Ume

La primavera, oficialmente, aún no ha llegado, pero eso a la naturaleza le importa poco. La vida se abre camino otra vez sin detenerse y haciendo caso omiso de formulismos.

En el santuario, las flores blancas y rojas de los ciruelos, como los trazos delicados de un pintor, salpican de color las ramas sin hojas de los árboles. Las contemplo sorprendida y me siento feliz.

Un hombre sube las escaleras y deposita unas monedas en el saisenbako, y antes de rezar me echa un vistazo.

Miro las flores. También me siento un poco triste. Un año, ¿cuánto más hay que esperar?

Gélido

Sentir frío es agotador. Encoge los músculos y anula el deseo de acción.

Esta mañana había cero grados dentro de casa. En el exterior la temperatura era aún más baja.

Me abrigué con capas y más capas de pesada ropa con el fin de proteger mi fina piel y mantener mi calor coroporal, y luego encendí el aire acondicionado y el kotatsu. Mientras esperaba a que la habitación se calentara, eché un vistazo por la ventana.

En el jardín, las plantas, desnudas tanto en verano como en invierno, estaban arrugadas y habían adquirido un feo tono morado nada favorecedor; otras, convertidas en negros esqueletos sin vida, ya solo eran el triste recuerdo de lo que una vez fueron.

Sin embargo, el sol brillaba alegremente y el cielo estaba azul. Si ahora hiciera una foto a un pedacito de este cielo luminoso, pensé, nadie sabría que es invierno ni que el viento gélido se divierte azotando los cuerpos contraídos de personas y plantas, nadie vería cómo la vida hace frente a las inclemencias del tiempo y se resiste a morir.

Ganjitsu, Año nuevo

Hoy me levanté a las seis de la mañana y me vestí enseguida. La habitación estaba helada, hacía muchísimo frío. Cogí algunas monedas, mi cámara de fotos y salí al exterior.

En la entrada me esperaba el pequeño muñeco de nieve que habíamos hecho el día anterior, que con sus brazos extendidos parecía proteger la casa; había perdido sus ojos, unos guijarros que habían caído pesadamente sobre el suelo, y a duras penas se mantenía en pie. Su vistoso gorro de color rojo era como un faro dentro de la oscura mañana. Todo estaba en silencio, nada se movía, la gente dormía plácidamente en sus camas. Pero el vecino de enfrente también se había levantado, había luces en su casa. Sin pensármelo más, di unos pasos e inicié mi caminata por las calles silenciosas de la ciudad.

Atravesé el parque que estaba extrañamente solitario —nadie andaba por allí—, pero los animales, escondidos en las sombras, se movían y hacían ruiditos extraños, luego, al entrar en la pista de jogging, vi aproximarse a una pareja de ancianos que paseaba a su perro. Eran unos viejos conocidos. Los saludé pero ellos no me contestaron, ¿no me han oído?, pensé dolida.

Apresuré mi paso y crucé la calle. Delante de mí caminaban tres personas, una familia tal vez. El hombre empujaba con brío un carrito de bebé, cuyas ruedas resonaban estrepitosamente sobre la acera. El pequeñajo estaba muy quieto, posiblemente encogido de frío, sentí lástima de él, sin embargo noté que algo no encajaba… Cuando los alcancé me di cuenta de que el adorable angelito era en realidad un perro. Resoplé. Los adelanté rápidamente y llegué antes que ellos al santuario.

No entré por la puerta delantera, sino por la de atrás, por el patio. Allí había un hombre que se calentaba junto a una hoguera. El santuario estaba iluminado con farolillos que creaban una atmósfera cálida y acogedora en esta gélida mañana de enero. Entré sin más preámbulos, deprisa, aprovechando la soledad del momento. Lancé varias monedas dentro del saisenbako y me incliné antes de rezar. Después me acerqué a saludar a mi amigo, el buey sagrado, y di una vuelta por el lugar, que era como mi casa.

En el puesto de los omamori, compré una pequeña vaquita de madera para colgarla en el llavero. ¿Y los omikuji?, le pregunté al hombre que estaba detrás del mostrador, porque no veía por ninguna parte a las jóvenes miko que se encargaban de venderlos. El señor me dio una explicación con un lenguaje tan cortés, que no entendí nada. Le di las gracias, claro. De todos modos, les pregunté a unos chicos que, no muy lejos de mí, estaban leyendo sus papelitos de la suerte y ellos me indicaron dónde estaban, justo a mi lado, en unas cajas que había sobre una mesa plegable. Introduje una moneda de cien yenes en un cuenco de bambú y cogí un papelito muy bien doblado. No lo abrí, lo haría más tarde en casa. Y una vez que cumplí con el propósito de mi visita, emprendí el camino de regreso a casa. Pero antes tenía que seguir otro ritual.

Subí deprisa la colina, mirando constantemente por encima de mi hombro, tan rápido que empezaron a dolerme las piernas y a sentir demasiado calor. Arriba, ya había otras personas congregadas, esperando la salida del sol. Me detuve y miré al horizonte como los demás. Tras las montañas surgía una luz amarilla que gradualmente iba haciéndose más intensa, muy lentamente. Temí que las nubes volvieran a robarnos lo que tanto ansiábamos contemplar, pero no, ¡allí estaba el sol!, con su luz limpia y llena de vida. El disco solar apareció mostrando todo su esplendor. Detrás de mí, un grupo de vecinos charlaba animadamente.

Mirar

Con el tiempo, los días se vuelven monótonos y semejantes. Pasan y los olvido. Pero, si no puedo retenerlos, si se han borrado de mi memoria, ¿realmente los he vivido? ¿Cómo hacer para que los días, las semanas, los meses, las estaciones y los años no sean tan solo una masa compacta y sin color? La respuesta no está en el trabajo, ni en las tareas domésticas, ni en la compra semanal. Eso lo sé muy bien. Tampoco, en alterar la vida de manera drástica y sin sentido. No. La respuesta está en mirar.

Mis paseos matutinos me han dado la oportunidad de observar los pequeños cambios de la naturaleza, aquellos que apenas veía a través de la ventana o cuando iba de compras, siempre con prisas. Y a veces son tan pequeños que solamente los veo yo. Salgo cada mañana con mi vieja canon en la riñonera, preparada para guardar ese algo que hará mi día diferente. No siempre lo registro con mi cámara, pero sí lo miro muy bien para poder recordarlo.

Por ejemplo, puedo recordar las flores de los cerezos abriéndose poco a poco como el miedo de la gente al coronavirus, el cuervo que me persiguió en primavera en Shingetsuin, los arrozales verdes en junio, mi pie torcido en un socavón del camino por fotografiar el paisaje, el niño que me sonrió tímidamente cuando iba a jugar al béisbol, el sol atómico en agosto, la flor roja venenosa del cálido otoño, aquella araña en las alturas agarrada al tendido eléctrico, las ramas de los árboles reflejándose en el estanque que ahora está seco.

Puedo recordar que el martes pasado, cuando el sol estaba a punto de salir por el este, la luna resplandecía en el cielo del oeste, redonda e inmaculada, como si fuera otra farola más que iluminaba la calle. Y recordaré que hoy la bruma cercaba mi ciudad y la convertía en otra Brigadoon  —pero sin Gene Kelly —, y que al llegar a casa tenía el flequillo mojado y mis pestañas, cargadas de diminutas gotitas.

Círculo

El otoño rojo y dorado llega a su fin. Los hojas de los árboles, que no hace mucho pintaban el paisaje de color, yacen ahora sobre el suelo secas o apelmazadas. Camino sobre ellas en mis paseos, las arrastro con mis pies. Luego desaparecerán y nadie se acordará de que existieron.

Las ramas desnudas parecen esqueletos, pero bajo su piel duermen acurrucadas otras hojas. Porque siempre hay otro comienzo.

Biyōin

Desde siempre, cortarme el pelo ha sido una tortura que tengo que sufrir por lo menos una vez al año. Y hoy llegó ese día. No podía posponerlo más agarrándome a la excusa del coronavirus.

Por la tarde fui a la peluquería de mi barrio, a una hora en la que no suele haber mucha gente. Cuando llegué la encontré vacía. La peluquera, una señora que ya me conoce desde hace muchos años, en cuanto puse un pie dentro, me señaló el gel hidroalcohólico que había sobre el mostrador. Como buena ciudadana acerqué mis manos al dispensador que, al ser automático, me echó un buen chorro de líquido sobre ellas antes de tener el buen sentido de retirarlas. Después me senté en un sillón giratorio, resignada a sufrir que una (casi) desconocida hurgara en mi cabeza durante bastante tiempo.

Tanto la peluquera como yo llevábamos mascarilla. Sentí curiosidad por saber cómo se las iba a arreglar para cortarme el pelo con eso puesto. La solución fue muy sencilla, aunque no muy refinada. Sacó la goma elástica de mis orejas y luego pegó la mascarilla a la piel de mi cara con esparadrapo blanco. En mi interior recé por que no fuera muy adherente… Y, de esta guisa, la peluquera comenzó a cortar mi larga cabellera —casi, casi como la de Rapunzel— con sus afiladas tijeras. Mientras tanto, teníamos entre nosotras la típica charla insustancial que es de uso obligatorio en estas situaciones, y así hablamos sobre la familia, el trabajo, mi vida en Japón y el tema estrella: el coronavirus y todo lo relacionado con él.

Una vez que la peluquera terminó de trasquilarme, me llevó hasta la zona de lavado —en Japón, no suelen lavar el pelo con champú antes de cortarlo, sino que lo humedecen con un pulverizador de agua—. El agua de la ducha estaba a su temperatura justa, pero ¿por qué todas las peluqueras (o peluqueros) del mundo tienen la manía de restregar el cuero cabelludo hasta dejarlo dolorido?, ¿qué quieren arrancar?

Un rato después, volví a sentarme frente al espejo y esperé pacientemente a que me secaran el cabello. Tenía ganas de irme, pero aún quedaba un suplicio más: el masaje.

Es costumbre en Japón masajear la cabeza y los hombros del cliente para que este se vaya relajado y a gustito a su casa. La primera vez que me lo hicieron me quedé pasmada y mi cuerpo se puso tieso como un palo, pero ahora intento soportarlo con estoicismo y con la mejor cara, como si me agradara.

Y llegó el final de mi padecimiento. La peluquera me preguntó qué me parecía mi nuevo corte de pelo. En esta ocasión no tuve que mentir y le dije que me gustaba mucho. Me levanté y ella fue a por mi bolso y mi abrigo, que había guardado una hora antes en un armario. Pagué, le di las gracias entre risas y bromas (¡se le había olvidado quitarme el esparadrapo!) y… ¡hasta el año que viene!

Un mono en el camino

Adoro mis paseo matutinos. Me relajo, hago ejercicio y descubro cosas interesantes. Pero hoy han sobrepasado mis expectativas. Cuando volvía a casa, en el camino, me he encontrado con un mono. Al principio no daba crédito a mis ojos —no estoy en un zoológico, ¿verdad?– y luego me he detenido asustada y sin saber qué hacer porque era más grande de lo que imaginaba. Un conocido, el día anterior, me había contado que un mono solitario merodeaba por la ciudad, pero no esperaba encontrármelo al día siguiente, ni tampoco que tuviera ese gran tamaño (el mono japonés, Macaca fuscata, mide entre 50 y 90 centímetros, estoy segura de que este no era nada pequeño).

El mono estaba sentado sobre la valla de una casa. Enseguida ha bajado a la acera y se ha paseado de un lado a otro nervioso e inquieto. Desde la casa alguien ha hecho ruido para espantarlo y el mono, enfurecido y con una agilidad asombrosa, se ha metido en el jardín de un salto y ha vuelto a salir después de unos segundos. Yo lo estaba viendo todo a varios metros del lugar y he conseguido hacer algunas fotos.

Muy cerca del animal, en el otro extremo, había una mujer con dos perros. Uno de ellos lanzó algunos ladridos, pero la dueña lo ha hecho callar rápidamente. Finalmente, el mono, harto de la situación, ha cruzado la calle, y yo, temerosa de que fuera hacia donde me encontraba, he salido corriendo calle arriba, una calle sin salidas cercada por dos muros muy altos. Sin embargo, el mono no fue tras de mí, sino que tomó otra dirección. Cuando un minuto más tarde volví al mismo punto, el mono había desparecido. Tal vez había huido por una calleja que desemboca en un bosquecillo de bambúes.

Llegué a casa totalmente excitada y con ganas de narrarle a todo el mundo mi gran aventura. Una vez que me hube calmado, consulté la página web del ayuntamiento donde se hacían unas recomendaciones en el caso de que alguien se topara con el mono. Decía que no se le podía mirar fijamente a los ojos (¡anda que no!) porque lo tomaría como una amenaza y que no se le debía ofrecer ningún alimento (yo había pensado en llevarme un plátano mañana), porque dejaría de tener miedo de los humanos y se acostumbraría a vivir en nuestra ciudad.

En fin, mañana daré mi paseo de siempre, aunque llevaré un paraguas conmigo para sentirme más segura.

Me pregunto a dónde se dirigirá el mono y por qué está solo. Parece un rōnin, un samurái sin amo que se busca la vida sin servir a nadie.

Tumbas sin nombre

Me adentré en el cementerio. Las tumbas, cubiertas por la hojarasca, estaban colocadas de cualquier manera entre una vegetación salvaje y sin control. Delante de cada una de ellas había dos cilindros verdes clavados en la tierra que servían para colocar las flores, pero casi todos estaban vacíos o las flores estaban tiesas y sin vida.

En algunas lápidas, en forma de monolitos, las inscripciones había sido borradas por el tiempo y la naturaleza. Me detuve ante una que estaba ligeramente torcida sobre unas raíces enroscadas que la levantaban de su sitio. Sobre la piedra ya no quedaba rastro de ningún signo que indicara la identidad de la persona que reposaba en aquel pequeño espacio. Era un alma olvidada, sin nombre. El musgo y otros parásitos devoraban la lápida, resquebrajando la dura piedra, convirtiendo en polvo su recuerdo. Quizás —pensé–, en un futuro, la cenizas del cuerpo que descansa aquí y las cenizas de la piedra de la lápida acabarán confundiéndose sobre la tierra y el viento las arrastrará, desparramándolas por el mundo. Polvo eres y en polvo te convertirás, así de ciertas son estas palabras que no pude dejar de evocar.

Miré hacia arriba. Las copas de los árboles se inclinaban y formaban una cúpula sobre mi cabeza, que me encerraba y aislaba del mundo exterior. La luz del día se iba apagando. En lo más profundo del cementerio tan solo quedaba el silencio. Estaba sola entre todas esas tumbas, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido. No había nada más. O eso pensaba. Porque realmente no estaba sola. Una sombra surgió de la espesura.

Era un hombre que vestía la ropa de trabajo de los ayudantes de los templos, de un color apagado y poco llamativo, y se cubría la cabeza con un sombrero tradicional de forma cónica. Estaba de espaldas a mí y no podía ver muy bien lo que hacía, pero, al girarse un momento, pude observar que portaba una pequeña cesta de mimbre sin asas. Andaba despacio en medio de las tumbas con el rostro oculto por el sombrero. Empecé a espiarlo por el rabillo del ojo llena de curiosidad. Vi que se detenía ante una lápida, que juntaba las manos y luego inclinaba la cabeza. Supuse que estaba rezando. Enseguida sacó algo del cesto, que me pareció un ramillete de flores, y lo colocó sobre el florero tubular que había a los pies de la lápida. Después, siempre en silencio, se levantó con parsimonia y volvió a hacer lo mismo en otra tumba que había un poco más adelante.

En las viejas tumbas de renombre, las de importantes antepasados e ilustres personajes, siempre había flores, pero no sabía que estas pequeñas tumbas, humildes o sin nombre, también eran honradas por el personal del templo. No habían sido olvidadas después de todo. Inesperadamente me sentí feliz. Volví a mirar la tumba que tenía frente a mí. En otra ocasión yo también traería flores a este espíritu sin nombre con el que me había encariñado —una mujer, un niño o un anciano—, una persona cuyo corazón latió tan fuerte como el mío, que sintió alegrías y penas, y que tuvo sueños.

Mientras contemplaba la lápida deteriorada, sumida en mis pensamientos sobre la vida y la muerte, noté la mirada del hombre clavada en mí, aguda como el pinchazo de una aguja. Había detenido su caminar por las tumbas sin darme cuenta y ahora me observaba desde lejos, muy quieto. Tal vez estaba molesto porque me había visto hacer fotos a las lápidas y eso le había parecido una falta de respeto (aunque esa no había sido mi intención), así que opté por darme la vuelta escondiendo mi perturbación y, sin levantar la vista, me dirigí hacia la entrada del templo. Respiré aliviada cuando lo dejé atrás.

Una señora que ya conocía y con la que había conversado más de una vez me sorprendió saliendo del camposanto. Después de intercambiar los saludos de rigor, me echó una pequeña regañina porque a esas horas, cuando la noche está punto de caer, no era prudente pasearse por el cementerio. Podía toparme con algún indeseable con ganas de hacer daño, y, «además, —bajó la voz— podrías encontrarte con Hanabito, el hombre de las flores, que deambula por el cementerio cuando el sol está a punto de ponerse y las tinieblas se dan prisa en aparecer, dicen que si lo miras a los ojos, no tardarás en morir».

Rezos

Esta mañana, al entrar en el santuario, vi a una mujer realizando algo que solo había visto en las películas japonesas de suspense que emiten en televisión por la tarde. Iba en línea recta desde las puertas del santuario hasta los pies del altar mayor, y luego volvía otra vez por el mismo camino y rodeaba un pequeño pilar de piedra que había en la entrada para, acto seguido, recorrer otra vez el mismo trayecto. Cuando llegaba a las escaleras del altar, se detenía y anotaba algo en un papelito que tenía en la mano. Enseguida supe de qué se trataba: estaba haciéndole una súplica al dios del santuario. Este ritual se conoce con el nombre de Ohyakudo 御百度, que significa cien vueltas, porque ese es el número de vueltas que hay que dar para que el favor sea otorgado. Por lo general se hace en la intimidad y sin decírselo a nadie.

Miré mi reloj, todavía no eran las siete de la mañana, ¿cuánto tiempo llevaría allí aquella señora delgada y vestida de negro, que escribía en un papelito para llevar el conteo de sus idas y vueltas? Ojalá pueda ver cumplido su deseo.

Ohyakudo ishi

Kawaii Amabie

Ayer fue el Día de Todos los Santos, pero en Japón esta fecha no significa nada. Era un domingo como otro cualquiera. Para descansar, para jugar con los niños, para ir al centro comercial.

Salí por la tarde, después de comer, decidida a dar un gran paseo. El cielo gris amenazaba con dejar caer algunas gotas de lluvia, así que metí un paraguas en mi mochila por si las moscas. Afuera hacía calor y no tardé mucho en desprenderme de mi chaqueta.

Entré en el parque. Muchos coches habían aparcado dentro y se habían apropiado del camino que solía ser de los transeúntes. Se disputaba un partido de béisbol. En el campo de juego, los jugadores se veían jóvenes, casi niños, pero al observarlos más detenidamente, me di cuenta de que eran señores que estaban más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Me había engañado la agilidad con la que se movían. Sorteando algunos de esos coches, seguí hasta la zona de juegos. Un grupo de jóvenes padres jugaban con sus niños pequeños. Pero no se oían gritos estridentes ni lloros. Se movían casi en silencio. Un padre, sentado en el escalón del foso de arena, sostenía una bola de barro en su mano con la mirada perdida. Como él, otros padres allí congregados tenían el aspecto de estar bastante aburridos, como si estuvieran deseando estar en otro sitio.

Dejé atrás el parque y me encaminé hacia el santuario Tenma con un objetivo: comprar una figurita de Amabie. Ya tenía una pequeña lámina que representa su imagen plana, pero ahora quería hacerme con una tridimensional. Costaba unos 500 yenes, un precio nada desdeñable. Aunque abrazo cualquier superstición que no sea dañina, no era esto lo que me empujaba a comprar el yōkai salvador, sino el deseo de guardar un recuerdo palpable de estos días, porque, muy dentro de mí, confío en que pasen estos momentos de incertidumbre y preocupación, y cuando esto suceda, cada vez que contemple mi pequeño amuleto, me alegraré y sonreiré por lo que dejamos atrás.

En el recinto del santuario había tres parejas de padres con sus hijos pequeños, todos vestidos de gala. Acababan de celebrar la ceremonia de Shichi-go-san que siempre tiene lugar en noviembre. Se hacían fotos frente al templo. A su alrededor también se econtraban miembros del personal del santuario dispuestos a prestar su ayuda. Incluso había un pequeño puesto ambulante de dulces pegado al escenario cuadrado del santuario, en el centro del patio. Al detenerme un momento para echarle un vistazo, el tendero, solícito, me invitó a acercarme para que comprara algo. Sin embargo, yo solo tenía ojos para el mostrador donde se exponían los amuletos. Le pregunté al encargado si vendían «Amabíes», mientras miraba por encima. ¿Omamori?, me preguntó. Sí. Aquí están, y me señaló una esquina donde se alineaban unas vistosas figuritas de color rosa y verde, muy cerquita las unas de las otras. No sé si el hombre notó mi confusión y cierta desilusión en mi rostro —llevaba mascarilla—, porque, francamente, me había esperado otra cosa. Las figuras eran de cerámica —tan pequeñas que casi podías encerrar una en la palma de la mano— y no de trapo como las había imaginado. El rosa chicle y el verde chillón me hicieron pensar en caramelos. Detrás, en la espalda, rezaba una leyenda: «ekibyō taisan» (疫病退散), es decir, «aléjate epidemia». En su interior sonaba un cascabel. Elegí una figura de Amabie y se la di al encargado para que la metiera en una bolsita de papel con la insignia del santuario.

Después proseguí mi paseo. Crucé uno de los numerosos puentes que hay sobre el río Mukogawa, cuyas aguas corrían apaciblemente, y fui aún más lejos, caminando entre arrozales secos y tierras de labranza. Una bandada de cuervos picoteba en uno de esos arrozales. Algunos levantaron el vuelo cuando me vieron con mi cámara en ristre, dispuesta a hacer algunas fotos; otros solo me miraron de reojo y siguieron con lo que estaban. Dos horas más tarde volvía a casa, cansada de vagabundear. La luz de la tarde realzaba el intenso rojo de las hojas de los árboles. Tan hermosas. Quién dice que el otoño es triste. ¡Está lleno de color!

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Aceitunas

Estas aceitunas no están en España, y menos, en la cálida Andalucía. Estas aceitunas se encuentran en Japón y pertenecen a dos olivos que plantaron hace unos años en dos trozos de tierra cuadrados de una pequeña plazoleta, entre una peluquería y un centro para niños.

Casi siempre me detengo a contemplarlos, extrañada de verlos allí con el único propósito de adornar la calle, como si eso supusiera un menoscabo en la reputación de los olivos.

¿Qué pensarán estos olivos, si pudieran hacerlo? Tal vez no sepan que podrían haber nacido en otra tierra, de sol brillante y calor seco, alimentados con gotitas de agua, sin sufrir tifones ni duros inviernos. Un lugar donde sus frutos serían apreciados, recogidos y almacenados para producir un oro líquido, sustento de muchas familias. Ahí están sus aceitunas, casi solitarias, que nadie cosechará. Las acaricio y sigo mi camino.

Invasión

La Vara de oro de Canadá o Solidago Canadensis (en japonés, Seitaka Awadachiso) es una planta invasora originaria de América del norte que fue introducida en Japón como planta ornamental, para ser utilizada en los arreglos florales.

En otoño, estas flores cubren de amarillo todos los rincones del país y le dan un toque alegre, pero la Seitaka se ha convertido en una plaga. Está destruyendo la flora autóctona a pesar de todos los esfuerzos que se hacen para erradicarla.

Sin embargo, me pregunto si vale la pena. ¿No es eso lo que está ocurriendo a nivel global? Es una lucha de fuerzas, un nuevo orden. Migraciones de plantas, animales, personas… ¿El mundo es estático? ¿Acaso todo permanece sin cambios?

La evolución de la vida me dice que no.

Castañas y un diario

Hoy, como estamos en otoño, he cocinado kuri gohan 栗ご飯, y he hablado sobre ello en mi cuenta de facebook.

Sentada cerca de la ventana, escribo sobre arroz y castañas, y contemplo cómo la luz de la tarde ilumina intensamente los árboles que hay en el camino. Es un día fresco y con viento, de cielo azul y sin apenas nubes. Sin duda, hermoso.

Aquí, en este rinconcito solitario, me pregunto muchas cosas. Escribo con cuidado sobre lo que me hace sentir y sobre lo que veo. Porque este diario, aunque no es demasiado íntimo, en el futuro me dirá más de lo que escribí.

Otoñal

A pesar de los años que llevo viviendo aquí, el clima de Japón me sigue tomando el pelo.

La semana pasada temblábamos de frío bajo los edredones por culpa de un tifón. Hoy sudamos bajo un sol de justicia.

¿Mañana? Quién sabe.

Pero estoy contenta, el frío puede esperar un poquito más.

En el parque, las hojas de los arces van mudando lentamente de color. Aún muestran un tono verde fresco de verano, pero algunas ya se han teñido de rojo y amarillo.

Debajo de unas camelias encontré las cáscaras de unas castañas. A su alrededor, como si alguien lo hubiera dispuesto así para que yo hiciera una foto artística, había bellotas, una castaña y unas hojas doradas. De este modo, la naturaleza me obsequiaba con un hermoso detalle otoñal.

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Flor de otoño

Desde hace unos días estamos siendo bombardeados por los saludos de presentación de los canditados de las próximas elecciones generales que machaconamente no dejan de repetir sus nombres a través de los altavoces de sus furgonetas.
En las calles, como siempre, han puesto unos tablones para que los candidatos peguen sus carteles con la frase eslogan. Algunas fotos son curiosas. Uno de los candidatos tiene pose de intelectual o profesor de universidad; otro se viste con una gorra y parece Donald Trump; el de más allá se remanga la camisa para ponerse a trabajar de inmediato; una candidata busca el voto femenino —imagino— y todo es de color rosa: su camiseta, los guantes, la silueta de una chica que está corriendo… Por supuesto, todos dicen que van a hacer lo mejor por la ciudad. El cuatro de octubre dejarán de molestar.

Pero la imagen que quiero conservar de este día es la de una flor que recientemente veo por todas partes, sobre todo en los márgenes de los campos de arroz ya recolectados. En japonés recibe el nombre de Higanbana y su nombre científico es Lycoris radiata, pero popularmente se la conoce por Flor del infierno. Suele ser de color rojo y su apariencia recuerda de algún modo a la de una araña. El bulbo de esta flor es venenoso.
Sin embargo, a pesar de su nombre y su veneno, es agradable contemplar su singular figura cuando caminas por la ciudad. Nos dice que el otoño ya está aquí, que debemos disfrutar de la estación de la madurez.

Elecciones generales en Japón, 2020

De gorriones y arañas

Esta mañana me ha sorprendido la niebla cuando he salido de casa. Aunque ya empezaba a retirarse, las montañas que rodean mi ciudad continuaban siendo siluetas borrosas tras el manto blanco. Las fuertes lluvias del día anterior habían dejado una atmósfera húmeda y agradable.

En el parque algunos vecinos se preparaban para la gimnasia de radio taisō. Uno de ellos, el más dicharachero, comentaba que no hacía frío, «samunai, samunai», repetía entre risas.

Dejé atrás el parque y enfilé la calle que tenía a mi derecha. Los campos de arroz que tanto había fotografiado desde la primavera presentaban una imagen muy diferente después de la recolección: los tallos de las plantas habían sido cortados a ras del suelo. Ya no había colores — el verde intenso o el amarillo tostado–, ni agua donde las ranas se sumergían al menor ruido. Sin embargo, todavía estaban llenos de vida. Una bandada de gorriones que picoteaba en uno de los campos salió de estampida al percibir mi presencia, formando en el aire una nube de alegres aleteos; inmediatamente, los gorriones se posaron sobre los arbustos de una casa vecina, sin dejar de gorjear escandalosamente, y volvieron a levantar el vuelo inquietos y revoltosos, como si tuvieran prisa por apurar estos cálidos días de otoño.

Por el camino encontré numerosas telarañas colgadas en las ramas de los arbustos y los árboles, pero también en cada rincón que a las arañas les pareció apropiado; por ejemplo, una araña muy aventurera había tejido su tela entre unos postes de la luz a varios metros del suelo, muy por encima de mi cabeza. La imaginaba, allí arriba, pletórica de alegría por tener tanto espacio para ella sola, pero su telaraña parecía más una red para cazar pájaros que insectos. Un trabajo grandioso.

Más tarde, cuando volví a atravesar el parque, me fijé en otro grupo de vecinos que, de cara al estanque de la entrada y retirados los unos de los otros, practicaba taichi con una pequeña radio de la que surgía unas instrucciones cantadas en chino. Movían sus brazos y piernas en una coreografía armoniosa y delicada, sin prisas…

Con esta última imagen en mi cabeza me dirigí hacia el paso de peatones. Eran las siete de la mañana y me sentía exultante.