Comunicación

Espero pacientemente a que llegue mi turno para pagar la compra. Miro a la derecha, hay varias filas de señoras delante de las cajas registradoras. Miro a la izquierda, otras tantas filas de mujeres, casi todas mayores. Ninguna habla, ninguna dice nada. Todas esperamos en silencio. Y de repente siento nostalgia. En mi añorada y ruidosa España, todo el mundo habla en voz alta. Mujeres que levantan la voz como si declamaran ante el público de un teatro. Mujeres que se ríen y preguntan por la familia. Mujeres que no conoces, pero que charlan contigo como si fueran tus amigas. Escucho sus voces en mi mente, en mis recuerdos y me embarga un sentimiento de tristeza.

La mujer que está delante de mí termina de pagar y coloca su cesta en la mesa que hay enfrente. Es mi turno. La cajera me saluda amablemente con un “konnichiwa”. Yo le respondo con una leve inclinación de cabeza y enseguida saco mi tarjeta de puntos. Contemplo cómo va acomodando mi compra en otra cesta de plástico, sin prisas pero eficientemente. Las bandejas de carne y pescado abajo, las bolsas de patatas fritas y sembei, arriba. Todo es sosiego en el supermercado, donde la gente susurra para no molestar.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (1)

Sakae Iwai esperaba a Shigeji Tsuboi en el torniquete de entrada de la línea Tamagawa, en el vestíbulo de la segunda planta de la estación de Shibuya. En el pecho llevaba una bolsa con todo su dinero, sujeta a la muñeca de su mano con una cuerda. Es el 20 de febrero de 1925 y el tercer día que ambos buscan una casa de alquiler por los alrededores de Tokio.

Poco después, Sakae ve a Shigeji aproximarse entre el gentío, con una mano levantada. Este, colocándose bien el cuello sucio de su kimono de color índigo, le dice a Sakae sin dirigirle la mirada:

—Sakae, prueba tú hoy a negociar con el casero, por favor.

Sakae, que le estaba entregando a Shigeji el billete de tren que había comprado antes, se queda perpleja —¡si acababa de llegar a Tokio!, piensa sorprendida— pero, encogiéndose de hombros y riéndose, replica:

—¡Eh! ¿Yo tengo que hacerlo? No sé si podré. En fin, lo intentaré. ¿Es porque piensas que si hablas tú te van a decir otra vez que no?

Shigeji asiente con la cabeza y avergonzado mira hacia otro lado.

El día anterior habían estado mirando por Mishuku, querían alquilar una de las casitas en la ribera del río, cerca del puente Tamonji.

En el tren, Sakae siente en su brazo izquierdo el calor corporal de Shigeji que se había sentado a su lado, y cada vez que él mueve la cabeza, se deleita con el olor a sudor y grasa que desprende su largo cabello. Sobre su futuro en común, no solo desde mañana, él no ha dicho nada, pero si hoy puede llegar a un acuerdo con el casero y alquilar pronto una casa, podrá vivir junto a su querido Shigeji en la gran ciudad de Tokio. Que ese futuro llegue a hacerse realidad, dentro de una o dos horas, dependerá de la capacidad de Sakae para negociar.

«Los dos juntos…», al pensar en eso, Sakae siente una corriente cálida que recorre todo su cuerpo, pero al percatarse de esa sensación se avergüenza y permanece en silencio. Shibuya, Kamitōri, Ōsaka, Ikejiri, Mishuku, Sangendyaya… En esos tres días, Sakae ha acabado por aprenderse el nombre de todas las paradas del tren.

Después del gran terremoto del Este de Japón, muchas personas del centro de Tokio, que se vieron afectadas por el seísmo, se trasladaron hacia Yamanote, en las afueras de la ciudad. Y de repente el número de casas en alquiler aumentó a lo largo de la línea ferroviaria de Tamagawa, en la lejana Setagaya. Aún así, tal vez a causa de la recesión económica, por todo el lugar abundaban carteles colocados en diagonal que anunciaban el alquiler de las casas vacías.

Sin embargo, ningún casero confiaba en la pareja, y los dos ya habían sido rechazados en las diez casas que habían ido a ver. Con un simple vistazo a Shigeji se notaba que era un socialista, y Sakae con su aspecto hosco parecía que acababa de escaparse de su casa. La mayoría de las veces los despedían con la excusa de que la casa ya había sido alquilada.

El largo cabello de Shigeji, el cuello mugriento y desgastado de su kimono que había adquirido un color castaño rojizo, el intenso brillo de sus ojos a pesar de ser un hombre pobre y su actitud tranquila ponían sobre aviso a los caseros.

Era una época en la que había muchos prejuicios contra los anarquistas y bolcheviques porque se pensaba que estos no pagaban el alquiler o hacían hogueras con las tapias y revestimientos de madera de las casas, y los caseros eran del mismo parecer y desconfiaban. Pero para Sakae este torpe proceder de Shigeji no era más que una muestra de su naturaleza poética e inocente.

Sakae era natural de Shōdoshima, una isla que se asemeja a un perrito flotando en el mar interior de Seto, y hasta sus veinticinco años vivió en el nordeste de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Cuando ella pensaba que ya se le había pasado la edad de casarse y que era demasiado mayor, recibió una carta de Shigeji que la invitaba a ir a Tokio. Shigeji era un pariente de su tierra natal y un compañero de juegos de su infancia. Sin vacilar, ella se traslada a Tokio y se va a vivir con Shigeji como si fuera lo más natural.

Sakae nació el 5 de agosto de 1899 (año 32 de la era Meiji) en el seno de una numerosa familia. Era la quinta hija de Tōkichi Iwai, un vendedor de barriles, y su esposa Asa. Esta gran famila en la que se crio la integraban diez hijos, los aprendices de su padre y dos hermanos huérfanos que fueron adoptados, lo que hacía un total de quince o dieciséis miembros.

Con el tiempo, el negocio familiar fue teniendo problemas, y cuando Sakae cumplió nueve años, además de asistir al colegio, debía ejercer de niñera. A los doce años, ya en la secundaria, empezó a ganar algún dinero tejiendo cuerdas de paja que servían para hacer sombreros. Ese año, 1912, en Japón, el general Maresuke Nogi cometía suicidio tras la muerte del emperador Meiji; dos años antes había sido asesinado Hirobumi Itō, que había sido primer ministro de Japón; y las mujeres luchaban por el derecho al voto. En el mundo literario irrumpían escritores como Tōson Shimazaki (Hakai, El precepto roto), Sōseki Natsume (Botchan; Kōjin, El caminante), Naoya Shiga (Ōtsu Junkichi), entre otros. Y el poeta Takuboku Ishikawa perdía la vida por la tuberculosis.

Cuando Sakae tenía catorce años, su padre cambió de profesión y emprendió un negocio de transporte marítimo al que puso el nombre de Tokaiya. Sakae aún era una niña pero ayudaba a su padre en el negocio y trabajaba tan duramente como un hombre.

Una de su escasas diversiones en esa época era leer revistas como Shōnen, Shōjo, etc., que le enviaba su hermano mayor Yasaburō, alumno de la escuela para maestros de la prefectura de Kagawa.

A los quince años consiguió un empleo en la oficina de correos, por el que recibía un sueldo inicial de dos yenes al mes. Tres años después, a causa del exceso de trabajo, enfermó de pleuresía, y más tarde contrajo tuberculosis vertebral. Aún así, a pesar de que debía acudir al médico con regularidad, siguió trabajando. Cuando dejó ese empleo por un puesto de trabajo en el ayuntamiento del pueblo, cogió el sarampión, y la fiebre alta que padeció, de algún modo, hizo que se curara de la tuberculosis. En ese momento Sakae tenía veintidós años y su salario mensual era de treinta yenes, cantidad con la que pudo comenzar a ahorrar algún dinero. Por aquel entonces, el poeta Shigeji Tsuboi a veces volvía de Tokio y permanecía en la isla unos días. Shigeji había nacido en un hogar acomodado y era conocido por seguir la ideología comunista. Fue leyendo las publicaciones de Shigeji, la revista literaria Shuppatsu (Partida) y su poemario Damu-Damu que él le había enviado desde Tokio, como Sakae descubrió que su amigo vivía en un mundo extraño y muy diferente al de la isla. No solo mantenía correspondencia con el poeta, sino también con Denji Kuroshima, otro escritor que había nacido en Shōdoshima. Por eso, aunque se hizo mayor para contraer matrimonio, por ayudar ecómicamente a su familia y por una grave enfermedad, no se permitía a sí misma quejarse, pues no quería seguir los consejos de su madre y otros familiares que le decían que se casara con un viudo o que se convirtiera en la esposa de un pescador o un agricultor. Porque para ella hacer algo así habría sido como reprimir su propio crecimiento personal o darse por vencida, y Sakae odiaba mentir sobre sus propios sentimientos.

Shigeji, en una de sus visitas al pueblo, le pidió unos veinte yenes a Sakae la noche que regresaba a Tokio. Pero cuando ella sacó ese dinero de sus ahorros para que él los empleara en lo que hiciera falta, su madre mostró su contrariedad y Sakae, irritada, arguyó que ese dinero lo había ganado ella con su trabajo. A su madre y al resto de la gente del pueblo les costaba entender que Sakae quisiera ser partícipe de las nuevas ideas que traían consigo Shigeji y otros escritores.

Al poco tiempo le llegó una carta de su amigo.

«Shigeji me ha dicho que vaya a Tokio, a lo mejor voy a visitarlo», le dijo Sakae a su madre con firmeza, aunque sin poder evitar que sus mejillas enrojecieran intensamente.

Ya había cumplido veinticinco años y era una mujer adulta. Tenía que irse de casa de sus padres e independizarse. Como alguien que se ha criado en el mar, sabe que lo mejor es dejarse llevar por la corriente aunque no tenga idea de hacia dónde la conducirá. Partió de la isla en barco como si confiara su suerte a esa corriente a la que no podía oponerse, y en Kobe se subió a un tren. Cuando llegó a la estación de Tokio, Shigeji no estaba allí para recibirla, a pesar de que le había enviado un telegrama. Al bajar al andén de la estación de ladrillos rojos de Tokio, que le resultaba familiar por haber visto el edificio en grabados, postales y periódicos, se había sentido con el pecho henchido de alegría, pero, después de esperar una hora a Shigehi, su pecho pareció encogerse.

Allí, de pie, entre una marea de pasajeros que subían y bajaban las escaleras, sin poder moverse a otro andén más amplio y menos transitado, Sakae se arrepentía por haber actuado a la ligera, y mientras chasqueaba inconscientemente la lengua se decía: «Qué vergüenza, pero si ya tengo veinticinco años y Shigeji no se ha comprometido conmigo ni me ha declarado su amor. Solo me dijo ven a visitarme, y yo tan contenta. Seguro que se ha olvidado de la carta que me escribió. Lo que debería hacer es seguir trabajando en el ayuntamiento de Sakate». De este modo se menospreciaba Sakae como si tuviera un bicho en su interior que no paraba de arrojarle palabras envenenadas.

En las tres horas que estuvo esperando no dejó de pensar que era una estúpida por continuar haciéndolo. Cogió del suelo su bolsa de mano y un paquete de sardinitas secas que llevaba como regalo, y decidió ir a casa de su hermano mayor.

En esa primera visita, la mujer de su hermano, sorprendida por su inesperado viaje a Tokio, condujo a la ya conocida Sakae hasta una sala con tatami y la invitó a tomar una sopa de udón caliente (fideos gruesos y largos) que había cocinado.

A Sakae se le saltaron las lágrimas al ver el color de la sopa de udón de Tokio —donde ella se crio la sopa de udón sanuki era clara y transparente— porque le hizo darse cuenta de que había llegado a la ciudad de Tokio, por la que tanto suspiraba, en la lejana región de Kantō. El udón de Tokio estaba teñido de un color pardo dentro de la oscura salsa de soja.

Sin embargo, una vez que llenó su estómago con el udón caliente y que dejó de tener frío en sus extremidades, se le ocurrió que tal vez Shigeji no había leído el telegrama por algún malentendido, y, como no iba a solucionar nada preocupándose demasiado, lo mejor sería pasar una buena noche. Al día siguiente saldría de casa de su hermano para visitar Tokio y a su amigo desaparecido.

Y, pensando de nuevo en su primer día en Tokio, se acostó con el corazón lleno de tristeza.

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

Yūzutsu 夕づつ es una palabra formada por la combinación de dos kanjis: 夕 (yū, la tarde) y 星 (hoshi, estrella). Es el planeta Venus que se ve en el cielo del oeste, al atardecer (西の空に見える金星). Y aunque todos sabemos que Venus es un planeta, tradicionalmente se le ha considerado una estrella, la estrella vespertina.

Cuando leí este poema por primera vez, me gustó la sonoridad y sencillez de sus palabras que evocaban un atardecer íntimo y sereno, dirigidas a una dama desconocida.

El poeta y novelista Haruo Satō 佐藤春夫 (1892) estaba casado con la actriz Kayoko Maiya, pero se enamoró de Chiyoko, mujer del escritor Junichiro Tanizaki. Aunque su esposo parecía no amarla (tenía relaciones con la hermana de su mujer) se opuso al divorcio. Finalmente, se casaron en 1930.

¿Es posible que las palabras de este poema fuera dedicadas a Chiyoko Tanizaki, un amor tan inalcanzable y brillante como la estrella vespertina?

En el siguiente vídeo podéis escucharme recitando este poema (que yo misma he traducido) en japonés y español. Espero que os guste.

Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (2.ª parte)

Sakae Tsuboi, en muchas de sus obras, como Koyomi (Calendario), que ganó la cuarta edición del premio literario Shinchōsha, Tsuma no za (El lugar de la esposa), Kishi utsu nami (El rompeolas), Zakkyo kazoku (La familia de una sola habitación), Yane ura no kiroku (Los apuntes de la buhardilla), etc., plantea cuál es la posición de la mujer en la sociedad, y escribe una serie de novelas autobiográficas en las que mezcla ficción con sus propias observaciones personales. Así tenemos la obra Kaze (Viento), con la que ganó la séptima edición de literatura femenina en 1955.

Pero también escribió muchas historias dirigidas al público infantil y juvenil que, por su profundo contenido, recibieron, igualmente, la atención del lector adulto. Su obra más representativa dentro de esta categoría es Veinticuatro ojos.

Los niños sin madre y la madre sin hijos es otra obra importante de Tsuboi, una novela bastante extensa que la autora escribió cuando terminó la guerra.

El argumento de esta historia gira en torno a la figura de la señora Otora, una mujer de cuarenta años que ha perdido a su marido y a su único hijo en la guerra. Ella vuelve a su tierra natal en Shōdoshima y comienza a vivir sola hasta que recoge en su casa a dos hermanos pequeños, Ichirō y Shirō, hijos de una pariente que murió después de un ataque aéreo. Los dos hermanos enseguida se hacen amigos de los niños del pueblo y con ellos aprenden sobre las cosechas, los insectos y todo lo que ofrece la naturaleza de la isla. Ichirō les habla con orgullo de Kumagaya, la ciudad en la que se crio, y sobre su sueño de convertirse en ingeniero agrónomo y forestal.

En la isla, cuando un joven quería ser marinero, la familia, para que abandonara la idea, le recitaba el siguiente dicho: «Los diecisiete, los dieciocho, ¿se pueden cumplir dos veces?, ¿las flores florecen en los árboles secos?». La señor Otora se sirve de este dicho para explicar a sus pupilos que deben vivir intensamente cada instante de sus vidas porque nunca habrá una segunda oportunidad. Sus palabras encierran una crítica a los límites que imponen las condiciones sociales, y, sobre todo, a la guerra, que se lleva la vida de los más jóvenes.

Una tarde, a principios de verano, aparece el padre de los niños cuando estos jugaban en la playa. La escena del padre que va a Shōdoshima a buscar a su familia nos hace sentir alivio, pero no es el final feliz de esta historia. El padre, un soldado desmovilizado, no encuentra trabajo. Ante la preocupación de su hijo mayor, este le explica con calma que es debido a los prejuicios de la sociedad. Durante la guerra fue expulsado de su trabajo porque era profesor de inglés y, tras ser obligado a ser soldado raso, es hecho prisionero por la Unión Soviética.

El padre de Ichirō y Shirō y la señora Otora quieren unirse para formar una familia, pero antes consultan a los niños para pedir su aprobación, respetando sus sentimientos. Un esposo que ha perdido a su esposa, una esposa que ha perdido a su esposo, unos niños que han perdido a su madre, una madre que ha perdido a su hijo. Unas personas que han padecido mutuamente los horrores de la guerra, ¿no es mejor que vivan juntas?

Sakae crio al hijo de un familiar que quedó huérfano, pero ella nunca pudo tener hijos. Sin embargo, su manera de retratar a los niños es tan hábil y esmerada que podría hablarse de instinto maternal. Su corazón está con el pueblo llano, y escribe sobre su dolor y sufrimiento, sin exaltarse y en un tono calmado. Pero también alienta y da esperanza a los adultos a través de la inocencia de los niños.

La autora deseaba que, en un mundo pacífico y sin guerras, se trabajara para que no hubiera discriminación ni prejuicios, y que los niños pudieran vivir felices rodeados del cariño de sus padres. Y, así, este deseo se convitió en literatura.

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Datos biográficos de Sakae Tsuboi

Proyecto personal Sakae Tsuboi

Amistad, de Saneatsu Mushanokōji

Un triángulo amoroso es el eje argumental de esta novela que se publicó por primera vez en 1919.

Para entender esta obra hay que conocer su contexto histórico. La primera guerra mundial acababa de finalizar, y Japón, con el fin de continuar con su proceso de modernización, impulsaba la salida a Occidente de científicos y artistas. Este deseo patriótico de superación recorre la novela de principio a fin y se ve reflejada en la idea de sacrificio de los personajes principales, Nojima y Omiya, que antepondrán su amistad sobre su propia felicidad.

La novela tiene una fácil lectura, pero parece algo encorsetada, sobre todo en los diálogos, cuando se habla de moral y política. Sin embargo, la parte epistolar resulta más fresca y natural, y ayuda a entender mejor la personalidad de los tres protagonistas.

Su autor es Saneatsu Mushanokōji (1885-1976), novelista, dramaturgo y filósofo.

Estudió literatura inglesa en la universidad de Tokio y recibió clases de Natsume Soseki, pero abandonó la carrera poco después para comenzar sociología. Desde muy joven, su escritor de cabecera fue León Tolstoi, y, siguiendo su filosofía humanista, participó en la creación de una sociedad utópica en la provincia de Miyazaki, en 1918.

Título: Amistad (Yūjō)

Autor: Saneatsu Mushanokōji

Traducción: Elena Gallego Andrada y Fernando Rodríguez-Izquierdo

Editorial: Luna Books

Mis amados niños. Introducción: un retrato de esperanza y afecto (1.ª parte)

¿Conocéis Shōdoshima? Si abrís un mapa de Japón por la página de las regiones de Chūgoku y Shikoku, «al este del mar interior de Seto, encontraréis una pequeña isla que tiene la forma de un perrito inclinado sobre su comida», escribe Sakae Tsuboi al principio de su novela Los niños sin madre y la madre sin hijos para presentar su tierra natal, Shōdoshima. Como ella dice, Shōdoshima (isla Shōdo) tiene la figura de un perrito; es una isla pequeña, pero, dentro del mar interior de Seto, es la segunda más grande después de Awajishima. En el extremo este de la isla, en la rodilla de la pata trasera del perrito, nació Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai).

Shōdoshima es conocida por la belleza de su paisaje otoñal y por las extrañas formas de las rocas que se encuentran en el lugar turístico de Kankakei, pero también por ser el único lugar en Japón donde se ha podido cultivar olivos con éxito, gracias a las suaves temperaturas de un clima muy parecido al de la costa mediterránea. A principios de verano, dicen que, en el terreno inclinado que está frente al golfo Uchinomi, las verdes hojas de los olivos emiten una luz oscilante que produce la sensación del movimiento del mar.

Entre los productos típicos de Shōdoshima sobresale la salsa de soja. Su manera de fabricarla se transmite desde hace cuatrocientos años, aproximadamente. En su elaboración se utiliza una sal de excelente calidad, también de la isla, que hace que su fermentación sea comparable a la de Noda o Chōshi en Kantō. Otro producto es el sōmen, unos fideos largos y finos que destacan sobre el resto por su fuerza y grosor. Antiguamente gozó de gran prosperidad el negocio de fabricación de barriles para la salsa de soja, y sus artesanos eran apreciados por su técnica y buen hacer. Uno de estos artesanos fue Tokichi Iwai, padre de Sakae Tsuboi.

En este escenario, una isla montañosa en la que sus habitantes se ganaban la vida con la pesca y la agricultura, se desarrollan las historias de muchos de los cuentos infantiles y novelas de Sakae Tsuboi, que tienen como protagonistas a su gente, a la naturaleza, y, en especial, a los niños.

Su obra más importante es Veinticuatro ojos, publicada en 1952 y llevada enseguida al cine por el director Keisuke Kinoshita. La novela nos relata el fuerte vínculo que se crea entre doce niños de un pequeño colegio y su nueva profesora. El gran éxito de la película, estrenada en 1954, convirtió a Sakae Tsuboi en una escritora muy popular en Japón, y el número de sus lectores creció rápidamente.

La guerra había terminado hacía nueve años, y Japón, todavía devastada por los bombardeos aéreos y muy empobrecida, empezaba poco a poco a levantarse sobre sus cenizas. Es posible que el éxito de la película se debiera a la añoranza de la gente al ver las imágenes de una Shōdoshima no bombardeada, y que sus apacibles playas, sus montañas y huertas les hicieran recordar al Japón de antes de la contienda. Todo el mundo había perdido un familiar, un esposo, un hermano… La guerra les había arrebatado a sus seres queridos, pero, al igual que en la película, todos intentaban superar su dolor y llenarse de esperanza hacia el futuro.

Los decorados que sirvieron para hacer la película se dejaron sin desmontar en Shōdoshima, y se convirtieron en Eiga Mura. En la primera película la protagonista fue Hideko Takamine, pero años más tarde se rodó una nueva versión, utilizando los mismos decorados, con la actriz Yūko Tanaka.

Junto a Eiga Mura se encuentra el Museo de Literatura Sakae Tsuboi, que reúne, principalmente, documentos y libros de la escritora. Actualmente, este lugar se ha convertido en un nuevo centro turístico que cada año recibe la visita de un gran número de personas.

Sakae Tsuboi (1899-1962) nació en el pueblo de Sakatemura, desde cuyo puerto sale la ruta que va a la región de Hanshin (Ōsaka y Kōbe). En esta aldea vivió hasta los veinticinco años y sufrió los rigores de la pobreza y la enfermedad.

Pero de Shōdoshima también salieron otros literatos de la misma generación, como el poeta Shigeji Tsuboi (1897-1975), esposo de Sakae, que nació en el seno de una acaudalada familia del pueblo de Nōmamura y marchó a Tokio muy joven para iniciar su carrera literaria, y el escritor proletario Denji Kuroshima (1898-1843), también del mismo pueblo.

Estimulada por estos escritores, Sakae empezó a formarse intelectualmente con la lectura de libros y revistas literarias, y secretamente se inició en la escritura. Por influencia de su marido y por su naturaleza caritativa, abrazó el movimiento proletario con el deseo de cambiar las duras condiciones en las que vivía la gente común.

¿Has leído alguna vez la literatura juvenil de Sakae Tsuboi? Algunos de sus cuentos aparecen en los libros de texto, como Sakamichi (La pendiente) y Kaki no Ki no Aru Ie (La casa con el árbol de caqui). Este último cuento narra la historia de una familia que vive en una casa con un gran árbol de caqui. El padre es marinero y la madre confecciona kimonos y cuida de sus dos hijos, Fumie y Yōichi. También vive con ellos la abuela, que se ocupa de los quehaceres de la casa. En el barrio vive también un matrimonio, el tío abuelo Santarō y su mujer que, al no tener hijos, sienten un gran cariño por los niños. Un día en la familia de Fumie y Yōichi nacen dos gemelos.

—¡Vaya! ¿No son bonitos los gemelos? Vuestra madre ahora tiene doble trabajo, pero también doble diversión. Tiene que hacer ropa para dos, zapatos para dos cuando crezcan, y comprar juguetes para dos. Empezarán a andar juntos, irán al colegio juntos y los dos se harán adultos al mismo tiempo. ¿No os parece gracioso? les decía la abuela a Fumie y a Yōichi, que, poco a poco, empezaban a alegrarse por la noticia.

—Tenéis que llevaros bien pequeñuelos, que habéis nacido juntos —les decía la madre.

Pero se comentaba que uno de los gemelos iba a ser para el tío Santarō, que no tenía hijos.

Yōichi no quería entregarle a ninguno de los bebés, a los que pusieron los nombres de Hidemi y Shinnosuke, y estaba tan en contra que le arrojó a la cara el futón que había llevado.

—Pero mira, los dos gemelos tienen la misma cara. Tienes dos, ¿por qué no me das uno?

—¡No, te he dicho que no! ¡Los niños no son ni mandarinas ni caquis!

Cuando el tío Santarō escuchó esto, se dio por vencido y se arrodilló en el suelo para pedirle perdón. Ya no le iba pedir nunca más a ninguno de los bebés. Esa fue la última vez que el tío Santarō habló de quedarse con Shinnosuke.

El tío Santarō y su esposa iban cada día a ver a los bebés. Les llevaban pañales y ropa que habían cosido, udón hecho a mano para que la madre pudiera dar leche y huevos recién puestos. Ante estos cuidados, la fuerte determinación de Yōichi empezó a vacilar.

Poco a poco la leche se fue volviendo insuficiente, y los niños se turnaban para ir a la aldea vecina a comprar leche en polvo.

Un día, Yōichi, cuando se dirigía al pueblo a comprar la leche, se encontró con su tío en el camino; llevaba una cabra que tenía unas hermosas ubres que le colgaban del vientre. Estaba pensando cuánto le gustaría que compartiera un poco de leche con él cuando su tío, que sabía a dónde iba, se rio y le dijo:

—Bueno, ya no hace falta que vayas. Me han dicho que esta cabra puede dar alrededor de seis litros de leche cada día. Puede criar gemelos, y hasta tres niños.

Yōichi se puso muy contento, y pensó que el tío Santarō era de verdad una buena persona. ¿Por qué le diría a este buen hombre que nunca le daría al bebé? Y no pudo evitar pensar que era un mezquino. Sin embargo, ya no podía retractarse, y, después, su tío jamás le volvió a comentar que quería quedarse con Shinnosuke. Mientras Yōichi pensaba qué debía hacer, el otro le ofreció la cuerda que sujetaba a la cabra por el cuello.

—Toma, llévatela.

—¿De verdad, tío Santarō?

—¡Pues claro! ¿No eres tú quien la necesita?

Yōichi estaba a punto de echarse llorar. Como no estaba acostumbrado a llevar una cabra, sujetaba la cuerda con miedo, pero la cabra, indiferente, caminaba despacio mientras comía la hierba del borde del camino.

—Tío, ¿y si le doy a Shinnosuke? —se atrevió a decirle.

Su tío, sin reírse, le contestó:

—Eso estaría bien.

—Tío, se lo doy. A mí no me importa.

—¿De verdad? Pero yo también lo he pensado. Cuando Shinnosuke crezca, no sabemos cuál va a ser su reacción.

La cabra siempre estaba sujeta al árbol de caqui.

La charla sobre Shinnosuke quedó en nada, pero, cuando la madre se quedó sin fuerzas por el cuidado de los gemelos, Yōichi, al tener noticia de esto, de repente tomó una decisión.

Los bebés dormían uno frente a otro, ajenos a todo, en su cuna debajo del caqui. Cuando abrieron sus ojos, un bebé salió de esa casa en brazos de la mujer del tío Santarō, con la cabra y un arbolito de caqui que le había regalado Yōichi.

La autora, con su natural sencillez, narra esta terrible historia de manera risueña y alegre. Siente afecto hacia sus personajes: por el tío Santarō y su deseo de ayudar ; y por Yōichi, el hermano mayor, que no quiere separar a sus hermanos gemelos. En las historias de Sakae Tsuboi los niños tienen voz y se toma en consideración sus opiniones y sentimientos. La separación de unos hermanos no es algo que deba ser tratado con ligereza y así lo expresa un niño de apenas diez años.

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