La vacuna

Ayer me pusieron la segunda dosis de la vacuna pfizer y hoy me siento tan cansada y soñolienta que podría dormir todo el día hasta la mañana siguiente sin ningún esfuerzo. Estoy desencantada y sin fuerzas. Pero no puedo achacar este estado anímico únicamente a la inoculación de la vacuna. Me siento así porque hace demasiado calor. El jueves pasado creo que fue el día más caluroso del año. Las cigarras cantaban ensordecedoramente cuando paseaba por la mañana y a veces salían volando espantadas ante mi presencia, en el camino algunas yacían en el suelo con las patas arriba. El aire es caliente y húmedo desde muy temprano y en casa no puedo hacer ninguna actividad sin la ayuda del aire acondinado, que me obliga a permanecer dentro de una habitación para no sucumbir.

Me siento así también porque los días se repiten monótonos y aburridos: número de contagios, número de muertes, no olvides la mascarilla, lávate bien las manos con jabón y alcohol, evita el contacto con otras personas… Porque salgo a la calle con preocupación ante el temor de tocar algo infectado con el virus.

Dicen, dicen tantas cosas… Dicen que volveremos a la normalidad el año que viene. Normalidad, la gran palabra ¿y qué significa realmente? ¿Aquellos días de risas y charlas con salivazos incontrolados que salpicaban sin querer a nuestro interlocutor? ¿De abrazos y besos de amigos y extraños?

Miro las noticias de las siete en la NHK. Otra vez vuelven a sacar la gráfica de contagios en Tokio. ¿Quiénes harán esas gráficas tan bonitas de colores brillantes? Supongo que en la actualidad debe de ser un trabajo bien remunerado. Las gráficas están en todas partes, son muy importantes para conocer cuántas personas mueren cada día, para que no lo olvidemos. Antes morían personas, pero no había ningún recuento diario. Ahora es como en esas películas de ciencia ficción en las que se seleccionaba a un número de personas para un destino maravilloso, aunque en verdad no lo era tanto… ¿A quién le tocará mañana? ¿Quién formará parte de esas gráficas?

Me he vacunado y en cierto modo me siento aliviada, pero es algo temporal, no soluciona nada. Decían y dicen que el coronavirus es como un terrible resfriado, si es así, qué aterrador, los resfriados aparecen todos los años y no hay ninguna cura.

Amabie

Hace unos días, al pasarme por el santuario Tenma, me encontré con esta imagen tan extraña: una especie de pescado con pico y pelo largo.

Se trata de Amabie, un monstruo mitológico, un yōkai, del período Edo que predecía el futuro y protegía a la gente de las epidemias.

Las redes sociales en Japón lo han rescatado del olvido, y del mar donde habita, para que sus poderes salven a la humanidad del coronavirus.

Hay que hacer un dibujo de Amabie y luego mostrarlo a los demás para proteger, de este modo, a tus seres queridos.
Yo, hasta ahora, simplemente tenía colocada en la estantería la lámina de Amabie que cogí del santuario, pero hoy lo he dibujado. Las últimas noticias dicen que está creciendo otra vez el número de infectados por el virus, y que hay una posibilidad de que vuelva a decretarse el estado de emergencia en Japón. Dios no lo quiera.

Un buey con mascarilla

Tercer día sin lluvias. Brilla el sol con suavidad y el aire es fresco.
Las nubes en el cielo parecen las pinceladas de un pintor.

En el santuario Tenma me he encontrado con algo que me ha hecho reír. El buey sagrado —cuyo nombre desconozco— llevaba puesta una mascarilla de los minions en su hocico. Pobrecillo, hasta él tiene que protegerse del famoso virus. Sin pensarlo he estado a punto de pasar la mano por su cabeza, como siempre, para que me diera buena suerte, pero enseguida me he contenido, en estos tiempos el verbo “tocar” es un verbo prohibido. ¡Qué pena!

Abenomask

やっとアベノマスクが届いた!
Lo prometido es deuda. Ya tenemos en casa la Abenomask, o lo que es lo mismo, la mascarilla del señor Abe, primer ministro de Japón. A primeros de abril, el gobierno anunció que iba a mandar a cada familia dos mascarillas de tela lavables, y lo ha cumplido. Son un poco pequeñas y no cubren toda la cara, pero mejor eso que nada. Mañana las lavaré.

¡No te acerques a mí!

Esta mañana, en mi paseo matutino por el parque, me he topado con este nuevo cartel. “Mantén las distancias” dice, además de otras recomendaciones como lavarse las manos, hacer gárgaras y ponerse mascarilla.
Ahora cuando coincido con alguien por la calle, tanto la otra persona como yo nos separamos como si tuviéramos la peste. ¿Este es el futuro que nos espera?