Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (1)

Sakae Iwai esperaba a Shigeji Tsuboi en el torniquete de entrada de la línea Tamagawa, en el vestíbulo de la segunda planta de la estación de Shibuya. En el pecho llevaba una bolsa con todo su dinero, sujeta a la muñeca de su mano con una cuerda. Es el 20 de febrero de 1925 y el tercer día que ambos buscan una casa de alquiler por los alrededores de Tokio.

Poco después, Sakae ve a Shigeji aproximarse entre el gentío, con una mano levantada. Este, colocándose bien el cuello sucio de su kimono de color índigo, le dice a Sakae sin dirigirle la mirada:

—Sakae, prueba tú hoy a negociar con el casero, por favor.

Sakae, que le estaba entregando a Shigeji el billete de tren que había comprado antes, se queda perpleja —¡si acababa de llegar a Tokio!, piensa sorprendida— pero, encogiéndose de hombros y riéndose, replica:

—¡Eh! ¿Yo tengo que hacerlo? No sé si podré. En fin, lo intentaré. ¿Es porque piensas que si hablas tú te van a decir otra vez que no?

Shigeji asiente con la cabeza y avergonzado mira hacia otro lado.

El día anterior habían estado mirando por Mishuku, querían alquilar una de las casitas en la ribera del río, cerca del puente Tamonji.

En el tren, Sakae siente en su brazo izquierdo el calor corporal de Shigeji que se había sentado a su lado, y cada vez que él mueve la cabeza, se deleita con el olor a sudor y grasa que desprende su largo cabello. Sobre su futuro en común, no solo desde mañana, él no ha dicho nada, pero si hoy puede llegar a un acuerdo con el casero y alquilar pronto una casa, podrá vivir junto a su querido Shigeji en la gran ciudad de Tokio. Que ese futuro llegue a hacerse realidad, dentro de una o dos horas, dependerá de la capacidad de Sakae para negociar.

«Los dos juntos…», al pensar en eso, Sakae siente una corriente cálida que recorre todo su cuerpo, pero al percatarse de esa sensación se avergüenza y permanece en silencio. Shibuya, Kamitōri, Ōsaka, Ikejiri, Mishuku, Sangendyaya… En esos tres días, Sakae ha acabado por aprenderse el nombre de todas las paradas del tren.

Después del gran terremoto del Este de Japón, muchas personas del centro de Tokio, que se vieron afectadas por el seísmo, se trasladaron hacia Yamanote, en las afueras de la ciudad. Y de repente el número de casas en alquiler aumentó a lo largo de la línea ferroviaria de Tamagawa, en la lejana Setagaya. Aún así, tal vez a causa de la recesión económica, por todo el lugar abundaban carteles colocados en diagonal que anunciaban el alquiler de las casas vacías.

Sin embargo, ningún casero confiaba en la pareja, y los dos ya habían sido rechazados en las diez casas que habían ido a ver. Con un simple vistazo a Shigeji se notaba que era un socialista, y Sakae con su aspecto hosco parecía que acababa de escaparse de su casa. La mayoría de las veces los despedían con la excusa de que la casa ya había sido alquilada.

El largo cabello de Shigeji, el cuello mugriento y desgastado de su kimono que había adquirido un color castaño rojizo, el intenso brillo de sus ojos a pesar de ser un hombre pobre y su actitud tranquila ponían sobre aviso a los caseros.

Era una época en la que había muchos prejuicios contra los anarquistas y bolcheviques porque se pensaba que estos no pagaban el alquiler o hacían hogueras con las tapias y revestimientos de madera de las casas, y los caseros eran del mismo parecer y desconfiaban. Pero para Sakae este torpe proceder de Shigeji no era más que una muestra de su naturaleza poética e inocente.

Sakae era natural de Shōdoshima, una isla que se asemeja a un perrito flotando en el mar interior de Seto, y hasta sus veinticinco años vivió en el nordeste de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Cuando ella pensaba que ya se le había pasado la edad de casarse y que era demasiado mayor, recibió una carta de Shigeji que la invitaba a ir a Tokio. Shigeji era un pariente de su tierra natal y un compañero de juegos de su infancia. Sin vacilar, ella se traslada a Tokio y se va a vivir con Shigeji como si fuera lo más natural.

Sakae nació el 5 de agosto de 1899 (año 32 de la era Meiji) en el seno de una numerosa familia. Era la quinta hija de Tōkichi Iwai, un vendedor de barriles, y su esposa Asa. Esta gran famila en la que se crio la integraban diez hijos, los aprendices de su padre y dos hermanos huérfanos que fueron adoptados, lo que hacía un total de quince o dieciséis miembros.

Con el tiempo, el negocio familiar fue teniendo problemas, y cuando Sakae cumplió nueve años, además de asistir al colegio, debía ejercer de niñera. A los doce años, ya en la secundaria, empezó a ganar algún dinero tejiendo cuerdas de paja que servían para hacer sombreros. Ese año, 1912, en Japón, el general Maresuke Nogi cometía suicidio tras la muerte del emperador Meiji; dos años antes había sido asesinado Hirobumi Itō, que había sido primer ministro de Japón; y las mujeres luchaban por el derecho al voto. En el mundo literario irrumpían escritores como Tōson Shimazaki (Hakai, El precepto roto), Sōseki Natsume (Botchan; Kōjin, El caminante), Naoya Shiga (Ōtsu Junkichi), entre otros. Y el poeta Takuboku Ishikawa perdía la vida por la tuberculosis.

Cuando Sakae tenía catorce años, su padre cambió de profesión y emprendió un negocio de transporte marítimo al que puso el nombre de Tokaiya. Sakae aún era una niña pero ayudaba a su padre en el negocio y trabajaba tan duramente como un hombre.

Una de su escasas diversiones en esa época era leer revistas como Shōnen, Shōjo, etc., que le enviaba su hermano mayor Yasaburō, alumno de la escuela para maestros de la prefectura de Kagawa.

A los quince años consiguió un empleo en la oficina de correos, por el que recibía un sueldo inicial de dos yenes al mes. Tres años después, a causa del exceso de trabajo, enfermó de pleuresía, y más tarde contrajo tuberculosis vertebral. Aún así, a pesar de que debía acudir al médico con regularidad, siguió trabajando. Cuando dejó ese empleo por un puesto de trabajo en el ayuntamiento del pueblo, cogió el sarampión, y la fiebre alta que padeció, de algún modo, hizo que se curara de la tuberculosis. En ese momento Sakae tenía veintidós años y su salario mensual era de treinta yenes, cantidad con la que pudo comenzar a ahorrar algún dinero. Por aquel entonces, el poeta Shigeji Tsuboi a veces volvía de Tokio y permanecía en la isla unos días. Shigeji había nacido en un hogar acomodado y era conocido por seguir la ideología comunista. Fue leyendo las publicaciones de Shigeji, la revista literaria Shuppatsu (Partida) y su poemario Damu-Damu que él le había enviado desde Tokio, como Sakae descubrió que su amigo vivía en un mundo extraño y muy diferente al de la isla. No solo mantenía correspondencia con el poeta, sino también con Denji Kuroshima, otro escritor que había nacido en Shōdoshima. Por eso, aunque se hizo mayor para contraer matrimonio, por ayudar ecómicamente a su familia y por una grave enfermedad, no se permitía a sí misma quejarse, pues no quería seguir los consejos de su madre y otros familiares que le decían que se casara con un viudo o que se convirtiera en la esposa de un pescador o un agricultor. Porque para ella hacer algo así habría sido como reprimir su propio crecimiento personal o darse por vencida, y Sakae odiaba mentir sobre sus propios sentimientos.

Shigeji, en una de sus visitas al pueblo, le pidió unos veinte yenes a Sakae la noche que regresaba a Tokio. Pero cuando ella sacó ese dinero de sus ahorros para que él los empleara en lo que hiciera falta, su madre mostró su contrariedad y Sakae, irritada, arguyó que ese dinero lo había ganado ella con su trabajo. A su madre y al resto de la gente del pueblo les costaba entender que Sakae quisiera ser partícipe de las nuevas ideas que traían consigo Shigeji y otros escritores.

Al poco tiempo le llegó una carta de su amigo.

«Shigeji me ha dicho que vaya a Tokio, a lo mejor voy a visitarlo», le dijo Sakae a su madre con firmeza, aunque sin poder evitar que sus mejillas enrojecieran intensamente.

Ya había cumplido veinticinco años y era una mujer adulta. Tenía que irse de casa de sus padres e independizarse. Como alguien que se ha criado en el mar, sabe que lo mejor es dejarse llevar por la corriente aunque no tenga idea de hacia dónde la conducirá. Partió de la isla en barco como si confiara su suerte a esa corriente a la que no podía oponerse, y en Kobe se subió a un tren. Cuando llegó a la estación de Tokio, Shigeji no estaba allí para recibirla, a pesar de que le había enviado un telegrama. Al bajar al andén de la estación de ladrillos rojos de Tokio, que le resultaba familiar por haber visto el edificio en grabados, postales y periódicos, se había sentido con el pecho henchido de alegría, pero, después de esperar una hora a Shigehi, su pecho pareció encogerse.

Allí, de pie, entre una marea de pasajeros que subían y bajaban las escaleras, sin poder moverse a otro andén más amplio y menos transitado, Sakae se arrepentía por haber actuado a la ligera, y mientras chasqueaba inconscientemente la lengua se decía: «Qué vergüenza, pero si ya tengo veinticinco años y Shigeji no se ha comprometido conmigo ni me ha declarado su amor. Solo me dijo ven a visitarme, y yo tan contenta. Seguro que se ha olvidado de la carta que me escribió. Lo que debería hacer es seguir trabajando en el ayuntamiento de Sakate». De este modo se menospreciaba Sakae como si tuviera un bicho en su interior que no paraba de arrojarle palabras envenenadas.

En las tres horas que estuvo esperando no dejó de pensar que era una estúpida por continuar haciéndolo. Cogió del suelo su bolsa de mano y un paquete de sardinitas secas que llevaba como regalo, y decidió ir a casa de su hermano mayor.

En esa primera visita, la mujer de su hermano, sorprendida por su inesperado viaje a Tokio, condujo a la ya conocida Sakae hasta una sala con tatami y la invitó a tomar una sopa de udón caliente (fideos gruesos y largos) que había cocinado.

A Sakae se le saltaron las lágrimas al ver el color de la sopa de udón de Tokio —donde ella se crio la sopa de udón sanuki era clara y transparente— porque le hizo darse cuenta de que había llegado a la ciudad de Tokio, por la que tanto suspiraba, en la lejana región de Kantō. El udón de Tokio estaba teñido de un color pardo dentro de la oscura salsa de soja.

Sin embargo, una vez que llenó su estómago con el udón caliente y que dejó de tener frío en sus extremidades, se le ocurrió que tal vez Shigeji no había leído el telegrama por algún malentendido, y, como no iba a solucionar nada preocupándose demasiado, lo mejor sería pasar una buena noche. Al día siguiente saldría de casa de su hermano para visitar Tokio y a su amigo desaparecido.

Y, pensando de nuevo en su primer día en Tokio, se acostó con el corazón lleno de tristeza.

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

Amistad, de Saneatsu Mushanokōji

Un triángulo amoroso es el eje argumental de esta novela que se publicó por primera vez en 1919.

Para entender esta obra hay que conocer su contexto histórico. La primera guerra mundial acababa de finalizar, y Japón, con el fin de continuar con su proceso de modernización, impulsaba la salida a Occidente de científicos y artistas. Este deseo patriótico de superación recorre la novela de principio a fin y se ve reflejada en la idea de sacrificio de los personajes principales, Nojima y Omiya, que antepondrán su amistad sobre su propia felicidad.

La novela tiene una fácil lectura, pero parece algo encorsetada, sobre todo en los diálogos, cuando se habla de moral y política. Sin embargo, la parte epistolar resulta más fresca y natural, y ayuda a entender mejor la personalidad de los tres protagonistas.

Su autor es Saneatsu Mushanokōji (1885-1976), novelista, dramaturgo y filósofo.

Estudió literatura inglesa en la universidad de Tokio y recibió clases de Natsume Soseki, pero abandonó la carrera poco después para comenzar sociología. Desde muy joven, su escritor de cabecera fue León Tolstoi, y, siguiendo su filosofía humanista, participó en la creación de una sociedad utópica en la provincia de Miyazaki, en 1918.

Título: Amistad (Yūjō)

Autor: Saneatsu Mushanokōji

Traducción: Elena Gallego Andrada y Fernando Rodríguez-Izquierdo

Editorial: Luna Books

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