De gorriones y arañas

Esta mañana me ha sorprendido la niebla cuando he salido de casa. Aunque ya empezaba a retirarse, las montañas que rodean mi ciudad continuaban siendo siluetas borrosas tras el manto blanco. Las fuertes lluvias del día anterior habían dejado una atmósfera húmeda y agradable.

En el parque algunos vecinos se preparaban para la gimnasia de radio taisō. Uno de ellos, el más dicharachero, comentaba que no hacía frío, «samunai, samunai», repetía entre risas.

Dejé atrás el parque y enfilé la calle que tenía a mi derecha. Los campos de arroz que tanto había fotografiado desde la primavera presentaban una imagen muy diferente después de la recolección: los tallos de las plantas habían sido cortados a ras del suelo. Ya no había colores — el verde intenso o el amarillo tostado–, ni agua donde las ranas se sumergían al menor ruido. Sin embargo, todavía estaban llenos de vida. Una bandada de gorriones que picoteaba en uno de los campos salió de estampida al percibir mi presencia, formando en el aire una nube de alegres aleteos; inmediatamente, los gorriones se posaron sobre los arbustos de una casa vecina, sin dejar de gorjear escandalosamente, y volvieron a levantar el vuelo inquietos y revoltosos, como si tuvieran prisa por apurar estos cálidos días de otoño.

Por el camino encontré numerosas telarañas colgadas en las ramas de los arbustos y los árboles, pero también en cada rincón que a las arañas les pareció apropiado; por ejemplo, una araña muy aventurera había tejido su tela entre unos postes de la luz a varios metros del suelo, muy por encima de mi cabeza. La imaginaba, allí arriba, pletórica de alegría por tener tanto espacio para ella sola, pero su telaraña parecía más una red para cazar pájaros que insectos. Un trabajo grandioso.

Más tarde, cuando volví a atravesar el parque, me fijé en otro grupo de vecinos que, de cara al estanque de la entrada y retirados los unos de los otros, practicaba taichi con una pequeña radio de la que surgía unas instrucciones cantadas en chino. Movían sus brazos y piernas en una coreografía armoniosa y delicada, sin prisas…

Con esta última imagen en mi cabeza me dirigí hacia el paso de peatones. Eran las siete de la mañana y me sentía exultante.