Ugüisu

La primavera se llena de melodías después de un casi silencioso invierno.

Cada día escucho con claridad el canto de mis aves vecinas que me dan los buenos días con sus alegres gorjeos. En el bosque, oculto entre la maleza, el kojukei repite “chotto koi chotto koi”; en los cables del tendido eléctrico, tan lejos que no puedo apreciar su banda negra y blanca en la cabeza, un solitario hōjiro emite un piar agudo; y el ugüisu, con voz cristalina, silba durante todo el día su “hoo hokekyo”.

En mis caminatas matutinas por las calles solitarias de la ciudad, los pajarillos, bulliciosos y confiados, cantan muy cerca de mí, sin temor alguno, como este ugüisu, que no salió huyendo al verme sacar el móvil. Porque al alba, la vida es ilusión y alborozo.

Detrás de mí

Cuando salí del santuario, un pequeño ruido a mi izquierda me sobresaltó. En el aparcamiento, un hombre se estaba colocando bien la ropa, o eso me pareció, porque solo tuve tiempo de echarle un rápido vistazo; de todos modos, supe al instante que no era nadie conocido. Pocos segundos después escuché unos pasos tras de mí. No me atreví a girar la cabeza para no parecer descortés —probablemente se trataba de la persona que acaba de ver—, pero su presencia me inquietó. Intenté tranquilizarme pensando que casualmente iba en la misma dirección que yo, y seguí andando con el oído alerta.

Me detuve cerca del torii de la entrada e hice varias fotos —el sol lanzaba hermosos destellos de oro que atravesaban la puerta de piedra—, sin embargo, no tardé en reanudar mi marcha cuando sentí que los pasos del hombre se acercaban presurosos. Ante la duda, es preferible pensar lo peor y desconfiar. Había adelantado la hora de mi acostumbrado paseo matutino y ahora ningún rostro me resultaba familiar. La mejor opción era caminar deprisa como alma que lleva al diablo. Y así, aguantando el deseo de mirar hacia atrás, llegué hasta el paso de peatones que había unos metros más adelante. Esperé con algo de impaciencia a que el semáforo se pusiera en verde, mientras miraba de reojo cómo el hombre se iba aproximando, y crucé antes de que él me alcanzara. Me encontraba en una calle principal, pero a las seis de la mañana es difícil encontrar transeúntes y estaba completamente sola. De repente, escuché un sonido diferente, el rumor de unos fuertes pasos sobre el pavimento, era alguien que corría por la otra acera. Lo miré sorprendida. Era el hombre del santuario, que calzaba unas zapatillas rojas muy llamativas, aunque su atuendo no tenía nada de deportivo, pues se vestía con una camisa a cuadros y unos vaqueros. Cuando me sobrepasó, cruzó la calle sin parar de correr y se colocó delante de mí, después continuó andando rápidamente por la acera.

La situación había cambiado, ahora era yo la que caminaba detrás de él y eso me hizo sentir mejor. ¿Es posible que el hombre hubiera percibido mi malestar y que su carrera tuviera el propósito de calmarme? Los pasos que se escuchan en el silencio de la noche o de la mañana siempre son motivo de preocupación.

Observé al hombre desde la distancia que finalmente se perdió al girar a la derecha, hacia Shingetsuin, y no lo volví a ver más. La recobrada soledad me levantó el ánimo. Me olvidé pronto de mis miedos y presté atención a mi paseo, que volvía a ser placentero.

Al entrar en el templo budista me llevé una grata sorpresa, las azaleas habían florecido y pintaban de rosa todo el jardín. Las puertas del edificio principal estaban abiertas a pesar de que aún era muy temprano pero no vi a nadie. Di varias vueltas por el lugar y después me dejé atrapar por el sonido del Shishi odoshi, mis ojos no podían apartarse del chorrito de agua que poco a poco iba llenando el cilindro de bambú hasta que sin previo aviso golpeaba contra la piedra, emitiendo un sonido seco y estridente. Antigüamente este artilugio se utilizaba para espantar a los animales —ciervos, jabalíes y osos—, pero con los años se ha convertido en un elemento decorativo que encandila tanto a los extranjeros como a los nativos del país. No permanecí allí demasiado tiempo, enseguida me encaminé hacia el cementerio y salí por la puerta de atrás.

Respiré profundamente. A pesar del frío, hacía un día magnífico.

Alimento para el espíritu

Donde quiera que mire hay un cerezo en flor; en el parque, en las aceras, arropado por otros árboles del bosque, en la ladera de una colina o en el borde del río, solitario o acompañado de otros cerezos, y siempre asombrosamente bello. Pero mi carácter práctico lamenta que sus flores rosadas sean sustituidas más tarde por unos frutos de ridículo tamaño que solo sirven de alimento a los pájaros y otros bichos. Cierro los ojos e imagino que esos árboles, que invaden la ciudad, rebosan de apetitosa fruta roja, colgando de sus ramas de manera tentadora. ¡Cuántas cerezas habría para todos! Sin embargo, la realidad es esta: los hermosos cerezos de Japón solo alimentan al espíritu.

De todos modos, ese mismo pragmatismo me empuja a aceptar lo que hay y a disfrutar de lo que tengo a mi alrededor.

Así que esta mañana me levanté muy temprano y fui a pasear por la orilla del río, con la intención de darme un buen atracón de belleza. El cielo estaba azul y despejado, el aire era frío y vigorizador. Caminé por el sendero sin dejar de contemplar las hileras de cerezos que, como cenefas bordadas con hilos de color rosa pálido, se reflejaban en las aguas brillantes de río. Después de un buen rato me detuve. El sendero se perdía en la distancia y parecía no tener final. El sol ya estaba muy alto. Sentí el deseo de proseguir mi marcha por ese camino tranquilo y limpio, sin ruidos ni problemas, solo para descubrir qué había más allá. La aventura me llamaba, cogía mi mano y tiraba de ella, yo le sonreí. Qué sencillo sería abandonarse, sin ofrecer ninguna resistencia. Pero solté su mano y miré sobre mi hombro, hacia el sur. Ya era hora de volver a casa. Di media vuelta y regresé sobre mis pasos. Algunos pétalos yacían en el suelo, las ramas se mecían suavemente.

La belleza que ahora contemplaba y me colmaba de placer pronto sería un recuerdo.

Colores de primavera

Cada año las plantas aguardan su gran momento. Despiertan de su letargo y se hacen notar con sus bellas flores que te salen al encuentro en el camino.

Ese arbusto, cuyas ramas peladas y delgadas se deslizaban hacia el suelo sin ningún signo de gracia, en marzo se llena de diminutas flores blancas y se convierte en un hermoso Sauce de nieve que derrama su blancura sobre la hierba.

Spiraea thunbergii, Yuki Yanagi (ユキヤナギ)

Escondidas y enredadas en otra planta, que espera pacientemente su turno, unas tímidas florecillas de color amarillo verdoso miran al suelo cabizbajas. Parece que tengan miedo de ser vistas, pero su vivo color las delata. Más tarde, en casa, consulto mi libro de plantas para conocer su nombre, pero no consigo encontrarlas, también aquí hacen lo posible por pasar desapercibidas.

Las camelias, más delicadas y vulnerables que sus compañeras kantsubaki de invierno, están en la cumbre de su esplendor. Blancas y rojas, surgen de un mar de hojas de verde oscuro, sin embargo, su final es eminente. Muchas de ellas ya reposan sobre el suelo formando una alfombra de color. Su muerte es trágica. Caen pesadamente como cabezas cortadas con una afilada katana. Así lo sentí cuando una cayó a mis pies. Por eso dicen que estas flores nunca adornan el interior de las casas, porque trae mala suerte.

Camelias, Tsubaki (つばき)

Ume

La primavera, oficialmente, aún no ha llegado, pero eso a la naturaleza le importa poco. La vida se abre camino otra vez sin detenerse y haciendo caso omiso de formulismos.

En el santuario, las flores blancas y rojas de los ciruelos, como los trazos delicados de un pintor, salpican de color las ramas sin hojas de los árboles. Las contemplo sorprendida y me siento feliz.

Un hombre sube las escaleras y deposita unas monedas en el saisenbako, y antes de rezar me echa un vistazo.

Miro las flores. También me siento un poco triste. Un año, ¿cuánto más hay que esperar?

Viaje relámpago a Tokio (2)

Sin más contratiempos, llegué a Shin-Kobe. En cuanto me bajé del tren, busqué rápidamente un rótulo con la palabra Shinkasen, y luego, como Pulgarcito, fui de letrero en letrero hasta dar con la estación del tren bala. Para ello tuve que subir unas empinadas escaleras, continuar por un largo corredor y finalmente volver a subir otras escaleras que desembocaban casi en la entrada de la estación. Una bocanada de aire caliente me recibió al alcanzar la cima. Crucé el umbral y me detuve un momento. A la derecha había unos grandes ventanales y al fondo estaban los torniquetes de entrada. Me acerqué a la ventanilla y le pregunté a un empleado cómo se usaban los billetes —eran dos tarjetitas de color verde claro—. Me explicó que las tenía que introducir al mismo tiempo y luego recogerlas. Así lo hice. Después, el mismo empleado me señaló el número del andén, que se encontraba en la planta superior, al final de otra larga escalinata.

Aunque diez años antes había estado en ese mismo lugar (cuando las circunstancias de la vida eran totalmente diferentes), no pude evitar impresionarme de nuevo ante la amplitud de aquel espacio: el andén se extendía hasta perderse en la lejanía, como si no tuviera final. Enfrente había otra vía y otra plataforma para los trenes que se dirigían hacia el sur.

Busqué en el suelo el número de mi coche y, cuando lo tuve localizado, me senté en uno de los asientos que había cerca de la pared. Aún era temprano, pero preferí quedarme arriba y no bajar a la sala de espera que estaba al pie de la escalera. Durante esos minutos no dejé de levantarme y hacer fotos y de mirar repetidamente mi billete para asegurarme de que no cometía ninguna equivocación, y, cuando la impaciencia empezó a apoderarse de mí, me entretuve leyendo los kanjis de los letreros luminosos que anunciaban la llegada de los trenes.

El reloj ya marcaba la hora de la salida, pero el shinkansen no hacía acto de presencia. Recuerdo que lo comenté en voz alta, como solemos hacer los españoles para ver si alguien pica y así poder entablar una breve conversación, pero la señora que estaba detrás de mí solo me miró con extrañeza y no me dijo nada. De todos modos, no hube de esperar demasiado, no tardó en aparecer y pasó ante mí como una exhalación. A pesar de la velocidad, el tren de dieciséis vagones se detuvo en el lugar correcto, con una precisión casi matemática. Aguardé pacientemente a que se abrieran las puertas de seguridad y luego las del vagón, y entré. Lo primero que percibí cuando puse un pie dentro es que hacía mucho calor. Como el tren estaba inclinado hacia la izquierda, resultaba un poco incómodo avanzar por el pasillo, pero tan solo fue una ligera molestia. Enseguida me acomodé en mi asiento y puse mis pertenencias en el que estaba a mi lado —ya sabía de antemano que no tendría compañía durante todo el viaje—. A continuación extraje de mi mochila las toallitas con alcohol que había comprado para la ocasión y limpié concienzudamente la mesita plegable antes de colocar mis cosas; a partir de ahora debía extremar las precauciones.

Eché un vistazo a mi alrededor. Solo había tres personas más en mi vagón, pero en la siguiente parada, en Shin-Osaka, subieron más pasajeros, aunque no demasiados, porque con el fin de evitar los contagios por coronavirus únicamente podía sentarse una persona en cada fila horizontal de asientos. Así que puede decirse que éramos cuatro gatos los que viajábamos en ese tren, que en una situación normal habría estado abarrotado de ejecutivos vestidos con traje oscuro.

Al otro lado del pasillo, un sarariman tomaba su desayuno, un pastelito y una botella de té verde, que posiblemente habría comprado poco antes en el quiosco de la estación. Más adelante, otro oficinista bebía té de su termo con una pajita, mientras consultaba su ordenador.

Me recosté en mi asiento y miré por la ventana. Amanecía sin prisas. Las luces brillaban en la oscuridad. Gradualmente comencé a experimentar un ligero malestar: un zumbido en la cabeza y una fuerte presión en las sienes. Los oídos se me taponaban a veces. Me pregunté si no sería por la velocidad, porque me sentía como si estuviera siendo lazanda al espacio dentro de un ruidoso cohete.

Después de un rato, el sol emergió brillante y cegador. Me tapé con mi anorak, ahora tenía frío y el cansancio se adueñaba de mí. A pesar del mareo, cerré los ojos e intenté descansar. La máquina resonaba y proseguía su vertiginosa marcha hacia Tokio y yo dormitaba acurrucada.

Una sacudida me sacó de mi duermevela. A través de la ventana contemplé la luz del sol que se derramaba por todo el paisaje, y, de repente, sin previo aviso, surgió el monte Fuji tras los cables y las chimeneas humeantes de las fábricas cercanas. Su aspecto distaba mucho de las bellas estampas de Hokusai, no había nieve en la cumbre y su hermoso entorno había sido destruido. Enseguida lo perdí de vista y media hora después llegamos a Shin-Yokohama. En la pantalla de un edificio vi al futbolista Iniesta covertido en una animación, jugando con su equipo de Vissel Kobe contra el de Campeones.

Y por fin, la última parada del viaje: Tokio. Las puertas se abrieron y los pasajeros salieron sin detenerse ni un momento. Yo los seguí y bajé las escaleras siguiendo su estela, pero en la planta baja me detuve indecisa. ¿Cuál sería la salida correcta? No quería coger el metro como el resto, sino salir al exterior. Me fijé en una empleada de la estación que parecía dispuesta ayudar y le pregunté. Ella, muy servicial, estiró el brazo y me indicó con el dedo índice la dirección que debía tomar. Introduje mis billetes en el torniquete y ya no volvieron a salir.

Cuando traspasé la puerta de salida, advertí que hacía una soleada y cálida mañana, y me sentí satisfecha. Pero esa sensación se desvaneció en un santiamén: nada de lo que veía me resultaba familiar. Me di la vuelta y observé el edificio del que había salido. ¿Dónde estaba la famosa fachada de ladrillo rojo de la estación de Tokio? ¿Dónde estoy?

Viaje relámpago a Tokio (1)

Habíamos llegado demasiado pronto. «¡Venga, coge este tren, deprisa!», me apremió. Y me subí a él precipitadamente, casi sin despedirme. Las puertas se cerraron y el tren con un quejido reanudó su marcha. A partir de ahora tendría que arreglármelas yo sola. Me senté y pasé una rápida mirada a mi alrededor. En mi vagón solo había tres personas. Eran tres hombres. Uno estaba dormitando con la cabeza inclinada sobre su pecho, otro miraba el móvil con parsimonia y el tercero, que estaba más cerca de mí, leía el periódico. Eran las cinco de la mañana. En los cristales del vagón veía el reflejo distorsionado de mi figura y tras ellos, la oscuridad. Me agarré las manos e hice un intento por relajarme, tenía ante mí un día muy largo. Hoy viajaba a Tokio.

Saqué mi cuaderno y anoté mis primeras impresiones —es más fácil evocar las sensaciones si antes han quedado registradas de algún modo—. Mis letras resbalaban sobre el papel sin orden ni concierto, libres de la vigilancia de mis ojos, porque por pereza no me había tomado la molestia de buscar las gafas, que se encontraban en algún bolsillo de la mochila, y solo era capaz de entrever unos garabatos borrosos. Después guardé el cuaderno y me dediqué a repasar mentalmente todos los pasos que debía dar hasta llegar a mi destino. El primero lo daría en Tanigami, donde tendría que hacer transbordo. Conocía muy bien esta parte del trayecto, lo había recorrido muchas veces, así que gradualmente empecé a serenarme.

El tren hacía su tercera parada cuando, de repente, al volver a echar un vistazo a mis pertenencias, me di cuenta de que había olvidado algo muy importante. ¡No puede ser! Me levanté de un salto presa del pánico. «¡Ay, ay!», me quejé en voz alta, moviéndome de un lado a otro ante la indiferencia del resto de los pasajeros, que apenas me dirigieron la mirada. ¿Qué podía hacer? Rápidamente tomé una decisión y salí del vagón antes de que cerraran las puertas. El tren se alejó y yo me quedé en el andén, buscando el móvil con frenesí en los infinitos recovecos de la mochila. «¡Me he dejado la bolsa en el coche!», le grité desesperada cuando él, ajeno al drama que yo estaba viviendo, contestó de buen humor a mi llamada. «Tranquila», me dijo sin perder la calma,«¿dónde estás?». Se lo expliqué. «No te muevas de ahí, voy en el próximo tren», y cortó bruscamente. Miré el reloj de la plataforma: aún había tiempo. Tal vez podría conseguirlo. Llena de ansiedad comencé a vigilar el camino por el que aparecería el tren y, mientras lo esperaba, no cesé de reprenderme una y otra vez: por mi culpa la planificación del viaje podría irse al traste. Unos minutos más tarde, se escuchaba por megafonía la conocida melodía que avisaba de la llegada de un tren —era el que tenía que haber tomado en un primer momento—. En su interior, con una sonrisa de aliento, estaba él portando mi bolsa. En cuanto bajó, arranqué la bolsa de sus manos y subí sin detenerme. Apenas intercambiamos un saludo.

Suspiré aliviada. Todo estaba bajo control, mi viaje volvía a empezar.

Vuelve la nieve

Por diferente motivos, hacía días que no salía a pasear por la mañana. Pero hoy lo hice.

Lo primero que vi al abrir la puerta fue el suelo cubierto de nieve reciente. Acababa de empezar a nevar. Decidí llevarme el paraguas y, muy abrigada, salí a andar por las oscuras y solitarias calles de la ciudad. En el parque alguien corría con la cabeza descubierta, en apariencia, indiferente a los copos de nieve que se introducían en sus ojos. Creo que no había nadie más, quién querría caminar con ese tiempo…

Me dolían las manos a pesar de los guantes. Moví los dedos una y otra vez para entrar en calor y cerré el paraguas.

La nieve poco a poco fue cambiando el aspecto de las calles, su blancura se derramaba sobre el suelo, los coches, los edificios… con cada paso que daba aplastaba su superficie emitiendo un curioso sonido; tras él quedaban las huellas de mis zapatillas deportivas.

Gélido

Sentir frío es agotador. Encoge los músculos y anula el deseo de acción.

Esta mañana había cero grados dentro de casa. En el exterior la temperatura era aún más baja.

Me abrigué con capas y más capas de pesada ropa con el fin de proteger mi fina piel y mantener mi calor coroporal, y luego encendí el aire acondicionado y el kotatsu. Mientras esperaba a que la habitación se calentara, eché un vistazo por la ventana.

En el jardín, las plantas, desnudas tanto en verano como en invierno, estaban arrugadas y habían adquirido un feo tono morado nada favorecedor; otras, convertidas en negros esqueletos sin vida, ya solo eran el triste recuerdo de lo que una vez fueron.

Sin embargo, el sol brillaba alegremente y el cielo estaba azul. Si ahora hiciera una foto a un pedacito de este cielo luminoso, pensé, nadie sabría que es invierno ni que el viento gélido se divierte azotando los cuerpos contraídos de personas y plantas, nadie vería cómo la vida hace frente a las inclemencias del tiempo y se resiste a morir.

Ganjitsu, Año nuevo

Hoy me levanté a las seis de la mañana y me vestí enseguida. La habitación estaba helada, hacía muchísimo frío. Cogí algunas monedas, mi cámara de fotos y salí al exterior.

En la entrada me esperaba el pequeño muñeco de nieve que habíamos hecho el día anterior, que con sus brazos extendidos parecía proteger la casa; había perdido sus ojos, unos guijarros que habían caído pesadamente sobre el suelo, y a duras penas se mantenía en pie. Su vistoso gorro de color rojo era como un faro dentro de la oscura mañana. Todo estaba en silencio, nada se movía, la gente dormía plácidamente en sus camas. Pero el vecino de enfrente también se había levantado, había luces en su casa. Sin pensármelo más, di unos pasos e inicié mi caminata por las calles silenciosas de la ciudad.

Atravesé el parque que estaba extrañamente solitario —nadie andaba por allí—, pero los animales, escondidos en las sombras, se movían y hacían ruiditos extraños, luego, al entrar en la pista de jogging, vi aproximarse a una pareja de ancianos que paseaba a su perro. Eran unos viejos conocidos. Los saludé pero ellos no me contestaron, ¿no me han oído?, pensé dolida.

Apresuré mi paso y crucé la calle. Delante de mí caminaban tres personas, una familia tal vez. El hombre empujaba con brío un carrito de bebé, cuyas ruedas resonaban estrepitosamente sobre la acera. El pequeñajo estaba muy quieto, posiblemente encogido de frío, sentí lástima de él, sin embargo noté que algo no encajaba… Cuando los alcancé me di cuenta de que el adorable angelito era en realidad un perro. Resoplé. Los adelanté rápidamente y llegué antes que ellos al santuario.

No entré por la puerta delantera, sino por la de atrás, por el patio. Allí había un hombre que se calentaba junto a una hoguera. El santuario estaba iluminado con farolillos que creaban una atmósfera cálida y acogedora en esta gélida mañana de enero. Entré sin más preámbulos, deprisa, aprovechando la soledad del momento. Lancé varias monedas dentro del saisenbako y me incliné antes de rezar. Después me acerqué a saludar a mi amigo, el buey sagrado, y di una vuelta por el lugar, que era como mi casa.

En el puesto de los omamori, compré una pequeña vaquita de madera para colgarla en el llavero. ¿Y los omikuji?, le pregunté al hombre que estaba detrás del mostrador, porque no veía por ninguna parte a las jóvenes miko que se encargaban de venderlos. El señor me dio una explicación con un lenguaje tan cortés, que no entendí nada. Le di las gracias, claro. De todos modos, les pregunté a unos chicos que, no muy lejos de mí, estaban leyendo sus papelitos de la suerte y ellos me indicaron dónde estaban, justo a mi lado, en unas cajas que había sobre una mesa plegable. Introduje una moneda de cien yenes en un cuenco de bambú y cogí un papelito muy bien doblado. No lo abrí, lo haría más tarde en casa. Y una vez que cumplí con el propósito de mi visita, emprendí el camino de regreso a casa. Pero antes tenía que seguir otro ritual.

Subí deprisa la colina, mirando constantemente por encima de mi hombro, tan rápido que empezaron a dolerme las piernas y a sentir demasiado calor. Arriba, ya había otras personas congregadas, esperando la salida del sol. Me detuve y miré al horizonte como los demás. Tras las montañas surgía una luz amarilla que gradualmente iba haciéndose más intensa, muy lentamente. Temí que las nubes volvieran a robarnos lo que tanto ansiábamos contemplar, pero no, ¡allí estaba el sol!, con su luz limpia y llena de vida. El disco solar apareció mostrando todo su esplendor. Detrás de mí, un grupo de vecinos charlaba animadamente.

El último día del año

Y nevó. Y lo niños salieron a la calle y jugaron con la nieve.

Yo también.

Después se marcharon las nubes grises con el viento, apareció el sol y la nieve se derritió.

Mañana, nos levantaremos con una nueva ilusión.

Feliz Año Nuevo.

Tradiciones

Es curioso que tengamos que poner límites al tiempo para que la vida sea más llevadera. Cuando terminen de sonar las doce campanadas de la noche del día treinta y uno de diciembre, creeremos que empieza una nueva etapa y que el siguiente amanecer será totalmente diferente del anterior, que los rayos de sol iluminarán con más intensidad, que lo que antes era negro ahora será blanco e incluso que de nuestro interior nacerá otro yo renovado… y tan solo porque nosotros lo hemos decidido así.

Esa ilusión por un nuevo año, que siempre promete ser mejor que el presente, me ha llevado hoy al supermercado para hacer una última compra. El fuerte y gélido viento, que ha soplado desde el mediodía, no invitaba a salir a la calle, pero había olvidado comprar algo muy importante para entrar con buen pie en el 2021: ¡las uvas!

Las que vendían en la tienda procedían de Estados Unidos y eran bastante gordas, pero no había otras. Tendría que cortarlas por la mitad para no morir atragantada en la cuenta final. Con mis uvas en la bolsa, regresé a casa de buen humor y un poquito más tranquila —porque una no puede deshacerse fácilmente de una superstición que viene de la infancia—.

Esta noche y mañana nevará en gran parte del país. Que vuelva la nieve y el frío me parece un buen augurio, aunque es probable que no todos piensen igual. Pero para mí tiene un carácter simbólico: si la naturaleza sigue su rutina, todo irá bien .

Navidad 2020

Mis primeras navidades en Japón fueron también las primeras que pasé lejos de mi familia. Ese año no pude evitar derramar algunas lágrimas y sentirme muy extraña. Descubrí que en este país no existía ningún espíritu navideño —ni siquiera en televisión— y que la navidad, como en otras partes del mundo, solo era un puñado de guirnaldas y luces de colores engalanando tiendas y calles del centro de la ciudad. Estos adornos, inexplicablemente, duraban hasta el día veinticuatro de diciembre. El día de Navidad todo desaparecía —recuerdo el año en que mi vecino de enfrente emperifolló el jardín de su casa con racimos de luces brillantes y un papá noel muy gracioso que simulaba subir por una pared, cuando llegó el día 25, lo desmontó todo en un pispás—.

Sin embargo, el tan ansiado espíritu de la Navidad sí que existía en Japón, oculto en el interior de las iglesias. Pero ¿dónde podía encontrar una?, no te topabas con una iglesia dando un paseíto por las calles de la ciudad como ocurre en España, había que preguntar para conocer su ubicación. Y así, en esa búsqueda, llegué nada menos que a la iglesia de Nakayamate de Kobe. Mi sorpresa fue mayúscula al presentarme en el lugar: donde debía haber una iglesia solo hallé un gran solar en obras. Por desgracia había sido destruida en el gran terremoto de 1995.

Era ya de noche y hacía frío cuando entré en el recinto. Di una vuelta y miré todo aquello en silencio. Las sombras acrecentaban la desolación de aquel terreno casi vacío. Estaba decepcionada y un poco triste. El espíritu navideño estaba resultando ser bastante esquivo. Cerca de un pequeño edificio de una sola planta, que más bien parecía una habitación, habían montado un portal de belén hecho con ramas de pino. La Virgen y san José velaban al niño Jesús, rodeados por los Reyes Magos y los pastores. Me coloqué al lado del portal y me hicieron una foto. Esa foto la tengo ahora frente a mí. Una joven vestida con un abrigo negro y una bufanda blanca mira a la cámara con semblante serio.

Poco tiempo después alguien me dijo que no era necesario ir tan lejos en pos de un espíritu que tenía más cerca de lo que imaginaba.

Han transcurrido muchos años. Y hoy también es Navidad.

Esta mañana, como de costumbre, me levanté muy temprano para dar mi paseo matutino. Sin embargo, hoy no hice la ruta de siempre, me dirigí a la única iglesia católica que hay en mi ciudad. Sabía que sus puertas estarían cerradas y que no podría entrar, pero eso no me importaba, mi propósito era contemplar el pequeño nacimiento que todos los años colocaban junto a la entrada. Observé las figuras depositadas sobre un lecho de paja: los padres, arrodillados en el suelo, miraban a su bebé que dormía en la cuna. Esas figuras toscas y un poco deterioradas simbolizaban el espíritu navideño que yo echaba de menos.

Feliz Navidad.

Primera nevada

El frío ya está aquí, llegó el domingo por la tarde. Y ayer el hombre del tiempo predijo que por la noche caería una fuerte nevada en el norte de la región.

Por eso, esta mañana me habría quedado con gusto en la cama, calentita bajo una montaña de edredones, pero tenía curiosidad por saber si había nevado también aquí y experimentar ese frío de invierno que corta la respiración, así que me levanté de un salto.

Me miré al espejo antes de salir: debajo de mi gruesa chaqueta de chándal llevaba varias camisetas y jerséis, me había encasquetado el gorro hasta las cejas y mi cara estaba totalmente tapada con la mascarilla, solo se me veían los ojos —pensé que nadie me reconocería con esas pintas, pero, más tarde, un vecino de un vistazo supo quién era yo y me saludó como todos los días—, por supuesto también me protegí las manos con unos guantes de lana.

Y al abrir la puerta de casa descubrí que, efectivamente, había nevado por la noche. Me alegré. El termómetro que había en la calle marcaba dos grados bajo cero, sin embargo no sentí demasiado frío cuando inicié mi caminata hacia el parque. Eran cerca de las siete y el sol todavía no había salido. El cielo tenía un color gris sucio. Todo estaba en calma y no soplaba ni una ligera brisa. La acera estaba cubierta por una fina capa de nieve que en algunos sitios se había convertido en hielo. Después de algunos resbalones decidí fijarme bien en dónde ponía los pies.

Era una pena que no hubiera nevado un poco más. Apenas se notaba la nieve sobre el suelo o la vegetación, en pocas horas toda ella se habría derretido con el tímido sol de invierno.

No había casi nadie por la calle, excepto los transeúntes de siempre, los que salen a dar su paseo matutino llueva, nieve o truene. Pero eché en falta a algunos.

En la calle de una urbanización, una niña de unos cinco años recogía la nieve de la calzada con una pequeña pala azul de juguete y luego la depositaba en un cubilete amarillo. A ella no parecía importarle que esta nevada fuera demasiado insignificante. Tampoco el frío, pues llevaba poca ropa de abrigo. ¡Había nevado! ¿Qué había más importante? Después, cuando acabó con su tarea, se metió en su casa corriendo, llevando con ella su pequeño tesoro.

En el santuario, el buey sagrado me saludó de buen humor. Sobre su cabeza y su lomo había algunos copos de nieve, pero no tenía frío. Me dijo que esta nieve era un buen presagio, que en el nuevo año las cosas irían mejor. Sonreí, en mi interior yo también quería creerlo. Le dije que tuviera cuidado con el coronavirus y que se pusiera bien la mascarilla porque la tenía un poco torcida. En enero iba a ver a mucha gente.

Salí de allí y tomé el camino de regreso. Un estudiante de secundaria pasó a mi lado en bicicleta, llevaba una gran mochila roja a sus espaldas y hablaba por el móvil mientras pedaleaba, algo que hacen muchos, pero me sorprendió verlo vestido solo con el uniforme del colegio: unos pantalones, un polo y un jersey negro, nada más. Ni guantes, ni bufanda, ni gorro, ni chaqueta. Iba charlando tan tranquilo en su bicicleta como si estuviéramos en un cálido día de primavera.

¿Es posible que esta primera nieve dé más calor que frío?

Soñé

Esta mañana no he ido a caminar. El pitido desagradable del reloj me despertó, pero no le hice caso —me dolía la cabeza y estaba cansada—. Cerré de nuevo los ojos tras el sobresalto y soñé un sueño absurdo que terminó en tragedia. ¿Quién escribe el guion de nuestros sueños mientras dormimos? ¿Quién decide el desenlace final? El dolor que sentí fue tan profundo y desgarrador que mi mente no tuvo más remedio que despertarme para dejarme salir de aquel infierno. Lo hice jadeando. Enseguida me di cuenta de que solo había sido una pesadilla, pero no experimenté ningún alivio. Me quedé en la cama sin ganas de moverme y recordando con tristeza aquella imagen de un cuerpo pálido e inerte. Como en la vida real, no había nada que pudiera deshacer. Pero ese dolor estaba dentro de mí y necesitaba entenderlo, conocer su origen, diseccionarlo en pequeñas partes, y eso hice después de desayunar. Me senté ante el ordenador y miré desde la distancia, analicé cada fragmento, cada elemento de mi sueño y, así, palabra a palabra pude llegar a comprender. El hecho era muy simple: en mi sueño solo había rememorado antiguos temores; minúsculos detalles sin importancia del día anterior, palabras que dije, imágenes que vi. Todo eso habría quedado sepultado en el olvido si me hubiera levantado temprano, si no hubiera soñado otra vez.

Por fortuna, casi todos los sueños acaban borrándose de nuestra mente o se transforman en una niebla espesa que no nos deja ver con claridad.

A través de la ventana que tengo a mi lado, el sol entra a raudales y calienta mi cuerpo. Esa luz me reconforta. Lo mejor es olvidar.

Mirar

Con el tiempo, los días se vuelven monótonos y semejantes. Pasan y los olvido. Pero, si no puedo retenerlos, si se han borrado de mi memoria, ¿realmente los he vivido? ¿Cómo hacer para que los días, las semanas, los meses, las estaciones y los años no sean tan solo una masa compacta y sin color? La respuesta no está en el trabajo, ni en las tareas domésticas, ni en la compra semanal. Eso lo sé muy bien. Tampoco, en alterar la vida de manera drástica y sin sentido. No. La respuesta está en mirar.

Mis paseos matutinos me han dado la oportunidad de observar los pequeños cambios de la naturaleza, aquellos que apenas veía a través de la ventana o cuando iba de compras, siempre con prisas. Y a veces son tan pequeños que solamente los veo yo. Salgo cada mañana con mi vieja canon en la riñonera, preparada para guardar ese algo que hará mi día diferente. No siempre lo registro con mi cámara, pero sí lo miro muy bien para poder recordarlo.

Por ejemplo, puedo recordar las flores de los cerezos abriéndose poco a poco como el miedo de la gente al coronavirus, el cuervo que me persiguió en primavera en Shingetsuin, los arrozales verdes en junio, mi pie torcido en un socavón del camino por fotografiar el paisaje, el niño que me sonrió tímidamente cuando iba a jugar al béisbol, el sol atómico en agosto, la flor roja venenosa del cálido otoño, aquella araña en las alturas agarrada al tendido eléctrico, las ramas de los árboles reflejándose en el estanque que ahora está seco.

Puedo recordar que el martes pasado, cuando el sol estaba a punto de salir por el este, la luna resplandecía en el cielo del oeste, redonda e inmaculada, como si fuera otra farola más que iluminaba la calle. Y recordaré que hoy la bruma cercaba mi ciudad y la convertía en otra Brigadoon  —pero sin Gene Kelly —, y que al llegar a casa tenía el flequillo mojado y mis pestañas, cargadas de diminutas gotitas.

Círculo

El otoño rojo y dorado llega a su fin. Los hojas de los árboles, que no hace mucho pintaban el paisaje de color, yacen ahora sobre el suelo secas o apelmazadas. Camino sobre ellas en mis paseos, las arrastro con mis pies. Luego desaparecerán y nadie se acordará de que existieron.

Las ramas desnudas parecen esqueletos, pero bajo su piel duermen acurrucadas otras hojas. Porque siempre hay otro comienzo.

Biyōin

Desde siempre, cortarme el pelo ha sido una tortura que tengo que sufrir por lo menos una vez al año. Y hoy llegó ese día. No podía posponerlo más agarrándome a la excusa del coronavirus.

Por la tarde fui a la peluquería de mi barrio, a una hora en la que no suele haber mucha gente. Cuando llegué la encontré vacía. La peluquera, una señora que ya me conoce desde hace muchos años, en cuanto puse un pie dentro, me señaló el gel hidroalcohólico que había sobre el mostrador. Como buena ciudadana acerqué mis manos al dispensador que, al ser automático, me echó un buen chorro de líquido sobre ellas antes de tener el buen sentido de retirarlas. Después me senté en un sillón giratorio, resignada a sufrir que una (casi) desconocida hurgara en mi cabeza durante bastante tiempo.

Tanto la peluquera como yo llevábamos mascarilla. Sentí curiosidad por saber cómo se las iba a arreglar para cortarme el pelo con eso puesto. La solución fue muy sencilla, aunque no muy refinada. Sacó la goma elástica de mis orejas y luego pegó la mascarilla a la piel de mi cara con esparadrapo blanco. En mi interior recé por que no fuera muy adherente… Y, de esta guisa, la peluquera comenzó a cortar mi larga cabellera —casi, casi como la de Rapunzel— con sus afiladas tijeras. Mientras tanto, teníamos entre nosotras la típica charla insustancial que es de uso obligatorio en estas situaciones, y así hablamos sobre la familia, el trabajo, mi vida en Japón y el tema estrella: el coronavirus y todo lo relacionado con él.

Una vez que la peluquera terminó de trasquilarme, me llevó hasta la zona de lavado —en Japón, no suelen lavar el pelo con champú antes de cortarlo, sino que lo humedecen con un pulverizador de agua—. El agua de la ducha estaba a su temperatura justa, pero ¿por qué todas las peluqueras (o peluqueros) del mundo tienen la manía de restregar el cuero cabelludo hasta dejarlo dolorido?, ¿qué quieren arrancar?

Un rato después, volví a sentarme frente al espejo y esperé pacientemente a que me secaran el cabello. Tenía ganas de irme, pero aún quedaba un suplicio más: el masaje.

Es costumbre en Japón masajear la cabeza y los hombros del cliente para que este se vaya relajado y a gustito a su casa. La primera vez que me lo hicieron me quedé pasmada y mi cuerpo se puso tieso como un palo, pero ahora intento soportarlo con estoicismo y con la mejor cara, como si me agradara.

Y llegó el final de mi padecimiento. La peluquera me preguntó qué me parecía mi nuevo corte de pelo. En esta ocasión no tuve que mentir y le dije que me gustaba mucho. Me levanté y ella fue a por mi bolso y mi abrigo, que había guardado una hora antes en un armario. Pagué, le di las gracias entre risas y bromas (¡se le había olvidado quitarme el esparadrapo!) y… ¡hasta el año que viene!