Ganjitsu, Año nuevo

Hoy me levanté a las seis de la mañana y me vestí enseguida. La habitación estaba helada, hacía muchísimo frío. Cogí algunas monedas, mi cámara de fotos y salí al exterior.

En la entrada me esperaba el pequeño muñeco de nieve que habíamos hecho el día anterior, que con sus brazos extendidos parecía proteger la casa; había perdido sus ojos, unos guijarros que habían caído pesadamente sobre el suelo, y a duras penas se mantenía en pie. Su vistoso gorro de color rojo era como un faro dentro de la oscura mañana. Todo estaba en silencio, nada se movía, la gente dormía plácidamente en sus camas. Pero el vecino de enfrente también se había levantado, había luces en su casa. Sin pensármelo más, di unos pasos e inicié mi caminata por las calles silenciosas de la ciudad.

Atravesé el parque que estaba extrañamente solitario —nadie andaba por allí—, pero los animales, escondidos en las sombras, se movían y hacían ruiditos extraños, luego, al entrar en la pista de jogging, vi aproximarse a una pareja de ancianos que paseaba a su perro. Eran unos viejos conocidos. Los saludé pero ellos no me contestaron, ¿no me han oído?, pensé dolida.

Apresuré mi paso y crucé la calle. Delante de mí caminaban tres personas, una familia tal vez. El hombre empujaba con brío un carrito de bebé, cuyas ruedas resonaban estrepitosamente sobre la acera. El pequeñajo estaba muy quieto, posiblemente encogido de frío, sentí lástima de él, sin embargo noté que algo no encajaba… Cuando los alcancé me di cuenta de que el adorable angelito era en realidad un perro. Resoplé. Los adelanté rápidamente y llegué antes que ellos al santuario.

No entré por la puerta delantera, sino por la de atrás, por el patio. Allí había un hombre que se calentaba junto a una hoguera. El santuario estaba iluminado con farolillos que creaban una atmósfera cálida y acogedora en esta gélida mañana de enero. Entré sin más preámbulos, deprisa, aprovechando la soledad del momento. Lancé varias monedas dentro del saisenbako y me incliné antes de rezar. Después me acerqué a saludar a mi amigo, el buey sagrado, y di una vuelta por el lugar, que era como mi casa.

En el puesto de los omamori, compré una pequeña vaquita de madera para colgarla en el llavero. ¿Y los omikuji?, le pregunté al hombre que estaba detrás del mostrador, porque no veía por ninguna parte a las jóvenes miko que se encargaban de venderlos. El señor me dio una explicación con un lenguaje tan cortés, que no entendí nada. Le di las gracias, claro. De todos modos, les pregunté a unos chicos que, no muy lejos de mí, estaban leyendo sus papelitos de la suerte y ellos me indicaron dónde estaban, justo a mi lado, en unas cajas que había sobre una mesa plegable. Introduje una moneda de cien yenes en un cuenco de bambú y cogí un papelito muy bien doblado. No lo abrí, lo haría más tarde en casa. Y una vez que cumplí con el propósito de mi visita, emprendí el camino de regreso a casa. Pero antes tenía que seguir otro ritual.

Subí deprisa la colina, mirando constantemente por encima de mi hombro, tan rápido que empezaron a dolerme las piernas y a sentir demasiado calor. Arriba, ya había otras personas congregadas, esperando la salida del sol. Me detuve y miré al horizonte como los demás. Tras las montañas surgía una luz amarilla que gradualmente iba haciéndose más intensa, muy lentamente. Temí que las nubes volvieran a robarnos lo que tanto ansiábamos contemplar, pero no, ¡allí estaba el sol!, con su luz limpia y llena de vida. El disco solar apareció mostrando todo su esplendor. Detrás de mí, un grupo de vecinos charlaba animadamente.