Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.