Un día más

La mañana es fresca. El cielo está casi despejado, solo lo empañan unas nubes bajas y jaspeadas de color gris. Escucho el silencio y el gorjeo de los pájaros. El hombre de la regadera y los guantes verdes vuelve a su casa cuando yo entro en el parque. Hoy va abrigado con una chaqueta blanca. Atraviesa la calle y se aleja. También le echo un vistazo a la cuadrilla de cuervos bribones que suele reunirse en un claro del parque. ¿Qué fechorías estarán tramando? Hacía tiempo que no coincidíamos porque, como el resto de la gente, ellos también han retrasado su hora de salida. Forman un pequeño corro donde parlotean escandalosamente y se enfrentan agitando sus alas. A veces creo que hablan de mí. Al cruzar la calle veo a uno de sus compañeros en medio de la carretera, caminando despreocupadamente. Otro baja de un cable del tendido eléctrico y hace lo mismo. ¿Por qué lo harán? ¿Qué hay sobre el asfalto? La conducta de estos pajarracos es un misterio para mí. La propietaria de la casa de color amarillo chillón que hay antes de bajar la cuesta está inspeccionando el jardín. Mira hacia abajo porque está buscando algo o tal vez porque le ciega el color de su casa. Alguien ha tendido la ropa en el jardín y huele a limpio. Hoy es el día de la basura. Algunos residentes van en coche a tirarla, como el señor que tengo delante de mí que no ha dudado en aparcar en medio de la carretera impidiendo el paso a otro. Los coches están mojados, gotas de rocío resbalan por su superficie y dejan lágrimas sobre los cristales. Me dentengo ante el rincón que me gustaba tanto: han recogido el montón de flores cortadas, las cosmos han desaparecido. Permanecen dos botellas grandes de agua tumbadas en el suelo, dos hileras de ajos y una planta de okura medio pelada. No se ven demasiadas seitakas sobre el promontorio que hay a continuación y hay menos maleza en los bordes del camino que otros años, es posible que sea por culpa del alcalde, que dejará su puesto dentro de poco; en estos últimos meses han cortado la hierba de la ciudad con un empeño y un acabado inusuales. Por supuesto la hierba ha vuelto a crecer enseguida. Al entrar en el santuario siento el sol caliente en mi espalda. La figura del tigre situado delante del altar principal no me sorprende hoy, pero observo que esta vez lo acompaña un tigre pequeñito echado sobre una rama. Ojalá el nuevo año sea tan fuerte y fiero como un tigre. En el santuario no corre ninguna brisa, el aire está quieto y dormido. Paso después por la casa abandonada cubierta de hiedra, que tiene un puñado de seitaka en el jardín delantero, ocupan todo el espacio, nadie las controla. Fueron ellas las que me avisaron el año anterior de que aquella casa era extraña y tenía un secreto en su interior. Me aproximo al cruce. La luz verde del semáforo de peatones parpadea y cruzo casi corriendo. Detrás de mí oigo el zumbido del motor de un vehículo, es el camión de Yamazaki que llega tarde. En el parque unos ancianos cantan sentados en unos bancos, mirando al frente. Se ríen y hacen bromas porque están felices.

Mirador

¡Qué brisa tan refrescante! Los arrozales forman tapices amarillos y verdes. Al fondo están las montañas verdes y las nubes cubriendo sus cimas. A la derecha, el río corre flanqueado por hileras de cerezos que se han quedado sin hojas, y detrás del cauce pasa un tren de siete vagones de la línea JR que emite un sonido bamboleante: tacháaaan, tacháann. En medio del valle se levantan los edificios de un centro comercial y el parque de bomberos, y por todas partes granjas y pequeñas casas motean este bello paisaje.

Repetición

No ha llovido, pero a través de las nubes grises puede vislumbrarse un borroso y casi imperceptible arco iris. Voy a pasar por debajo de él. Antes me giro y dirijo la vista hacia el este, y contemplo el perfil nítido de las montañas sobre las que flota una enorme masa de nubes iluminadas por los rayos de sol. No hace frío, solo se siente un frescor muy agradable. En el parque, un señor mayor riega las flores que hay a cada lado de la escalera. Su regadera es verde, sus guantes, verdes. Trabaja animoso y en silencio. Abajo, alrededor del campo de béisbol, el sol hace resplandecer las copas de los árboles, que comienzan a enrojecer. Me detengo en el semáforo y espero a la luz verde. Al otro lado de la calle, un hombre joven vestido con ropa de deporte, una camiseta azul y unos pantalones cortos, espera también. Está fumando y cuando cruza el paso de peatones no aparta la mirada de su móvil. Yo miro al cielo.¡Cómo brilla el sol bajo la espesa capa de nubes! Tal vez no llueva. La flor seitaka ha florecido durante el fin de semana, es casi tan amarilla como la casa que veo en este momento, que destaca escandalosamente sobre las aburridas casas grises y marrones que hay por todas partes. Hay humedad. Lo sé porque hoy mi mascarilla de tela se ha mojado con mi sudor. ¡Oh! ¿Por qué han cortado las finas y altas cosmos de la esquina? Están amontonadas cerca de la pared de la caseta en la que se apoyaban, aún están vivas, pobrecitas. Ya estoy cerca del santuario. La señora que me encuentro todas las mañanas marcha por la otra acera. Hoy estoy muy lejos de ella porque me he retrasado un poco. Me mira de soslayo, no puede saludarme con su voz sosegada. Yo también la miro y, como siempre, me fijo en sus finos pantalones, tan parecidos a los de un pijama. Ella vuelve de rezar. Yo también rezo y hablo con Nadeushi, que cada cierto tiempo cambia de mascarilla. La que lleva ahora es de color morado, no me gusta mucho, pero es mejor que la anterior, marrón con botones. Salgo enseguida y voy al mirador para ver el valle. Dos hombres con dos perros. Uno de los perros quiere acercarse al otro y estira el cuello todo lo que puede, se ahoga, jadea. Su dueño estira bien la correa y sonríe al otro amo, tiene miedo de que su mascota dañe al perrito de orejas gachas, tan mono… Ando deprisa, no debo detenerme más. El mismo camión de Yamazaki, a la misma hora, en el mismo lugar, pasa por la carretera. Todo está bien, soy un rejoj. Otra vez espero en el paso de peatones y… ,¡qué casualidad!, al otro lado de la calle está el hombre de la camiseta azul y los pantalones cortos, que sigue fumando y mirando su móvil.

Otoño

Están podando los arbustos de la mediana de la carretera con esas máquinas ruidosas que desprenden un olor a gasolina. No puedo ver a los trabajadores desde mi ventana, pero sé que van ataviados con una gruesa ropa de trabajo que les debe de estar haciendo sudar a mares. Hoy es un día verdaderamente caluroso. La tarde es azul y caliente, y sopla una extraña brisa marina en mi pequeña ciudad de interior rodeada de montañas. Cualquiera diría que todo sigue igual desde el verano, que no se ha producido ningún cambio, pero no es así. Las cosas comienzan a mudar de estado. Cuando paseo observo que la naturaleza se vuelve quebradiza y arrugada, que las hojas caen apaciblemente de los árboles y los frutos se abren en el suelo. Los caminantes también han alterado sus hábitos, ahora tenemos que salir a pasear una hora más tarde para ver la luz del sol, y muy pronto el grupo que hace gimnasia en el parque siguiendo las indicaciones del programa radio taiso se disolverá.

Hasta hace muy poco tenía la certeza de que este círculo era eterno, que este proceso de repetición, año tras año, era infinito y sin embargo tiene un final. Me levanto por la mañana y solo deseo ver las mismas caras y el mismo paisaje, escuchar la misma voz, muchos otoños.

Brisa

La ventanas están abiertas de par en par. Las cortinas blancas y vaporosas se inflan suavemente por la brisa o se agitan y estiran enérgicamente por una repentina ráfaga de aire. Se escucha a lo lejos el solitario y repetitivo piar de un gorrión. Silencio. Es una tarde calurosa de junio. Estoy tumbada en el sofá y leo con desgana un libro en un lector digital, que pesa en mis manos. Las negras letras destacan sobre el blanco impoluto de la pantalla lisa por la que se deslizan mis dedos índice o corazón. Intento concentrarme en la lectura, pero la brisa me distrae. Hay algo que quiero alcanzar y se me escapa, como un delicado perfume que no consigo retener. Cierro los ojos y siento cómo el aire me roza la piel y me susurra al oído. Los sonidos son muy parecidos a otros. La brisa se asemeja a otra brisa.

Y ahora no estoy aquí, sobre mi sofá de color vainilla. Estoy recostada en mi cama blanca de niña y leo un libro que huele a rancio y a antiguo, que pesa en mis manos. La luz entra a raudales por la ventanas abiertas, y la brisa seca acaricia mis mejillas y mis pies desnudos. He leído durante varias horas y la cabeza y el cuello me duelen. Me muevo y busco una posición más cómoda. De la calle llegan voces apagadas que no molestan y el gorjeo estridente de unos gorriones. Leo sola en mi habitación anhelando otro tiempo y otros lugares, paso las páginas con avidez, una tras otra, impaciente por conocer el final de esta historia.

Y ahora no estoy en mi cama blanca. Ni reposo en mi sofá vainilla. Descanso en una cama de enferma de una habitación muy limpia. La brisa mueve las cortinas claras en una tarde de junio. Los gorriones que revolotean en el jardín cantan ruidosamente. Tengo los ojos cerrados y dejo que la brisa los bese con sus labios frescos y dulces. Mis ojos están cansados y ya no pueden leer, pero mis manos sujetan un libro imaginario y leo, los recuerdos.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Tonari no Totoro

He visto muchas veces la película de dibujos animados Mi vecino Totoro del director Hayao Miyazaki. El viernes pasado, por la noche, tuve oportunidad de volver a verla en un programa de televisión. La primera vez fue a finales de los años noventa del pasado siglo, cuando aún Internet estaba en pañales y no sabíamos cuánto iba a cambiar nuestras vidas. Creo que fue en una cadena autonómica y la descubrí por casualidad. La historia —mezcla de fantasía y realidad— era un canto a la naturaleza y la inocencia de los niños, pero también un homenaje a las tradiciones y leyendas japonesas. Claro que en su momento no fui consciente de todo esto y no vi más allá de una historia entretenida y alegre.

Mi destino, la fortuna, o, simplemente, mi voluntad me llevaron hasta Japón y de nuevo nuestros caminos volvieron a cruzarse. Totoro era una estrella en el país del sol naciente. Todos lo querían. Todos compraban sus productos. Todos se sabían las canciones de su película… ¡Cómo no iba a ser yo también partícipe de esa totoromanía! Mi pequeño Totoro de peluche no tardó mucho en llegar a casa como regalo de navidad y, tiempo después, el DVD de la película.

Pero ¿qué tiene Mi vecino Totoro de especial? ¿Por qué gusta tanto?

Dicen que al principio la película no tuvo mucho éxito, que le costó arrancar, pero con el transcurrir de los años y con la ayuda de un maravilloso merchandising —por supuesto— se fue haciendo muy popular no solo en Japón, sino en todo el mundo. Hay quien incluso peregrina hasta Nagoya para visitar una réplica exacta de la casa de las niñas protagonistas…

En mi opinión toda esta popularidad se debió al simple deseo de disfrutar de una ilusión. Porque cuando vemos Tonari no Totoro —el título de la película en japonés— asistimos a la representación ideal del antiguo Japón, sin tecnologías ni máquinas que desluzcan el paisaje, sin guerras ni mezquindades. Ese Japón de los años cincuenta, recordado por el director de la película, es un pueblo honesto y trabajador, apegado a la tierra y a sus dioses sintoístas. Pero ante todo es un pueblo que intenta hacer frente a las adversidades con optimismo.

Debo confesar que cuando terminé de ver la película me sentí ridículamente feliz, otra vez. En el tiempo del coronavirus, ¿quién no quiere albergar unos sentimientos de esperanza y seguridad, aunque solo sea por unos instantes?

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, となりのトトロ)

Seijin no hi

Hoy se ha celebrado el Seijin no hi, es decir, el Día de la mayoría de edad.

Para la ocasión, la mayoría de las chicas se han vestido con un kimono de mangas largas que se llama furisode, y los chicos, con un traje occidental. Después han asistido a una ceremonia que ha tenido lugar en el ayuntamiento de su ciudad o pueblo.

En Japón, la mayoría de edad se alcanza a los veinte años, pero desde 2022 será a los dieciocho. Esto significa que podrán votar antes, pero el alcohol y el tabaco no los verán ni en pintura hasta los veinte. Es como si dieran la mayoría de edad a plazos. Por cierto, muchos aprovechan este día para cogerse una buena cogorza.

En la foto aparezco yo con un kimono furisode. Es precioso, ¿verdad? Sí, muy bonito, pero terriblemente incómodo, apenas podía respirar con él. Cuando me lo quité, sentí que me liberaban. Pienso en las chicas de hoy, que han estado todo el día con el kimono puesto, y no puedo dejar de admirarlas.

Dondo-yaki

Esta mañana, de cielo azul y sol radiante, los vecinos hemos celebrado el dondo-yaki.

En el parque de nuestro barrio se hizo una hoguera, flanqueada por cuatro ramas de bambú, para quemar los shimekazari y otros adornos de Año Nuevo. A los niños se les regaló una bolsa de chucherías, y a los mayores, sake, cerveza, mandarinas, fideos instantáneos… Junto a la hoguera, algunos vecinos charlaban tomando un vasito de sake, otros simplemente nos contábamos nuestras cosas y mirábamos cómo los niños corrían y saltaban felices.

Leer en japonés

Hace una semana me compré este libro: Konbini ningen (titulado en España La dependienta), de Sayaka Murata. Pensé que antes de leerlo en español podría intentar hacerlo en japonés. No es muy extenso, solo tiene 169 páginas. Sin embargo, querer y poder no van siempre de la mano. Todavía soy incapaz de leer con fluidez los numerosos kanjis que pueblan este idioma, y no avanzo todo lo rápido que me gustaría. Pero no hay que rendirse… ¡Ganbarimasu!

Papeleras

Estás caminando por una calle de Japón y de pronto necesitas tirar un papel a la basura, pero… ¿dónde están las papeleras? No busques, no vas a encontrar ninguna. La basura se la lleva uno a su casa. Esta es la filosofía del país. Al principio cuesta aceptarlo, pero luego te parece una magnífica idea.
En el parque por el que suelo pasear quedan unas papeleras inútiles que solo sirven para recordar tiempos pasados. Estas reliquias se sellaron hace mucho tiempo, tanto, que no recuerdo haberlas visto de otra manera. Los cuervos, pájaros muy listos que dominan todo Japón, se encargaban de esparcir su contenido.
Por cierto, el letrero dice que te lleves a tu casa los pañales y la caquitas del perro.