Soñé

Esta mañana no he ido a caminar. El pitido desagradable del reloj me despertó, pero no le hice caso —me dolía la cabeza y estaba cansada—. Cerré de nuevo los ojos tras el sobresalto y soñé un sueño absurdo que terminó en tragedia. ¿Quién escribe el guion de nuestros sueños mientras dormimos? ¿Quién decide el desenlace final? El dolor que sentí fue tan profundo y desgarrador que mi mente no tuvo más remedio que despertarme para dejarme salir de aquel infierno. Lo hice jadeando. Enseguida me di cuenta de que solo había sido una pesadilla, pero no experimenté ningún alivio. Me quedé en la cama sin ganas de moverme y recordando con tristeza aquella imagen de un cuerpo pálido e inerte. Como en la vida real, no había nada que pudiera deshacer. Pero ese dolor estaba dentro de mí y necesitaba entenderlo, conocer su origen, diseccionarlo en pequeñas partes, y eso hice después de desayunar. Me senté ante el ordenador y miré desde la distancia, analicé cada fragmento, cada elemento de mi sueño y, así, palabra a palabra pude llegar a comprender. El hecho era muy simple: en mi sueño solo había rememorado antiguos temores; minúsculos detalles sin importancia del día anterior, palabras que dije, imágenes que vi. Todo eso habría quedado sepultado en el olvido si me hubiera levantado temprano, si no hubiera soñado otra vez.

Por fortuna, casi todos los sueños acaban borrándose de nuestra mente o se transforman en una niebla espesa que no nos deja ver con claridad.

A través de la ventana que tengo a mi lado, el sol entra a raudales y calienta mi cuerpo. Esa luz me reconforta. Lo mejor es olvidar.