Un poco más lejos

Esta mañana el cielo tenía un color gris de acuarela. Triste y pesado. Miré hacia el este para ver el nacimiento del sol, pero las nubes cerraban su paso obstinadamente. Sin embargo, unos minutos después surgió entre las nubes un hueco de luz brillante y celestial. Los días se van acortando. Aquellas cigarras que cantaban a todo pulmón han dejado de existir, ahora las sustituyen otras que silban un canto dulce y melódico. Pero no cantan solas, las acompañan los grillos, que día y noche repiten el mismo sonido monocorde y aburrido.

Como hoy era sábado y no necesitaba apresurar mi paseo, decidí cambiar mi ruta habitual. Caminé por la ribera del río en dirección norte y me deleité con la visión de las aguas que corrían impetuosas por las eternas lluvias. Algunos transeúntes iban con los rostros descubiertos, pero se colocaban la mascarilla enseguida cuando llegaban a mi altura, y después me deseaban los buenos días.

Cuando anduve un buen trecho, torcí hacia la izquierda para volver a casa por la carretera, pero vi un letrero que indicaba que a seiscientos metros había un santuario, que jamás había visitado, y cambié de opinión. Solo tenía que andar un poco más, hacia un lugar que no conocía. Mi pequeña aventura acababa de empezar.

Pronto me encontré ante un cuesta no muy empinada que se adentraba en un bosquecillo. Los árboles cercaban un sendero asfaltado que llegaba hasta la entrada del santuario, luego el camino continuaba flanqueado por una hilera de faroles de piedra y concluía en el torii principal del santuario. Subí los escalones y me acerqué a la capilla. En ese momento no había nadie. Miré de un lado a otro por precaución, un hábito del que jamás me voy a deshacer, y como vi que todo parecía estar bien comencé a relajarme. Los dos komainu llevaban unas amplias mascarillas blancas de tela que por las lluvias no estaban muy limpias y que les conferían un aspecto bastante cómico. La capilla no tenía paredes y eso me resultó muy extraño. Desde allí se podía ver con claridad el Honden o pabellón donde reside la deidad más importante. Se levantaba sobre un suelo cubierto de grandes piedras y estaba rodeado por una cerca.

Seguí husmeando por el recinto, haciendo fotos aquí y allá, siempre un poco intranquila, pero finalmente acabé riéndome de mí misma y de mis temores cuando una señora que portaba dos bastones de montaña subió las escaleras y se dispuso a orar con mucha devoción ante el altar. Parecía muy mayor y con cierta dificultad para andar. Su imagen serena borró de un plumazo todas mis inquietudes. Para no sobresaltarla di unos fuertes pasos y tras un breve saludo me dirigí hacia un sendero que se perdía cuesta abajo. ¿A dónde iría a parar? Volví a buscar la aventura.

¡Ay!, ese sendero desembocaba en la calle de una urbanización, no había más bosque tenebroso, ni rincones llenos de misterio. La aventura había llegado a su fin. De todos modos, no sabía muy bien dónde me encontraba, así que tomando el este como punto de referencia empecé a caminar por las limpias y ordenadas calles. Bajé la colina, pasé cerca de un gran estanque y volví a estar de nuevo entre extensos y verdes campos de arroz.

El cielo ya no era gris, sino de un azul blanquecino, pero seguía cubierto de nubes de lluvia. A mí no me importaba. Caminaba feliz por los senderos que cruzaban los arrozales, en medio de un mar de color verde. Caminaba en soledad pero no estaba sola. Las garzas y los cuervos buscaban su comida en el agua. A lo lejos un agricultor trabajaba en su huerto. Por la carretera los coches circulaban y se paraban en los semáforos. Los campos olían a arroz.

Brisa

La ventanas están abiertas de par en par. Las cortinas blancas y vaporosas se inflan suavemente por la brisa o se agitan y estiran enérgicamente por una repentina ráfaga de aire. Se escucha a lo lejos el solitario y repetitivo piar de un gorrión. Silencio. Es una tarde calurosa de junio. Estoy tumbada en el sofá y leo con desgana un libro en un lector digital, que pesa en mis manos. Las negras letras destacan sobre el blanco impoluto de la pantalla lisa por la que se deslizan mis dedos índice o corazón. Intento concentrarme en la lectura, pero la brisa me distrae. Hay algo que quiero alcanzar y se me escapa, como un delicado perfume que no consigo retener. Cierro los ojos y siento cómo el aire me roza la piel y me susurra al oído. Los sonidos son muy parecidos a otros. La brisa se asemeja a otra brisa.

Y ahora no estoy aquí, sobre mi sofá de color vainilla. Estoy recostada en mi cama blanca de niña y leo un libro que huele a rancio y a antiguo, que pesa en mis manos. La luz entra a raudales por la ventanas abiertas, y la brisa seca acaricia mis mejillas y mis pies desnudos. He leído durante varias horas y la cabeza y el cuello me duelen. Me muevo y busco una posición más cómoda. De la calle llegan voces apagadas que no molestan y el gorjeo estridente de unos gorriones. Leo sola en mi habitación anhelando otro tiempo y otros lugares, paso las páginas con avidez, una tras otra, impaciente por conocer el final de esta historia.

Y ahora no estoy en mi cama blanca. Ni reposo en mi sofá vainilla. Descanso en una cama de enferma de una habitación muy limpia. La brisa mueve las cortinas claras en una tarde de junio. Los gorriones que revolotean en el jardín cantan ruidosamente. Tengo los ojos cerrados y dejo que la brisa los bese con sus labios frescos y dulces. Mis ojos están cansados y ya no pueden leer, pero mis manos sujetan un libro imaginario y leo, los recuerdos.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Amabie

Hace unos días, al pasarme por el santuario Tenma, me encontré con esta imagen tan extraña: una especie de pescado con pico y pelo largo.

Se trata de Amabie, un monstruo mitológico, un yōkai, del período Edo que predecía el futuro y protegía a la gente de las epidemias.

Las redes sociales en Japón lo han rescatado del olvido, y del mar donde habita, para que sus poderes salven a la humanidad del coronavirus.

Hay que hacer un dibujo de Amabie y luego mostrarlo a los demás para proteger, de este modo, a tus seres queridos.
Yo, hasta ahora, simplemente tenía colocada en la estantería la lámina de Amabie que cogí del santuario, pero hoy lo he dibujado. Las últimas noticias dicen que está creciendo otra vez el número de infectados por el virus, y que hay una posibilidad de que vuelva a decretarse el estado de emergencia en Japón. Dios no lo quiera.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (1)

Sakae Iwai esperaba a Shigeji Tsuboi en el torniquete de entrada de la línea Tamagawa, en el vestíbulo de la segunda planta de la estación de Shibuya. En el pecho llevaba una bolsa con todo su dinero, sujeta a la muñeca de su mano con una cuerda. Es el 20 de febrero de 1925 y el tercer día que ambos buscan una casa de alquiler por los alrededores de Tokio.

Poco después, Sakae ve a Shigeji aproximarse entre el gentío, con una mano levantada. Este, colocándose bien el cuello sucio de su kimono de color índigo, le dice a Sakae sin dirigirle la mirada:

—Sakae, prueba tú hoy a negociar con el casero, por favor.

Sakae, que le estaba entregando a Shigeji el billete de tren que había comprado antes, se queda perpleja —¡si acababa de llegar a Tokio!, piensa sorprendida— pero, encogiéndose de hombros y riéndose, replica:

—¡Eh! ¿Yo tengo que hacerlo? No sé si podré. En fin, lo intentaré. ¿Es porque piensas que, si hablas tú, te van a decir otra vez que no?

Shigeji asiente con la cabeza y avergonzado mira hacia otro lado.

El día anterior habían estado mirando por Mishuku, querían alquilar una de las casitas en la ribera del río, cerca del puente Tamonji.

En el tren, Sakae siente en su brazo izquierdo el calor corporal de Shigeji que se había sentado a su lado, y cada vez que él mueve la cabeza, se deleita con el olor a sudor y grasa que desprende su largo cabello. Sobre su futuro en común, no solo desde mañana, él no ha dicho nada, pero si hoy puede llegar a un acuerdo con el casero y alquilar pronto una casa, podrá vivir junto a su querido Shigeji en la gran ciudad de Tokio. Que ese futuro llegue a hacerse realidad, dentro de una o dos horas, dependerá de la capacidad de Sakae para negociar.

«Los dos juntos…», al pensar en eso, Sakae siente una corriente cálida que recorre todo su cuerpo, pero al percatarse de esa sensación se avergüenza y permanece en silencio. Shibuya, Kamitōri, Ōsaka, Ikejiri, Mishuku, Sangendyaya… En esos tres días, Sakae ha acabado por aprenderse el nombre de todas las paradas del tren.

Después del gran terremoto del Este de Japón, muchas personas del centro de Tokio, que se vieron afectadas por el seísmo, se trasladaron hacia Yamanote, en las afueras de la ciudad. Y de repente el número de casas en alquiler aumentó a lo largo de la línea ferroviaria de Tamagawa, en la lejana Setagaya. Aún así, tal vez a causa de la recesión económica, por todo el lugar abundaban carteles colocados en diagonal que anunciaban el alquiler de las casas vacías.

Sin embargo, ningún casero confiaba en la pareja, y los dos ya habían sido rechazados en las diez casas que habían ido a ver. Con un simple vistazo a Shigeji se notaba que era un socialista, y Sakae con su aspecto serio parecía que acababa de escaparse de su casa. La mayoría de las veces los despedían con la excusa de que la casa ya había sido alquilada.

El largo cabello de Shigeji, el cuello mugriento y desgastado de su kimono que había adquirido un color castaño rojizo, el intenso brillo de sus ojos a pesar de ser un hombre pobre y su actitud tranquila ponían sobre aviso a los caseros.

Era una época en la que había muchos prejuicios contra los anarquistas y bolcheviques porque se pensaba que estos no pagaban el alquiler o hacían hogueras con las tapias y revestimientos de madera de las casas, y los caseros eran del mismo parecer y desconfiaban. Pero para Sakae este torpe proceder de Shigeji no es más que una muestra de su naturaleza poética e inocente.

Sakae era natural de Shōdoshima, una isla que se asemeja a un perrito flotando en el mar interior de Seto, y hasta sus veinticinco años vivió en el nordeste de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Cuando ella pensaba que ya se le había pasado la edad de casarse y que era demasiado mayor, recibió una carta de Shigeji que la invitaba a ir a Tokio. Shigeji era un pariente de su tierra natal y un compañero de juegos de su infancia. Sin vacilar, ella se traslada a Tokio y se va a vivir con Shigeji como si fuera lo más natural.

Sakae nació el 5 de agosto de 1899 (año 32 de la era Meiji) en el seno de una numerosa familia. Era la quinta hija de Tōkichi Iwai, un vendedor de barriles, y su esposa Asa. Esta gran famila en la que se crio la integraban diez hijos, los aprendices de su padre y dos hermanos huérfanos que fueron adoptados, lo que hacía un total de quince o dieciséis miembros.

Con el tiempo, el negocio familiar fue teniendo problemas, y cuando Sakae cumplió nueve años, además de asistir al colegio, debía ejercer de niñera. A los doce años, ya en la secundaria, empezó a ganar algún dinero tejiendo cuerdas de paja que servían para hacer sombreros. Ese año, 1912, en Japón, el general Maresuke Nogi cometía suicidio tras la muerte del emperador Meiji; dos años antes había sido asesinado Hirobumi Itō, que había sido primer ministro de Japón; y las mujeres luchaban por el derecho al voto. En el mundo literario irrumpían escritores como Tōson Shimazaki (Hakai, El precepto roto), Sōseki Natsume (Botchan; Kōjin, El caminante), Naoya Shiga (Ōtsu Junkichi), entre otros. Y el poeta Takuboku Ishikawa perdía la vida por la tuberculosis.

Cuando Sakae tenía catorce años, su padre cambió de profesión y emprendió un negocio de transporte marítimo al que puso el nombre de Tokaiya. Sakae aún era una niña pero ayudaba a su padre en el negocio y trabajaba tan duramente como un hombre.

Una de su escasas diversiones en esa época era leer revistas como Shōnen, Shōjo, etc., que le enviaba su hermano mayor Yasaburō, alumno de la escuela para maestros de la prefectura de Kagawa.

A los quince años consiguió un empleo en la oficina de correos, por el que recibía un sueldo inicial de dos yenes al mes. Tres años después, a causa del exceso de trabajo, enfermó de pleuresía, y más tarde contrajo tuberculosis vertebral. Aún así, a pesar de que debía acudir al médico con regularidad, siguió trabajando. Cuando dejó ese empleo por un puesto de trabajo en el ayuntamiento del pueblo, cogió el sarampión, y la fiebre alta que padeció, de algún modo, hizo que se curara de la tuberculosis. En ese momento Sakae tenía veintidós años y su salario mensual era de treinta yenes, cantidad con la que pudo comenzar a ahorrar algún dinero. Por aquel entonces, el poeta Shigeji Tsuboi a veces volvía de Tokio y permanecía en la isla unos días. Shigeji había nacido en un hogar acomodado y era conocido por seguir la ideología comunista. Fue leyendo las publicaciones de Shigeji, la revista literaria Shuppatsu (Partida) y su poemario Damu-Damu que él le había enviado desde Tokio, como Sakae descubrió que su amigo vivía en un mundo extraño y muy diferente al de la isla. No solo mantenía correspondencia con el poeta, sino también con Denji Kuroshima, otro escritor que había nacido en Shōdoshima. Por eso, aunque se hizo mayor para contraer matrimonio, por ayudar ecómicamente a su familia y por una grave enfermedad, no se permitía a sí misma quejarse, pues no quería seguir los consejos de su madre y otros familiares que le decían que se casara con un viudo o que se convirtiera en la esposa de un pescador o un agricultor. Porque para ella hacer algo así habría sido como reprimir su propio crecimiento personal o darse por vencida, y Sakae odiaba mentir sobre sus propios sentimientos.

Shigeji, en una de sus visitas al pueblo, le pidió unos veinte yenes a Sakae la noche que regresaba a Tokio. Pero cuando ella sacó ese dinero de sus ahorros para que él los empleara en lo que hiciera falta, su madre mostró su contrariedad y Sakae, irritada, arguyó que ese dinero lo había ganado ella con su trabajo. A su madre y al resto de la gente del pueblo les costaba entender que Sakae quisiera ser partícipe de las nuevas ideas que traían consigo Shigeji y otros escritores.

Al poco tiempo le llegó una carta de su amigo.

«Shigeji me ha dicho que vaya a Tokio, a lo mejor voy a visitarlo», le dijo Sakae a su madre con firmeza, aunque sin poder evitar que sus mejillas enrojecieran intensamente.

Ya había cumplido veinticinco años y era una mujer adulta. Tenía que irse de casa de sus padres e independizarse. Como alguien que se ha criado en el mar, sabe que lo mejor es dejarse llevar por la corriente aunque no tenga idea de hacia dónde la conducirá. Partió de la isla en barco como si confiara su suerte a esa corriente a la que no podía oponerse, y en Kobe se subió a un tren. Cuando llegó a la estación de Tokio, Shigeji no estaba allí para recibirla, a pesar de que le había enviado un telegrama. Al bajar al andén de la estación de ladrillos rojos de Tokio, que le resultaba familiar por haber visto el edificio en grabados, postales y periódicos, se había sentido con el pecho henchido de alegría, pero, después de esperar una hora a Shigehi, su pecho pareció encogerse.

Allí, de pie, entre una marea de pasajeros que subían y bajaban las escaleras, sin poder moverse a otro andén más amplio y menos transitado, Sakae se arrepentía por haber actuado a la ligera, y mientras chasqueaba inconscientemente la lengua se decía: «Qué vergüenza, pero si ya tengo veinticinco años y Shigeji no se ha comprometido conmigo ni me ha declarado su amor. Solo me dijo ven a visitarme, y yo tan contenta. Seguro que se ha olvidado de la carta que me escribió. Lo que debería hacer es seguir trabajando en el ayuntamiento de Sakate». De este modo se menospreciaba Sakae como si tuviera un bicho en su interior que no paraba de arrojarle palabras envenenadas.

En las tres horas que estuvo esperando no dejó de pensar que era una estúpida por continuar haciéndolo. Cogió del suelo su bolsa de mano y un paquete de sardinitas secas que llevaba como regalo, y decidió ir a casa de su hermano mayor.

En esa primera visita, la mujer de su hermano, sorprendida por su inesperado viaje a Tokio, condujo a la ya conocida Sakae hasta una sala con tatami y la invitó a tomar una sopa de udón caliente (fideos gruesos y largos) que había cocinado.

A Sakae se le saltaron las lágrimas al ver el color de la sopa de udón de Tokio —donde ella se crio la sopa de udón sanuki era clara y transparente— porque le hizo darse cuenta de que había llegado a la ciudad de Tokio, por la que tanto suspiraba, en la lejana región de Kantō. El udón de Tokio estaba teñido de un color pardo dentro de la oscura salsa de soja.

Sin embargo, una vez que llenó su estómago con el udón caliente y que dejó de tener frío en sus extremidades, se le ocurrió que tal vez Shigeji no había leído el telegrama por algún malentendido, y, como no iba a solucionar nada preocupándose demasiado, lo mejor sería pasar una buena noche. Al día siguiente saldría de casa de su hermano para visitar Tokio y a su amigo desaparecido.

Y, pensando de nuevo en su primer día en Tokio, se acostó con el corazón lleno de tristeza.

Un buey con mascarilla

Tercer día sin lluvias. Brilla el sol con suavidad y el aire es fresco.
Las nubes en el cielo parecen las pinceladas de un pintor.

En el santuario Tenma me he encontrado con algo que me ha hecho reír. El buey sagrado —cuyo nombre desconozco— llevaba puesta una mascarilla de los minions en su hocico. Pobrecillo, hasta él tiene que protegerse del famoso virus. Sin pensarlo he estado a punto de pasar la mano por su cabeza, como siempre, para que me diera buena suerte, pero enseguida me he contenido, en estos tiempos el verbo “tocar” es un verbo prohibido. ¡Qué pena!

Tsuyu

Hace unos días comenzó oficialmente la temporada de lluvias en Japón. Se la conoce con el nombre de tsuyu, 梅雨, una palabra formada por dos ideogramas que significan ciruela y lluvia, respectivamente, que hace referencia a la maduración de las ciruelas por esta época.

Los días lluviosos se suceden uno tras otro hasta mediados de julio o más tarde, con algún que otro día de sol que aprovechas para abrir ventanas, airear la casa y tender la ropa fuera. La humedad del ambiente, que puede subir hasta el 80%, forma una película pegajosa sobre todas las cosas: las paredes, los suelos, la ropa, la piel… muy desagradable. El moho hace su aparición y hay que tener mucho cuidado con la comida porque se corrompe con facilidad.

A pesar de que las temperaturas no son muy altas, la humedad intensifica el calor (sobre todo si después, de repente, brilla el sol unas horas) y sientes que no tienes fuerzas para hacer nada.

Si paseas por el parque o el jardín, unos amiguitos que no veias hacía un año se acercan a ti para chuparte la sangre y se meten en tu casa sin ser invitados. Los mosquitos de Japón pueden ser muy persistentes y saben esperar. Una vez que han llenado sus barrigas se van volando lenta y pesadamente, buscando la salida para poner sus huevos. Y tú los miras con resentimiento deseándoles lo peor mientras te frotas las picaduras.

Esto es el tsuyu.

Sin embargo, el tsuyu tiene otra cara.
Miro por la ventana cómo cae la lluvia sobre el bosque, las plantas, los bichitos, y me doy cuenta de que el tsuyu es la fuerza que necesita la naturaleza para seguir adelante y llenarse de energía, y eso, de algún modo, me ayuda a soportar estos días mohosos y húmedos. Pero… ¡cuánto añoro el clima seco!

Ta-Ue, después de la siembra

Por esta época empieza a plantarse el arroz. Los tambo o arrozales que hasta hace poco estaban vacíos se han ido llenando de agua para preparar la tierra.
Ahora, cuando paseo, veo un paisaje algo diferente que con el paso de los días irá cambiando cada vez más.

Abenomask

やっとアベノマスクが届いた!
Lo prometido es deuda. Ya tenemos en casa la Abenomask, o lo que es lo mismo, la mascarilla del señor Abe, primer ministro de Japón. A primeros de abril, el gobierno anunció que iba a mandar a cada familia dos mascarillas de tela lavables, y lo ha cumplido. Son un poco pequeñas y no cubren toda la cara, pero mejor eso que nada. Mañana las lavaré.

Paseos por Shingetsuin

Esta mañana me levanté antes de las cinco y me fui a pasear.

En el camino, me encontré con algunos vecinos del barrio que ya habían terminado con sus ejercicio matutinos y regresaban a casa. Me imagino que se habrían levantado a las cuatro, por lo menos. Es curioso, pero cuando es muy temprano la gente se saluda más, como si se creara cierta camaradería entre todos lo que nos damos un madrugón.
Después me dirigí hacia Shingetsuin.

Mejiro

Cuando ves a un mejiro dando saltitos en las ramas de un árbol, ya sabes que ha llegado la primavera. Es diminuto y de color verde, y sus ojos están rodeados de un anillo blanco; ese detalle es el que le da su nombre. Mejiro significa “ojo blanco” 目白.
El mejiro que tenía ante mí, tan cerca que casi podía tocarlo —si él se dejara—, alegre y vivaracho, se movía sin detenerse ni un momento. Estaba muy ocupado zampándose algunos gusanos que había encontrado entre las hojas tiernas de un caqui. ¡Seguro que le supieron a gloria!

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

Kodomo no hi

Hoy es el Día de los niños, en japonés Kodomo no hi, una fiesta que originalmente estaba dedicada solo a los niños varones.
Y para celebrarlo es típico, entre otras cosas, degustar un pastelito de arroz llamado Kashiwa-mochi, con relleno de anko, una pasta dulce de judía roja. Como este pastelito es muy pegajoso, se envuelve en una hoja de roble, kashiwa, que le da un aromático sabor y simboliza la prosperidad en la familia, pues las hojas de los robles no caen hasta que aparecen los nuevos brotes.
¡Feliz Día de los niños! 

¡No te acerques a mí!

Esta mañana, en mi paseo matutino por el parque, me he topado con este nuevo cartel. “Mantén las distancias” dice, además de otras recomendaciones como lavarse las manos, hacer gárgaras y ponerse mascarilla.
Ahora cuando coincido con alguien por la calle, tanto la otra persona como yo nos separamos como si tuviéramos la peste. ¿Este es el futuro que nos espera?

Satsuki

En Japón, el paso de las estaciones puede verse en la vegetación ornamental.
No hace mucho, las flores de los cerezos teñían de color rosa pálido todos los rincones del país, de norte a sur, y, junto a los narcisos, los jaramagos y los tulipanes, anunciaban el comienzo de la primavera.

Pues bien, ahora le toca el turno a las azaleas, que en japonés se denominan “tsutsuji” o “satsuki”. Este último nombre hace referencia al mes de mayo, que es cuando florecen. Todavía faltan unos días para la llegada de este mes, pero, en algunos lugares, las flores de este arbusto ya inundan el paisaje de color, como en el templo budista de Shingetsuin, por el que estuve paseando ayer.

Allí me encontré por casualidad con una señora muy amable, que se ocupaba de la limpieza del templo, con la que estuve charlando un buen rato. Me comentó que había estado en Lituania y Polonia como asistente de un club de tenis y que en esos países había enseñado la ceremonia del té (sadō). Luego me ofreció una mascarilla con su envoltorio de plástico, porque yo no llevaba ninguna —no es fácil encontrar mascarillas en las tiendas desde hace más de dos meses— y, aunque le dije que estaba paseando por lugares solitarios por donde no circulaba nadie, tuve que aceptarla ante su insistencia. 

Diario de una floración

Hoy inicio este curioso diario que tiene como protagonista a la flor del cerezo. Una amiga me dio la idea.

24 de febrero, lunes

Ayer domingo fue el cumpleaños del emperador, por eso hoy es festivo.
El tiempo es magnífico. Brilla el sol con fuerza y apenas hace aire.
Por la mañana me doy una vuelta por el centro comercial. En una de las tiendas todos los empleados llevan mascarilla. Mucha gente la lleva puesta (yo también), pero no sé si es por temor al coronavirus o por las alergias al polen que hay en esta época. Por la calle pasean padres con sus niños pequeños. El sol quema y la fría brisa refresca.
Antes de volver a casa, me dirijo al parque para tomar unas fotos. Los cerezos todavían están desnudos pero cargados de brotes. En el parque se respira una gran paz.
Mientras hago fotos a los árboles veo que una mujer hace lo mismo que yo, ¿sería con la misma idea?😁

2 de marzo de 2020, lunes

Esta mañana me acerqué a un drugstore para preguntar si tenían ya mascarillas. La empleada, con su mascarilla, me dijo que no. Yo, con mi mascarilla, le di las gracias.

Después de que el pasado jueves el primer ministro recomendara que se cerraran todos los colegios e institutos de Japón, se ha producido una especie de efecto dominó. Todo está cerrado: centros cívicos y comunitarios, asociaciones, Tokio Disneyland, el parque de la Universal Studios y los museos de Anpanman; se han clasurado eventos deportivos, y el torneo de sumo de primavera se celebrará sin público.

Sin embargo, en el parque, hoy era un día como otro cualquiera de primavera. Allí no había ningún coronavirus escondido tras un árbol dispuesto a saltar sobre ti. Solo algunos niños que corrían en la pista de jogging.
Bajo un cielo que cambiaba de color, los brotes de los cerezos destacaban claramente, habían aumentado de tamaño.

Mañana es Hina Matsuri, el día de las niñas.

18 de marzo de 2020, miércoles

El día amaneció gris y triste, con unas nubes que cubrían todo el cielo.
Cuando estaba en el parque, haciéndoles las fotos a los cerezos, se me ocurrió acercarme hasta el templo budista de Shingetsuin. En el camino me encontré con uno de los paseantes de siempre que, al verme, me dijo: «Supeinmo taihen desu ne», «España lo está pasando mal». Era ya la segunda vez que me lo decía. No paran de salir noticias en la tele sobre el coronavirus en Europa, y todo lo que se cuenta sobre España e Italia es alarmante. En Japón, últimamente, la gente no parece muy preocupada por la enfermedad, incluso algunos colegios han abierto sus puertas. Yo, sin embargo, prefiero ser cauta y no salir demasiado.

Después de hablar con mi vecino, me encaminé hacia el templo y entré por la parte de atrás, donde está el cementerio. Los cementerios en Japón no tienen muros ni puertas, son un elemento más del paisaje y limitan con los bloques de pisos, los aparcamientos, las calles… La primera vez que entré en el cementerio de Shingetsuin, en la última hora de una tarde de otoño, sentí miedo. Pensé que había espíritus acechándome con oscuras intenciones. Pero ya he ido varias veces y es un lugar muy tranquilo y lleno de paz, cuyo silencio solo interrumpen los pájaros. Me dijeron que tuviera cuidado si iba sola, porque a veces había maleantes. Por eso, cuando paseo por allí, estoy atenta a cualquier ruido sospechoso que pueda venir de alguien muy vivo.

Las tumbas tienen la forma de monolitos. Unas tumbas son enormes; otras, nuevas y relucientes; otras son muy antiguas; y muchas, humildes.
Cerca de un montículo de monolitos había un gran cerezo. Sus capullos eran ya bolitas verdes ansiosas por abrirse. Y pensé que esas flores que había en su interior eran algo más que unas flores. Tal vez una esperanza, tal vez un deseo…

23 de marzo de 2020, lunes

Han pasado tres semanas de cuarentena y todos los días parecen iguales. Tengo que mirar el calendario para saber que hoy es lunes. Los días de sol se suceden, azules, claros y limpios.

Dicen que es posible que se cancelen los juegos olímpicos de Tokio. Hasta hace poco todavía había esperanza. El coronavirus había llegado a Japón y Corea, pero era una batalla que se podía ganar si se ponían los medios. Ahora todos los países afectados por la pandemia miran a Japón y claman por un aplazamiento.
Aceptar la derrota significa dejar de luchar, abandonar, bajar los brazos, no tener esperanza… Es difícil aceptar esto. ¿Cuándo hay que tirar la toalla?

Para olvidar los problemas no hay nada como dar un paseo por el parque y ver los progresos de los cerezos. El estanque donde pasaban el invierno los patos estaba solitario. Me pregunto si habrán vuelto a su tierra. El kappa del cartel que había en la valla me miraba uraño, y me avisaba que no se podía entrar en el lugar. Es un demonio que habita en los ríos y lagos y que tiene la sana costumbre de comerse a los niños. Yo no soy una niña, pero creo que es mejor no tentar a la suerte… 😉

30 de marzo de 2020, lunes

Tras varios días de lluvia, las flores de los cerezos han empezado a abrir sus pétalos.

En esta mañana gris y silenciosa, en la que ni siquiera sopla una ligera brisa, mientras contemplo estas inmaculadas flores, pienso con tristeza en lo que hemos perdido. La naturaleza sigue su camino, pero nosotros nos hemos quedado detenidos en un instante, en un período que se alarga dolorosamente.

Ayer murió un comediante muy popular en Japón, Ken Shimura, por coronavirus, claro. Muchos japoneses continúan saliendo en pandilla, yendo de compras, al zoo, al cine…, en definitiva, haciendo una vida normal como si no pasara nada. Pero el número de infectados va creciendo. Esto no ha terminado todavía.

3 de abril de 2020, viernes

Los cerezos han florecido completamente, lo que en japonés se denomina “mankai,” y han alcanzado la plenitud de su belleza.
En la ribera del río Muko había pocos transeúntes por la mañana. Hasta allí me fui dando un tranquilo paseo. El sol brillaba, pero no intensamente, y corría un fría brisa. Vi a algunos campesinos trabajar en sus parcelas de tierra. A veces, alguno de ellos contemplaba las flores blancas de los cerezos y luego proseguía con su trabajo.
A partir de hoy las flores empezarán a marchitarse y sus pétalos caerán suavemente mecidos por el viento.

Cuando empecé este diario, el coronavirus todavía no era una amenaza en Japón, ni en muchos países. Sin embargo, ahora todos luchamos para que desaparezca y podamos continuar con nuestras vidas.
Que el viento se lleve también a este “bicho”.

6 de abril de 2020, lunes

Esta tarde el primer ministro ha informado que mañana va a decretar el estado de emergencia en algunas prefecturas de Japón. Es posible que no sea necesario un confinamiento tan estricto como en España y se permita salir. Ya nos contará. Mañana los niños empiezan el nuevo curso y hay clase, después quién sabe.
Para mí, este estado de emergencia no va a suponer ningún cambio, pues ya hace un mes que apenas salgo de casa, desde que se cancelaron las clases y cerraron muchos centros públicos. Como vivo en una zona rural, donde casi no hay gente por la calle, puedo pasear tranquilamente y sin temor. El único lugar “peligroso” es el súper, al que intento ir lo menos posible.

18 de abril de 2020, sábado

Hace bastante tiempo, cuando iba a clase de francés, un día los alumnos debíamos hablar sobre los atractivos turísticos de un país que nos gustase. Recuerdo que yo elegí Japón —¡cómo no!— y que alabé la belleza de los cerezos en flor, aunque solo los había visto en imágenes… No sabía que años más tarde acabaría contemplándolos in situ.
Hoy termino este diario que inicié a finales de febrero. Ya se hablaba de coronavirus, pero estaba lejos, muy lejos… aún no había miedo.
En el parque, las ramas de los cerezos se van llenando de hojas verdes, mientras que las flores van marchitándose y dejando caer sus pétalos sobre el césped.
Otro año. La vida sigue.

Kirisame

Abril es el mes de las lluvias, ya lo dice el refrán.
Hoy, desde muy temprano, ha caído una lluvia fina y minúscula que ha limpiado el aire y ha puesto más color en el paisaje, una lluvia que los japoneses llaman kirisame.
Los tulipanes, que empiezan a florecer por esta época, han permanecido cerrados durante todo el día, mostrando su característico aspecto. Se veían muy hermosos cubiertos de pequeñas gotitas de lluvia…
Día frío y gris, lleno de color.