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Otro más

Anoche me desperté por un terremoto. La sacudida me sacó de mi sueño y fui consciente de cómo se movía toda la habitación. Pero no me alteré, ni me asusté. Con los ojos cerrados, esperé pacientemente a que cesaran los temblores y cuando mi cama dejó de moverse, miré el reloj de mi mesilla de noche: eran más de las tres y media. Luego me di la vuelta y seguí durmiendo.

La primera vez que sentí un terremoto también estaba en la cama, despierta, a punto de apagar las luces. La lámpara del techo se movió de un lado a otro peligrosamente encima de mi cabeza y yo me quedé petrificada de miedo sin saber qué hacer. Después tardé mucho en calmarme, cualquier ruido podía ser el preámbulo de otro temblor. ¿Por qué anoche no tuve miedo? Siempre me he asustado cuando se produce uno de esos temblores, incluso he soltado algunas lágrimas de terror. Tal vez estaba demasiado cansada para prestarle atención a un terremoto inoportuno que tenía la desfachatez de molestar mi descanso, o, simplemente, he aprendido a vivir con ese temor, igual que vivo sabiendo que estoy rodeada de innumerables peligros.

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