Tumbas sin nombre

Me adentré en el cementerio. Las tumbas, cubiertas por la hojarasca, estaban colocadas de cualquier manera entre una vegetación salvaje y sin control. Delante de cada una de ellas había dos cilindros verdes clavados en la tierra que servían para colocar las flores, pero casi todos estaban vacíos o las flores estaban tiesas y sin vida.

En algunas lápidas, en forma de monolitos, las inscripciones había sido borradas por el tiempo y la naturaleza. Me detuve ante una que estaba ligeramente torcida sobre unas raíces enroscadas que la levantaban de su sitio. Sobre la piedra ya no quedaba rastro de ningún signo que indicara la identidad de la persona que reposaba en aquel pequeño espacio. Era un alma olvidada, sin nombre. El musgo y otros parásitos devoraban la lápida, resquebrajando la dura piedra, convirtiendo en polvo su recuerdo. Quizás —pensé–, en un futuro, la cenizas del cuerpo que descansa aquí y las cenizas de la piedra de la lápida acabarán confundiéndose sobre la tierra y el viento las arrastrará, desparramándolas por el mundo. Polvo eres y en polvo te convertirás, así de ciertas son estas palabras que no pude dejar de evocar.

Miré hacia arriba. Las copas de los árboles se inclinaban y formaban una cúpula sobre mi cabeza, que me encerraba y aislaba del mundo exterior. La luz del día se iba apagando. En lo más profundo del cementerio tan solo quedaba el silencio. Estaba sola entre todas esas tumbas, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido. No había nada más. O eso pensaba. Porque realmente no estaba sola. Una sombra surgió de la espesura.

Era un hombre que vestía la ropa de trabajo de los ayudantes de los templos, de un color apagado y poco llamativo, y se cubría la cabeza con un sombrero tradicional de forma cónica. Estaba de espaldas a mí y no podía ver muy bien lo que hacía, pero, al girarse un momento, pude observar que portaba una pequeña cesta de mimbre sin asas. Andaba despacio en medio de las tumbas con el rostro oculto por el sombrero. Empecé a espiarlo por el rabillo del ojo llena de curiosidad. Vi que se detenía ante una lápida, que juntaba las manos y luego inclinaba la cabeza. Supuse que estaba rezando. Enseguida sacó algo del cesto, que me pareció un ramillete de flores, y lo colocó sobre el florero tubular que había a los pies de la lápida. Después, siempre en silencio, se levantó con parsimonia y volvió a hacer lo mismo en otra tumba que había un poco más adelante.

En las viejas tumbas de renombre, las de importantes antepasados e ilustres personajes, siempre había flores, pero no sabía que estas pequeñas tumbas, humildes o sin nombre, también eran honradas por el personal del templo. No habían sido olvidadas después de todo. Inesperadamente me sentí feliz. Volví a mirar la tumba que tenía frente a mí. En otra ocasión yo también traería flores a este espíritu sin nombre con el que me había encariñado —una mujer, un niño o un anciano—, una persona cuyo corazón latió tan fuerte como el mío, que sintió alegrías y penas, y que tuvo sueños.

Mientras contemplaba la lápida deteriorada, sumida en mis pensamientos sobre la vida y la muerte, noté la mirada del hombre clavada en mí, aguda como el pinchazo de una aguja. Había detenido su caminar por las tumbas sin darme cuenta y ahora me observaba desde lejos, muy quieto. Tal vez estaba molesto porque me había visto hacer fotos a las lápidas y eso le había parecido una falta de respeto (aunque esa no había sido mi intención), así que opté por darme la vuelta escondiendo mi perturbación y, sin levantar la vista, me dirigí hacia la entrada del templo. Respiré aliviada cuando lo dejé atrás.

Una señora que ya conocía y con la que había conversado más de una vez me sorprendió saliendo del camposanto. Después de intercambiar los saludos de rigor, me echó una pequeña regañina porque a esas horas, cuando la noche está punto de caer, no era prudente pasearse por el cementerio. Podía toparme con algún indeseable con ganas de hacer daño, y, «además, —bajó la voz— podrías encontrarte con Hanabito, el hombre de las flores, que deambula por el cementerio cuando el sol está a punto de ponerse y las tinieblas se dan prisa en aparecer, dicen que si lo miras a los ojos, no tardarás en morir».