Miruku

Miruku (Milk, en inglés) es una canción del cantante y compositor Tamio Okuda, que expresa la emoción de unos padres ante la imagen de su bebé recién nacido. La cantante Ayano Tsuji, con su inseparable ukelele y su dulce voz, interpreta esta canción de cuna de una manera elegante y sencilla. Esta es mi traducción al español:

Miruku

Música y letra: Tamio Okuda
Cantante: Ayano Tsuji

Con tu dedito índice 
me llama tu vida recién hecha.

La, la, la, la, la...

El llanto incansable 
arropado por dos sonrisas.

La, la, la, la, la...

Arropado...
Arropado...
Arropado...

ミルク

作詞:奥田民生 作曲:奥田民生
歌手:つじあやの

小さな小さな指先で
僕に呼びかける できたての命

La La La La La La La

疲れを知らない泣き声は
二つの笑顔につつまれて

La La La La La La La

つつまれて
つつまれて
つつまれて

La pared, de Marlen Haushofer

La pared, de Marlen Haushofer, relata una historia muy simple: una mujer queda atrapada en la montaña por una pared invisible y debe aprender a sobrevivir, junto a una vaca, un perro y una gata. No será fácil, pero el duro trabajo, cultivando la tierra y cuidando de sus animales, y, sobre todo, su amor a la naturaleza la salvarán de caer en la desesperación y el horror.

La pared no es una novela de acción (aparentemente no ocurre nada), todo lo contrario, es monótona y repetitiva, sin embargo, cuando he terminado de leer la última página, me ha embargado la emoción y no puedo dejar de pensar en ella. Nosotros también tenemos nuestra pared, absurda y terrible, que algunos aceptan y otros rechazan.

Capítulo 1: el capítulo del matrimonio (3)

A la mañana siguiente, Sakae se levantó a las seis cuando todavía estaba oscuro, tal como acostumbraba en su pueblo. En su primera noche de recién casada se dio cuenta de que no iba ser fácil vivir con Shigeji y estaba enfrentándose a un principio de desilusión. No obstante, se levantó alegremente cuando, desde la ventana sin cortinas, contempló la arboleda y escuchó el canto animado de los gorriones y los patos. Se puso el kimono, intentando no hacer ruido, se ajustó bien el obi y se recogió rápidamente el pelo en la habitación sin espejo y, tras pisar algunas columnas de escarcha, se quedó de pie ante el pretil del pozo.

Coció arroz en una olla de barro y como guarnición solo preparó una buena cantidad de sopa de miso. Después se sentó y, sin hacer nada, se quedó esperando a que Shigeji se levantara, pero él seguía durmiendo con suaves ronquidos.

Desencantada, recordó los sucesos del día anterior y los cambios demasiado sorprendentes que estaban produciéndose en su vida. Shigeji había llegado a esa casa con las manos vacías. Cuando le preguntó dónde estaban sus cosas, él, rascándose la cabeza avergonzado, le explicó que estaban en su apartamento, pero que, como debía cuatro meses de alquiler y no tenía dinero, no podía ir a por ellas, y que por esa razón había estado alojándose en las casas de sus amigos.

—Sakae, ¿me prestas dos o tres kimonos?

Shigeji le dijo que los iba a llevar a la casa de empeños. Inmediatamente, ella los sacó de su maleta de mimbre y se los entregó, incluso añadió su reloj de pulsera.

—No te preocupes. Soy un hombre casado, ¿no?, así que me voy a poner enseguida a buscar trabajo.

—¡Yo también voy a buscar trabajo! Si trabajamos los dos, podremos vivir sin problemas.

Sakae se alegraba de haber ido a la playa de Kujūkuri-hama, porque pudo ver con sus propios ojos cómo era la vida de Shigeji en Tokio, la vida con la que él soñaba en Shōdoshima. No sabía qué pensamientos tenía en su cabeza, pero de lo que sí estaba segura es de que no tenía sentido vivir en esa ciudad si no podían apañárselas bien, y lo que más odiaba Sakae era llevar una vida disoluta.

—¡No se puede vivir bien sin comer! —dijo Sakae, y cuando Shigeji salió de casa cayó de bruces en la habitación vacía y rompió a llorar.

Lloraba sin cesar porque echaba de menos a su padres y hermanos y porque al recordar la vida en su pueblo se arrepentía de haberse marchado de allí. Por esas fechas, el viento marino de invierno que azotaba los árboles con fuerza ya habría encerrado en sus casas a la gente de la isla.

Shigeji volvió contento porque le habían prestado diez yenes y enseguida le propuso a Sakae que fueran a comprar una olla y un caldero para cocer arroz. Una nueva determinación brotó de Sakae tras las lágrimas que había derramado. Ella, que hacía un rato había llorado desconsoladamente, se preguntaba por qué solo con escuchar la voz de su despreocupado Shigeji volvía a sentirse feliz y lo seguía como si flotara de alegría. Tal vez fuera porque su hakama desgastado de color castaño rojizo y su cabello largo y sucio, lejos de causarle desagrado, le sacaban una sonrisa. En el amor mutuo que sienten un hombre y una mujer, ¿no existirá también una fascinación por aquello que es contradictorio? Es el universo de un hombre y una mujer que unieron sus cuerpos. Es la compasión hacia una persona ante la que una se ha desnudado por primera vez al cumplir los veinticinco años. ¡Era feliz! En la isla nunca hubo nadie a quien deseara. Ella, que había suspirado por Shigeji, finalmente se había unido a él.

Un día escuchó que el hermano mayor de Shigeji había dicho: «Si alguien puede ser la esposa de Shigeji, es Sakae». Ella era de la misma opinión. A él no le agradaban las jóvenes de la isla, que solo pensaban en casarse y tener hijos. Si hubiera una mínima posibilidad de hacerse realidad, a ella no le importaría convertirse en la esposa de un hombre como Shigeji, que seguía diferentes movimientos ideológicos y literarios en Tokio en pos de una nueva era.

Sin embargo, él no tenía un céntimo ni un trabajo con el que ganarse la vida, a diferencia de Sakae que, a pesar de ser una mujer, se había ocupado de sostener a su famila y había trabajado en el ayuntamiendo de su pueblo, e incluso había ahorrado el dinero suficiente para viajar a Tokio. Desde el principio, se lamentó Sakae, la razón por la que Shigeji la había llamado era porque contaba con su escaso dinero ahorrado. Antes había llorado hasta quedar exhausta, pero ahora, sin saber por qué, derramaba dulces y tristes lágrimas. Hasta el bicho de lengua viperina se había ocultado en algún lugar dentro de Sakae…

Sakae Tsuboi (foto tomada en Kobe cuando viajaba a Tokio en 1925)

Hicieron las compras en un mercado cercano y volvieron a casa con las manos llenas. Después compraron dos céntimos de carbón vegetal y cinco kilos de arroz, y alquilaron tres futones de algodón fino en la tienda de futones de alquiler. En la tienda, les envolvieron los futones en un lienzo de gran tamaño para poder cargarlos.

A una tabla de cortar le colocaron cuatro patas para usarla como mesita y, muertos de risa, celebraron su primera cena. Dicen que a Shigeji le encantó la comida aunque solo consistió en una sopa de miso con satoimo, tofu y rábano secos cocinados con tofu frito, encurtido de rábano amarillo y una pequeña pieza de besugo. Con todo, si Sakae no hubiera tenido dinero ahorrado, es posible que el inicio de su vida en pareja hubiera sido muy semejante a la noche en que Tatsuo Okada dio la bienvenida a Taiko Hirabayashi, y que Shigeji, al igual que él, en esa primera cena la hubiera agasajado con unos cuencos de arroz robados de un cementerio y unos rábanos del huerto de alguien.

—Este guiso me recuerda a mi madre, ¡cómo la echo de menos!

En fin, puesto que había formado un hogar con Shigeji, debía vivir sin causarles ninguna preocupación a sus padres.

Sakae estaba esperando a que Shigeji se levantara para que le buscara un trabajo que ella pudiera hacer en casa, pero él continuaba durmiendo. Como siempre había vivido solo, estaba acostumbrado a hacer lo que le daba la gana; si ella no lo levantaba, estaba segura de que dormiría hasta muy tarde. La sopa de miso estaba completamente fría, el arroz, tibio y duro, y ella, esa mañana después de su boda, permanecía sentada sobre el tatami de la pequeña habitación sin tener nada que hacer. Entonces, escuchó a lo lejos la voz de una mujer llamando a alguien, y Sakae creyó oír: ¡Tsuboi!

¿Quién vendría a visitarlos por la mañana si se habían mudado el día anterior? ¿y cómo sabían que se habían casado?, se preguntó extrañada. En efecto, la voz no cesaba de llamar a Shigeji Tsuboi. Desde el otro extremo del jardín, llamaban como si gritaran desde la cima de una montaña esperando el eco.

—Oye, que te están llamando.

Shigeji se ajustó el kimono con el que había dormido, se enrolló a la cintura un obi negro de muselina y, frotándose los ojos soñolientos, echó un vistazo a través de los cristales del corredor que daba al exterior de la casa.

—¿Quién es?

—¡Ah! Soy Nomura, y también está conmigo Fumiko Hayashi.

Eran los mejores amigos de Shigeji, la pareja formada por Yoshiya Nomura y Fumiko Hayashi, a los que Sakae conocía de oídas porque su marido le había hablado mucho de sus amistades en esos tres días en los que habían ido de un lado para otro. Él le había contado que los dos vivían en Seta, que en la línea ferroviaria de Tamagawa era la parada que venía después de Sangenjaya, y que había ido con ellos a dar una vuelta en bote por el cercano río Tama.

A Sakae le parecía increíble que los dos poetas se hubieran acercado a visitarlos tan pronto —ella se consideraba una persona con sentido común y lo natural era sorprenderse—, estas personas que se presentaban a esas horas sin ser invitadas eran muy raras.

Dobló rápidamente los futones alquilados y los guardó dentro del armario empotrado, después se puso detrás de Shigeji, pegada a su espalda, y juntos miraron a las personas que hablaban fuera.

Leamos a continuación un texto de la propia Sakae Tsuboi. Pertenece a su obra, de corte autobiográfico, Kaze (Viento,風), publicada en la revista Bungei (文芸), en noviembre de 1954.

—¡Eh, estamos aquí!

Shūzō (Shigeji) descorrió el pasador de la puerta de cristal y levantó la mano hacia el hombre y la mujer que en medio del campo gritaban haciendo bocina con las manos. El hombre, que era de alta estatura, se acercó corriendo sin parar de reírse, corría con su largo cabello meciéndose bajo el cielo frío, mostrando la piel desnuda de sus pies descalzos hasta la entrepierna. La mujer era tan pequeña como una niña y los dos corrían cogidos de la mano como chiquillos. Especialmente Fusako (Fumiko Hayashi), que riéndose a carcajadas tiernamente decía: «N (Yoshiya Nomura), eres terrible. Corres a zancadas y casi me arrancas la mano». Después, miró a Shigeo (Sakae) y comenzó a hablarle con demasiada confianza, como si la conociera de toda la vida.


Kinō wa doko ni mo arimasen, de Tatsuji Miyoshi

Otra de las poesías que atrajo mi atención en la colección de poemas Poketto Shishū III (ポケット詩集III) fue Kinō wa doko ni mo arimasen (El ayer no está en ningún lugar) de Tatsuji Miyoshi.


 El ayer no está en ningún lugar

 Autor: Tatsuji Miyoshi
 Traducción: Matilda O. Salinas
 
 El ayer no está en ningún lugar
 Ni en los cajones de la cómoda de allí
 Ni en los cajones del escritorio de aquí
 El ayer no está en ningún lugar
  
 ¿Es una fotografía de ayer?
 Estás de pie ahí
 Estás riendo ahí
 ¿Es una fotografía de ayer?
  
 No, el ayer no está
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
 No es el reloj de ayer
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
  
 El ayer no está en ningún lugar
 La habitación de ayer no está
 Son las cortinas de hoy
 Son las zapatillas de hoy
  
 La tristeza de hoy es algo de hoy
 No es algo de ayer
 El ayer no está en ningún lugar
 La tristeza de hoy es algo de hoy
  
 No, no hay tristeza
 ¿Por qué tal tristeza?
 El ayer no está en ningún lugar
 ¿Qué tiene de triste?
  
 El ayer no está en ningún lugar
 Estabas de pie ahí
 Estabas riendo ahí
 El ayer no está en ningún lugar 
Kinō wa doko ni mo arimasen

Autor: Tatsuji Miyoshi

Kinō wa doko ni mo arimasen
Achira no tansu no hikidashi ni mo
Kochira no tsukue no hikidashi ni mo
Kinō wa doko ni mo arimasen

Sore wa kinō no shashin deshōka
Soko ni anata no tatteiru
Soko ni anata no waratteiru
Sore wa kinō no shashin deshōka

Iie kinō wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei
Kyō no tokei wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei

Kinō wa doko ni mo arimasen
Kinō no heya wa arimasen
Sore wa kyō no madokake desu
Sore wa kyō no surippa desu

Kyō kanashii no wa kyō no koto
Kinō no koto de wa arimasen
Kinō wa doko ni mo arimasen
Kyō kanashii no wa kyō no koto

Iie kanashiku arimasen
Nan de kanashii mono deshō
Kinō wa doko ni mo arimasen
Nani ga kanashii mono desu ka

Kinō wa doko ni mo arimasen
Soko ni anata no tatteita
Soko ni anata no waratteita
Kinō wa doko ni mo arimasen

Antología completa de Tatsuji Miyoshi. Edición definitiva, 1962.

定本三好達治全詩集1962


El poema, escrito en verso libre, está dividido en siete estrofas. Como una letanía se repite una y otra vez el título de la composición o parte de él, haciendo hincapié en la palabra arimasen (no está, no hay).

El poeta observa la habitación de manera minuciosa y nos hace saber que no existe ningún recuerdo del ayer (no hay nada en los cajones de la cómoda ni del escritorio), y enfrenta ese pasado al hoy del son del reloj, al hoy de la habitación, las cortinas y las zapatillas. Sin embargo, hay un elemento que sirve de nexo entre el ayer y el hoy, una foto de una persona que sonríe. ¿Quién es? ¿Una mujer a la que amó? ¿Un querido amigo? El ayer y el hoy se funden en esa foto del pasado que permanece en su presente y que provoca en el poeta un sentimiento de tristeza que se niega a reconocer.

El autor

Tatsuji Miyoshi 三好達治 (1900-1964) fue un poeta, crítico literario y editor japonés de la era Shōwa.

Nace en Osaka el 23 de agosto de 1900.

Debido a las dificultades económicas que sufre su familia, tiene problemas para finalizar sus estudios.

Se alista en el ejercito imperial japonés en 1915 con el propósito de hacer carrera como soldado, pero lo abandona años más tarde. En 1925, inicia sus estudios de literatura francesa en la universidad de Tokio y traduce obras de Charles Baudelaire y otros autores franceses.

En 1930 se da a conocer con la publicación de su primera antología poética, Sokuryōsen  (La nave de medición).

Muere en Tokio el 5 de abril de 1964.

En su obra se ve reflejada la poesía simbolista francesa, con reminiscencias de la tradición poética japonesa. Su estilo es profundo, complejo y visual.

En 2004, la ciudad de Osaka crea el premio Miyoshi Tatsuji para galardonar la mejor antología poética publicada en el país.

Reconocido a nivel nacional, la poesía de Miyoshi empieza a aparecer en los libros de texto de Japón después de la Segunda Guerra Mundial: sus composiciones, breves y aparentemente sencillas, eran idóneas para la enseñanza escolar. Pese a ello, con el paso del tiempo, Miyoshi ha ido cayendo en el olvido y se ha convertido en un poeta del pasado.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.

Crema gatuna

Encontré, en uno de los cajones del armario, mi agenda del año pasado. La había guardado para no verla más, avergonzada por la historia que contaba en ella. Pero, después de releerla despacio, empecé a ver aquel asunto con otros ojos. Una experiencia tan curiosa y fuera de lo común debía ser transmitida y no escondida en un cajón.

Hace un mes, cuando echaba un vistazo al periódico gratuito de mi ciudad, me encontré con un artículo muy interesante que me hizo levantar las cejas con incredulidad. Hablaba sobre como una señora —a partir de una idea que se le había ocurrido— había creado un producto tan novedoso como extraño: una crema de manos que tenía el aroma de las almohadillas de las patas de los gatitos… ¿Cómo?

Enseguida me picó la curiosidad. ¿Qué efluvios aromáticos desprenden las patas de un gato? Ignoraba que estos bellos animalitos tuvieran todo un repertorio de diferentes olores, pero luego descubrí, buscando en Internet, que los gatos, al sudar por las almohadillas de sus patas, segregaban una esencia que les servía para marcar territorio. Cuando acabé de leer esto, no pude evitar sentir la necesidad imperiosa de encontrar un felino para olisquerlo bien, de cabo a rabo. Pero no, no había ninguno por los alrededores…

En el periódico no se especificaba el nombre de este ungüento tan original, pero sí el nombre de la empresa. En su sitio web, se vendía la crema como un producto especialmente elaborado para los verdaderos amantes de los gatos. La tenían en varios colores, en unos bonitos envases de color pastel, con la cara de un gatito que, muy mimoso, levantaba una de sus patas. Aunque no era muy barata, ¡no pude resistir la tentación de darle al botón de compra!

Unos días después ya la tenía en casa. ¡Qué felicidad cuando vi la figura del precioso gato estampada en el envase! Con mucho cuidado levanté la tapa, y un sutil perfume llegó hasta mi nariz. En un santiamén mi alegría desapareció por arte de magia. ¡Pero si la crema olía a mantequilla!

Estaba tan desilusionada que cerré el bote de un golpe y lo guardé en el fondo de un cajón para perderlo de vista. Sin embargo, una vez que me calmé, pensando en el dinero que me había gastado tontamente, abrí el cajón muy despacio, extraje la crema y la coloqué encima de una mesa. Pasé varios minutos contemplando la cabeza del gatito, que me miraba con ojos lastimeros. Finalmente, resignada, destapé el envase y tomé una pequeña cantidad de crema entre mis dedos. Luego comencé a untármela en las manos dándome pequeños masajes y… no parecía tan mala. Pude apreciar que mis manos adquirían una suavidad parecida a la seda y que exhalaban un olorcillo rico y jugoso. ¿Qué había ocurrido? No podía dejar de pasarme las manos por la cara para sentir esa suavidad una y otra vez.

Desde entonces me la aplico todas las mañanas antes de comenzar la jornada. Aunque lo cierto es que últimamente, durante el día, no me apetece hacer nada y solo quiero acurrucarme y dormir placenteramente. A veces, cuando llega la noche, una inusual energía me empuja a moverme y a hacer cualquier actividad que antes me había parecido indeseable; incluso —y esto es un secreto— hubo más de una ocasión en la que me dieron ganas de dar una vuelta por las oscuras calles de la ciudad…

Ahora mi vida ya no es la misma. Cada día, como un ritual, embadurno mi piel con mi perfumada crema, pausadamente, sin prisas, dejando que el tiempo transcurra lentamente. Me gusta hacerlo cerca de la ventana, acariciada por el sol de la mañana, mientras vigilo, con disimulo, el mundo que hay en el exterior. ¿Por qué antes no me había dado cuenta de que los días podían ser tan deliciosos?

Pero en casa no están contentos conmigo. Dicen que actúo como una egoísta, que solo pienso en mis necesidades. No los entiendo. Deberían estar felices, ¡mi felicidad es su felicidad! Creo que están molestos conmigo porque han recibido algún que otro arañacito de nada cuando intentan despertarme de una de mis maravillosas siestas.

Hablando de siestas, creo que me voy a echar una… ¡Miaaaau!

Ella

¿Podemos sentir aprecio por algo o alguien que no nos gusta o nos causa temor? Hay una conocida expresión que dice «El roce hace el cariño». Es cierto.

La conocí en otoño, hace ya varios años, y esta es su historia.


Cuando miro por la ventana, la veo en una esquina. Impasible, sin apenas mover un músculo. No me gusta su presencia –me inquieta— pero no hago nada. Ella está en su lugar; yo, en el mío. Ella no me molesta. Yo no la molesto.

La primera vez que la vi tuve la tentación de echarla a escobazos —habría sido muy fácil— sin embargo, algo me contuvo. Dejé pasar un día tras otro como agua que se escapa de una fuente y corre libre sin detenerse. Cada vez que me asomaba a la ventana, la buscaba para asegurarme de que aún seguía en su lugar. Llegué a acostumbrarme a su esquelética figura, fuerte e inquebrantable ante las inclemencias del tiempo. Pero un día ocurrió el desastre. Esa mañana, al descorrer la cortina y posar mis ojos, como siempre, sobre la esquina que me era tan familiar, no la encontré. ¡Ella había desaparecido! No permanecía estática sobre su tela, acechando a su presa, perseverante, constante, obstinada…

Mis ojos, sorprendidos e incrédulos, buscaron su rastro rápidamente hasta que la descubrieron sobre un redondo y maduro caqui. Con gran esfuerzo, intentaba escalar el fruto una y otra vez; sus largas patas arañaban la piel con ansia, pero se escurría como en un tobogán, que la conducía a una inexorable muerte. Yo sabía que ella no cedería hasta conseguirlo y, acariciándola con la mirada, la animaba en silencio. Al fin, después de infinitos intentos, pudo agarrarse al resbaladizo caqui, y sobre la cima se quedó quieta. Parecía tan cansada… La dejé allí cuando las sombras de la noche se acercaban con sigilo.

Al día siguiente, volví a mirar por la ventana. En el mismo lugar, impertérrita y elegante, estaba mi querida araña.

Sonreí. Ella está en su lugar. Yo estoy en el mío.

Tonari no Totoro

He visto muchas veces la película de dibujos animados Mi vecino Totoro del director Hayao Miyazaki. El viernes pasado, por la noche, tuve oportunidad de volver a verla en un programa de televisión. La primera vez fue a finales de los años noventa del pasado siglo, cuando aún Internet estaba en pañales y no sabíamos cuánto iba a cambiar nuestras vidas. Creo que fue en una cadena autonómica y la descubrí por casualidad. La historia —mezcla de fantasía y realidad— era un canto a la naturaleza y la inocencia de los niños, pero también un homenaje a las tradiciones y leyendas japonesas. Claro que en su momento no fui consciente de todo esto y no vi más allá de una historia entretenida y alegre.

Mi destino, la fortuna, o, simplemente, mi voluntad me llevaron hasta Japón y de nuevo nuestros caminos volvieron a cruzarse. Totoro era una estrella en el país del sol naciente. Todos lo querían. Todos compraban sus productos. Todos se sabían las canciones de su película… ¡Cómo no iba a ser yo también partícipe de esa totoromanía! Mi pequeño Totoro de peluche no tardó mucho en llegar a casa como regalo de navidad y, tiempo después, el DVD de la película.

Pero ¿qué tiene Mi vecino Totoro de especial? ¿Por qué gusta tanto?

Dicen que al principio la película no tuvo mucho éxito, que le costó arrancar, pero con el transcurrir de los años y con la ayuda de un maravilloso merchandising —por supuesto— se fue haciendo muy popular no solo en Japón, sino en todo el mundo. Hay quien incluso peregrina hasta Nagoya para visitar una réplica exacta de la casa de las niñas protagonistas…

En mi opinión toda esta popularidad se debió al simple deseo de disfrutar de una ilusión. Porque cuando vemos Tonari no Totoro —el título de la película en japonés— asistimos a la representación ideal del antiguo Japón, sin tecnologías ni máquinas que desluzcan el paisaje, sin guerras ni mezquindades. Ese Japón de los años cincuenta, recordado por el director de la película, es un pueblo honesto y trabajador, apegado a la tierra y a sus dioses sintoístas. Pero ante todo es un pueblo que intenta hacer frente a las adversidades con optimismo.

Debo confesar que cuando terminé de ver la película me sentí ridículamente feliz, otra vez. En el tiempo del coronavirus, ¿quién no quiere albergar unos sentimientos de esperanza y seguridad, aunque solo sea por unos instantes?

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, となりのトトロ)

Diario del año de la peste, de Daniel Defoe

Mas todo fue en vano; las audaces criaturas estaban tan poseídas de la primera alegría y tan sorprendidas por la satisfacción de observar que las cifras de las listas semanales habían bajado mucho, que eran incapaces de volver a sentir terrores nuevos, y solo querían creer en que la amargura de la muerte ya había pasado; […] abrían sus tiendas, callejeaban por todas partes, resolvían negocios, charlaban con quienquiera que se cruzase en su camino, […] sin importarles su estado de salud ni sentir recelo por cualquier peligro que pudieran representar, ni en el caso de que supiesen que estaban enfermos.

[…]

La consecuencia de ello fue que las listas volvieron a incrementarse.

Estas palabras pertenecen a la obra Diario del año de la peste (1722), escrita por Daniel Defoe, donde se describe los acontecimientos que se produjeron durante la propagación de esta enfermedad por todo el pueblo de Londres, entre los años 1664 y 1666.

Han pasado varios siglos pero la conducta humana no ha cambiado ni un ápice: los hombres del siglo XXI ante la pandemia del coronavirus actúan de igual modo que los hombres del siglo XVII ante la epidemia de la peste, de principio a fin.

En estos tiempos que corren, este libro debería ser leído por todo el mundo.

Bécquer desconocido

Bécquer desconocido es un documental de 2010 que merece ser difundido a los cuatro vientos.
¿Quién no conoce algún poema de Gustavo Adolfo Bécquer? ¿Quién no ha dicho «Poesía eres tú»? Sin embargo, sabemos poco del poeta, de su lado más humano, lejos del mito. En este documental (que ya fue emitido en TVE) descubriremos eso y más, nos hará sentir su poesía hasta el fondo del alma.
Escuchad y sentid.

Shingen bukuro y Kinchaku bukuro

Cuando Sakae Tsuboi llegó a la estación de Tokio, su futuro marido, el poeta Shigeji Tsuboi no estaba allí para recibirla. Después de esperar tres horas, cansada y muerta de frío, cogió su bolsa de mano que había colocado a sus pies y se fue hacia casa de su hermano. Esta bolsa de mano tenía un nombre en el capítulo que traduje de la biografía de Sakae Tsuboi: shingen bukuro (信玄袋), es decir, bolsa shingen. ¿Pero qué es una bolsa shingen?

Una bolsa shingen es una bolsa de tela que se anuda con una cuerda corrediza y que tiene una base plana y rectangular. Se puso de moda entre las mujeres a mediados de la era Meiji (1868-1912) para guardar pequeños artículos, y se usaba principalmente para viajar.

La bolsa de la foto recibe el nombre de kinchaku bukuro (巾着袋), o bolsa kinchaku, y sirve de bello accesorio a la hora de vestirse con un kimono o yukata. Hay de muchos estilos y colores, pero la kinchaku bukuro tradicional, básicamente, es una bolsa de tela con un cordón. Y es más pequeña que la bolsa shingen. Sin embargo, como veis, puede tener el mismo diseño que esta última (sin el asa, claro), con una base firme que impide que la bolsa se deforme por la parte de abajo.

Por último, comentaros que (aunque no está muy claro) se cree que la bolsa shingen se llama así por el señor feudal Takeda Shingen, cuyos soldados utilizaban una bolsa similar para llevar lo indispensable en sus desplazamientos.

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (1)

Sakae Iwai esperaba a Shigeji Tsuboi en el torniquete de entrada de la línea Tamagawa, en el vestíbulo de la segunda planta de la estación de Shibuya. En el pecho llevaba una bolsa con todo su dinero, sujeta a la muñeca de su mano con una cuerda. Es el 20 de febrero de 1925 y el tercer día que ambos buscan una casa de alquiler por los alrededores de Tokio.

Poco después, Sakae ve a Shigeji aproximarse entre el gentío, con una mano levantada. Este, colocándose bien el cuello sucio de su kimono de color índigo, le dice a Sakae sin dirigirle la mirada:

—Sakae, prueba tú hoy a negociar con el casero, por favor.

Sakae, que le estaba entregando a Shigeji el billete de tren que había comprado antes, se queda perpleja —¡si acababa de llegar a Tokio!, piensa sorprendida— pero, encogiéndose de hombros y riéndose, replica:

—¡Eh! ¿Yo tengo que hacerlo? No sé si podré. En fin, lo intentaré. ¿Es porque piensas que si hablas tú te van a decir otra vez que no?

Shigeji asiente con la cabeza y avergonzado mira hacia otro lado.

El día anterior habían estado mirando por Mishuku, querían alquilar una de las casitas en la ribera del río, cerca del puente Tamonji.

En el tren, Sakae siente en su brazo izquierdo el calor corporal de Shigeji que se había sentado a su lado, y cada vez que él mueve la cabeza, se deleita con el olor a sudor y grasa que desprende su largo cabello. Sobre su futuro en común, no solo desde mañana, él no ha dicho nada, pero si hoy puede llegar a un acuerdo con el casero y alquilar pronto una casa, podrá vivir junto a su querido Shigeji en la gran ciudad de Tokio. Que ese futuro llegue a hacerse realidad, dentro de una o dos horas, dependerá de la capacidad de Sakae para negociar.

«Los dos juntos…», al pensar en eso, Sakae siente una corriente cálida que recorre todo su cuerpo, pero al percatarse de esa sensación se avergüenza y permanece en silencio. Shibuya, Kamitōri, Ōsaka, Ikejiri, Mishuku, Sangendyaya… En esos tres días, Sakae ha acabado por aprenderse el nombre de todas las paradas del tren.

Después del gran terremoto del Este de Japón, muchas personas del centro de Tokio, que se vieron afectadas por el seísmo, se trasladaron hacia Yamanote, en las afueras de la ciudad. Y de repente el número de casas en alquiler aumentó a lo largo de la línea ferroviaria de Tamagawa, en la lejana Setagaya. Aún así, tal vez a causa de la recesión económica, por todo el lugar abundaban carteles colocados en diagonal que anunciaban el alquiler de las casas vacías.

Sin embargo, ningún casero confiaba en la pareja, y los dos ya habían sido rechazados en las diez casas que habían ido a ver. Con un simple vistazo a Shigeji se notaba que era un socialista, y Sakae con su aspecto hosco parecía que acababa de escaparse de su casa. La mayoría de las veces los despedían con la excusa de que la casa ya había sido alquilada.

El largo cabello de Shigeji, el cuello mugriento y desgastado de su kimono que había adquirido un color castaño rojizo, el intenso brillo de sus ojos a pesar de ser un hombre pobre y su actitud tranquila ponían sobre aviso a los caseros.

Era una época en la que había muchos prejuicios contra los anarquistas y bolcheviques porque se pensaba que estos no pagaban el alquiler o hacían hogueras con las tapias y revestimientos de madera de las casas, y los caseros eran del mismo parecer y desconfiaban. Pero para Sakae este torpe proceder de Shigeji no era más que una muestra de su naturaleza poética e inocente.

Sakae era natural de Shōdoshima, una isla que se asemeja a un perrito flotando en el mar interior de Seto, y hasta sus veinticinco años vivió en el nordeste de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Cuando ella pensaba que ya se le había pasado la edad de casarse y que era demasiado mayor, recibió una carta de Shigeji que la invitaba a ir a Tokio. Shigeji era un pariente de su tierra natal y un compañero de juegos de su infancia. Sin vacilar, ella se traslada a Tokio y se va a vivir con Shigeji como si fuera lo más natural.

Sakae nació el 5 de agosto de 1899 (año 32 de la era Meiji) en el seno de una numerosa familia. Era la quinta hija de Tōkichi Iwai, un vendedor de barriles, y su esposa Asa. Esta gran famila en la que se crio la integraban diez hijos, los aprendices de su padre y dos hermanos huérfanos que fueron adoptados, lo que hacía un total de quince o dieciséis miembros.

Con el tiempo, el negocio familiar fue teniendo problemas, y cuando Sakae cumplió nueve años, además de asistir al colegio, debía ejercer de niñera. A los doce años, ya en la secundaria, empezó a ganar algún dinero tejiendo cuerdas de paja que servían para hacer sombreros. Ese año, 1912, en Japón, el general Maresuke Nogi cometía suicidio tras la muerte del emperador Meiji; dos años antes había sido asesinado Hirobumi Itō, que había sido primer ministro de Japón; y las mujeres luchaban por el derecho al voto. En el mundo literario irrumpían escritores como Tōson Shimazaki (Hakai, El precepto roto), Sōseki Natsume (Botchan; Kōjin, El caminante), Naoya Shiga (Ōtsu Junkichi), entre otros. Y el poeta Takuboku Ishikawa perdía la vida por la tuberculosis.

Cuando Sakae tenía catorce años, su padre cambió de profesión y emprendió un negocio de transporte marítimo al que puso el nombre de Tokaiya. Sakae aún era una niña pero ayudaba a su padre en el negocio y trabajaba tan duramente como un hombre.

Una de su escasas diversiones en esa época era leer revistas como Shōnen, Shōjo, etc., que le enviaba su hermano mayor Yasaburō, alumno de la escuela para maestros de la prefectura de Kagawa.

A los quince años consiguió un empleo en la oficina de correos, por el que recibía un sueldo inicial de dos yenes al mes. Tres años después, a causa del exceso de trabajo, enfermó de pleuresía, y más tarde contrajo tuberculosis vertebral. Aún así, a pesar de que debía acudir al médico con regularidad, siguió trabajando. Cuando dejó ese empleo por un puesto de trabajo en el ayuntamiento del pueblo, cogió el sarampión, y la fiebre alta que padeció, de algún modo, hizo que se curara de la tuberculosis. En ese momento Sakae tenía veintidós años y su salario mensual era de treinta yenes, cantidad con la que pudo comenzar a ahorrar algún dinero. Por aquel entonces, el poeta Shigeji Tsuboi a veces volvía de Tokio y permanecía en la isla unos días. Shigeji había nacido en un hogar acomodado y era conocido por seguir la ideología comunista. Fue leyendo las publicaciones de Shigeji, la revista literaria Shuppatsu (Partida) y su poemario Damu-Damu que él le había enviado desde Tokio, como Sakae descubrió que su amigo vivía en un mundo extraño y muy diferente al de la isla. No solo mantenía correspondencia con el poeta, sino también con Denji Kuroshima, otro escritor que había nacido en Shōdoshima. Por eso, aunque se hizo mayor para contraer matrimonio, por ayudar ecómicamente a su familia y por una grave enfermedad, no se permitía a sí misma quejarse, pues no quería seguir los consejos de su madre y otros familiares que le decían que se casara con un viudo o que se convirtiera en la esposa de un pescador o un agricultor. Porque para ella hacer algo así habría sido como reprimir su propio crecimiento personal o darse por vencida, y Sakae odiaba mentir sobre sus propios sentimientos.

Shigeji, en una de sus visitas al pueblo, le pidió unos veinte yenes a Sakae la noche que regresaba a Tokio. Pero cuando ella sacó ese dinero de sus ahorros para que él los empleara en lo que hiciera falta, su madre mostró su contrariedad y Sakae, irritada, arguyó que ese dinero lo había ganado ella con su trabajo. A su madre y al resto de la gente del pueblo les costaba entender que Sakae quisiera ser partícipe de las nuevas ideas que traían consigo Shigeji y otros escritores.

Al poco tiempo le llegó una carta de su amigo.

«Shigeji me ha dicho que vaya a Tokio, a lo mejor voy a visitarlo», le dijo Sakae a su madre con firmeza, aunque sin poder evitar que sus mejillas enrojecieran intensamente.

Ya había cumplido veinticinco años y era una mujer adulta. Tenía que irse de casa de sus padres e independizarse. Como alguien que se ha criado en el mar, sabe que lo mejor es dejarse llevar por la corriente aunque no tenga idea de hacia dónde la conducirá. Partió de la isla en barco como si confiara su suerte a esa corriente a la que no podía oponerse, y en Kobe se subió a un tren. Cuando llegó a la estación de Tokio, Shigeji no estaba allí para recibirla, a pesar de que le había enviado un telegrama. Al bajar al andén de la estación de ladrillos rojos de Tokio, que le resultaba familiar por haber visto el edificio en grabados, postales y periódicos, se había sentido con el pecho henchido de alegría, pero, después de esperar una hora a Shigehi, su pecho pareció encogerse.

Allí, de pie, entre una marea de pasajeros que subían y bajaban las escaleras, sin poder moverse a otro andén más amplio y menos transitado, Sakae se arrepentía por haber actuado a la ligera, y mientras chasqueaba inconscientemente la lengua se decía: «Qué vergüenza, pero si ya tengo veinticinco años y Shigeji no se ha comprometido conmigo ni me ha declarado su amor. Solo me dijo ven a visitarme, y yo tan contenta. Seguro que se ha olvidado de la carta que me escribió. Lo que debería hacer es seguir trabajando en el ayuntamiento de Sakate». De este modo se menospreciaba Sakae como si tuviera un bicho en su interior que no paraba de arrojarle palabras envenenadas.

En las tres horas que estuvo esperando no dejó de pensar que era una estúpida por continuar haciéndolo. Cogió del suelo su bolsa de mano y un paquete de sardinitas secas que llevaba como regalo, y decidió ir a casa de su hermano mayor.

En esa primera visita, la mujer de su hermano, sorprendida por su inesperado viaje a Tokio, condujo a la ya conocida Sakae hasta una sala con tatami y la invitó a tomar una sopa de udón caliente (fideos gruesos y largos) que había cocinado.

A Sakae se le saltaron las lágrimas al ver el color de la sopa de udón de Tokio —donde ella se crio la sopa de udón sanuki era clara y transparente— porque le hizo darse cuenta de que había llegado a la ciudad de Tokio, por la que tanto suspiraba, en la lejana región de Kantō. El udón de Tokio estaba teñido de un color pardo dentro de la oscura salsa de soja.

Sin embargo, una vez que llenó su estómago con el udón caliente y que dejó de tener frío en sus extremidades, se le ocurrió que tal vez Shigeji no había leído el telegrama por algún malentendido, y, como no iba a solucionar nada preocupándose demasiado, lo mejor sería pasar una buena noche. Al día siguiente saldría de casa de su hermano para visitar Tokio y a su amigo desaparecido.

Y, pensando de nuevo en su primer día en Tokio, se acostó con el corazón lleno de tristeza.

Enid Blyton

Muchos nos iniciamos en la lectura con los libros de Enid Blyton.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí una de sus obras.

Tenía diez años y guardaba cama.

En el dormitorio no estaba sola. Me hacían compañía mis hermanos, que jugaban a mi alrededor, y mi madre, que planchaba una montaña de ropa. Pero yo estaba aburrida, había leído por enésima vez todos los cuentos que poseía y ya no sabía qué hacer para entretenerme. Finalmente, me fijé en uno de los libros de mi pequeña estantería. Me lo habían regalado dos años antes, cuando todavía era demasiado niña para sentir interés por una obra sin ilustraciones —y bastante voluminosa— que tenía toda la apariencia de ser para gente mayor. Pero en ese momento captó mi antención. ¿Qué historias guardaría en su interior?

—Tráeme ese libro —le pedí a mi hermana pequeña.

—¿Cuál? ¿Este?

—No, ese no. El que está al lado de Heidi.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando lo tuve en mis manos leí el título: Misterio en Tantan. En la cubierta se veía a unos niños en la playa que escuchaban atentamente a uno de ellos. Eso me inspiró confianza, sin embargo, al abrir el libro me acobardé un poco: un mar infinito de letras cubría cada página, una detrás de otra…

Y así fue como una tarde, rodeada del calor de mi familia, emprendí un camino lleno de aventuras y misterios, sin moverme de la cama, sin saltar ni correr, tan solo con la ayuda de mi imaginación, y la de la autora, claro.

Ni que decir tiene que me convertí en una fanática de Enid Blyton y que devoré cuanto libro pude encontrar de ella.

Pero recientemente, después de tantos años, descubro, asombrada, que la obra de esta autora ha sido retraducida. ¿Por qué?, os estaréis preguntando —yo también me hice la misma pregunta—. Por una razón muy sencilla: los tiempos han cambiado, ¡y mucho! En la traducción original había términos y expresiones que habían caído en desuso, y se prefirió sustituirlos por otros más actuales, como, por ejemplo, piscolabis —una palabra que me encantaba pero que incluso a mí, en su momento, ya me resultaba extraña— que ahora se traduce por almuerzo ligero. Además, nuestra escala de valores es notablemente diferente. En la actualidad son totalmente inaceptables las ideas sexistas, los comentarios despectivos hacia personas que antes eran consideradas de clase inferior y palabras que hagan referencia a actos violentos. Y la obra de Enid Blyton está repleta de todo esto. La editorial Juventud, que deseaba volver a editar todos sus libros, tuvo que revisar toda su colección y omitir y alterar lo que ya no era políticamente correcto.

Pero este modo de proceder crea controversia. ¿Es lícito alterar la obra original de un autor?

En principio, yo diría que no. Pero hablamos de literatura infantil y juvenil, de un grupo de lectores que aún está formándose moral e intelectualmente, y entonces la cosa ya no está tan clara.

Los libros para niños han ido evolucionando con el paso del tiempo. Todos conocemos los cuentos de los hermanos Grimm. En la primera edición del cuento de Blancanieves (1812), la reina celosa que intentaba matar a la bella princesa no era su madrasta, sino su propia madre. Terrible, ¿verdad? No os preocupéis, muy pocos niños leyeron esa versión, pues los mismos autores la modificaron enseguida ante la protesta de la sociedad. Y así, con el correr de los años, —de los siglos—, estos cuentos tradicionales se fueron volviendo menos violentos y más dulces, hasta nuestro presente, donde los padres ven con desagrado las historias sobre ogros que devoran niños, o sobre princesas que se suicidan o son asesinadas.

Y Enid Blyton ha corrido la misma suerte. Sus prejuicios sociales y su educación clasista provocan rechazo en la sociedad actual. No importa que la escritora fuera hija de su tiempo. Lo que importa es la influencia negativa que sus escritos pudieran ejercer sobre los jóvenes lectores de nuestra época. Así que partir de ahora la obra de Enid Blyton tendrá dos versiones: la original y la censurada. La mala y la buena.

Aquel primer libro de Enid Blyton que leí en mi niñez, y que tanto me gustó, un día se lo presté a una amiga y ya nunca más lo volví a ver. Pero aún recuerdo ese momento, después de leer un buen rato, cuando levanté los ojos del libro y miré con extrañeza a mi alrededor. Todo parecía igual, mis hermanos seguían jugando, mi madre iba de un lado a otro…, pero yo ya no era la misma. Había estado en otro lugar y con otras personas. Me sentía aturdida y muy emocionada, pero sobre todo, inmensamente feliz.

Capítulo 1: Shōdoshima, la tierra natal 1. Una casa en la playa llena de vida

El puerto de Sakate es el punto de partida y llegada del barco de vapor que enlaza con la ciudad de Takamatsu, en Shikoku, y Hanshin (Osaka y Kobe), y todavía de vez en cuando se ve bastante activo.

Algo apartada del puerto y el camino, se encuentra una casa de madera de dos plantas, y, enfrente de esta, un mesón de paredes blancas. Sobre el nombre del mesón se puede leer: «Lugar de nacimiento de Sakae Tsuboi, autora de Veinticuatro ojos».

Los ancianos del pueblo desconocían la ubicación exacta de la casa de la autora porque Sakae cuando era una niña cambió varias veces de residencia, pero siguiendo las indicaciones que leí en su obra Hamabe no shiki (Las cuatro estaciones de la playa) pude dar por fin con ella. Sin embargo, no nació aquí, sino en la casa principal de la familia Iwai que no estaba muy lejos, subiendo una cuesta no demasiado empinada.

La casa de la playa, al principio, fue el lugar de trabajo de su padre, Tōkichi, que, junto con otros artesanos, fabricaba barriles y cubos. Fue en esta casa donde Tōkichi, después de años de aprendizaje, demostró su valía como artesano y donde su negocio gozó de gran prosperidad. En ese período de bonanza económica nació Sakae.

La casa de la playa estaba próxima al camino del pueblo, que lo recorre de este a oeste siguiendo una hilera de casas a lo largo de la bahía. Desde ese lugar, los niños podían bajar de un salto a la playa y adentrarse en el bosque de un santuario cercano.

El mesón blanco está justo donde se encontraba esta casa, y todavía permanecen, a la derecha, el pequeño santuario y, al otro lado del camino, el embarcadero del puerto. Por desgracia, la playa de este puerto ha sido cubierta con cemento, pero allí, de pie, sonreí satisfecha. Ah, en esta playa es posible que tocara el violín el hermano mayor de Sakae, que tenía talento para la música y solía enseñar a los niños del pueblo. Y es posible que la pequeña Sakae paseara por este camino con su abuela, que se ayudada de un bastón para andar, mientras escuchaba sus historias.

Sakae Tsuboi (de soltera, Sakae Iwai) nació en 1899 (año 32 del período Meiji), en Sakatemura, prefectura de Kagawa, en la isla de Shōdoshima.

Como ya he mencionado antes, su padre fue Tōkichi Iwai, un diestro fabricante de barriles que servían para almacenar salsa de soja, un producto típico de Shōdoshima.

La familia Iwai la integraba un gran número de personas: los padres de Sakae, Tōkichi y Asa; Iso, la abuela paterna; el hermano mayor, Yasaburō; cuatro hermanas mayores, Chiyo, Kotaka, Yori y Mitsuko; la propia escritora, Sakae; su hermano Tōtarō; su hermana Sue; su hermana Shimo y su hermano Sankichi, que fueron dos hermanos huérfanos adoptados por sus padres; y por último sus hermanas pequeñas Shin y Sadae. Pero, además, también vivían en la casa cinco o seis aprendices a los que se les enseñaba el arte de fabricar barriles.

Tōkichi Iwai en su juventud quiso ser marinero como su padre, Katsuzō, pero este murió por una enfermedad en Matoya, en la ciudad de Ise, cuando estaba haciendo su ruta  en barco, y su madre se opuso a ello —la abuela Iso siempre lamentó no haber podido atender a su marido cuando este cayó enfermo—. Así que finalmente entró como aprendiz del señor Taruya, apodo que significa «tienda de barriles» , pues su nombre verdadero era San-ue-mon. Tōkichi pronto dio muestras de su habilidad como artesano y compitió por ser el sucesor de su patrón. Finalmente se independizó, y se ganó la confianza de los comerciantes de salsa de soja y cerveza, por su carácter serio y su técnica artesanal. Y, no solo eso, además se casó con la única hija de su patrón, Asa.

Asa era una joven inteligente que solo había asistido a una terakoya (escuela del templo donde se aprende lo elemental), situada a unos cuatro kilómetros de Sakate, que soñaba con ser maestra algún día. Pero hubo de abandonar semejante sueño cuando se convirtió en la esposa de un artesano de barriles a los diecinueve años de edad.

Tōkichi y Asa fueron bendecidos con un gran número de hijos, diez exactamente, y tuvieron que trabajar muy duro para mantener a su numerosa prole. Los ocho primeros hijos apenas se llevaban dos años de diferencia, y la abuela Iso fue de gran ayuda en la crianza. Pero también había que atender a los jóvenes aprendices que vivían en la casa y dos hermanos huérfanos que fueron acogidos por el matrimonio. La historia de estos dos hermanos se relata en la novela Koyomi (Calendario).

En una barca de la playa o en el santuario cercano dormían dos niños pequeños que habían llegado de un pueblo vecino. Cuando Ine (nombre ficticio de Asa) los encontró, solo se preocupó de darles algo de comer, pero, al oírlos llamar desesperadamente a su hermana mayor, tomó la decisión de llevárselos con ella, no sin antes consultar a su esposo y a su suegra. Les quitó los kimonos que estaban infestados de piojos y les afeitó las cabezas antes de meterlos en casa. Y la familia Hyuga acabó siendo tan bulliciosa como una bandada de gorriones. Tanto los aprendices como los huérfanos eran tratados como verdaderos hijos y todos se peleaban como hermanos.

No es difícil imaginar la gran influencia en sus vidas que supuso para Sakae y los demás niños esta muestra de afecto del matrimonio Iwai.

Lo que se cuenta en Koyomi tiene lugar después del nacimiento del hermano pequeño de Sakae, Tōtarō, cuando aún no habían nacido las dos últimas hermanas.

Cada vez que los dos huérfanos se acercaban hasta la casa de la familia Iwai, Asa les proporcionaba ropa y alimento, y, gradualmente, les fue tomando cariño. La abuela Iso le propuso que los adoptara, dándole así su apoyo, y su esposo, Tōkichi, con un “venga, hazlo si quieres”, le dio su consentimiento. Ante el asombro de la gente del pueblo, estos niños fueron criados como los de la familia. Shimo, la hermana mayor, contrajo matrimonio con un habitante de la isla, pero dicen que murió joven. El otro hermano huérfano, Sankichi, acabó siendo el sucesor de Tōkichi en el negocio de barriles, y, cuando este se arruinó y enfermó, no dudó en brindarle su ayuda como muestra de su eterna gratitud.

La casa de la playa era un pobre edificio de chamizo cuando la compró el padre de Sakae, pero estaba frente al mar, en el camino de la playa, una ubicación privilegiada donde había varios comercios, como mesones y restaurantes, y la oficina del barco de vapor. Allí puso su padre el taller, y cada mañana se escuchaba el fuerte martilleo de los artesanos que se expandía hasta las casas vecinas. Durante este período, cuando el negocio iba viento en popa, Tōkichi tenía como clientes a tres casas productoras de salsa de soja, y en su taller siempre había cinco o seis aprendices. Era una persona trabajadora y de carácter alegre a la que le gustaban los pequeños lujos. Por ejemplo, cuando en el pueblo solo había un gran reloj en el ayuntamiento y otro en el colegio, Tōkichi, el artesano de barriles, junto con el médico y el dueño del ryokan, fue uno de los pocos que pudo adquirir un caro y elegante reloj de pared, de forma octogonal y sin péndulo, procedente de una relojería de Osaka. Los negocios le iban bien y le gustaban las cosas bonitas. Enseguida, colocó orgullosamente el reloj en su oficina para que pudiera ser visto desde el exterior.

A Tōkichi también le gustaban el sake y el tabaco, pero sobre todo el Jōruri, un tipo de música que se ejecuta en el teatro de títeres Bunraku. Practicaba muy en serio, y dicen que se le daba muy bien recitar el Gidayū, las narraciones que se cantan en este estilo de música. Y con el nombre artístico de Toyotake Fukujū Dayū, que él mismo se puso, fue conocido en este mundillo, incluso se hizo grabar una taza con este nombre. Pero su mujer no estaba de acuerdo con este pasatiempo, pues pensaba que no era propio de gente humilde como ellos. A ella este tipo de cosas le parecían una tontería. Los niños también, por influencia de su madre, manifestaron su contariedad. Sin embargo, Tōkichi nunca se enfrentó a su mujer porque sentía un gran respeto hacia ella. Décadas después, las hermanas, al hablar sobre sus padres, comentaban que, aunque respetaban y querían a su madre, el afecto hacia su padre siempre fue mucho más profundo. No era raro que Sakae tarareara alguna composición de Gidayū que había aprendido de su padre.

Cuando el taller de la playa tiene más trabajo que nunca, la numerosa familia deja de vivir bajo el mismo techo y se divide en tres grupos. Los niños que asistían a la escuela y los pequeños que aún tomaban el pecho vivían con los padres en la casa principal, en la calle de la playa al final de una cuesta poco pronunciada; y en un pequeño refugio o caseta, algo apartada de la casa principal, lo hacían la abuela y los niños que todavía no estaban en la edad escolar. Los aprendices dormían en la casa de la playa.

La madre se levantaba antes del amanecer y se dirigía a la casa de la playa para preparar la comida de toda la familia. Todos los miembros se reunían allí para comer, y luego se marchaban, uno tras otro, al trabajo o al colegio.

En la amplia cocina se había construido un horno de ladrillo rojo de estilo occidental con cuatro fogones. Y sobre este siempre había humeando una olla de hierro o un gran caldero en el que se podía cocer hasta ocho kilos de arroz.

Sakae también vivió con su abuela antes de ir al colegio como hicieron sus otros hermanos. Era la más tranquila de sus hermanas y tendía a enfermar. También era la más complaciente porque no sabía llevarle la contraria a nadie cuando se le ordenaba algo. La abuela Iso solía padecer dolores de espalda, y Sakae le daba golpecitos para aliviarla. Así fue como aprendió a contar hasta diez mil cuando tenía cinco años. No era una niña muy despierta, pero era muy paciente y considerada. Cada día, cuando todos se dirigían a la casa de la playa para comer, Sakae caminaba despacio junto a su abuela, al mismo paso lento que marcaba su bastón, sin impacientarse como los otros nietos. Su abuela agradecía mucho este gesto y de todos los nietos era a la que más quería. Y en el trayecto, que duraba menos de diez minutos, Sakae escuchaba los cotilleos y los viejos recuerdos de su abuela, pues a esta le encantaban las historias y se le daba muy bien contarlas. Mientras pelaban habas, sentadas en un banco que usaban en verano, o giraban el molino de piedra, o también cuando dormían juntas, la abuela Iso le transmitía muchos cuentos populares de Sakate e historias sobre personas que había conocido o de las que había oído hablar.

Sakae escuchó repetidamente estas historias y las conservó dentro de sí, para convertirlas, finalmente, en el germen de sus propios relatos.

Una de las historias que solía contar su abuela era la del abuelo Katsuzō, que, cuando se dirigía en barco hasta Edo, contrajo la enfermedad del cólera mientras esperaba a que mejorase el tiempo en Matoya, en la ciudad de Ise, donde acabó muriendo.

«Ise no Matoya no Hiyoriyama» (Qué buen tiempo hace en la montaña de Matoya en Ise). Estas palabras las entonaba la abuela como si fuera una nana. Durante sesenta años se las dijo a su único hijo y después a cada uno de sus diez nietos. Y podría haberlas repetido cientos, miles de veces, tal vez más, porque en ese lugar es donde se encontraba la tumba de su esposo.

En la obra Ise no Matoya no Hiyoriyama de Sakae Tsuboi se relata este episodio. La abuela llena de pesar les decía a sus nietos: «En la lápida solo pone Shōdoshima Katsuzō. Cuando vosotros seáis mayores, id a visitar su tumba. Hacedlo por vuestra abuela. Yo nunca pude ir durante mi vida, aunque no fue esa mi intención».

Sakae fue la única nieta que no olvidó el deseo de su abuela, y, como cuenta en su obra, hizo todo lo posible por encontrar la tumba de su abuelo. Tardó en hacerlo. La tercera vez que fue a Matoya, por fin, en un libro antiguo de registros halló escrito: «Shōdoshima Katsuzō». Pero, desgraciadamente, en el lugar se había erigido un monumento a las víctimas del mar, y las letras de la lápida habían sido cubiertas con cemento.

Esta historia y muchas otras que su abuela solía relatar permanecieron en la memoria de Sakae y, junto con su amor a Shōdoshima, su tierra natal, influyeron profundamente en su obra.

La biblioteca en llamas, de Susan Orlean

La biblioteca en llamas, de Susan Orlean

La Biblioteca Pública de Los Ángeles sufre un gran incendio en 1986, pero los periódicos apenas se hacen eco de la noticia porque ese día toda la atención se vuelca en el accidente nuclear de Chernóbil, en la Unión Soviética. ¿Por qué ardió la biblioteca? ¿El incendio fue accidental o intencionado? se pregunta la autora, cuestiones estas que la llevarán a iniciar una investigación sobre lo ocurrido. Pero este libro no trata solo de eso. A través de sus páginas podremos conocer la evolución de las bibliotecas a lo largo de la historia, su papel en la sociedad y, lo más importante, sus primeros pasos encaminados hacia el futuro.

El estilo narrativo de la obra es el característico del periodismo estadounidense, es decir, la autora presenta unos hechos reales de manera novelada para acercar la historia al lector, y describe a las personas que entrevista con algún rasgo físico o alguna faceta de su personalidad (aunque si no siente mucha simpatía por algún entrevistado prefiere transcribir sus propias palabras para que sean estas las que lo definan). Además le encanta dar una gran cantidad de números y cifras para constatar la importancia de lo que relata, y suele impregnar sus palabras de tintes dramáticos.

El enfoque subjetivo de la autora también se ve reflejado en el capítulo que dedica a los libros que se quemaron en diferentes épocas de la historia por razones ideológicas. Por ejemplo, destina varias páginas a la quema de libros realizada por los nazis, haciendo hincapié en el hecho de que casi todas las obras pertenecían a autores judíos, pero luego pasa de puntillas por la destrucción de libros en su propio país, y olvida mencionar la ley Comstock (1873), que prohibía enviar por correo escritos y artículos “inmorales”, permitiendo, de esta manera, la destrucción de toneladas de libros que no pasaban la censura. El autor alemán Werner Full en su obra Breve historia de los libros prohibidos (2012) escribe sobre este episodio de la historia de Estados Unidos:

«Fue así como se llegó a una situación absurda: la quema de libros de los nacionalsocialistas provocaban repugnancia y horror en Estados Unidos, mientras el correo de ese país quemaba con todas las de la ley y sin protestas, aunque por otros motivos, los mismos libros de Hemingway y John Dos Pasos que ardieron en Alemania».

Asimismo, la señora Orlean parece olvidarse del senador McCarthy, que en los años cincuenta del pasado siglo ordenó quemar todos los libros procomunistas que había en las bibliotecas de las Casas de América, en Europa. Uno de esos libros fue La montaña mágica de Thomas Mann, que ya quemaron los nazis.

No, Susan Orlean no recuerda nada de esto (o será que no ha investigado lo suficiente). Solo nos cuenta la historia de una tal Mabel Riddle que en los años cuarenta impulsó la quema de cómics que tenían que ver con el sexo, con la ayuda de unas monjas ávidas por prender las primeras cerillas…

Título: La biblioteca en llamas (2018)

Autor: Susan Orlean

Editorial: Planeta

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

“Yūzutsu wo mite”, de Haruo Satō

Yūzutsu 夕づつ es una palabra formada por la combinación de dos kanjis: 夕 (yū, la tarde) y 星 (hoshi, estrella). Es el planeta Venus que se ve en el cielo del oeste, al atardecer (西の空に見える金星). Y aunque todos sabemos que Venus es un planeta, tradicionalmente se le ha considerado una estrella, la estrella vespertina.

Cuando leí este poema por primera vez, me gustó la sonoridad y sencillez de sus palabras que evocaban un atardecer íntimo y sereno, dirigidas a una dama desconocida.

El poeta y novelista Haruo Satō 佐藤春夫 (1892) estaba casado con la actriz Kayoko Maiya, pero se enamoró de Chiyoko, mujer del escritor Junichiro Tanizaki. Aunque su esposo parecía no amarla (tenía relaciones con la hermana de su mujer) se opuso al divorcio. Finalmente, se casaron en 1930.

¿Es posible que las palabras de este poema fuera dedicadas a Chiyoko Tanizaki, un amor tan inalcanzable y brillante como la estrella vespertina?

En el siguiente vídeo podéis escucharme recitando este poema (que yo misma he traducido) en japonés y español. Espero que os guste.

El obispo leproso, de Gabriel Miró

El obispo leproso, de Gabriel Miró

La acción de El obispo leproso (1926) tiene lugar en Oleza, trasunto de Orihuela (Alicante), en el último cuarto del siglo XIX, período que comprende el reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina.

Es Oleza una pequeña ciudad provinciana repleta de conventos e iglesias, comandada por dos fuerzas que se enfrentan: el colegio de jesuitas y el palacio episcopal.

Aunque la Restauración trae consigo nuevos aires a España, la sociedad olecense vive dominada por una religión carente de espiritualidad que alienta un fanatismo exacerbado hacia la veneración de los santos y los actos de culto (novenas, procesiones, etc.), que ahoga y reprime cualquier atisbo de sexualidad, incluso en el matrimonio. Los tradicionalistas, un grupo que se opone a cualquier proyecto renovador de la ciudad, como la construcción del ferrocarril, son los guardianes de esta religiosidad convencional, siempre al servicio de los eclesiásticos más intolerantes.

El estilo narrativo de Gabriel Miró no es fácil, requiere esfuerzo y concentración. El autor hace uso de un léxico muy exhaustivo y rico que pone nombre a actos y objetos desconocidos para la mayoría de la gente. En la edición de Manuel Ruiz-Funes hay un glosario al final del libro, pero consultarlo frecuentemente suponía interrumpir la lectura, y acabé por ignorarlo. Soy consciente de que esta obra necesita ser leída de una manera más pausada y concienzuda.

El obispo leproso es la continuación de otra novela: Nuestro Padre San Daniel. Su lectura no es obligatoria, pero ayuda a comprender la situación de los personajes y sus circunstancias personales, y, sobre todo, evita sentirse perdido (como me ocurrió a mí) en los primeros capítulos de la novela.

Azorín y otros escritores propusieron a Gabriel Miró como académico de la Real Academia, pero se dice que la publicación de El obispo leproso, de naturaleza anticlerical, le cerró las puertas.

En 1990, se emitió en Televisión Española una serie de seis capítulos basada en El obispo leproso. La podéis ver en Youtube.

Título: El obispo leproso

Autor: Gabriel Miró

Editorial: Cátedra

La mujer en la ventana, de A.J. Finn

Dicen que para gustos los colores. Este libro no me ha gustado.

Pensé que iba a leer una interesante obra de misterio y ha resultado ser una gran decepción.

Esta novela es el guion de un película que has visto muchas veces en televisión o en el cine, ya sabes, esa película en la que la protagonista ve algo horrible, pero la policía ni sus amigos la creen; esa película en la que luego el malo (o mala) acaba despatarrado en el suelo, bastante muerto, cerca de la protagonista, pero, ¡ahora sí!, la policía solo con echar un vistazo sabe que ella es la buena sin lugar a dudas; en fin, esa película que concluye con un día luminoso porque ya no llueve, ni es de noche, ni hace mal tiempo y ya no da miedo… Seguro que te suena, ¿verdad?

En mayo estrenan la película, por si quieres verla otra vez…

Título: La mujer en la ventana

Autor: A.J. Finn

Editorial: Grijalbo

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