Diario de una floración

Hoy inicio este curioso diario que tiene como protagonista a la flor del cerezo. Una amiga me dio la idea.

24 de febrero, lunes

Ayer domingo fue el cumpleaños del emperador, por eso hoy es festivo.
El tiempo es magnífico. Brilla el sol con fuerza y apenas hace aire.
Por la mañana me doy una vuelta por el centro comercial. En una de las tiendas todos los empleados llevan mascarilla. Mucha gente la lleva puesta (yo también), pero no sé si es por temor al coronavirus o por las alergias al polen que hay en esta época. Por la calle pasean padres con sus niños pequeños. El sol quema y la fría brisa refresca.
Antes de volver a casa, me dirijo al parque para tomar unas fotos. Los cerezos todavían están desnudos pero cargados de brotes. En el parque se respira una gran paz.
Mientras hago fotos a los árboles veo que una mujer hace lo mismo que yo, ¿sería con la misma idea?😁

2 de marzo de 2020, lunes

Esta mañana me acerqué a un drugstore para preguntar si tenían ya mascarillas. La empleada, con su mascarilla, me dijo que no. Yo, con mi mascarilla, le di las gracias.

Después de que el pasado jueves el primer ministro recomendara que se cerraran todos los colegios e institutos de Japón, se ha producido una especie de efecto dominó. Todo está cerrado: centros cívicos y comunitarios, asociaciones, Tokio Disneyland, el parque de la Universal Studios y los museos de Anpanman; se han clasurado eventos deportivos, y el torneo de sumo de primavera se celebrará sin público.

Sin embargo, en el parque, hoy era un día como otro cualquiera de primavera. Allí no había ningún coronavirus escondido tras un árbol dispuesto a saltar sobre ti. Solo algunos niños que corrían en la pista de jogging.
Bajo un cielo que cambiaba de color, los brotes de los cerezos destacaban claramente, habían aumentado de tamaño.

Mañana es Hina Matsuri, el día de las niñas.

18 de marzo de 2020, miércoles

El día amaneció gris y triste, con unas nubes que cubrían todo el cielo.
Cuando estaba en el parque, haciéndoles las fotos a los cerezos, se me ocurrió acercarme hasta el templo budista de Shingetsuin. En el camino me encontré con uno de los paseantes de siempre que, al verme, me dijo: «Supeinmo taihen desu ne», «España lo está pasando mal». Era ya la segunda vez que me lo decía. No paran de salir noticias en la tele sobre el coronavirus en Europa, y todo lo que se cuenta sobre España e Italia es alarmante. En Japón, últimamente, la gente no parece muy preocupada por la enfermedad, incluso algunos colegios han abierto sus puertas. Yo, sin embargo, prefiero ser cauta y no salir demasiado.

Después de hablar con mi vecino, me encaminé hacia el templo y entré por la parte de atrás, donde está el cementerio. Los cementerios en Japón no tienen muros ni puertas, son un elemento más del paisaje y limitan con los bloques de pisos, los aparcamientos, las calles… La primera vez que entré en el cementerio de Shingetsuin, en la última hora de una tarde de otoño, sentí miedo. Pensé que había espíritus acechándome con oscuras intenciones. Pero ya he ido varias veces y es un lugar muy tranquilo y lleno de paz, cuyo silencio solo interrumpen los pájaros. Me dijeron que tuviera cuidado si iba sola, porque a veces había maleantes. Por eso, cuando paseo por allí, estoy atenta a cualquier ruido sospechoso que pueda venir de alguien muy vivo.

Las tumbas tienen la forma de monolitos. Unas tumbas son enormes; otras, nuevas y relucientes; otras son muy antiguas; y muchas, humildes.
Cerca de un montículo de monolitos había un gran cerezo. Sus capullos eran ya bolitas verdes ansiosas por abrirse. Y pensé que esas flores que había en su interior eran algo más que unas flores. Tal vez una esperanza, tal vez un deseo…

23 de marzo de 2020, lunes

Han pasado tres semanas de cuarentena y todos los días parecen iguales. Tengo que mirar el calendario para saber que hoy es lunes. Los días de sol se suceden, azules, claros y limpios.

Dicen que es posible que se cancelen los juegos olímpicos de Tokio. Hasta hace poco todavía había esperanza. El coronavirus había llegado a Japón y Corea, pero era una batalla que se podía ganar si se ponían los medios. Ahora todos los países afectados por la pandemia miran a Japón y claman por un aplazamiento.
Aceptar la derrota significa dejar de luchar, abandonar, bajar los brazos, no tener esperanza… Es difícil aceptar esto. ¿Cuándo hay que tirar la toalla?

Para olvidar los problemas no hay nada como dar un paseo por el parque y ver los progresos de los cerezos. El estanque donde pasaban el invierno los patos estaba solitario. Me pregunto si habrán vuelto a su tierra. El kappa del cartel que había en la valla me miraba uraño, y me avisaba que no se podía entrar en el lugar. Es un demonio que habita en los ríos y lagos y que tiene la sana costumbre de comerse a los niños. Yo no soy una niña, pero creo que es mejor no tentar a la suerte… 😉

30 de marzo de 2020, lunes

Tras varios días de lluvia, las flores de los cerezos han empezado a abrir sus pétalos.

En esta mañana gris y silenciosa, en la que ni siquiera sopla una ligera brisa, mientras contemplo estas inmaculadas flores, pienso con tristeza en lo que hemos perdido. La naturaleza sigue su camino, pero nosotros nos hemos quedado detenidos en un instante, en un período que se alarga dolorosamente.

Ayer murió un comediante muy popular en Japón, Ken Shimura, por coronavirus, claro. Muchos japoneses continúan saliendo en pandilla, yendo de compras, al zoo, al cine…, en definitiva, haciendo una vida normal como si no pasara nada. Pero el número de infectados va creciendo. Esto no ha terminado todavía.

3 de abril de 2020, viernes

Los cerezos han florecido completamente, lo que en japonés se denomina “mankai,” y han alcanzado la plenitud de su belleza.
En la ribera del río Muko había pocos transeúntes por la mañana. Hasta allí me fui dando un tranquilo paseo. El sol brillaba, pero no intensamente, y corría un fría brisa. Vi a algunos campesinos trabajar en sus parcelas de tierra. A veces, alguno de ellos contemplaba las flores blancas de los cerezos y luego proseguía con su trabajo.
A partir de hoy las flores empezarán a marchitarse y sus pétalos caerán suavemente mecidos por el viento.

Cuando empecé este diario, el coronavirus todavía no era una amenaza en Japón, ni en muchos países. Sin embargo, ahora todos luchamos para que desaparezca y podamos continuar con nuestras vidas.
Que el viento se lleve también a este “bicho”.

6 de abril de 2020, lunes

Esta tarde el primer ministro ha informado que mañana va a decretar el estado de emergencia en algunas prefecturas de Japón. Es posible que no sea necesario un confinamiento tan estricto como en España y se permita salir. Ya nos contará. Mañana los niños empiezan el nuevo curso y hay clase, después quién sabe.
Para mí, este estado de emergencia no va a suponer ningún cambio, pues ya hace un mes que apenas salgo de casa, desde que se cancelaron las clases y cerraron muchos centros públicos. Como vivo en una zona rural, donde casi no hay gente por la calle, puedo pasear tranquilamente y sin temor. El único lugar “peligroso” es el súper, al que intento ir lo menos posible.

18 de abril de 2020, sábado

Hace bastante tiempo, cuando iba a clase de francés, un día los alumnos debíamos hablar sobre los atractivos turísticos de un país que nos gustase. Recuerdo que yo elegí Japón —¡cómo no!— y que alabé la belleza de los cerezos en flor, aunque solo los había visto en imágenes… No sabía que años más tarde acabaría contemplándolos in situ.
Hoy termino este diario que inicié a finales de febrero. Ya se hablaba de coronavirus, pero estaba lejos, muy lejos… aún no había miedo.
En el parque, las ramas de los cerezos se van llenando de hojas verdes, mientras que las flores van marchitándose y dejando caer sus pétalos sobre el césped.
Otro año. La vida sigue.

Frío

Esta mañana había cuatros grados bajo cero cuando fui a andar por el parque. No sé cómo fui capaz de levantarme tan temprano.

Antes de que sonara el despertador, mi demonio, con palabras tiernas y convincentes, me empujaba a quedarme en el refugio cálido de mi cama y me decía: «Hoy va a ser el día más frío del año, nadie te va a pedir cuentas si sigues durmiendo un poquito más, ¡hala!, cierra los ojos»; mientras que mi angelito, con voz firme y severa, me exhortaba a salir de allí enseguida porque «después te vas a arrepentir, hazme caso y levántate, el frío no va a desaparecer aunque te quedes en la cama», y yo lo obedecí.

Con algo más de ropa que de costumbre, me dirigí en silencio al parque. Ya estaban allí los cuatro abuelos que pasean todos los días con sus perros a la misma hora, un matrimonio y dos caballeros. La mujer es menuda y grácil, y camina dando saltitos como una niña; va a la cabeza del grupo, se vuelve y murmura unas palabras. Su marido, alto y espigado, lleva de la correa a un perro obediente y charla con el único abuelo que no tiene mascota, un hombre de aspecto jovial y campechano. Creo que vive solo porque siempre lo he visto con los mismos pantalones blancos desde hace varios meses, o tal vez sea su ropa de pasear, no sé; se abriga con una chaqueta de aviador que le da un curioso toque macarra, con andares de cowboy del viejo oeste. Un poco separado del resto, camina el otro señor con su perro; se acerca, dice algo, se aleja buscando momentos de soledad…

Me ven y yo los saludo con un buenos días bajo mi bufanda, y apresuro mi paso para no perder el calor de mi cuerpo. Corriendo hacia mí vienen una madre y su hija. Es la segunda vez que las veo y me pregunto otra vez por qué han escogido estos días tan fríos para salir a correr. La niña no lleva ni gorro ni guantes, tiene la cara roja. Me estremezco al pensar en mis orejas y mis manos desnudas en este aire helado. Luego, una mirada, un suave ohayō gozaimasu. Ellas corren y yo ando.

La luz de la mañana emerge a lo lejos, tras un perfil de casas oscuras. Ando y ando deprisa, a mi lado el césped es un manto de diamantes. El frío me persigue.

Decepción

Hoy fui a Kōbe en busca de un libro en español.

Me habían dicho que en la librería Kinokuniya podría encontrar obras extranjeras.

Así que esta mañana, sin pensarlo mucho, me acerqué a la estación de trenes y me dirigí hasta Sannomiya.

El aire que soplaba hoy era diferente al de otros días. Era una brisa de otoño que a veces me hacía estremecer de frío, a pesar del brillante sol.

Desde el interior del vagón pude ver que todo el paisaje aún estaba cubierto de verde, aunque salpicado, aquí y allá, de tonos amarillentos, por los campos de arroz.

Al principio en mi vagón solo éramos cinco mujeres, pero luego, poco a poco, se fue llenando con otras pasajeras que fueron entrando en cada parada que hacía el tren. Me hizo gracia notar que todas las mujeres vestían con ropa de otoño, menos yo.

En cuanto llegué a Kōbe, salí disparada hacia la librería, que no estaba muy lejos. Allí, toda ilusionada, pregunté dónde estaban los libros en otros idiomas, pero… ¡nada!, ¡en esa librería no había ni un libro! Menuda desilusión.

Opté por ir a otra librería que se encontraba unas calles más alejada, pero la respuesta fue la misma. Solo había libros para estudiar idiomas: francés, inglés, alemán, chino, coreano, italiano, ¡hawaiano!, y, por supuesto, español. Estuve un rato echando un vistazo entre las estanterías y, finalmente, decidí llevarme un libro de relatos cortos de Osamu Dazai. Estaban escritos en español y en japonés.

Derrotada, me volví para casa. Cuando entré en la estación, observé que las paredes estaban cubiertas de posters con fotos de jugadores de rugby. Sabía que, últimamente, el rugby se había puesto de moda gracias al buen hacer del equipo japonés, pero me parecía un poco excesivo tanto interés. Me detuve a leer uno de ellos y por fin lo comprendí. Este año se celebraba el mundial de rugby en Japón.

Mientras esperaba mi tren, me quedé mirando los letreros de la estación para hacer tiempo, y de pronto escuché que alguien me hablaba: «Do you understand?». Era un señor mayor el que se dirigía a mí. Sorprendida, tardé un segundo en contestar. «Wakarimasu», le dije en japonés y riendo. Creo que el pobre se quedó un poco decepcionado por no responderle en inglés.

De nuevo sentada en el vagón con otras pasajeras, saqué mi libro y leí entre rayos de sol hasta llegar a mi destino.