Viaje relámpago a Tokio (2)

Sin más contratiempos, llegué a Shin-Kobe. En cuanto me bajé del tren, busqué rápidamente un rótulo con la palabra Shinkasen, y luego, como Pulgarcito, fui de letrero en letrero hasta dar con la estación del tren bala. Para ello tuve que subir unas empinadas escaleras, continuar por un largo corredor y finalmente volver a subir otras escaleras que desembocaban casi en la entrada de la estación. Una bocanada de aire caliente me recibió al alcanzar la cima. Crucé el umbral y me detuve un momento. A la derecha había unos grandes ventanales y al fondo estaban los torniquetes de entrada. Me acerqué a la ventanilla y le pregunté a un empleado cómo se usaban los billetes —eran dos tarjetitas de color verde claro—. Me explicó que las tenía que introducir al mismo tiempo y luego recogerlas. Así lo hice. Después, el mismo empleado me señaló el número del andén, que se encontraba en la planta superior, al final de otra larga escalinata.

Aunque diez años antes había estado en ese mismo lugar (cuando las circunstancias de la vida eran totalmente diferentes), no pude evitar impresionarme de nuevo ante la amplitud de aquel espacio: el andén se extendía hasta perderse en la lejanía, como si no tuviera final. Enfrente había otra vía y otra plataforma para los trenes que se dirigían hacia el sur.

Busqué en el suelo el número de mi coche y, cuando lo tuve localizado, me senté en uno de los asientos que había cerca de la pared. Aún era temprano, pero preferí quedarme arriba y no bajar a la sala de espera que estaba al pie de la escalera. Durante esos minutos no dejé de levantarme y hacer fotos y de mirar repetidamente mi billete para asegurarme de que no cometía ninguna equivocación, y, cuando la impaciencia empezó a apoderarse de mí, me entretuve leyendo los kanjis de los letreros luminosos que anunciaban la llegada de los trenes.

El reloj ya marcaba la hora de la salida, pero el shinkansen no hacía acto de presencia. Recuerdo que lo comenté en voz alta, como solemos hacer los españoles para ver si alguien pica y así poder entablar una breve conversación, pero la señora que estaba detrás de mí solo me miró con extrañeza y no me dijo nada. De todos modos, no hube de esperar demasiado, no tardó en aparecer y pasó ante mí como una exhalación. A pesar de la velocidad, el tren de dieciséis vagones se detuvo en el lugar correcto, con una precisión casi matemática. Aguardé pacientemente a que se abrieran las puertas de seguridad y luego las del vagón, y entré. Lo primero que percibí cuando puse un pie dentro es que hacía mucho calor. Como el tren estaba inclinado hacia la izquierda, resultaba un poco incómodo avanzar por el pasillo, pero tan solo fue una ligera molestia. Enseguida me acomodé en mi asiento y puse mis pertenencias en el que estaba a mi lado —ya sabía de antemano que no tendría compañía durante todo el viaje—. A continuación extraje de mi mochila las toallitas con alcohol que había comprado para la ocasión y limpié concienzudamente la mesita plegable antes de colocar mis cosas; a partir de ahora debía extremar las precauciones.

Eché un vistazo a mi alrededor. Solo había tres personas más en mi vagón, pero en la siguiente parada, en Shin-Osaka, subieron más pasajeros, aunque no demasiados, porque con el fin de evitar los contagios por coronavirus únicamente podía sentarse una persona en cada fila horizontal de asientos. Así que puede decirse que éramos cuatro gatos los que viajábamos en ese tren, que en una situación normal habría estado abarrotado de ejecutivos vestidos con traje oscuro.

Al otro lado del pasillo, un sarariman tomaba su desayuno, un pastelito y una botella de té verde, que posiblemente habría comprado poco antes en el quiosco de la estación. Más adelante, otro oficinista bebía té de su termo con una pajita, mientras consultaba su ordenador.

Me recosté en mi asiento y miré por la ventana. Amanecía sin prisas. Las luces brillaban en la oscuridad. Gradualmente comencé a experimentar un ligero malestar: un zumbido en la cabeza y una fuerte presión en las sienes. Los oídos se me taponaban a veces. Me pregunté si no sería por la velocidad, porque me sentía como si estuviera siendo lazanda al espacio dentro de un ruidoso cohete.

Después de un rato, el sol emergió brillante y cegador. Me tapé con mi anorak, ahora tenía frío y el cansancio se adueñaba de mí. A pesar del mareo, cerré los ojos e intenté descansar. La máquina resonaba y proseguía su vertiginosa marcha hacia Tokio y yo dormitaba acurrucada.

Una sacudida me sacó de mi duermevela. A través de la ventana contemplé la luz del sol que se derramaba por todo el paisaje, y, de repente, sin previo aviso, surgió el monte Fuji tras los cables y las chimeneas humeantes de las fábricas cercanas. Su aspecto distaba mucho de las bellas estampas de Hokusai, no había nieve en la cumbre y su hermoso entorno había sido destruido. Enseguida lo perdí de vista y media hora después llegamos a Shin-Yokohama. En la pantalla de un edificio vi al futbolista Iniesta covertido en una animación, jugando con su equipo de Vissel Kobe contra el de Campeones.

Y por fin, la última parada del viaje: Tokio. Las puertas se abrieron y los pasajeros salieron sin detenerse ni un momento. Yo los seguí y bajé las escaleras siguiendo su estela, pero en la planta baja me detuve indecisa. ¿Cuál sería la salida correcta? No quería coger el metro como el resto, sino salir al exterior. Me fijé en una empleada de la estación que parecía dispuesta ayudar y le pregunté. Ella, muy servicial, estiró el brazo y me indicó con el dedo índice la dirección que debía tomar. Introduje mis billetes en el torniquete y ya no volvieron a salir.

Cuando traspasé la puerta de salida, advertí que hacía una soleada y cálida mañana, y me sentí satisfecha. Pero esa sensación se desvaneció en un santiamén: nada de lo que veía me resultaba familiar. Me di la vuelta y observé el edificio del que había salido. ¿Dónde estaba la famosa fachada de ladrillo rojo de la estación de Tokio? ¿Dónde estoy?

Viaje relámpago a Tokio (1)

Habíamos llegado demasiado pronto. «¡Venga, coge este tren, deprisa!», me apremió. Y me subí a él precipitadamente, casi sin despedirme. Las puertas se cerraron y el tren con un quejido reanudó su marcha. A partir de ahora tendría que arreglármelas yo sola. Me senté y pasé una rápida mirada a mi alrededor. En mi vagón solo había tres personas. Eran tres hombres. Uno estaba dormitando con la cabeza inclinada sobre su pecho, otro miraba el móvil con parsimonia y el tercero, que estaba más cerca de mí, leía el periódico. Eran las cinco de la mañana. En los cristales del vagón veía el reflejo distorsionado de mi figura y tras ellos, la oscuridad. Me agarré las manos e hice un intento por relajarme, tenía ante mí un día muy largo. Hoy viajaba a Tokio.

Saqué mi cuaderno y anoté mis primeras impresiones —es más fácil evocar las sensaciones si antes han quedado registradas de algún modo—. Mis letras resbalaban sobre el papel sin orden ni concierto, libres de la vigilancia de mis ojos, porque por pereza no me había tomado la molestia de buscar las gafas, que se encontraban en algún bolsillo de la mochila, y solo era capaz de entrever unos garabatos borrosos. Después guardé el cuaderno y me dediqué a repasar mentalmente todos los pasos que debía dar hasta llegar a mi destino. El primero lo daría en Tanigami, donde tendría que hacer transbordo. Conocía muy bien esta parte del trayecto, lo había recorrido muchas veces, así que gradualmente empecé a serenarme.

El tren hacía su tercera parada cuando, de repente, al volver a echar un vistazo a mis pertenencias, me di cuenta de que había olvidado algo muy importante. ¡No puede ser! Me levanté de un salto presa del pánico. «¡Ay, ay!», me quejé en voz alta, moviéndome de un lado a otro ante la indiferencia del resto de los pasajeros, que apenas me dirigieron la mirada. ¿Qué podía hacer? Rápidamente tomé una decisión y salí del vagón antes de que cerraran las puertas. El tren se alejó y yo me quedé en el andén, buscando el móvil con frenesí en los infinitos recovecos de la mochila. «¡Me he dejado la bolsa en el coche!», le grité desesperada cuando él, ajeno al drama que yo estaba viviendo, contestó de buen humor a mi llamada. «Tranquila», me dijo sin perder la calma,«¿dónde estás?». Se lo expliqué. «No te muevas de ahí, voy en el próximo tren», y cortó bruscamente. Miré el reloj de la plataforma: aún había tiempo. Tal vez podría conseguirlo. Llena de ansiedad comencé a vigilar el camino por el que aparecería el tren y, mientras lo esperaba, no cesé de reprenderme una y otra vez: por mi culpa la planificación del viaje podría irse al traste. Unos minutos más tarde, se escuchaba por megafonía la conocida melodía que avisaba de la llegada de un tren —era el que tenía que haber tomado en un primer momento—. En su interior, con una sonrisa de aliento, estaba él portando mi bolsa. En cuanto bajó, arranqué la bolsa de sus manos y subí sin detenerme. Apenas intercambiamos un saludo.

Suspiré aliviada. Todo estaba bajo control, mi viaje volvía a empezar.