Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

De gorriones y arañas

Esta mañana me ha sorprendido la niebla cuando he salido de casa. Aunque ya empezaba a retirarse, las montañas que rodean mi ciudad continuaban siendo siluetas borrosas tras el manto blanco. Las fuertes lluvias del día anterior habían dejado una atmósfera húmeda y agradable.

En el parque algunos vecinos se preparaban para la gimnasia de radio taisō. Uno de ellos, el más dicharachero, comentaba que no hacía frío, «samunai, samunai», repetía entre risas.

Dejé atrás el parque y enfilé la calle que tenía a mi derecha. Los campos de arroz que tanto había fotografiado desde la primavera presentaban una imagen muy diferente después de la recolección: los tallos de las plantas habían sido cortados a ras del suelo. Ya no había colores — el verde intenso o el amarillo tostado–, ni agua donde las ranas se sumergían al menor ruido. Sin embargo, todavía estaban llenos de vida. Una bandada de gorriones que picoteaba en uno de los campos salió de estampida al percibir mi presencia, formando en el aire una nube de alegres aleteos; inmediatamente, los gorriones se posaron sobre los arbustos de una casa vecina, sin dejar de gorjear escandalosamente, y volvieron a levantar el vuelo inquietos y revoltosos, como si tuvieran prisa por apurar estos cálidos días de otoño.

Por el camino encontré numerosas telarañas colgadas en las ramas de los arbustos y los árboles, pero también en cada rincón que a las arañas les pareció apropiado; por ejemplo, una araña muy aventurera había tejido su tela entre unos postes de la luz a varios metros del suelo, muy por encima de mi cabeza. La imaginaba, allí arriba, pletórica de alegría por tener tanto espacio para ella sola, pero su telaraña parecía más una red para cazar pájaros que insectos. Un trabajo grandioso.

Más tarde, cuando volví a atravesar el parque, me fijé en otro grupo de vecinos que, de cara al estanque de la entrada y retirados los unos de los otros, practicaba taichi con una pequeña radio de la que surgía unas instrucciones cantadas en chino. Movían sus brazos y piernas en una coreografía armoniosa y delicada, sin prisas…

Con esta última imagen en mi cabeza me dirigí hacia el paso de peatones. Eran las siete de la mañana y me sentía exultante.