Capítulo 1: el capítulo del matrimonio (3)

A la mañana siguiente, Sakae se levantó a las seis cuando todavía estaba oscuro, tal como acostumbraba en su pueblo. En su primera noche de recién casada se dio cuenta de que no iba ser fácil vivir con Shigeji y estaba enfrentándose a un principio de desilusión. No obstante, se levantó alegremente cuando, desde la ventana sin cortinas, contempló la arboleda y escuchó el canto animado de los gorriones y los patos. Se puso el kimono, intentando no hacer ruido, se ajustó bien el obi y se recogió rápidamente el pelo en la habitación sin espejo y, tras pisar algunas columnas de escarcha, se quedó de pie ante el pretil del pozo.

Coció arroz en una olla de barro y como guarnición solo preparó una buena cantidad de sopa de miso. Después se sentó y, sin hacer nada, se quedó esperando a que Shigeji se levantara, pero él seguía durmiendo con suaves ronquidos.

Desencantada, recordó los sucesos del día anterior y los cambios demasiado sorprendentes que estaban produciéndose en su vida. Shigeji había llegado a esa casa con las manos vacías. Cuando le preguntó dónde estaban sus cosas, él, rascándose la cabeza avergonzado, le explicó que estaban en su apartamento, pero que, como debía cuatro meses de alquiler y no tenía dinero, no podía ir a por ellas, y que por esa razón había estado alojándose en las casas de sus amigos.

—Sakae, ¿me prestas dos o tres kimonos?

Shigeji le dijo que los iba a llevar a la casa de empeños. Inmediatamente, ella los sacó de su maleta de mimbre y se los entregó, incluso añadió su reloj de pulsera.

—No te preocupes. Soy un hombre casado, ¿no?, así que me voy a poner enseguida a buscar trabajo.

—¡Yo también voy a buscar trabajo! Si trabajamos los dos, podremos vivir sin problemas.

Sakae se alegraba de haber ido a la playa de Kujūkuri-hama, porque pudo ver con sus propios ojos cómo era la vida de Shigeji en Tokio, la vida con la que él soñaba en Shōdoshima. No sabía qué pensamientos tenía en su cabeza, pero de lo que sí estaba segura es de que no tenía sentido vivir en esa ciudad si no podían apañárselas bien, y lo que más odiaba Sakae era llevar una vida disoluta.

—¡No se puede vivir bien sin comer! —dijo Sakae, y cuando Shigeji salió de casa cayó de bruces en la habitación vacía y rompió a llorar.

Lloraba sin cesar porque echaba de menos a su padres y hermanos y porque al recordar la vida en su pueblo se arrepentía de haberse marchado de allí. Por esas fechas, el viento marino de invierno, que azotaba los árboles, ya habría encerrado en sus casas a la gente de la isla.

Shigeji volvió contento porque le habían prestado diez yenes y enseguida le propuso a Sakae que fueran a comprar una olla y un caldero para cocer arroz. Una nueva determinación brotó de Sakae tras las lágrimas que había derramado. Ella, que hacía un rato había llorado desconsoladamente, se preguntaba por qué solo con escuchar la voz de su despreocupado Shigeji volvía a sentirse feliz y lo seguía como si flotara de alegría. Tal vez fuera porque su hakama desgastado de color castaño rojizo y su cabello largo y sucio, lejos de causarle desagrado, le sacaban una sonrisa. En el amor mutuo que sienten un hombre y una mujer, ¿no existirá también una fascinación por aquello que es contradictorio? Es el universo de un hombre y una mujer que unieron sus cuerpos. Es la compasión hacia una persona ante la que una se ha desnudado por primera vez al cumplir los veinticinco años. ¡Era feliz! En la isla nunca hubo nadie a quien deseara. Ella, que había suspirado por Shigeji, finalmente se había unido a él.

Un día escuchó que el hermano mayor de Shigeji había dicho: «Si alguien puede ser la esposa de Shigeji, es Sakae». Ella era de la misma opinión. A él no le agradaban las jóvenes de la isla, que solo pensaban en casarse y tener hijos. Si hubiera una mínima posibilidad de hacerse realidad, a ella no le importaría convertirse en la esposa de un hombre como Shigeji, que seguía diferentes movimientos ideológicos y literarios en Tokio en pos de una nueva era.

Sin embargo, él no tenía un céntimo ni un trabajo con el que ganarse la vida, a diferencia de Sakae que, a pesar de ser una mujer, se había ocupado de sostener a su famila y había trabajado en el ayuntamiendo de su pueblo, e incluso había ahorrado el dinero suficiente para viajar a Tokio. Desde el principio, se lamentó Sakae, la razón por la que Shigeji la había llamado era porque contaba con su escaso dinero ahorrado. Antes había llorado hasta quedar exhausta, pero ahora, sin saber por qué, derramaba dulces y tristes lágrimas. Hasta el bicho de lengua viperina se había ocultado en algún lugar dentro de Sakae…

Sakae Tsuboi (foto tomada en Kobe cuando viajaba a Tokio en 1925)

Hicieron las compras en un mercado cercano y volvieron a casa con las manos llenas. Después compraron dos céntimos de carbón vegetal y cinco kilos de arroz, y alquilaron tres futones de algodón fino en la tienda de futones de alquiler. En la tienda, les envolvieron los futones en un lienzo de gran tamaño para poder cargarlos.

A una tabla de cortar le colocaron cuatro patas para usarla como mesita y, muertos de risa, celebraron su primera cena. Dicen que a Shigeji le encantó la comida aunque solo consistió en una sopa de miso con satoimo, tofu y rábano secos cocinados con tofu frito, encurtido de rábano amarillo y una pequeña pieza de besugo. Con todo, si Sakae no hubiera tenido dinero ahorrado, es posible que el inicio de su vida en pareja hubiera sido muy semejante a la noche en que Tatsuo Okada dio la bienvenida a Taiko Hirabayashi, y que Shigeji, al igual que él, en esa primera cena la hubiera agasajado con unos cuencos de arroz robados de un cementerio y unos rábanos del huerto de alguien.

—Este guiso me recuerda a mi madre, ¡cómo la echo de menos!

En fin, puesto que había formado un hogar con Shigeji, debía vivir sin causarles ninguna preocupación a sus padres.

Sakae estaba esperando a que Shigeji se levantara para que le buscara un trabajo que ella pudiera hacer en casa, pero él continuaba durmiendo. Como siempre había vivido solo, estaba acostumbrado a hacer lo que le daba la gana; si ella no lo levantaba, estaba segura de que dormiría hasta muy tarde. La sopa de miso estaba completamente fría, el arroz, tibio y duro, y ella, la mañana después de su boda, permanecía sentada sobre el tatami de la pequeña habitación sin tener nada que hacer. Entonces, escuchó a lo lejos la voz de una mujer llamando a alguien, y Sakae creyó oír: ¡Tsuboi!

¿Quién vendría a visitarlos por la mañana si se habían mudado el día anterior? ¿y cómo sabían que se habían casado?, se preguntó extrañada. En efecto, la voz no cesaba de llamar a Shigeji Tsuboi. Desde el otro extremo del jardín, llamaban como si gritaran desde la cima de una montaña esperando el eco.

—Oye, que te están llamando.

Shigeji se ajustó el kimono con el que había dormido, se enrolló a la cintura un obi negro de muselina y, frotándose los ojos soñolientos, echó un vistazo a través de los cristales del corredor que daba al exterior de la casa.

—¿Quién es?

—¡Ah! Soy Nomura, y también está conmigo Fumiko Hayashi.

Eran los mejores amigos de Shigeji, la pareja formada por Yoshiya Nomura y Fumiko Hayashi, a los que Sakae conocía de oídas porque su marido le había hablado mucho de sus amistades en esos tres días en los que habían ido de un lado para otro. Él le había contado que los dos vivían en Seta, que en la línea ferroviaria de Tamagawa era la parada que venía después de Sangenjaya, y que había ido con ellos a dar una vuelta en bote por el cercano río Tama.

A Sakae le parecía increíble que los dos poetas se hubieran acercado a visitarlos tan pronto —ella se consideraba una persona con sentido común y lo natural era sorprenderse—, estas personas que se presentaban a esas horas sin ser invitadas eran muy raras.

Dobló rápidamente los futones alquilados y los guardó dentro del armario empotrado, después se puso detrás de Shigeji, pegada a su espalda, y juntos miraron a las personas que hablaban fuera.

Leamos a continuación un texto de la propia Sakae Tsuboi. Pertenece a su obra, de corte autobiográfico, Kaze (Viento,風), publicada en la revista Bungei (文芸), en noviembre de 1954.

—¡Eh, estamos aquí!

Shūzō (Shigeji) descorrió el pasador de la puerta de cristal y levantó la mano hacia el hombre y la mujer que en medio del campo gritaban haciendo bocina con las manos. El hombre, que era de alta estatura, se acerca corriendo sin parar de reírse, corría con su largo cabello meciéndose bajo el cielo frío, mostrando la piel desnuda de sus pies descalzos hasta la entrepierna. La mujer era tan pequeña como una niña y los dos corrían cogidos de la mano como chiquillos. Especialmente Fusako (Fumiko Hayashi), que riéndose a carcajadas tiernamente decía: «N (Yoshiya Nomura), eres terrible. Corres a zancadas y casi me arrancas la mano». Después, miró a Shigeo (Sakae) y comenzó a hablarle con demasiada confianza, como si la conociera de toda la vida.


Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.

Sigo traduciendo

Me ha costado mucho, muchísimo, pero por fin he logrado traducir la segunda parte del capítulo uno de la biografía de Sakae Tsuboi, de Reiko Mori. He tenido que lidiar con la lectura de los nombres propios de los artistas y escritores que aparecen aquí —Internet me ha sido de gran ayuda, no sé que haría sin él—; también los topónimos me han traído de cabeza y he invertido mucho tiempo en esa investigación. Pero eso, dentro de lo que cabe, no es lo peor: traducir es un trabajo arduo y penoso —que me desespera y me pone de mal humor—. Traducir es entender las palabras y las construcciones de un lenguaje que no es el tuyo y trasladar todo eso a tu propia lengua, y no es nada fácil.

El español, el japonés, qué idiomas tan diferentes.

Nuestra lengua parece que tuviera una espina dorsal de la que salen todas las palabras y oraciones en perfecto orden; cada elemento conoce su lugar. Pero cuando leo las oraciones en japonés siento que estoy ante un cuadro impresionista que solo se ve bien desde lejos. ¿Dónde está el sujeto? ¿Cuál es el verbo principal? A veces, eso carece de importancia. Así que me devano los sesos y me sale humo de la cabeza, y pregunto a todo bicho viviente (que sea japonés, claro) que pueda resolver mis dudas.

No, no me gusta traducir, pero ¿de qué otro modo podría conocer en profundidad a la escritora Sakae Tsuboi si toda la información está escrita en japonés? En más de una ocasión he tenido la tentanción de abandonar este proyecto, pero el blog me empuja a seguir adelante y llegar hasta el final. Y estoy a punto de dar otro paso.

Todavía tengo que pulirlo un poco más, pero en breve publicaré esa segunda parte del capítulo uno, donde Sakae Iwai, por fin, podrá encontrarse con Shigeji Tsuboi, que estaba ilocalizable. A través de él entrará en contacto con otros artistas que luchan por abrirse camino y hacerse un nombre, como el ilustrador Tatsuo Okada y la escritora Taiko Hirabayashi.

Shingen bukuro y Kinchaku bukuro

Cuando Sakae Tsuboi llegó a la estación de Tokio, su futuro marido, el poeta Shigeji Tsuboi no estaba allí para recibirla. Después de esperar tres horas, cansada y muerta de frío, cogió su bolsa de mano que había colocado a sus pies y se fue hacia casa de su hermano. Esta bolsa de mano tenía un nombre en el capítulo que traduje de la biografía de Sakae Tsuboi: shingen bukuro (信玄袋), es decir, bolsa shingen. ¿Pero qué es una bolsa shingen?

Una bolsa shingen es una bolsa de tela que se anuda con una cuerda corrediza y que tiene una base plana y rectangular. Se puso de moda entre las mujeres a mediados de la era Meiji (1868-1912) para guardar pequeños artículos, y se usaba principalmente para viajar.

La bolsa de la foto recibe el nombre de kinchaku bukuro (巾着袋), o bolsa kinchaku, y sirve de bello accesorio a la hora de vestirse con un kimono o yukata. Hay de muchos estilos y colores, pero la kinchaku bukuro tradicional, básicamente, es una bolsa de tela con un cordón. Y es más pequeña que la bolsa shingen. Sin embargo, como veis, puede tener el mismo diseño que esta última (sin el asa, claro), con una base firme que impide que la bolsa se deforme por la parte de abajo.

Por último, comentaros que (aunque no está muy claro) se cree que la bolsa shingen se llama así por el señor feudal Takeda Shingen, cuyos soldados utilizaban una bolsa similar para llevar lo indispensable en sus desplazamientos.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (1)

Sakae Iwai esperaba a Shigeji Tsuboi en el torniquete de entrada de la línea Tamagawa, en el vestíbulo de la segunda planta de la estación de Shibuya. En el pecho llevaba una bolsa con todo su dinero, sujeta a la muñeca de su mano con una cuerda. Es el 20 de febrero de 1925 y el tercer día que ambos buscan una casa de alquiler por los alrededores de Tokio.

Poco después, Sakae ve a Shigeji aproximarse entre el gentío, con una mano levantada. Este, colocándose bien el cuello sucio de su kimono de color índigo, le dice a Sakae sin dirigirle la mirada:

—Sakae, prueba tú hoy a negociar con el casero, por favor.

Sakae, que le estaba entregando a Shigeji el billete de tren que había comprado antes, se queda perpleja —¡si acababa de llegar a Tokio!, piensa sorprendida— pero, encogiéndose de hombros y riéndose, replica:

—¡Eh! ¿Yo tengo que hacerlo? No sé si podré. En fin, lo intentaré. ¿Es porque piensas que, si hablas tú, te van a decir otra vez que no?

Shigeji asiente con la cabeza y avergonzado mira hacia otro lado.

El día anterior habían estado mirando por Mishuku, querían alquilar una de las casitas en la ribera del río, cerca del puente Tamonji.

En el tren, Sakae siente en su brazo izquierdo el calor corporal de Shigeji que se había sentado a su lado, y cada vez que él mueve la cabeza, se deleita con el olor a sudor y grasa que desprende su largo cabello. Sobre su futuro en común, no solo desde mañana, él no ha dicho nada, pero si hoy puede llegar a un acuerdo con el casero y alquilar pronto una casa, podrá vivir junto a su querido Shigeji en la gran ciudad de Tokio. Que ese futuro llegue a hacerse realidad, dentro de una o dos horas, dependerá de la capacidad de Sakae para negociar.

«Los dos juntos…», al pensar en eso, Sakae siente una corriente cálida que recorre todo su cuerpo, pero al percatarse de esa sensación se avergüenza y permanece en silencio. Shibuya, Kamitōri, Ōsaka, Ikejiri, Mishuku, Sangendyaya… En esos tres días, Sakae ha acabado por aprenderse el nombre de todas las paradas del tren.

Después del gran terremoto del Este de Japón, muchas personas del centro de Tokio, que se vieron afectadas por el seísmo, se trasladaron hacia Yamanote, en las afueras de la ciudad. Y de repente el número de casas en alquiler aumentó a lo largo de la línea ferroviaria de Tamagawa, en la lejana Setagaya. Aún así, tal vez a causa de la recesión económica, por todo el lugar abundaban carteles colocados en diagonal que anunciaban el alquiler de las casas vacías.

Sin embargo, ningún casero confiaba en la pareja, y los dos ya habían sido rechazados en las diez casas que habían ido a ver. Con un simple vistazo a Shigeji se notaba que era un socialista, y Sakae con su aspecto serio parecía que acababa de escaparse de su casa. La mayoría de las veces los despedían con la excusa de que la casa ya había sido alquilada.

El largo cabello de Shigeji, el cuello mugriento y desgastado de su kimono que había adquirido un color castaño rojizo, el intenso brillo de sus ojos a pesar de ser un hombre pobre y su actitud tranquila ponían sobre aviso a los caseros.

Era una época en la que había muchos prejuicios contra los anarquistas y bolcheviques porque se pensaba que estos no pagaban el alquiler o hacían hogueras con las tapias y revestimientos de madera de las casas, y los caseros eran del mismo parecer y desconfiaban. Pero para Sakae este torpe proceder de Shigeji no es más que una muestra de su naturaleza poética e inocente.

Sakae era natural de Shōdoshima, una isla que se asemeja a un perrito flotando en el mar interior de Seto, y hasta sus veinticinco años vivió en el nordeste de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Cuando ella pensaba que ya se le había pasado la edad de casarse y que era demasiado mayor, recibió una carta de Shigeji que la invitaba a ir a Tokio. Shigeji era un pariente de su tierra natal y un compañero de juegos de su infancia. Sin vacilar, ella se traslada a Tokio y se va a vivir con Shigeji como si fuera lo más natural.

Sakae nació el 5 de agosto de 1899 (año 32 de la era Meiji) en el seno de una numerosa familia. Era la quinta hija de Tōkichi Iwai, un vendedor de barriles, y su esposa Asa. Esta gran famila en la que se crio la integraban diez hijos, los aprendices de su padre y dos hermanos huérfanos que fueron adoptados, lo que hacía un total de quince o dieciséis miembros.

Con el tiempo, el negocio familiar fue teniendo problemas, y cuando Sakae cumplió nueve años, además de asistir al colegio, debía ejercer de niñera. A los doce años, ya en la secundaria, empezó a ganar algún dinero tejiendo cuerdas de paja que servían para hacer sombreros. Ese año, 1912, en Japón, el general Maresuke Nogi cometía suicidio tras la muerte del emperador Meiji; dos años antes había sido asesinado Hirobumi Itō, que había sido primer ministro de Japón; y las mujeres luchaban por el derecho al voto. En el mundo literario irrumpían escritores como Tōson Shimazaki (Hakai, El precepto roto), Sōseki Natsume (Botchan; Kōjin, El caminante), Naoya Shiga (Ōtsu Junkichi), entre otros. Y el poeta Takuboku Ishikawa perdía la vida por la tuberculosis.

Cuando Sakae tenía catorce años, su padre cambió de profesión y emprendió un negocio de transporte marítimo al que puso el nombre de Tokaiya. Sakae aún era una niña pero ayudaba a su padre en el negocio y trabajaba tan duramente como un hombre.

Una de su escasas diversiones en esa época era leer revistas como Shōnen, Shōjo, etc., que le enviaba su hermano mayor Yasaburō, alumno de la escuela para maestros de la prefectura de Kagawa.

A los quince años consiguió un empleo en la oficina de correos, por el que recibía un sueldo inicial de dos yenes al mes. Tres años después, a causa del exceso de trabajo, enfermó de pleuresía, y más tarde contrajo tuberculosis vertebral. Aún así, a pesar de que debía acudir al médico con regularidad, siguió trabajando. Cuando dejó ese empleo por un puesto de trabajo en el ayuntamiento del pueblo, cogió el sarampión, y la fiebre alta que padeció, de algún modo, hizo que se curara de la tuberculosis. En ese momento Sakae tenía veintidós años y su salario mensual era de treinta yenes, cantidad con la que pudo comenzar a ahorrar algún dinero. Por aquel entonces, el poeta Shigeji Tsuboi a veces volvía de Tokio y permanecía en la isla unos días. Shigeji había nacido en un hogar acomodado y era conocido por seguir la ideología comunista. Fue leyendo las publicaciones de Shigeji, la revista literaria Shuppatsu (Partida) y su poemario Damu-Damu que él le había enviado desde Tokio, como Sakae descubrió que su amigo vivía en un mundo extraño y muy diferente al de la isla. No solo mantenía correspondencia con el poeta, sino también con Denji Kuroshima, otro escritor que había nacido en Shōdoshima. Por eso, aunque se hizo mayor para contraer matrimonio, por ayudar ecómicamente a su familia y por una grave enfermedad, no se permitía a sí misma quejarse, pues no quería seguir los consejos de su madre y otros familiares que le decían que se casara con un viudo o que se convirtiera en la esposa de un pescador o un agricultor. Porque para ella hacer algo así habría sido como reprimir su propio crecimiento personal o darse por vencida, y Sakae odiaba mentir sobre sus propios sentimientos.

Shigeji, en una de sus visitas al pueblo, le pidió unos veinte yenes a Sakae la noche que regresaba a Tokio. Pero cuando ella sacó ese dinero de sus ahorros para que él los empleara en lo que hiciera falta, su madre mostró su contrariedad y Sakae, irritada, arguyó que ese dinero lo había ganado ella con su trabajo. A su madre y al resto de la gente del pueblo les costaba entender que Sakae quisiera ser partícipe de las nuevas ideas que traían consigo Shigeji y otros escritores.

Al poco tiempo le llegó una carta de su amigo.

«Shigeji me ha dicho que vaya a Tokio, a lo mejor voy a visitarlo», le dijo Sakae a su madre con firmeza, aunque sin poder evitar que sus mejillas enrojecieran intensamente.

Ya había cumplido veinticinco años y era una mujer adulta. Tenía que irse de casa de sus padres e independizarse. Como alguien que se ha criado en el mar, sabe que lo mejor es dejarse llevar por la corriente aunque no tenga idea de hacia dónde la conducirá. Partió de la isla en barco como si confiara su suerte a esa corriente a la que no podía oponerse, y en Kobe se subió a un tren. Cuando llegó a la estación de Tokio, Shigeji no estaba allí para recibirla, a pesar de que le había enviado un telegrama. Al bajar al andén de la estación de ladrillos rojos de Tokio, que le resultaba familiar por haber visto el edificio en grabados, postales y periódicos, se había sentido con el pecho henchido de alegría, pero, después de esperar una hora a Shigehi, su pecho pareció encogerse.

Allí, de pie, entre una marea de pasajeros que subían y bajaban las escaleras, sin poder moverse a otro andén más amplio y menos transitado, Sakae se arrepentía por haber actuado a la ligera, y mientras chasqueaba inconscientemente la lengua se decía: «Qué vergüenza, pero si ya tengo veinticinco años y Shigeji no se ha comprometido conmigo ni me ha declarado su amor. Solo me dijo ven a visitarme, y yo tan contenta. Seguro que se ha olvidado de la carta que me escribió. Lo que debería hacer es seguir trabajando en el ayuntamiento de Sakate». De este modo se menospreciaba Sakae como si tuviera un bicho en su interior que no paraba de arrojarle palabras envenenadas.

En las tres horas que estuvo esperando no dejó de pensar que era una estúpida por continuar haciéndolo. Cogió del suelo su bolsa de mano y un paquete de sardinitas secas que llevaba como regalo, y decidió ir a casa de su hermano mayor.

En esa primera visita, la mujer de su hermano, sorprendida por su inesperado viaje a Tokio, condujo a la ya conocida Sakae hasta una sala con tatami y la invitó a tomar una sopa de udón caliente (fideos gruesos y largos) que había cocinado.

A Sakae se le saltaron las lágrimas al ver el color de la sopa de udón de Tokio —donde ella se crio la sopa de udón sanuki era clara y transparente— porque le hizo darse cuenta de que había llegado a la ciudad de Tokio, por la que tanto suspiraba, en la lejana región de Kantō. El udón de Tokio estaba teñido de un color pardo dentro de la oscura salsa de soja.

Sin embargo, una vez que llenó su estómago con el udón caliente y que dejó de tener frío en sus extremidades, se le ocurrió que tal vez Shigeji no había leído el telegrama por algún malentendido, y, como no iba a solucionar nada preocupándose demasiado, lo mejor sería pasar una buena noche. Al día siguiente saldría de casa de su hermano para visitar Tokio y a su amigo desaparecido.

Y, pensando de nuevo en su primer día en Tokio, se acostó con el corazón lleno de tristeza.

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (2.ª parte)

Sakae Tsuboi, en muchas de sus obras, como Koyomi (Calendario), que ganó la cuarta edición del premio literario Shinchōsha, Tsuma no za (El lugar de la esposa), Kishi utsu nami (El rompeolas), Zakkyo kazoku (La familia de una sola habitación), Yane ura no kiroku (Los apuntes de la buhardilla), etc., plantea cuál es la posición de la mujer en la sociedad, y escribe una serie de novelas autobiográficas en las que mezcla ficción con sus propias observaciones personales. Así tenemos la obra Kaze (Viento), con la que ganó la séptima edición de literatura femenina en 1955.

Pero también escribió muchas historias dirigidas al público infantil y juvenil que, por su profundo contenido, recibieron, igualmente, la atención del lector adulto. Su obra más representativa dentro de esta categoría es Veinticuatro ojos.

Los niños sin madre y la madre sin hijos es otra obra importante de Tsuboi, una novela bastante extensa que la autora escribió cuando terminó la guerra.

El argumento de esta historia gira en torno a la figura de la señora Otora, una mujer de cuarenta años que ha perdido a su marido y a su único hijo en la guerra. Vuelve a su tierra natal en Shōdoshima y comienza a vivir sola hasta que recoge en su casa a dos hermanos pequeños, Ichirō y Shirō, hijos de una pariente que murió después de un ataque aéreo. Los dos hermanos enseguida se hacen amigos de los niños del pueblo y con ellos aprenden sobre las cosechas, los insectos y todo lo que ofrece la naturaleza de la isla. Ichirō les habla con orgullo de Kumagaya, la ciudad en la que se crio, y sobre su sueño de convertirse en ingeniero agrónomo y forestal.

En la isla, cuando un joven quería ser marinero, la familia, para que abandonara la idea, le recitaba el siguiente dicho: «Los diecisiete, los dieciocho, ¿se pueden cumplir dos veces?, ¿las flores florecen en los árboles secos?». La señor Otora se sirve de este dicho para explicar a sus pupilos que deben vivir intensamente cada instante de sus vidas porque nunca habrá una segunda oportunidad. Sus palabras encierran una crítica a los límites que imponen las condiciones sociales, y, sobre todo, a la guerra, que se lleva la vida de los más jóvenes.

Una tarde, a principios de verano, aparece el padre de los niños cuando estos jugaban en la playa. La escena del padre que va a Shōdoshima a buscar a su familia nos hace sentir alivio, pero no es el final feliz de esta historia. El padre, un soldado desmovilizado, no encuentra trabajo. Ante la preocupación de su hijo mayor, este le explica con calma que es debido a los prejuicios de la sociedad. Durante la guerra fue expulsado de su trabajo por ser profesor de inglés y, tras ser obligado a ser soldado raso, es hecho prisionero por la Unión Soviética.

El padre de Ichirō y Shirō y la señora Otora quieren unirse para formar una familia, pero antes consultan a los niños para pedir su aprobación, respetando sus sentimientos. Un esposo que ha perdido a su esposa, una esposa que ha perdido a su esposo, unos niños que han perdido a su madre, una madre que ha perdido a su hijo. Unas personas que han padecido mutuamente los horrores de la guerra, ¿no es mejor que vivan juntas?

Sakae crio al hijo de unos familiares que quedó huérfano, pero ella nunca pudo tener hijos. Sin embargo, su manera de retratar a los niños es tan hábil y esmerada que podría hablarse de instinto maternal. Su corazón está con el pueblo llano, y escribe sobre su dolor y sufrimiento, sin exaltarse y en un tono calmado. Pero también alienta y da esperanza a los adultos a través de la inocencia de los niños.

La autora deseaba que, en un mundo pacífico y sin guerras, se trabajara para que no hubiera discriminación ni prejuicios, y que los niños pudieran vivir felices rodeados del cariño de sus padres. Y, así, este deseo se convitió en literatura.

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Datos biográficos de Sakae Tsuboi

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Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (1.ª parte)

¿Conocéis Shōdoshima? Si abrís un mapa de Japón por la página de las regiones de Chūgoku y Shikoku, «al este del mar interior de Seto, encontraréis una pequeña isla que tiene la forma de un perrito inclinado sobre su comida», escribe Sakae Tsuboi al principio de su novela Los niños sin madre y la madre sin hijos para presentar su tierra natal, Shōdoshima. Como ella dice, Shōdoshima (isla Shōdo) tiene la figura de un perrito; es una isla pequeña, pero, dentro del mar interior de Seto, es la segunda más grande después de Awajishima. En el extremo este de la isla, en la rodilla de la pata trasera del perrito, nació Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai).

Shōdoshima es conocida por la belleza de su paisaje otoñal y por las extrañas formas de las rocas que se encuentran en el lugar turístico de Kankakei, pero también por ser el único lugar en Japón donde se ha podido cultivar olivos con éxito, gracias a las suaves temperaturas de un clima muy parecido al de la costa mediterránea. A principios de verano, dicen que, en el terreno inclinado que está frente al golfo Uchinomi, las verdes hojas de los olivos emiten una luz oscilante que produce la sensación del movimiento del mar.

Entre los productos típicos de Shōdoshima sobresale la salsa de soja. Su manera de fabricarla se transmite desde hace cuatrocientos años, aproximadamente. En su elaboración se utiliza una sal de excelente calidad, también de la isla, que hace que su fermentación sea comparable a la de Noda o Chōshi en Kantō. Otro producto es el sōmen, unos fideos largos y finos que destacan sobre el resto por su fuerza y grosor. Antiguamente gozó de gran prosperidad el negocio de fabricación de barriles para la salsa de soja, y sus artesanos eran apreciados por su técnica y buen hacer. Uno de estos artesanos fue Tokichi Iwai, padre de Sakae Tsuboi.

En este escenario, una isla montañosa en la que sus habitantes se ganaban la vida con la pesca y la agricultura, se desarrollan las historias de muchos de los cuentos infantiles y novelas de Sakae Tsuboi, que tienen como protagonistas a su gente, a la naturaleza, y, en especial, a los niños.

Su obra más importante es Veinticuatro ojos, publicada en 1952 y llevada enseguida al cine por el director Keisuke Kinoshita. La novela nos relata el fuerte vínculo que se crea entre doce niños de un pequeño colegio y su nueva profesora. El gran éxito de la película, estrenada en 1954, convirtió a Sakae Tsuboi en una escritora muy popular en Japón, y el número de sus lectores creció rápidamente.

La guerra había terminado hacía nueve años, y Japón, todavía devastada por los bombardeos aéreos y muy empobrecida, empezaba poco a poco a levantarse sobre sus cenizas. Es posible que el éxito de la película se debiera a la añoranza de la gente al ver las imágenes de una Shōdoshima no bombardeada, y que sus apacibles playas, sus montañas y huertas les hicieran recordar al Japón de antes de la contienda. Todo el mundo había perdido un familiar, un esposo, un hermano… La guerra les había arrebatado a sus seres queridos, pero, al igual que en la película, todos intentaban superar su dolor y llenarse de esperanza hacia el futuro.

Los decorados que sirvieron para hacer la película se dejaron sin desmontar en Shōdoshima, y se convirtieron en Eiga Mura. En la primera película la protagonista fue Hideko Takamine, pero años más tarde se rodó una nueva versión, utilizando los mismos decorados, con la actriz Yūko Tanaka.

Junto a Eiga Mura se encuentra el Museo de Literatura Sakae Tsuboi, que reúne, principalmente, documentos y libros de la escritora. Actualmente, este lugar se ha convertido en un nuevo centro turístico que cada año recibe la visita de un gran número de personas.

Sakae Tsuboi (1899-1962) nació en el pueblo de Sakatemura, desde cuyo puerto sale la ruta que va a la región de Hanshin (Ōsaka y Kōbe). En esta aldea vivió hasta los veinticinco años y sufrió los rigores de la pobreza y la enfermedad.

Pero de Shōdoshima también salieron otros literatos de la misma generación, como el poeta Shigeji Tsuboi (1897-1975), esposo de Sakae, que nació en el seno de una acaudalada familia del pueblo de Nōmamura y marchó a Tokio muy joven para iniciar su carrera literaria, y el escritor proletario Denji Kuroshima (1898-1843), también del mismo pueblo.

Estimulada por estos escritores, Sakae empezó a formarse intelectualmente con la lectura de libros y revistas literarias, y secretamente se inició en la escritura. Por influencia de su marido y por su naturaleza caritativa, abrazó el movimiento proletario con el deseo de cambiar las duras condiciones en las que vivía la gente común.

¿Has leído alguna vez la literatura juvenil de Sakae Tsuboi? Algunos de sus cuentos aparecen en los libros de texto, como Sakamichi (La pendiente) y Kaki no Ki no Aru Ie (La casa con el árbol de caqui). Este último cuento narra la historia de una familia que vive en una casa con un gran árbol de caqui. El padre es marinero y la madre confecciona kimonos y cuida de sus dos hijos, Fumie y Yōichi. También está la abuela, que se ocupa de los quehaceres de la casa. En el barrio vive también un matrimonio, el tío abuelo Santarō y su mujer que, al no tener hijos, sienten un gran cariño por los niños. Un día en la familia de Fumie y Yōichi nacen dos gemelos.

—¡Vaya! ¿No son bonitos los gemelos? Vuestra madre ahora tiene doble trabajo, pero también doble diversión. Tiene que hacer ropa para dos, zapatos para dos cuando crezcan, y comprar juguetes para dos. Empezarán a andar juntos, irán al colegio juntos y los dos se harán adultos al mismo tiempo. ¿No os parece gracioso? les decía la abuela a Fumie y a Yōichi, que, poco a poco, empezaban a alegrarse por la noticia.

—Tenéis que llevaros bien pequeñuelos, que habéis nacido juntos —les decía la madre.

Pero se comentaba que uno de los gemelos iba a ser para el tío Santarō, que no tenía hijos.

Yōichi no quería entregarle a ninguno de los bebés, a los que llamaron Hidemi y Shinnosuke, y estaba tan en contra que le arrojó a la cara el futón que había llevado.

—Pero mira, los dos gemelos tienen la misma cara. Tienes dos, ¿por qué no me das uno?

—¡No, te he dicho que no! ¡Los niños no son ni mandarinas ni caquis!

Cuando el tío Santarō escuchó esto, se dio por vencido y se arrodilló en el suelo para pedirle perdón. Ya no le iba pedir nunca más a ninguno de los bebés. Esa fue la última vez que el tío Santarō habló de quedarse con Shinnosuke.

El tío Santarō y su esposa iban cada día a ver a los bebés. Les llevaban pañales y ropa que habían cosido, udón hecho a mano para que la madre pudiera dar leche y huevos recién puestos. Ante estos cuidados, la fuerte determinación de Yōichi empezó a vacilar.

Poco a poco la leche se fue volviendo insuficiente, y los niños se turnaban para ir a la aldea vecina a comprar leche en polvo.

Un día, Yōichi, cuando iba a comprar, se encontró en el camino con su tío, que llevaba una cabra con unas hermosas ubres que le colgaban del vientre. Y cuando estaba pensando cuánto le gustaría que compartiera un poco de leche con él, su tío, que sabía a qué iba, se rio y le dijo:

—Bueno, ya no hace falta que vayas. Me han dicho que esta cabra puede dar alrededor de seis litros de leche cada día. Puede criar gemelos, y hasta tres niños.

Yōichi se puso muy contento, y pensó que el tío Santarō era de verdad una buena persona. ¿Por qué le diría a este buen hombre que nunca le daría al bebé? Y no pudo evitar pensar que era un mezquino. Sin embargo, ya no podía decírselo, y, después, su tío nunca le volvió a comentar que quería quedarse con Shinnosuke. Mientras Yōichi no sabía qué pensar, el otro le ofreció la cuerda que sujetaba a la cabra por el cuello.

—Toma, llévatela.

—¿De verdad, tío Santarō?

—¡Pues claro! ¿No eres tú quien la necesita?

Yōichi estaba a punto de echarse llorar. Como no estaba acostumbrado a llevar una cabra, sujetaba la cuerda con miedo, pero la cabra, indiferente, caminaba despacio mientras comía la hierba del borde del camino.

—Tío, ¿y si le doy a Shinnosuke? —se atrevió a decirle.

Su tío, sin reírse, le contestó:

—Eso estaría bien.

—Tío, se lo doy. A mí no me importa.

—¿De verdad? Pero yo también lo he pensado. Cuando Shinnosuke crezca, no sabemos qué va a decir.

La cabra siempre estaba sujeta al árbol de caqui.

La charla sobre Shinnosuke quedó en nada, pero, cuando la madre se quedó sin fuerzas por el cuidado de los gemelos, Yōichi, al tener noticia de esto, de repente tomó una decisión.

Los bebés dormían uno frente a otro, ajenos a todo, en su cuna debajo del caqui. Cuando abrieron sus ojos, un bebé salió de esa casa en brazos de la mujer del tío Santarō, con la cabra y un arbolito de caqui que le había regalado Yōichi.

La autora, con su natural sencillez, narra esta terrible historia de manera risueña y alegre. Siente afecto hacia sus personajes: por el tío Santarō y su deseo de ayudar ; y por Yōichi, el hermano mayor, que no quiere separar a sus hermanos gemelos. En las historias de Sakae Tsuboi los niños tienen voz y se toma en consideración sus opiniones y sentimientos. La separación de unos hermanos no es algo que deba ser tratado con ligereza y así lo expresa un niño de apenas diez años.

Proyecto personal Sakae Tsuboi

Sakae Tsuboi (1899-1967) es una escritora japonesa totalmente desconocida fuera de Japón. Su obra más destacada es Nijū-shi no Hitomi (Veinticuatro ojos, 1952), llevada con éxito al cine por primera vez en 1954. Por lo que yo sé, aún no ha sido traducida al español.

Aunque se la considera una escritora de literatura juvenil, sus historias esconden asuntos tan serios como las injusticias sociales, la discriminación y los horrores de la guerra, y, en la mayoría de sus obras, se retrata con afecto y humor la vida de una pequeña comunidad rural que tiene que hacer frente a toda suerte de adversidades.

Por lo general, cuando leemos a un escritor que nos gusta, tendemos a buscar información sobre su vida para comprender mejor el conjunto de su obra, y también, por qué no, por simple curiosidad. Sobre Sakae Tsuboi no he encontrado nada en español, apenas una sencilla reseña en Wikipedia con muy pocos datos y una reducida biografía en inglés. Pero buscando y buscando, finalmente, di con dos biografías en japonés: Watashi no aishita kodomotachi (Mis amados niños), de Ikuko Taki; y Tsuboi Sakae (Sakae Tsuboi), de Reiko Mori.

No es fácil para mí leer estas obras en japonés. Tengo que pelearme con los kanjis, la lectura de topónimos, buscar el significado de muchas palabras, comprender refranes y dichos, conocer el contexto histórico y, sobre todo, desentrañar las sutilezas de un lenguaje tan diferente del mío… todo un reto. Pero creo que puede valer el esfuerzo.

Mi proyecto es, pues, leer estas dos biografías (con todo el trabajo que conlleva) y hacer una traducción resumida de sus capítulos para dar a conocer la vida y obra de esta autora.

Nota: Entiendo que en internet todo es de todos, pero agradecería que se respetara la autoría de mi trabajo y, ¡cómo no!, la de las autoras de las biografías.

Bibliografía

Shibata Schierbeck, Sachiko, Marlene R., Edelstein (1994): Japanese Women Novelists in the 20th Century: 104 Biographies, 1900-1993. Museum Tusculanum Press.

Wikipedia.

Biografías de Sakae Tsuboi:

Mis amados niños, de Ikuko Taki

Sakae Tsuboi (biografía), de Reiko Mori