Superstición

Ha florecido en mi jardín un ramillete de flores Higanbana. No sé cuándo, ni cómo, pero allí estaban sobre la hierba mostrando su belleza perfecta y fría. En cuanto las he visto he tenido un sentimiento de inquietud. Esta flor está asociada a la muerte. ¿Qué debería hacer? Mi primer impulso ha sido arrancarlas de la tierra para que no volvieran a aparecer nunca más. Me he puesto en cuclillas y las he contemplado: acariciadas por el sol caliente de otoño, se mecían con la suave brisa, tan hermosas y ajenas a mi deseo de destrucción. ¿Soy capaz de quitar una vida por culpa de una leyenda, un cuento, una superstición? La naturaleza me ha dado esta ofrenda, una flor nacida de manera espontánea que a pesar de todas las dificultades ha conseguido florecer y hacer que su vida sea totalmente plena.

No, no voy a ser controlada por ninguna creencia.

Otro más

Anoche me desperté por un terremoto. La sacudida me sacó de mi sueño y fui consciente de cómo se movía toda la habitación. Pero no me alteré, ni me asusté. Con los ojos cerrados, esperé pacientemente a que cesaran los temblores y cuando mi cama dejó de moverse, miré el reloj de mi mesilla de noche: eran más de las tres y media. Luego me di la vuelta y seguí durmiendo.

La primera vez que sentí un terremoto también estaba en la cama, despierta, a punto de apagar las luces. La lámpara del techo se movió de un lado a otro peligrosamente encima de mi cabeza y yo me quedé petrificada de miedo sin saber qué hacer. Después tardé mucho en calmarme, cualquier ruido podía ser el preámbulo de otro temblor. ¿Por qué anoche no tuve miedo? Siempre me he asustado cuando se produce uno de esos temblores, incluso he soltado algunas lágrimas de terror. Tal vez estaba demasiado cansada para prestarle atención a un terremoto inoportuno que tenía la desfachatez de molestar mi descanso, o, simplemente, he aprendido a vivir con ese temor, igual que vivo sabiendo que estoy rodeada de innumerables peligros.

Padre

Hace calor y tengo abiertas las ventanas para dejar entrar la brisa que sopla desde esta mañana, pero también ha entrado la humedad y se ha metido por todos los rincones de la casa. Otro domingo tranquilo. Nadie pasa por la calle (tampoco el resto de la semana). Para ver a otras personas hay que acercarse a algún centro comercial donde todos se afanan por comprar cosas que realmente no necesitan. Allí hay bullicio, gente que se ríe y padres aburridos que acompañan a sus esposas. Hoy es el día de estos últimos, de los pobres y sufridos padres, que dedican su día de descanso a la familia. La mayoría de ellos se levanta muy temprano, cuando la mañana aún es oscura, y soñolientos se dirigen a su trabajo subidos en un tren o conduciendo su propio coche. La hora de la vuelta a casa es incierta. Por lo general regresan cuando sus retoños ya están en la cama soñando con grandes aventuras. Por eso el padre, con el paso del tiempo, acaba convirtiéndose en una figura ajena y distante para ellos. Los hijos crecen y traspasan el umbral de la adultez, y salen del hogar paterno en pos de su futuro sin sentir un gran dolor por la separación. Transcurre un año, dos, tres o más y el hijo, que apenas vio a su padre de niño, no se digna a hacerle una visita aunque viva a menos de una hora. Tiene cosas mejores que hacer, trabaja mucho durante el día y llega a casa agotado. Tal vez se acuerde hoy de su viejo y lo llame por teléfono si se fija en los carteles de las tiendas con la fecha de tan señalado día: Chichi no Hi, Día del Padre.

«Entonces, tus hijos cuando ven a tu marido le preguntan: ¿Tú quién eres?», le dije a mi amiga hace muchos años, bromeando. Me reí en su momento. Me resultaba inconcebible que un padre no quisiera pasar el domingo con sus hijos y que prefiriera irse a jugar al golf con sus clientes. Era un hombre que vivía para su trabajo, como muchos otros. Las nuevas generaciones quieren cambiar esto, pero es difícil. El trabajo siempre estará antes que la familia.

Padres llenos de obligaciones. Padres cansados que juegan al pachinko para no pensar en nada. Padres que se quedan solos cuando las esposas se divorcian y contraen matrimonio con otro hombre. Padres que salen a correr con sus hijos antes del trabajo. Padres estafados por el «ore ore». Padres imperfectos. Padres que envejecen. Padres necesitados de amor…

Comunicación

Espero pacientemente a que llegue mi turno para pagar la compra. Miro a la derecha, hay varias filas de señoras delante de las cajas registradoras. Miro a la izquierda, otras tantas filas de mujeres, casi todas mayores. Ninguna habla, ninguna dice nada. Todas esperamos en silencio. Y de repente siento nostalgia. En mi añorada y ruidosa España, todo el mundo habla en voz alta. Mujeres que levantan la voz como si declamaran ante el público de un teatro. Mujeres que se ríen y preguntan por la familia. Mujeres que no conoces, pero que charlan contigo como si fueran tus amigas. Escucho sus voces en mi mente, en mis recuerdos y me embarga un sentimiento de tristeza.

La mujer que está delante de mí termina de pagar y coloca su cesta en la mesa que hay enfrente. Es mi turno. La cajera me saluda amablemente con un “konnichiwa”. Yo le respondo con una leve inclinación de cabeza y enseguida saco mi tarjeta de puntos. Contemplo cómo va acomodando mi compra en otra cesta de plástico, sin prisas pero eficientemente. Las bandejas de carne y pescado abajo, las bolsas de patatas fritas y sembei, arriba. Todo es sosiego en el supermercado, donde la gente susurra para no molestar.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Belleza

La belleza de la naturaleza siempre nos admira. ¿Pero qué es bello?
Cuando esta mariposa era una simple oruga, gruesa y verde, no la mirábamos con tanta simpatía, ni nos parecía hermosa. Era una enemiga.
Ahora es un ser angelical que vuela de flor en flor, regalándonos la vista con sus alas de colores.
Pero si miramos de cerca…

Mariposa Agehachō (Papilionidae)

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

Yūzutsu 夕づつ es una palabra formada por la combinación de dos kanjis: 夕 (yū, la tarde) y 星 (hoshi, estrella). Es el planeta Venus que se ve en el cielo del oeste, al atardecer (西の空に見える金星). Y aunque todos sabemos que Venus es un planeta, tradicionalmente se le ha considerado una estrella, la estrella vespertina.

Cuando leí este poema por primera vez, me gustó la sonoridad y sencillez de sus palabras que evocaban un atardecer íntimo y sereno, dirigidas a una dama desconocida.

El poeta y novelista Haruo Satō 佐藤春夫 (1892) estaba casado con la actriz Kayoko Maiya, pero se enamoró de Chiyoko, mujer del escritor Junichiro Tanizaki. Aunque su esposo parecía no amarla (tenía relaciones con la hermana de su mujer) se opuso al divorcio. Finalmente, se casaron en 1930.

¿Es posible que las palabras de este poema fuera dedicadas a Chiyoko Tanizaki, un amor tan inalcanzable y brillante como la estrella vespertina?

En el siguiente vídeo podéis escucharme recitando este poema (que yo misma he traducido) en japonés y español. Espero que os guste.

Amistad, de Saneatsu Mushanokōji

Un triángulo amoroso es el eje argumental de esta novela que se publicó por primera vez en 1919.

Para entender esta obra hay que conocer su contexto histórico. La primera guerra mundial acababa de finalizar, y Japón, con el fin de continuar con su proceso de modernización, impulsaba la salida a Occidente de científicos y artistas. Este deseo patriótico de superación recorre la novela de principio a fin y se ve reflejada en la idea de sacrificio de los personajes principales, Nojima y Omiya, que antepondrán su amistad sobre su propia felicidad.

La novela tiene una fácil lectura, pero parece algo encorsetada, sobre todo en los diálogos, cuando se habla de moral y política. Sin embargo, la parte epistolar resulta más fresca y natural, y ayuda a entender mejor la personalidad de los tres protagonistas.

Su autor es Saneatsu Mushanokōji (1885-1976), novelista, dramaturgo y filósofo.

Estudió literatura inglesa en la universidad de Tokio y recibió clases de Natsume Soseki, pero abandonó la carrera poco después para comenzar sociología. Desde muy joven, su escritor de cabecera fue León Tolstoi, y, siguiendo su filosofía humanista, participó en la creación de una sociedad utópica en la provincia de Miyazaki, en 1918.

Título: Amistad (Yūjō)

Autor: Saneatsu Mushanokōji

Traducción: Elena Gallego Andrada y Fernando Rodríguez-Izquierdo

Editorial: Luna Books

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