Superstición

Ha florecido en mi jardín un ramillete de flores Higanbana. No sé cuándo, ni cómo, pero allí estaban sobre la hierba mostrando su belleza perfecta y fría. En cuanto las he visto he tenido un sentimiento de inquietud. Esta flor está asociada a la muerte. ¿Qué debería hacer? Mi primer impulso ha sido arrancarlas de la tierra para que no volvieran a aparecer nunca más. Me he puesto en cuclillas y las he contemplado: acariciadas por el sol caliente de otoño, se mecían con la suave brisa, tan hermosas y ajenas a mi deseo de destrucción. ¿Soy capaz de quitar una vida por culpa de una leyenda, un cuento, una superstición? La naturaleza me ha dado esta ofrenda, una flor nacida de manera espontánea que a pesar de todas las dificultades ha conseguido florecer y hacer que su vida sea totalmente plena.

No, no voy a ser controlada por ninguna creencia.

Otro más

Anoche me desperté por un terremoto. La sacudida me sacó de mi sueño y fui consciente de cómo se movía toda la habitación. Pero no me alteré, ni me asusté. Con los ojos cerrados, esperé pacientemente a que cesaran los temblores y cuando mi cama dejó de moverse, miré el reloj de mi mesilla de noche: eran más de las tres y media. Luego me di la vuelta y seguí durmiendo.

La primera vez que sentí un terremoto también estaba en la cama, despierta, a punto de apagar las luces. La lámpara del techo se movió de un lado a otro peligrosamente encima de mi cabeza y yo me quedé petrificada de miedo sin saber qué hacer. Después tardé mucho en calmarme, cualquier ruido podía ser el preámbulo de otro temblor. ¿Por qué anoche no tuve miedo? Siempre me he asustado cuando se produce uno de esos temblores, incluso he soltado algunas lágrimas de terror. Tal vez estaba demasiado cansada para prestarle atención a un terremoto inoportuno que tenía la desfachatez de molestar mi descanso, o, simplemente, he aprendido a vivir con ese temor, igual que vivo sabiendo que estoy rodeada de innumerables peligros.

En el ascensor

Me levanto cansada cada día por culpa del calor. Hoy he podido desayunar sin tener que encender el aparato de aire acondicionado, pero los grados suben y el aire se vuelve más húmedo y caliente, así que finalmente acabo por cerrar las ventanas y las puertas. Este verano el calor se ha convertido en el invitado pesado que no entiende que ha llegado la hora de marcharse. Quisiera echarlo a patadas y no volver a verlo en mucho tiempo. Pero aquí sigue, torturándome cada día y exprimiéndome como una fruta a la que se le saca todo su jugo. Hace unos días, precisamente, el calor fue el tema de una conversación muy, muy breve.

Yo había terminado de hacer mis compras en el súper y me dirigía al ascensor del centro comercial. Las puertas estaban abiertas. De repente una señora puso el pie dentro, y yo, ante el temor de que el ascensor se fuera sin mí, apreté el pasó y empujé con fuerza mi carrito de la compra. La señora, una mujer de mediana edad, no muy alta, escuchó que alguien decía “sumimasen” desde el exterior y esperó pacientemente. En cuanto las puertas se cerraron, ella, sin más preámbulos, me dirigió la palabra e hizo un comentario sobre el gran número de personas que había ese día en la tienda (era un lunes y no había ninguna oferta especial). La miré sorprendida. No es corriente que un desconocido te dirija la palabra en el ascensor; por lo general, todos guardamos silencio hasta llegar a nuestra planta. Si hay algún bebé a veces se le hace alguna carantoña, pero rara vez. Lo usual es estar callados e ignorarnos los unos a los otros. Me pregunté si la mujer había observado que era extranjera, tal vez no lo había notado por culpa de la mascarilla que cubría casi todo mi rostro —en más de una ocasión he soportado la mirada curiosa de unos ojos que intentaban descubrir quién se ocultaba detrás de ella— . Sé por experiencia que los japoneses no se sienten cómodos cuando tienen que entablar una conversación con alguien de fuera. Creen que tienen el deber moral de hablar en inglés, un idioma que apenas dominan, y para no meterse en un campo de minas prefieren hacerse los suecos. Tal vez, pensé, como estaba de espaldas cuando entré en el ascensor, no se dio cuenta. En cuanto suelte mis primeras palabras será consciente de su error. Como es de rigor en estos casos, recurrí al socorrido tema del clima para continuar con la conversación.

—Hace muchísimo calor. Un día y otro, y otro…

Pero ella no pareció sorprenderse, todo lo contrario, me dio la razón entusiasmada:

—¡Sí, hace un calor insufrible!—me dijo echándome un vistazo—, y las dos, como dos viejas conocidas, asentíamos con la cabeza y sonreíamos. Por unos segundos me olvidé de que estaba en un país que no era el mío y que mi acento era diferente; sentí que una especie de hilo invisible nos unía la una a la otra y que solo éramos dos mujeres que compartían la misma opinión.

Las puertas se abrieron y nos dijimos adiós.

Padre

Hace calor y tengo abiertas las ventanas para dejar entrar la brisa que sopla desde esta mañana, pero también ha entrado la humedad y se ha metido por todos los rincones de la casa. Otro domingo tranquilo. Nadie pasa por la calle (tampoco el resto de la semana). Para ver a otras personas hay que acercarse a algún centro comercial donde todos se afanan por comprar cosas que realmente no necesitan. Allí hay bullicio, gente que se ríe y padres aburridos que acompañan a sus esposas. Hoy es el día de estos últimos, de los pobres y sufridos padres, que dedican su día de descanso a la familia. La mayoría de ellos se levanta muy temprano, cuando la mañana aún es oscura, y soñolientos se dirigen a su trabajo subidos en un tren o conduciendo su propio coche. La hora de la vuelta a casa es incierta. Por lo general regresan cuando sus retoños ya están en la cama soñando con grandes aventuras. Por eso el padre, con el paso del tiempo, acaba convirtiéndose en una figura ajena y distante para ellos. Los hijos crecen y traspasan el umbral de la adultez, y salen del hogar paterno en pos de su futuro sin sentir un gran dolor por la separación. Transcurre un año, dos, tres o más y el hijo, que apenas vio a su padre de niño, no se digna a hacerle una visita aunque viva a menos de una hora. Tiene cosas mejores que hacer, trabaja mucho durante el día y llega a casa agotado. Tal vez se acuerde hoy de su viejo y lo llame por teléfono si se fija en los carteles de las tiendas con la fecha de tan señalado día: Chichi no Hi, Día del Padre.

«Entonces, tus hijos cuando ven a tu marido le preguntan: ¿Tú quién eres?», le dije a mi amiga hace muchos años, bromeando. Me reí en su momento. Me resultaba inconcebible que un padre no quisiera pasar el domingo con sus hijos y que prefiriera irse a jugar al golf con sus clientes. Era un hombre que vivía para su trabajo, como muchos otros. Las nuevas generaciones quieren cambiar esto, pero es difícil. El trabajo siempre estará antes que la familia.

Padres llenos de obligaciones. Padres cansados que juegan al pachinko para no pensar en nada. Padres que se quedan solos cuando las esposas se divorcian y contraen matrimonio con otro hombre. Padres que salen a correr con sus hijos antes del trabajo. Padres estafados por el «ore ore». Padres imperfectos. Padres que envejecen. Padres necesitados de amor…

Te has ido

Te has ido y solo me has dejado una maleta de recuerdos.

Te has ido con tus ojos claros y chispeantes.

Te has ido con tu impaciencia y tus fantasías.

Música soul de los 70 en una mañana de nubarrones de tristeza.

La olla exprés suelta vapores de cocido sobre la brisa fresca y húmeda que entra por la ventana.

Te has ido, te has ido. Es mi letanía.

Lo digo en mi mente.

Lo escribo en el papel.

Lo leo en la pantalla del ordenador.

Y al cerrar los ojos veo aquella mañana de verano.

En el patio, la pila se llena de agua. Tú eres feliz. La cinta cassette que gira es tu nueva ilusión.

Yo te miro y escucho esa música nueva que ahora es antigua. Sonríes pero estás lejos de mí.

Anhelando algo que no puedes alcanzar. En busca de un destino esquivo.

Abrazo este recuerdo que viene hoy hacia mí y lo aprieto en mi pecho, con lágrimas.

Sonríes. La música da vueltas y vueltas…

Te has ido.

Adiós

Los últimos días de marzo, que fueron lluviosos y algo fríos, los vi pasar rápidamente a través de los cristales de la ventana. Las desnudas ramas de los árboles de la calle y del bosquecillo vecino empezaron a cubrirse de diminutas hojas y lo que al principio fue una pequeña esperanza acabó finalmente anegando el paisaje de verde y otros exultantes colores. Sin embargo, no todas las plantas pudieron experimentar ese renacer primaveral, algunas se quedaron en el camino, como el viejo arce que había en un jardincito próximo a mi casa. Ya hacía algún tiempo que no mostraba un color saludable y sus ramas tenían un aspecto quebradizo y seco, pero no le di la menor importancia, cada año seguía dando abrigo a los pajarillos revoltosos e inquietos y sombra en los calurosos días de verano. Pensé que todo continuaría igual. Una tarde escuché el ruido de un motor y el crujir desgarrador de un tronco que se partía en dos. Eran los operarios del ayuntamiento que serraban un árbol muerto. Habían talado a mi querido árbol, pero yo no lo sabía. Fue días después cuando descubrí que el lugar donde se erguía, firme y orgulloso, era ahora un espacio desnudo y desolador y que su sombra había desparecido para siempre. Lo que parecía eterno ya no existía. Se había ido de repente, sin un pensamiento, sin una caricia. Este ser, que fue tan importante para otros seres, ¿cuánto tiempo sería recordado?

El olvido es la muerte de los vivos, querido árbol, yo no quiero olvidarte.

La princesa

Ella está sentada sobre un tiesto y sus pies pisan una alfombra de hojas secas y pequeños tallos verdes. Viste como una princesa de cuento, pero alguien pintó toscamente sus ropajes con colores chillones y aguados, y tiene el aspecto de una cenicienta kitsch que acaba de sentarse para descansar. Algo la aflige. Mira sin ver, totalmente perdida en sus pensamientos, con una mano en el pecho y la otra sujetando fuertemente la falda de su vestido. No parece darse cuenta de que la primavera ha entrado de puntillas y le ha regalado un ramillete de narcisos que hace juego con su atuendo. En cualquier momento algo romperá el hechizo que la tiene congelada, parpadeará y será consciente de dónde se encuentra. ¿Qué hará cuando note mi presencia, mis ojos clavados en su figura? Durante unos segundos no será capaz de moverse por la sorpresa y luego correrá buscando un refugio, tal vez detrás de aquel enanito rojo que sonríe afablemente. Pero no quiero asustarla ni que huya de mí. Quiero tomar sus manos entre las mías y preguntarle la razón de su pesar, y, si nos hacemos amigas, poder pintar de nuevo su ropa con colores hermosos y elegantes, quitarle ese ridículo lazo rojo de su cabello y arreglar sus castaños tirabuzones. Todo eso haría por ella. Sin embargo, en modo alguno alteraría el azul cielo de sus ojos que muestran su alma.

Ella permanece inmutable, pero ahora veo que frunce el ceño y que hay más tristeza en la profundidad de sus ojos. ¿Seré yo la culpable de este cambio? ¿Habré perturbado su apacible dolor?

Comunicación

Espero pacientemente a que llegue mi turno para pagar la compra. Miro a la derecha, hay varias filas de señoras delante de las cajas registradoras. Miro a la izquierda, otras tantas filas de mujeres, casi todas mayores. Ninguna habla, ninguna dice nada. Todas esperamos en silencio. Y de repente siento nostalgia. En mi añorada y ruidosa España, todo el mundo habla en voz alta. Mujeres que levantan la voz como si declamaran ante el público de un teatro. Mujeres que se ríen y preguntan por la familia. Mujeres que no conoces, pero que charlan contigo como si fueran tus amigas. Escucho sus voces en mi mente, en mis recuerdos y me embarga un sentimiento de tristeza.

La mujer que está delante de mí termina de pagar y coloca su cesta en la mesa que hay enfrente. Es mi turno. La cajera me saluda amablemente con un “konnichiwa”. Yo le respondo con una leve inclinación de cabeza y enseguida saco mi tarjeta de puntos. Contemplo cómo va acomodando mi compra en otra cesta de plástico, sin prisas pero eficientemente. Las bandejas de carne y pescado abajo, las bolsas de patatas fritas y sembei, arriba. Todo es sosiego en el supermercado, donde la gente susurra para no molestar.

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