Kawaii Amabie

Ayer fue el Día de Todos los Santos, pero en Japón esta fecha no significa nada. Era un domingo como otro cualquiera. Para descansar, para jugar con los niños, para ir al centro comercial.

Salí por la tarde, después de comer, decidida a dar un gran paseo. El cielo gris amenazaba con dejar caer algunas gotas de lluvia, así que metí un paraguas en mi mochila por si las moscas. Afuera hacía calor y no tardé mucho en desprenderme de mi chaqueta.

Entré en el parque. Muchos coches habían aparcado dentro y se habían apropiado del camino que solía ser de los transeúntes. Se disputaba un partido de béisbol. En el campo de juego, los jugadores se veían jóvenes, casi niños, pero al observarlos más detenidamente, me di cuenta de que eran señores que estaban más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Me había engañado la agilidad con la que se movían. Sorteando algunos de esos coches, seguí hasta la zona de juegos. Un grupo de jóvenes padres jugaban con sus niños pequeños. Pero no se oían gritos estridentes ni lloros. Se movían casi en silencio. Un padre, sentado en el escalón del foso de arena, sostenía una bola de barro en su mano con la mirada perdida. Como él, otros padres allí congregados tenían el aspecto de estar bastante aburridos, como si estuvieran deseando estar en otro sitio.

Dejé atrás el parque y me encaminé hacia el santuario Tenma con un objetivo: comprar una figurita de Amabie. Ya tenía una pequeña lámina que representa su imagen plana, pero ahora quería hacerme con una tridimensional. Costaba unos 500 yenes, un precio nada desdeñable. Aunque abrazo cualquier superstición que no sea dañina, no era esto lo que me empujaba a comprar el yōkai salvador, sino el deseo de guardar un recuerdo palpable de estos días, porque, muy dentro de mí, confío en que pasen estos momentos de incertidumbre y preocupación, y cuando esto suceda, cada vez que contemple mi pequeño amuleto, me alegraré y sonreiré por lo que dejamos atrás.

En el recinto del santuario había tres parejas de padres con sus hijos pequeños, todos vestidos de gala. Acababan de celebrar la ceremonia de Shichi-go-san que siempre tiene lugar en noviembre. Se hacían fotos frente al templo. A su alrededor también se econtraban miembros del personal del santuario dispuestos a prestar su ayuda. Incluso había un pequeño puesto ambulante de dulces pegado al escenario cuadrado del santuario, en el centro del patio. Al detenerme un momento para echarle un vistazo, el tendero, solícito, me invitó a acercarme para que comprara algo. Sin embargo, yo solo tenía ojos para el mostrador donde se exponían los amuletos. Le pregunté al encargado si vendían «Amabíes», mientras miraba por encima. ¿Omamori?, me preguntó. Sí. Aquí están, y me señaló una esquina donde se alineaban unas vistosas figuritas de color rosa y verde, muy cerquita las unas de las otras. No sé si el hombre notó mi confusión y cierta desilusión en mi rostro —llevaba mascarilla—, porque, francamente, me había esperado otra cosa. Las figuras eran de cerámica —tan pequeñas que casi podías encerrar una en la palma de la mano— y no de trapo como las había imaginado. El rosa chicle y el verde chillón me hicieron pensar en caramelos. Detrás, en la espalda, rezaba una leyenda: «ekibyō taisan» (疫病退散), es decir, «aléjate epidemia». En su interior sonaba un cascabel. Elegí una figura de Amabie y se la di al encargado para que la metiera en una bolsita de papel con la insignia del santuario.

Después proseguí mi paseo. Crucé uno de los numerosos puentes que hay sobre el río Mukogawa, cuyas aguas corrían apaciblemente, y fui aún más lejos, caminando entre arrozales secos y tierras de labranza. Una bandada de cuervos picoteba en uno de esos arrozales. Algunos levantaron el vuelo cuando me vieron con mi cámara en ristre, dispuesta a hacer algunas fotos; otros solo me miraron de reojo y siguieron con lo que estaban. Dos horas más tarde volvía a casa, cansada de vagabundear. La luz de la tarde realzaba el intenso rojo de las hojas de los árboles. Tan hermosas. Quién dice que el otoño es triste. ¡Está lleno de color!

Un buey con mascarilla

Tercer día sin lluvias. Brilla el sol con suavidad y el aire es fresco.
Las nubes en el cielo parecen las pinceladas de un pintor.

En el santuario Tenma me he encontrado con algo que me ha hecho reír. El buey sagrado —cuyo nombre desconozco— llevaba puesta una mascarilla de los minions en su hocico. Pobrecillo, hasta él tiene que protegerse del famoso virus. Sin pensarlo he estado a punto de pasar la mano por su cabeza, como siempre, para que me diera buena suerte, pero enseguida me he contenido, en estos tiempos el verbo “tocar” es un verbo prohibido. ¡Qué pena!