Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

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