Adiós

Los últimos días de marzo, que fueron lluviosos y algo fríos, los vi pasar rápidamente a través de los cristales de la ventana. Las desnudas ramas de los árboles de la calle y del bosquecillo vecino empezaron a cubrirse de diminutas hojas y lo que al principio fue una pequeña esperanza acabó finalmente anegando el paisaje de verde y otros exultantes colores. Sin embargo, no todas las plantas pudieron experimentar ese renacer primaveral, algunas se quedaron en el camino, como el viejo arce que había en un jardincito próximo a mi casa. Ya hacía algún tiempo que no mostraba un color saludable y sus ramas tenían un aspecto quebradizo y seco, pero no le di la menor importancia, cada año seguía dando abrigo a los pajarillos revoltosos e inquietos y sombra en los calurosos días de verano. Pensé que todo continuaría igual. Una tarde escuché el ruido de un motor y el crujir desgarrador de un tronco que se partía en dos. Eran los operarios del ayuntamiento que serraban un árbol muerto. Habían talado a mi querido árbol, pero yo no lo sabía. Fue días después cuando descubrí que el lugar donde se erguía, firme y orgulloso, era ahora un espacio desnudo y desolador y que su sombra había desparecido para siempre. Lo que parecía eterno ya no existía. Se había ido de repente, sin un pensamiento, sin una caricia. Este ser, que fue tan importante para otros seres, ¿cuánto tiempo sería recordado?

El olvido es la muerte de los vivos, querido árbol, yo no quiero olvidarte.

La princesa

Ella está sentada sobre un tiesto y sus pies pisan una alfombra de hojas secas y pequeños tallos verdes. Viste como una princesa de cuento, pero alguien pintó toscamente sus ropajes con colores chillones y aguados, y tiene el aspecto de una cenicienta kitsch que acaba de sentarse para descansar. Algo la aflige. Mira sin ver, totalmente perdida en sus pensamientos, con una mano en el pecho y la otra sujetando fuertemente la falda de su vestido. No parece darse cuenta de que la primavera ha entrado de puntillas y le ha regalado un ramillete de narcisos que hace juego con su atuendo. En cualquier momento algo romperá el hechizo que la tiene congelada, parpadeará y será consciente de dónde se encuentra. ¿Qué hará cuando note mi presencia, mis ojos clavados en su figura? Durante unos segundos no será capaz de moverse por la sorpresa y luego correrá buscando un refugio, tal vez detrás de aquel enanito rojo que sonríe afablemente. Pero no quiero asustarla ni que huya de mí. Quiero tomar sus manos entre las mías y preguntarle la razón de su pesar, y, si nos hacemos amigas, poder pintar de nuevo su ropa con colores hermosos y elegantes, quitarle ese ridículo lazo rojo de su cabello y arreglar sus castaños tirabuzones. Todo eso haría por ella. Sin embargo, en modo alguno alteraría el azul cielo de sus ojos que muestran su alma.

Ella permanece inmutable, pero ahora veo que frunce el ceño y que hay más tristeza en la profundidad de sus ojos. ¿Seré yo la culpable de este cambio? ¿Habré perturbado su apacible dolor?

Comunicación

Espero pacientemente a que llegue mi turno para pagar la compra. Miro a la derecha, hay varias filas de señoras delante de las cajas registradoras. Miro a la izquierda, otras tantas filas de mujeres, casi todas mayores. Ninguna habla, ninguna dice nada. Todas esperamos en silencio. Y de repente siento nostalgia. En mi añorada y ruidosa España, todo el mundo habla en voz alta. Mujeres que levantan la voz como si declamaran ante el público de un teatro. Mujeres que se ríen y preguntan por la familia. Mujeres que no conoces, pero que charlan contigo como si fueran tus amigas. Escucho sus voces en mi mente, en mis recuerdos y me embarga un sentimiento de tristeza.

La mujer que está delante de mí termina de pagar y coloca su cesta en la mesa que hay enfrente. Es mi turno. La cajera me saluda amablemente con un “konnichiwa”. Yo le respondo con una leve inclinación de cabeza y enseguida saco mi tarjeta de puntos. Contemplo cómo va acomodando mi compra en otra cesta de plástico, sin prisas pero eficientemente. Las bandejas de carne y pescado abajo, las bolsas de patatas fritas y sembei, arriba. Todo es sosiego en el supermercado, donde la gente susurra para no molestar.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Tonari no Totoro

He visto muchas veces la película de dibujos animados Mi vecino Totoro del director Hayao Miyazaki. El viernes pasado, por la noche, tuve oportunidad de volver a verla en un programa de televisión. La primera vez fue a finales de los años noventa del pasado siglo, cuando aún Internet estaba en pañales y no sabíamos cuánto iba a cambiar nuestras vidas. Creo que fue en una cadena autonómica y la descubrí por casualidad. La historia —mezcla de fantasía y realidad— era un canto a la naturaleza y la inocencia de los niños, pero también un homenaje a las tradiciones y leyendas japonesas. Claro que en su momento no fui consciente de todo esto y no vi más allá de una historia entretenida y alegre.

Mi destino, la fortuna, o, simplemente, mi voluntad me llevaron hasta Japón y de nuevo nuestros caminos volvieron a cruzarse. Totoro era una estrella en el país del sol naciente. Todos lo querían. Todos compraban sus productos. Todos se sabían las canciones de su película… ¡Cómo no iba a ser yo también partícipe de esa totoromanía! Mi pequeño Totoro de peluche no tardó mucho en llegar a casa como regalo de navidad y, tiempo después, el DVD de la película.

Pero ¿qué tiene Mi vecino Totoro de especial? ¿Por qué gusta tanto?

Dicen que al principio la película no tuvo mucho éxito, que le costó arrancar, pero con el transcurrir de los años y con la ayuda de un maravilloso merchandising —por supuesto— se fue haciendo muy popular no solo en Japón, sino en todo el mundo. Hay quien incluso peregrina hasta Nagoya para visitar una réplica exacta de la casa de las niñas protagonistas…

En mi opinión toda esta popularidad se debió al simple deseo de disfrutar de una ilusión. Porque cuando vemos Tonari no Totoro —el título de la película en japonés— asistimos a la representación ideal del antiguo Japón, sin tecnologías ni máquinas que desluzcan el paisaje, sin guerras ni mezquindades. Ese Japón de los años cincuenta, recordado por el director de la película, es un pueblo honesto y trabajador, apegado a la tierra y a sus dioses sintoístas. Pero ante todo es un pueblo que intenta hacer frente a las adversidades con optimismo.

Debo confesar que cuando terminé de ver la película me sentí ridículamente feliz, otra vez. En el tiempo del coronavirus, ¿quién no quiere albergar unos sentimientos de esperanza y seguridad, aunque solo sea por unos instantes?

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, となりのトトロ)

¿Quién mató a don Quijote?

¿Quién mató a don Quijote? o, mejor dicho, ¿quiénes mataron a don Quijote? es la pregunta que me he hecho esta mañana al levantarme. Sé muy bien que no se cometió ningún crimen y que nadie hirió de gravedad a nuestro caballero andante, pero no hubo necesidad.

Todo empezó con la lectura de novelas de caballerías. Un hidalgo en una aldea perdida de la Mancha estaba aburrido porque, aparte de salir con el caballo y matar algunos conejos, o llevar las cuentas de la casa, no tenía mucho que hacer, y como era noble no podía ponerse a sacar patatas, arar la tierra o cuidar de los animales (ocupaciones estas tan divertidas que solo podían realizar los campesinos). Tampoco tenía con quien conversar porque en su pueblo no abundaban personas con estudios, tan solo el cura, con el que había que tener cuidado con lo que se decía («Con la Iglesia hemos topado, Sancho») y su acólito el barbero, que cualquiera sabía lo que pensaba de verdad. Así que nuestro pobre hidalgo, que ya no era joven ni tenía nada que aprender, empezó a evadirse con la lectura de novelas de caballerías que lo transportaban a mundos maravillosos de reyes magnánimos, princesas desvalidas, ogros desalmados y encantadores aguafiestas. Y como en invierno no apetece salir de casa y las noches son más largas, sus horas de lectura aumentaron hasta que acabó volviéndose loco. No me extraña, en esas oscuras y silenciosas noches, el sonido de las palabras en su cabeza debía ser abrumador. Cuando llegó el verano estaba completamente majareta.

Ya sabemos lo que ocurrió después: se fue a buscar aventuras y dejó de aburrirse.

Pero la familia y los amigos siempre miran por nuestro bien. Y a don Quijote lo miraban mucho su sobrina, el ama (que era una mandona), el cura y el barbero, que hicieron todo lo posible por volver cuerdo a Alonso Quijano (que así se llamaba en realidad nuestro hidalgo). En la primera parte de la novela lo convencieron de que estaba encantado para llevarlo al pueblo en una jaula. En la segunda, lo humillaron. Enfermo y triste, después de echarse una buena siesta, decidió que ya no quería continuar estando loco. ¿Para qué? No había ninguna razón, sus días llenas de aventuras y diversión habían terminado. Su familia y amigos habían conseguido su propósito: don Quijote había recuperado el juicio. Pero también le quitaron la ilusión de vivir, es decir, lo mataron.

Siempre había pensado que el amor era beneficioso, pero a don Quijote no le hizo ningún bien. Tal vez porque, antes que el amor, lo más importante es la comprensión. Y a don Quijote el único que lo comprendió de verdad fue Sancho. Sancho, el analfabeto, que sabía que la locura de don Quijote era una buena excusa para querer seguir viviendo.

Nota: La expresión «con la Iglesia hemos topado, Sancho» es un invento. Don Quijote lo que realmente dice es: «Con la iglesia hemos dado, Sancho». Lo podéis leer en el capítulo IX de la segunda parte.

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