Un día más

La mañana es fresca. El cielo está casi despejado, solo lo empañan unas nubes bajas y jaspeadas de color gris. Escucho el silencio y el gorjeo de los pájaros. El hombre de la regadera y los guantes verdes vuelve a su casa cuando yo entro en el parque. Hoy va abrigado con una chaqueta blanca. Atraviesa la calle y se aleja. También le echo un vistazo a la cuadrilla de cuervos bribones que suele reunirse en un claro del parque. ¿Qué fechorías estarán tramando? Hacía tiempo que no coincidíamos porque, como el resto de la gente, ellos también han retrasado su hora de salida. Forman un pequeño corro donde parlotean escandalosamente y se enfrentan agitando sus alas. A veces creo que hablan de mí. Al cruzar la calle veo a uno de sus compañeros en medio de la carretera, caminando despreocupadamente. Otro baja de un cable del tendido eléctrico y hace lo mismo. ¿Por qué lo harán? ¿Qué hay sobre el asfalto? La conducta de estos pajarracos es un misterio para mí. La propietaria de la casa de color amarillo chillón que hay antes de bajar la cuesta está inspeccionando el jardín. Mira hacia abajo porque está buscando algo o tal vez porque le ciega el color de su casa. Alguien ha tendido la ropa en el jardín y huele a limpio. Hoy es el día de la basura. Algunos residentes van en coche a tirarla, como el señor que tengo delante de mí que no ha dudado en aparcar en medio de la carretera impidiendo el paso a otro. Los coches están mojados, gotas de rocío resbalan por su superficie y dejan lágrimas sobre los cristales. Me dentengo ante el rincón que me gustaba tanto: han recogido el montón de flores cortadas, las cosmos han desaparecido. Permanecen dos botellas grandes de agua tumbadas en el suelo, dos hileras de ajos y una planta de okura medio pelada. No se ven demasiadas seitakas sobre el promontorio que hay a continuación y hay menos maleza en los bordes del camino que otros años, es posible que sea por culpa del alcalde, que dejará su puesto dentro de poco; en estos últimos meses han cortado la hierba de la ciudad con un empeño y un acabado inusuales. Por supuesto la hierba ha vuelto a crecer enseguida. Al entrar en el santuario siento el sol caliente en mi espalda. La figura del tigre situado delante del altar principal no me sorprende hoy, pero observo que esta vez lo acompaña un tigre pequeñito echado sobre una rama. Ojalá el nuevo año sea tan fuerte y fiero como un tigre. En el santuario no corre ninguna brisa, el aire está quieto y dormido. Paso después por la casa abandonada cubierta de hiedra, que tiene un puñado de seitaka en el jardín delantero, ocupan todo el espacio, nadie las controla. Fueron ellas las que me avisaron el año anterior de que aquella casa era extraña y tenía un secreto en su interior. Me aproximo al cruce. La luz verde del semáforo de peatones parpadea y cruzo casi corriendo. Detrás de mí oigo el zumbido del motor de un vehículo, es el camión de Yamazaki que llega tarde. En el parque unos ancianos cantan sentados en unos bancos, mirando al frente. Se ríen y hacen bromas porque están felices.

Mirador

¡Qué brisa tan refrescante! Los arrozales forman tapices amarillos y verdes. Al fondo están las montañas verdes y las nubes cubriendo sus cimas. A la derecha, el río corre flanqueado por hileras de cerezos que se han quedado sin hojas, y detrás del cauce pasa un tren de siete vagones de la línea JR que emite un sonido bamboleante: tacháaaan, tacháann. En medio del valle se levantan los edificios de un centro comercial y el parque de bomberos, y por todas partes granjas y pequeñas casas motean este bello paisaje.

Repetición

No ha llovido, pero a través de las nubes grises puede vislumbrarse un borroso y casi imperceptible arco iris. Voy a pasar por debajo de él. Antes me giro y dirijo la vista hacia el este, y contemplo el perfil nítido de las montañas sobre las que flota una enorme masa de nubes iluminadas por los rayos de sol. No hace frío, solo se siente un frescor muy agradable. En el parque, un señor mayor riega las flores que hay a cada lado de la escalera. Su regadera es verde, sus guantes, verdes. Trabaja animoso y en silencio. Abajo, alrededor del campo de béisbol, el sol hace resplandecer las copas de los árboles, que comienzan a enrojecer. Me detengo en el semáforo y espero a la luz verde. Al otro lado de la calle, un hombre joven vestido con ropa de deporte, una camiseta azul y unos pantalones cortos, espera también. Está fumando y cuando cruza el paso de peatones no aparta la mirada de su móvil. Yo miro al cielo.¡Cómo brilla el sol bajo la espesa capa de nubes! Tal vez no llueva. La flor seitaka ha florecido durante el fin de semana, es casi tan amarilla como la casa que veo en este momento, que destaca escandalosamente sobre las aburridas casas grises y marrones que hay por todas partes. Hay humedad. Lo sé porque hoy mi mascarilla de tela se ha mojado con mi sudor. ¡Oh! ¿Por qué han cortado las finas y altas cosmos de la esquina? Están amontonadas cerca de la pared de la caseta en la que se apoyaban, aún están vivas, pobrecitas. Ya estoy cerca del santuario. La señora que me encuentro todas las mañanas marcha por la otra acera. Hoy estoy muy lejos de ella porque me he retrasado un poco. Me mira de soslayo, no puede saludarme con su voz sosegada. Yo también la miro y, como siempre, me fijo en sus finos pantalones, tan parecidos a los de un pijama. Ella vuelve de rezar. Yo también rezo y hablo con Nadeushi, que cada cierto tiempo cambia de mascarilla. La que lleva ahora es de color morado, no me gusta mucho, pero es mejor que la anterior, marrón con botones. Salgo enseguida y voy al mirador para ver el valle. Dos hombres con dos perros. Uno de los perros quiere acercarse al otro y estira el cuello todo lo que puede, se ahoga, jadea. Su dueño estira bien la correa y sonríe al otro amo, tiene miedo de que su mascota dañe al perrito de orejas gachas, tan mono… Ando deprisa, no debo detenerme más. El mismo camión de Yamazaki, a la misma hora, en el mismo lugar, pasa por la carretera. Todo está bien, soy un rejoj. Otra vez espero en el paso de peatones y… ,¡qué casualidad!, al otro lado de la calle está el hombre de la camiseta azul y los pantalones cortos, que sigue fumando y mirando su móvil.

Otoño

Están podando los arbustos de la mediana de la carretera con esas máquinas ruidosas que desprenden un olor a gasolina. No puedo ver a los trabajadores desde mi ventana, pero sé que van ataviados con una gruesa ropa de trabajo que les debe de estar haciendo sudar a mares. Hoy es un día verdaderamente caluroso. La tarde es azul y caliente, y sopla una extraña brisa marina en mi pequeña ciudad de interior rodeada de montañas. Cualquiera diría que todo sigue igual desde el verano, que no se ha producido ningún cambio, pero no es así. Las cosas comienzan a mudar de estado. Cuando paseo observo que la naturaleza se vuelve quebradiza y arrugada, que las hojas caen apaciblemente de los árboles y los frutos se abren en el suelo. Los caminantes también han alterado sus hábitos, ahora tenemos que salir a pasear una hora más tarde para ver la luz del sol, y muy pronto el grupo que hace gimnasia en el parque siguiendo las indicaciones del programa radio taiso se disolverá.

Hasta hace muy poco tenía la certeza de que este círculo era eterno, que este proceso de repetición, año tras año, era infinito y sin embargo tiene un final. Me levanto por la mañana y solo deseo ver las mismas caras y el mismo paisaje, escuchar la misma voz, muchos otoños.

¡Libertad!

A pesar de que ahora reina la oscuridad cuando pongo un pie en la calle, continúo paseando a la misma hora de siempre. Es extraña esta noche mañanera, silenciosa y sin los habituales ruidos del amanecer, sin los primeros rayos de sol y en cierto modo atemorizante, pero no tarda en desaparecer. Poco a poco comienzan a retirarse las sombras, y la luz, que había estado escondida en algún punto, surge entre las nubes o las montañas radiante o apagada según el día. Vuelvo, entonces, a reconocer los lugares por los que camino, mis compañeros y amigos del corto viaje que inicio cada mañana, y ya no me siento sola.

Hoy, como en otras ocasiones, me he topado con algunos residentes que llevaban sus perros a pasear. Cuando los veo andando a paso lento y sin prisas no puedo evitar sentir pena por sus mascotas. Un perro no puede correr, no puede saltar, no puede detenerse, ni puede oler si su amo no se lo permite. Se le sujeta con una correa y se le da un estirón para meterlo en vereda. Se les quiere mucho pero realmente son unos esclavos.

Esta mañana, en mi paseo me he encontrado con uno de esos residentes, un joven que caminaba junto a su perro con el paso tranquilo y aburrido de todos los dueños, pero de repente, por algún descuido tal vez, la correa se le ha escurrido de la mano y ha caído al suelo y su perro, patas para qué os quiero, ha aprovechado la oportunidad para salir corriendo hacia mí como un loco. Me he detenido indecisa porque no sabía si su intención era la de darme un lametón o un mordisco, sin embargo el pequeño fugitivo no me ha prestado ninguna atención, ha pasado a mi lado como una exhalación, arrastrando la correa y su asa de plástico, que sonaba ruidosamente sobre el pavimento, y haciendo caso omiso de la llamada de su amo que le gritaba ¡mate!, ¡oide! Por fin, después de dar un brinco de alegría, se ha girado y ha esperado a su dueño. Su rostro era risueño, feliz, pletórico, como si estuviera diciendo ¡chico, ha sido fantástico!

Yo me he reído bajo mi mascarilla. Desde luego, perrito, ¡qué bien sienta la libertad! ¿Verdad?

¿Qué ha pasado hoy?

Mientras escribía en mi diario, ha aparecido en la pantalla de la televisión una alerta de terremoto que, finalmente, se ha producido a las 18:42 en la prefectura de Ishikawa, registrando una magnitud de 5,2.

Ve despacio

A las cinco de la mañana solo hay oscuridad. Se acabaron los días luminosos que despertaban temprano y me sacaban de la cama de un empujón. Ahora son las luces de las farolas las que me reciben al salir de casa. Y no es lo mismo.

Miro sobre mi hombro y veo cómo agosto se queda atrás con sus calores y sus lluvias, derritiéndose como un helado sobre mi mano, caliente y pringoso, y no creo que lo eche de menos. Sin embargo, septiembre, el mes de la vuelta a la rutina y de las nuevas promesas, ha desembarcado con litros de agua, y no tiene muy buena pinta. ¿Tendremos que soportar otro mes de lluvias? Las hojas y los frutos que caen de los árboles se pudren sobre el asfalto. Los colores están apagados. No hay cielos azules con nubes aterciopeladas…

Esta mañana la lluvia resbalaba sobre mi paraguas y mojaba mis zapatillas. Caminaba deprisa. Otros hacían lo mismo que yo, apresuraban el paso para esquivar la lluvia y volver pronto a sus hogares satisfechos por haber cumplido con su deber. Pero correr no parece servir de nada. Las cosas siguen su ritmo, a veces rápido, a veces lento. Mañana volverá a llover y estaremos en la misma situación. Tal vez sea preferible ir despacio, con cuidado, como dice el letrero del parque y dejar que nos empape la lluvia.

¿Qué ha pasado hoy?

El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, anuncia que se larga: su partido, el PLD, le ha dado la patada. Ha durado un año, el pobre. Me produce cierta tristeza, su aspecto cándido y tímido me gustaba.

Un poco más lejos

Esta mañana el cielo tenía un color gris de acuarela. Triste y pesado. Miré hacia el este para ver el nacimiento del sol, pero las nubes cerraban su paso obstinadamente. Sin embargo, unos minutos después surgió entre las nubes un hueco de luz brillante y celestial. Los días se van acortando. Aquellas cigarras que cantaban a todo pulmón han dejado de existir, ahora las sustituyen otras que silban un canto dulce y melódico. Pero no cantan solas, las acompañan los grillos, que día y noche repiten el mismo sonido monocorde y aburrido.

Como hoy era sábado y no necesitaba apresurar mi paseo, decidí cambiar mi ruta habitual. Caminé por la ribera del río en dirección norte y me deleité con la visión de las aguas que corrían impetuosas por las eternas lluvias. Algunos transeúntes iban con los rostros descubiertos, pero se colocaban la mascarilla enseguida cuando llegaban a mi altura, y después me deseaban los buenos días.

Cuando anduve un buen trecho, torcí hacia la izquierda para volver a casa por la carretera, pero vi un letrero que indicaba que a seiscientos metros había un santuario, que jamás había visitado, y cambié de opinión. Solo tenía que andar un poco más, hacia un lugar que no conocía. Mi pequeña aventura acababa de empezar.

Pronto me encontré ante un cuesta no muy empinada que se adentraba en un bosquecillo. Los árboles cercaban un sendero asfaltado que llegaba hasta la entrada del santuario, luego el camino continuaba flanqueado por una hilera de faroles de piedra y concluía en el torii principal del santuario. Subí los escalones y me acerqué a la capilla. En ese momento no había nadie. Miré de un lado a otro por precaución, un hábito del que jamás me voy a deshacer, y como vi que todo parecía estar bien comencé a relajarme. Los dos komainu llevaban unas amplias mascarillas blancas de tela que por las lluvias no estaban muy limpias y que les conferían un aspecto bastante cómico. La capilla no tenía paredes y eso me resultó muy extraño. Desde allí se podía ver con claridad el Honden o pabellón donde reside la deidad más importante. Se levantaba sobre un suelo cubierto de grandes piedras y estaba rodeado por una cerca.

Seguí husmeando por el recinto, haciendo fotos aquí y allá, siempre un poco intranquila, pero finalmente acabé riéndome de mí misma y de mis temores cuando una señora que portaba dos bastones de montaña subió las escaleras y se dispuso a orar con mucha devoción ante el altar. Parecía muy mayor y con cierta dificultad para andar. Su imagen serena borró de un plumazo todas mis inquietudes. Para no sobresaltarla di unos fuertes pasos y tras un breve saludo me dirigí hacia un sendero que se perdía cuesta abajo. ¿A dónde iría a parar? Volví a buscar la aventura.

¡Ay!, ese sendero desembocaba en la calle de una urbanización, no había más bosque tenebroso, ni rincones llenos de misterio. La aventura había llegado a su fin. De todos modos, no sabía muy bien dónde me encontraba, así que tomando el este como punto de referencia empecé a caminar por las limpias y ordenadas calles. Bajé la colina, pasé cerca de un gran estanque y volví a estar de nuevo entre extensos y verdes campos de arroz.

El cielo ya no era gris, sino de un azul blanquecino, pero seguía cubierto de nubes de lluvia. A mí no me importaba. Caminaba feliz por los senderos que cruzaban los arrozales, en medio de un mar de color verde. Caminaba en soledad pero no estaba sola. Las garzas y los cuervos buscaban su comida en el agua. A lo lejos un agricultor trabajaba en su huerto. Por la carretera los coches circulaban y se paraban en los semáforos. Los campos olían a arroz.

Lluvia de agosto

Llueve a mares en esta mañana de agosto. Con rayos y truenos. Y me pregunto qué clase de verano es este si no hay sol. Hasta las cigarras se han quedado mudas bajo las lluvias torrenciales que han caído durante estos días. Este verano es aún más triste que el del año pasado. Lo único que ha permanecido, muy a mi pesar, es la humedad, que deja todas las superficies con un tacto pegajoso.

Pero antes de que los cielos se abrieran ruidosamente fui capaz de dar un pequeño paseo por la ciudad, que ya comenzaba a despertarse. En el parque nadie transitaba por la pista mojada que rodea al campo de béisbol, pero algunas personas se habían refugiado bajo el tejadillo de una zona de descanso y hacían sus ejercicios matutinos siguiendo las instrucciones de la radio. Otros se había atrevido a jugar al tenis y corrían felices tras la pelota, con la esperanza de que el tiempo les diera una tregua. Y así fue, durante una hora. Después unas pequeñas gotas y unos truenos lejanos anunciaron que nuestro tiempo de diversión llegaba a su final.

Volvimos a refugiarnos en nuestras casas para contemplar tras los cristales a una lluvia enfurecida que se resiste a abandonarnos.

Rendición

Hoy se conmemoraba la rendición de Japón, que tuvo lugar el 15 de agosto de 1945, y se han celebrado diferentes actos para honrar a las personas que fallecieron en el conflicto.

Los domingos por la tarde no hay nada interesante que ver en televisión, los mismos programas aburridos y anodinos de siempre, pero en una de las cadenas de pago han estado emitiendo varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial, como Tora! Tora! Tora! y The Emperor in August, y les he echado un vistazo. La verdad es que no les he prestado demasiada atención, nunca me han gustado las películas de guerra, pero me han acompañado en esta tarde extraña que olía a tardes de infancia. Tal vez porque el aire era fresco y con fragancia a ropa recién lavada, o porque las nubes grises y blancas flotaban en un cielo azul, o sencillamente porque por fin había salido el sol. ¿Cuántos días de lluvia hemos tenido? ¿Cuatro, cinco días? Las intensas lluvias lo han destrozado todo, han inundado calles y pueblos y se han llevado la alegría de muchas personas —también la vida de otras— y lamentablemente permanecerán con nosotros unos días más.

No, no creo que hoy la celebración del final de la guerra haya importado mucho a la gente, había otras cosas de las que preocuparse.

Después de la tormenta siempre se hace un recuento de los daños y se intenta recuperar lo que se pueda, con rabia y tristeza. Y aunque yo no he perdido gran cosa, tan solo unas plantas que se han encharcado y podrido, también estaba desanimada. Pero si el sol brilla durante unas horas puede surgir una pequeña ilusión, el deseo de volver a empezar. Por eso, en esta tarde de domingo, que había comenzado mojado y oscuro, me he sentido tan feliz al ver los rayos de sol, porque son un pequeño recordatorio de unos días que están por venir.

Yuri

Cerré la ventana y me tapé con la sábana. Después miré el reloj que había sobre la mesita, eran las cinco de la mañana, la hora de mi paseo. Pero no me moví, continué tumbada en la cama unos segundos, pensando. ¡Qué placentero había sido despertarse con un poco de frío! Era una sensación que ya no recordaba, de un tiempo remoto. Sentir frío en verano resultaba extraño. Volví a levantarme y miré por la ventana, que había cerrado un momento antes. No llovía pero el cielo estaba empedrado de nubes grises y compactas que tapaban completamente el sol. Me vestí con premura y me preparé para salir a la calle.

La mañana era sorprendentemente fresca tras el paso del tifón. El viento se movía caprichoso, se detenía de repente o azotaba revoltoso, y aunque tenía un tacto húmedo su caricia era fría . Por fin habían descendido las altas temperaturas que nos asfixiaban y nos mantenían encerrados en casa. Me sentía liviana, ágil, como si me hubieran quitado una pesada carga. Y las personas que me encontré en el camino tal vez sentían lo mismo, se las veía relajadas y contentas, deseosas de mover sus cuerpos.

En una plazoleta rectangular que hay antes de llegar al parque unos lirios blancos y casi sin mácula se erguían hermosos sobre el suelo. Milagrosamente habían conseguido hacer frente a los fuertes embates del tifón y sus cabezas blancas ligeramente iclinadas hacia abajo, semejantes al antiguo tocado de unas religiosas, no parecían haber sufrido ningún daño.

Cuando caminaba por el sendero que me llevaba a la entrada oeste del parque, escuché a lo lejos los ruidosos graznidos de unos cuervos y al acercarme vi que se trataba de un pequeño grupo que estaba posado sobre el suelo. Graznaban enfadados, haciendo corrillo a dos cuervos que se batían agitando las alas y se daban fuertes picotazos. Me detuve asustada, solo un poco, porque no tardé en sacar la cámara con la intención de hacerles una foto. Sin embargo, los cuervos enseguida notaron mi presencia y, como unos alumnos que han sido sorprendidos haciendo algo que no debían, volaron espantados hacia unos árboles que había cerca. Solo cuatro de ellos permanecieron en el suelo. Todos dejaron de graznar y se quedaron quietos, mirando de reojo cómo me alejaba. En cuanto se creyeron a salvo, alzaron la voz, pero sin la intensidad de antes. Mi interrupción les había quitado las ganas de seguir enojados.

Les eché un último vistazo y proseguí mi paseo. El camino del parque estaba salpicado de ramas y hojas que el fuerte viento se había llevado. Era la huella devastadora del paso del tifón y, sin embargo, los lirios…

La vacuna

Ayer me pusieron la segunda dosis de la vacuna pfizer y hoy me siento tan cansada y soñolienta que podría dormir todo el día hasta la mañana siguiente sin ningún esfuerzo. Estoy desencantada y sin fuerzas. Pero no puedo achacar este estado anímico únicamente a la inoculación de la vacuna. Me siento así porque hace demasiado calor. El jueves pasado creo que fue el día más caluroso del año. Las cigarras cantaban ensordecedoramente cuando paseaba por la mañana y a veces salían volando espantadas ante mi presencia, en el camino algunas yacían en el suelo con las patas arriba. El aire es caliente y húmedo desde muy temprano y en casa no puedo hacer ninguna actividad sin la ayuda del aire acondinado, que me obliga a permanecer dentro de una habitación para no sucumbir.

Me siento así también porque los días se repiten monótonos y aburridos: número de contagios, número de muertes, no olvides la mascarilla, lávate bien las manos con jabón y alcohol, evita el contacto con otras personas… Porque salgo a la calle con preocupación ante el temor de tocar algo infectado con el virus.

Dicen, dicen tantas cosas… Dicen que volveremos a la normalidad el año que viene. Normalidad, la gran palabra ¿y qué significa realmente? ¿Aquellos días de risas y charlas con salivazos incontrolados que salpicaban sin querer a nuestro interlocutor? ¿De abrazos y besos de amigos y extraños?

Miro las noticias de las siete en la NHK. Otra vez vuelven a sacar la gráfica de contagios en Tokio. ¿Quiénes harán esas gráficas tan bonitas de colores brillantes? Supongo que en la actualidad debe de ser un trabajo bien remunerado. Las gráficas están en todas partes, son muy importantes para conocer cuántas personas mueren cada día, para que no lo olvidemos. Antes morían personas, pero no había ningún recuento diario. Ahora es como en esas películas de ciencia ficción en las que se seleccionaba a un número de personas para un destino maravilloso, aunque en verdad no lo era tanto… ¿A quién le tocará mañana? ¿Quién formará parte de esas gráficas?

Me he vacunado y en cierto modo me siento aliviada, pero es algo temporal, no soluciona nada. Decían y dicen que el coronavirus es como un terrible resfriado, si es así, qué aterrador, los resfriados aparecen todos los años y no hay ninguna cura.

Brisa

La ventanas están abiertas de par en par. Las cortinas blancas y vaporosas se inflan suavemente por la brisa o se agitan y estiran enérgicamente por una repentina ráfaga de aire. Se escucha a lo lejos el solitario y repetitivo piar de un gorrión. Silencio. Es una tarde calurosa de junio. Estoy tumbada en el sofá y leo con desgana un libro en un lector digital, que pesa en mis manos. Las negras letras destacan sobre el blanco impoluto de la pantalla lisa por la que se deslizan mis dedos índice o corazón. Intento concentrarme en la lectura, pero la brisa me distrae. Hay algo que quiero alcanzar y se me escapa, como un delicado perfume que no consigo retener. Cierro los ojos y siento cómo el aire me roza la piel y me susurra al oído. Los sonidos son muy parecidos a otros. La brisa se asemeja a otra brisa.

Y ahora no estoy aquí, sobre mi sofá de color vainilla. Estoy recostada en mi cama blanca de niña y leo un libro que huele a rancio y a antiguo, que pesa en mis manos. La luz entra a raudales por la ventanas abiertas, y la brisa seca acaricia mis mejillas y mis pies desnudos. He leído durante varias horas y la cabeza y el cuello me duelen. Me muevo y busco una posición más cómoda. De la calle llegan voces apagadas que no molestan y el gorjeo estridente de unos gorriones. Leo sola en mi habitación anhelando otro tiempo y otros lugares, paso las páginas con avidez, una tras otra, impaciente por conocer el final de esta historia.

Y ahora no estoy en mi cama blanca. Ni reposo en mi sofá vainilla. Descanso en una cama de enferma de una habitación muy limpia. La brisa mueve las cortinas claras en una tarde de junio. Los gorriones que revolotean en el jardín cantan ruidosamente. Tengo los ojos cerrados y dejo que la brisa los bese con sus labios frescos y dulces. Mis ojos están cansados y ya no pueden leer, pero mis manos sujetan un libro imaginario y leo, los recuerdos.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Tonari no Totoro

He visto muchas veces la película de dibujos animados Mi vecino Totoro del director Hayao Miyazaki. El viernes pasado, por la noche, tuve oportunidad de volver a verla en un programa de televisión. La primera vez fue a finales de los años noventa del pasado siglo, cuando aún Internet estaba en pañales y no sabíamos cuánto iba a cambiar nuestras vidas. Creo que fue en una cadena autonómica y la descubrí por casualidad. La historia —mezcla de fantasía y realidad— era un canto a la naturaleza y la inocencia de los niños, pero también un homenaje a las tradiciones y leyendas japonesas. Claro que en su momento no fui consciente de todo esto y no vi más allá de una historia entretenida y alegre.

Mi destino, la fortuna, o, simplemente, mi voluntad me llevaron hasta Japón y de nuevo nuestros caminos volvieron a cruzarse. Totoro era una estrella en el país del sol naciente. Todos lo querían. Todos compraban sus productos. Todos se sabían las canciones de su película… ¡Cómo no iba a ser yo también partícipe de esa totoromanía! Mi pequeño Totoro de peluche no tardó mucho en llegar a casa como regalo de navidad y, tiempo después, el DVD de la película.

Pero ¿qué tiene Mi vecino Totoro de especial? ¿Por qué gusta tanto?

Dicen que al principio la película no tuvo mucho éxito, que le costó arrancar, pero con el transcurrir de los años y con la ayuda de un maravilloso merchandising —por supuesto— se fue haciendo muy popular no solo en Japón, sino en todo el mundo. Hay quien incluso peregrina hasta Nagoya para visitar una réplica exacta de la casa de las niñas protagonistas…

En mi opinión toda esta popularidad se debió al simple deseo de disfrutar de una ilusión. Porque cuando vemos Tonari no Totoro —el título de la película en japonés— asistimos a la representación ideal del antiguo Japón, sin tecnologías ni máquinas que desluzcan el paisaje, sin guerras ni mezquindades. Ese Japón de los años cincuenta, recordado por el director de la película, es un pueblo honesto y trabajador, apegado a la tierra y a sus dioses sintoístas. Pero ante todo es un pueblo que intenta hacer frente a las adversidades con optimismo.

Debo confesar que cuando terminé de ver la película me sentí ridículamente feliz, otra vez. En el tiempo del coronavirus, ¿quién no quiere albergar unos sentimientos de esperanza y seguridad, aunque solo sea por unos instantes?

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, となりのトトロ)

Amabie

Hace unos días, al pasarme por el santuario Tenma, me encontré con esta imagen tan extraña: una especie de pescado con pico y pelo largo.

Se trata de Amabie, un monstruo mitológico, un yōkai, del período Edo que predecía el futuro y protegía a la gente de las epidemias.

Las redes sociales en Japón lo han rescatado del olvido, y del mar donde habita, para que sus poderes salven a la humanidad del coronavirus.

Hay que hacer un dibujo de Amabie y luego mostrarlo a los demás para proteger, de este modo, a tus seres queridos.
Yo, hasta ahora, simplemente tenía colocada en la estantería la lámina de Amabie que cogí del santuario, pero hoy lo he dibujado. Las últimas noticias dicen que está creciendo otra vez el número de infectados por el virus, y que hay una posibilidad de que vuelva a decretarse el estado de emergencia en Japón. Dios no lo quiera.

Un buey con mascarilla

Tercer día sin lluvias. Brilla el sol con suavidad y el aire es fresco.
Las nubes en el cielo parecen las pinceladas de un pintor.

En el santuario Tenma me he encontrado con algo que me ha hecho reír. El buey sagrado —cuyo nombre desconozco— llevaba puesta una mascarilla de los minions en su hocico. Pobrecillo, hasta él tiene que protegerse del famoso virus. Sin pensarlo he estado a punto de pasar la mano por su cabeza, como siempre, para que me diera buena suerte, pero enseguida me he contenido, en estos tiempos el verbo “tocar” es un verbo prohibido. ¡Qué pena!

Tsuyu

Hace unos días comenzó oficialmente la temporada de lluvias en Japón. Se la conoce con el nombre de tsuyu, 梅雨, una palabra formada por dos ideogramas que significan ciruela y lluvia, respectivamente, que hace referencia a la maduración de las ciruelas por esta época.

Los días lluviosos se suceden uno tras otro hasta mediados de julio o más tarde, con algún que otro día de sol que aprovechas para abrir ventanas, airear la casa y tender la ropa fuera. La humedad del ambiente, que puede subir hasta el 80%, forma una película pegajosa sobre todas las cosas: las paredes, los suelos, la ropa, la piel… muy desagradable. El moho hace su aparición y hay que tener mucho cuidado con la comida porque se corrompe con facilidad.

A pesar de que las temperaturas no son muy altas, la humedad intensifica el calor (sobre todo si después, de repente, brilla el sol unas horas) y sientes que no tienes fuerzas para hacer nada.

Si paseas por el parque o el jardín, unos amiguitos que no veias hacía un año se acercan a ti para chuparte la sangre y se meten en tu casa sin ser invitados. Los mosquitos de Japón pueden ser muy persistentes y saben esperar. Una vez que han llenado sus barrigas se van volando lenta y pesadamente, buscando la salida para poner sus huevos. Y tú los miras con resentimiento deseándoles lo peor mientras te frotas las picaduras.

Esto es el tsuyu.

Sin embargo, el tsuyu tiene otra cara.
Miro por la ventana cómo cae la lluvia sobre el bosque, las plantas, los bichitos, y me doy cuenta de que el tsuyu es la fuerza que necesita la naturaleza para seguir adelante y llenarse de energía, y eso, de algún modo, me ayuda a soportar estos días mohosos y húmedos. Pero… ¡cuánto añoro el clima seco!