Septiembre

Ha llegado septiembre, pero el calor continúa con nosotros, persistente e inagotable.

Hoy, aunque sabía que no era una buena idea, me levanté temprano para dar mi acostumbrado paseo matutino. Pronto me di cuenta de mi error. El aire era caliente y húmedo, asfixiante como en una sauna. A cada paso que daba, sentía mi cuerpo flojo y sin fuerzas.

En el camino vi a una pareja de ancianos sentada en un muro bajo de cemento. La mujer abanicaba a su compañero con un “uchiwa” mientras le decía algunas palabras. Creo que le estaba recomendando no andar con semejante calor. Sorprendentemente, hablaba con voz fuerte y firme en medio del silencio de la mañana, sin inquietarse por las personas que aún dormían a esa hora. Es posible que el hombre hubiera sufrido algún desmayo o cansancio repentino y que por esa razón la señora no dejara de refrescarlo con el abanico. Al pasar cerca de ellos, la anciana dirigió la vista hacia mí y me saludó amablemente.

La cuesta que subía resultaba eterna. Bajo la mascarilla, podía percibir los ríos de sudor que corrían por mi cara y cómo la ropa se adhería a todo mi cuerpo.

Una chica que estaba corriendo —¡no sé de dónde sacaba la energía!— se tapó la boca con la mano cuando se acercaba a mí. No era la primera vez que coincidíamos en nuestra ruta, por lo que su gesto de cortesía ya me era familiar. Muchos de los transeúntes con los que me topaba no llevaban mascarilla, amparándose, tal vez, en la excusa de que a esas horas de la mañana las calles estaban solitarias. Pero no era así. En el parque y alrededores, la gente madrugadora iba y venía, y algunos formaban corrillos para hablar despreocupadamente a pesar de los carteles de advertencia. Yo no podía dejar de mirar con resentimiento sus caras limpias y libres del bozal de la mascarilla. Resignada, me dispuse a volver a casa, pero antes me fijé en unos girasoles que se mantenían erguidos en un rincón del parque. Con su llamativo color amarillo parecía que proclamaban alegres que el verano seguía —todavía— aquí.