Un mono en el camino

Adoro mis paseo matutinos. Me relajo, hago ejercicio y descubro cosas interesantes. Pero hoy han sobrepasado mis expectativas. Cuando volvía a casa, en el camino, me he encontrado con un mono. Al principio no daba crédito a mis ojos —no estoy en un zoológico, ¿verdad?– y luego me he detenido asustada y sin saber qué hacer porque era más grande de lo que imaginaba. Un conocido, el día anterior, me había contado que un mono solitario merodeaba por la ciudad, pero no esperaba encontrármelo al día siguiente, ni tampoco que tuviera ese gran tamaño (el mono japonés, Macaca fuscata, mide entre 50 y 90 centímetros, estoy segura de que este no era nada pequeño).

El mono estaba sentado sobre la valla de una casa. Enseguida ha bajado a la acera y se ha paseado de un lado a otro nervioso e inquieto. Desde la casa alguien ha hecho ruido para espantarlo y el mono, enfurecido y con una agilidad asombrosa, se ha metido en el jardín de un salto y ha vuelto a salir después de unos segundos. Yo lo estaba viendo todo a varios metros del lugar y he conseguido hacer algunas fotos.

Muy cerca del animal, en el otro extremo, había una mujer con dos perros. Uno de ellos lanzó algunos ladridos, pero la dueña lo ha hecho callar rápidamente. Finalmente, el mono, harto de la situación, ha cruzado la calle, y yo, temerosa de que fuera hacia donde me encontraba, he salido corriendo calle arriba, una calle sin salidas cercada por dos muros muy altos. Sin embargo, el mono no fue tras de mí, sino que tomó otra dirección. Cuando un minuto más tarde volví al mismo punto, el mono había desparecido. Tal vez había huido por una calleja que desemboca en un bosquecillo de bambúes.

Llegué a casa totalmente excitada y con ganas de narrarle a todo el mundo mi gran aventura. Una vez que me hube calmado, consulté la página web del ayuntamiento donde se hacían unas recomendaciones en el caso de que alguien se topara con el mono. Decía que no se le podía mirar fijamente a los ojos (¡anda que no!) porque lo tomaría como una amenaza y que no se le debía ofrecer ningún alimento (yo había pensado en llevarme un plátano mañana), porque dejaría de tener miedo de los humanos y se acostumbraría a vivir en nuestra ciudad.

En fin, mañana daré mi paseo de siempre, aunque llevaré un paraguas conmigo para sentirme más segura.

Me pregunto a dónde se dirigirá el mono y por qué está solo. Parece un rōnin, un samurái sin amo que se busca la vida sin servir a nadie.