reiko Mori. He tenido que lidiar con la lectura de los nombres propios de los artistas y escritores que aparecen aquí —Internet me ha sido de gran ayuda, no sé que haría sin él—; también los topónimos me han traído de cabeza y he invertido mucho tiempo en esa investigación. Pero eso, dentro de lo que cabe, no es lo peor: traducir es un trabajo arduo y penoso —que me desespera y me pone de mal humor—. Traducir es entender las palabras y las construcciones de un lenguaje que no es el tuyo y trasladar todo eso a tu propia lengua, y no es nada fácil.

El español, el japonés, qué idiomas tan diferentes.

Nuestra lengua parece que tuviera una espina dorsal de la que salen todas las palabras y oraciones en perfecto orden; cada elemento conoce su lugar. Pero cuando leo las oraciones en japonés siento que estoy ante un cuadro impresionista que solo se ve bien desde lejos. ¿Dónde está el sujeto? ¿Cuál es el verbo principal? A veces, eso carece de importancia. Así que me devano los sesos y me sale humo de la cabeza, y pregunto a todo bicho viviente (que sea japonés, claro) que pueda resolver mis dudas.

No, no me gusta traducir, pero ¿de qué otro modo podría conocer en profundidad a la escritora Sakae Tsuboi si toda la información está escrita en japonés? En más de una ocasión he tenido la tentanción de abandonar este proyecto, pero el blog me empuja a seguir adelante y llegar hasta el final. Y estoy a punto de dar otro paso.

Todavía tengo que pulirlo un poco más, pero en breve publicaré esa segunda parte del capítulo uno, donde Sakae Iwai, por fin, podrá encontrarse con Shigeji Tsuboi, que estaba ilocalizable. A través de él entrará en contacto con otros artistas que luchan por abrirse camino y hacerse un nombre, como el ilustrador Tatsuo Okada y la escritora Taiko Hirabayashi.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.