Ume

La primavera, oficialmente, aún no ha llegado, pero eso a la naturaleza le importa poco. La vida se abre camino otra vez sin detenerse y haciendo caso omiso de formulismos.

En el santuario, las flores blancas y rojas de los ciruelos, como los trazos delicados de un pintor, salpican de color las ramas sin hojas de los árboles. Las contemplo sorprendida y me siento feliz.

Un hombre sube las escaleras y deposita unas monedas en el saisenbako, y antes de rezar me echa un vistazo.

Miro las flores. También me siento un poco triste. Un año, ¿cuánto más hay que esperar?

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Viaje relámpago a Tokio (2)

Sin más contratiempos, llegué a Shin-Kobe. En cuanto me bajé del tren, busqué rápidamente un rótulo con la palabra Shinkasen, y luego, como Pulgarcito, fui de letrero en letrero hasta dar con la estación del tren bala. Para ello tuve que subir unas empinadas escaleras, continuar por un largo corredor y finalmente volver a subir otras escaleras que desembocaban casi en la entrada de la estación. Una bocanada de aire caliente me recibió al alcanzar la cima. Crucé el umbral y me detuve un momento. A la derecha había unos grandes ventanales y al fondo estaban los torniquetes de entrada. Me acerqué a la ventanilla y le pregunté a un empleado cómo se usaban los billetes —eran dos tarjetitas de color verde claro—. Me explicó que las tenía que introducir al mismo tiempo y luego recogerlas. Así lo hice. Después, el mismo empleado me señaló el número del andén, que se encontraba en la planta superior, al final de otra larga escalinata.

Aunque diez años antes había estado en ese mismo lugar (cuando las circunstancias de la vida eran totalmente diferentes), no pude evitar impresionarme de nuevo ante la amplitud de aquel espacio: el andén se extendía hasta perderse en la lejanía, como si no tuviera final. Enfrente había otra vía y otra plataforma para los trenes que se dirigían hacia el sur.

Busqué en el suelo el número de mi coche y, cuando lo tuve localizado, me senté en uno de los asientos que había cerca de la pared. Aún era temprano, pero preferí quedarme arriba y no bajar a la sala de espera que estaba al pie de la escalera. Durante esos minutos no dejé de levantarme y hacer fotos y de mirar repetidamente mi billete para asegurarme de que no cometía ninguna equivocación, y, cuando la impaciencia empezó a apoderarse de mí, me entretuve leyendo los kanjis de los letreros luminosos que anunciaban la llegada de los trenes.

El reloj ya marcaba la hora de la salida, pero el shinkansen no hacía acto de presencia. Recuerdo que lo comenté en voz alta, como solemos hacer los españoles para ver si alguien pica y así poder entablar una breve conversación, pero la señora que estaba detrás de mí solo me miró con extrañeza y no me dijo nada. De todos modos, no hube de esperar demasiado, no tardó en aparecer y pasó ante mí como una exhalación. A pesar de la velocidad, el tren de dieciséis vagones se detuvo en el lugar correcto, con una precisión casi matemática. Aguardé pacientemente a que se abrieran las puertas de seguridad y luego las del vagón, y entré. Lo primero que percibí cuando puse un pie dentro es que hacía mucho calor. Como el tren estaba inclinado hacia la izquierda, resultaba un poco incómodo avanzar por el pasillo, pero tan solo fue una ligera molestia. Enseguida me acomodé en mi asiento y puse mis pertenencias en el que estaba a mi lado —ya sabía de antemano que no tendría compañía durante todo el viaje—. A continuación extraje de mi mochila las toallitas con alcohol que había comprado para la ocasión y limpié concienzudamente la mesita plegable antes de colocar mis cosas; a partir de ahora debía extremar las precauciones.

Eché un vistazo a mi alrededor. Solo había tres personas más en mi vagón, pero en la siguiente parada, en Shin-Osaka, subieron más pasajeros, aunque no demasiados, porque con el fin de evitar los contagios por coronavirus únicamente podía sentarse una persona en cada fila horizontal de asientos. Así que puede decirse que éramos cuatro gatos los que viajábamos en ese tren, que en una situación normal habría estado abarrotado de ejecutivos vestidos con traje oscuro.

Al otro lado del pasillo, un sarariman tomaba su desayuno, un pastelito y una botella de té verde, que posiblemente habría comprado poco antes en el quiosco de la estación. Más adelante, otro oficinista bebía té de su termo con una pajita, mientras consultaba su ordenador.

Me recosté en mi asiento y miré por la ventana. Amanecía sin prisas. Las luces brillaban en la oscuridad. Gradualmente comencé a experimentar un ligero malestar: un zumbido en la cabeza y una fuerte presión en las sienes. Los oídos se me taponaban a veces. Me pregunté si no sería por la velocidad, porque me sentía como si estuviera siendo lazanda al espacio dentro de un ruidoso cohete.

Después de un rato, el sol emergió brillante y cegador. Me tapé con mi anorak, ahora tenía frío y el cansancio se adueñaba de mí. A pesar del mareo, cerré los ojos e intenté descansar. La máquina resonaba y proseguía su vertiginosa marcha hacia Tokio y yo dormitaba acurrucada.

Una sacudida me sacó de mi duermevela. A través de la ventana contemplé la luz del sol que se derramaba por todo el paisaje, y, de repente, sin previo aviso, surgió el monte Fuji tras los cables y las chimeneas humeantes de las fábricas cercanas. Su aspecto distaba mucho de las bellas estampas de Hokusai, no había nieve en la cumbre y su hermoso entorno había sido destruido. Enseguida lo perdí de vista y media hora después llegamos a Shin-Yokohama. En la pantalla de un edificio vi al futbolista Iniesta covertido en una animación, jugando con su equipo de Vissel Kobe contra el de Campeones.

Y por fin, la última parada del viaje: Tokio. Las puertas se abrieron y los pasajeros salieron sin detenerse ni un momento. Yo los seguí y bajé las escaleras siguiendo su estela, pero en la planta baja me detuve indecisa. ¿Cuál sería la salida correcta? No quería coger el metro como el resto, sino salir al exterior. Me fijé en una empleada de la estación que parecía dispuesta ayudar y le pregunté. Ella, muy servicial, estiró el brazo y me indicó con el dedo índice la dirección que debía tomar. Introduje mis billetes en el torniquete y ya no volvieron a salir.

Cuando traspasé la puerta de salida, advertí que hacía una soleada y cálida mañana, y me sentí satisfecha. Pero esa sensación se desvaneció en un santiamén: nada de lo que veía me resultaba familiar. Me di la vuelta y observé el edificio del que había salido. ¿Dónde estaba la famosa fachada de ladrillo rojo de la estación de Tokio? ¿Dónde estoy?

Viaje relámpago a Tokio (1)

Habíamos llegado demasiado pronto. «¡Venga, coge este tren, deprisa!», me apremió. Y me subí a él precipitadamente, casi sin despedirme. Las puertas se cerraron y el tren con un quejido reanudó su marcha. A partir de ahora tendría que arreglármelas yo sola. Me senté y pasé una rápida mirada a mi alrededor. En mi vagón solo había tres personas. Eran tres hombres. Uno estaba dormitando con la cabeza inclinada sobre su pecho, otro miraba el móvil con parsimonia y el tercero, que estaba más cerca de mí, leía el periódico. Eran las cinco de la mañana. En los cristales del vagón veía el reflejo distorsionado de mi figura y tras ellos, la oscuridad. Me agarré las manos e hice un intento por relajarme, tenía ante mí un día muy largo. Hoy viajaba a Tokio.

Saqué mi cuaderno y anoté mis primeras impresiones —es más fácil evocar las sensaciones si antes han quedado registradas de algún modo—. Mis letras resbalaban sobre el papel sin orden ni concierto, libres de la vigilancia de mis ojos, porque por pereza no me había tomado la molestia de buscar las gafas, que se encontraban en algún bolsillo de la mochila, y solo era capaz de entrever unos garabatos borrosos. Después guardé el cuaderno y me dediqué a repasar mentalmente todos los pasos que debía dar hasta llegar a mi destino. El primero lo daría en Tanigami, donde tendría que hacer transbordo. Conocía muy bien esta parte del trayecto, lo había recorrido muchas veces, así que gradualmente empecé a serenarme.

El tren hacía su tercera parada cuando, de repente, al volver a echar un vistazo a mis pertenencias, me di cuenta de que había olvidado algo muy importante. ¡No puede ser! Me levanté de un salto presa del pánico. «¡Ay, ay!», me quejé en voz alta, moviéndome de un lado a otro ante la indiferencia del resto de los pasajeros, que apenas me dirigieron la mirada. ¿Qué podía hacer? Rápidamente tomé una decisión y salí del vagón antes de que cerraran las puertas. El tren se alejó y yo me quedé en el andén, buscando el móvil con frenesí en los infinitos recovecos de la mochila. «¡Me he dejado la bolsa en el coche!», le grité desesperada cuando él, ajeno al drama que yo estaba viviendo, contestó de buen humor a mi llamada. «Tranquila», me dijo sin perder la calma,«¿dónde estás?». Se lo expliqué. «No te muevas de ahí, voy en el próximo tren», y cortó bruscamente. Miré el reloj de la plataforma: aún había tiempo. Tal vez podría conseguirlo. Llena de ansiedad comencé a vigilar el camino por el que aparecería el tren y, mientras lo esperaba, no cesé de reprenderme una y otra vez: por mi culpa la planificación del viaje podría irse al traste. Unos minutos más tarde, se escuchaba por megafonía la conocida melodía que avisaba de la llegada de un tren —era el que tenía que haber tomado en un primer momento—. En su interior, con una sonrisa de aliento, estaba él portando mi bolsa. En cuanto bajó, arranqué la bolsa de sus manos y subí sin detenerme. Apenas intercambiamos un saludo.

Suspiré aliviada. Todo estaba bajo control, mi viaje volvía a empezar.

Vuelve la nieve

Por diferente motivos, hacía días que no salía a pasear por la mañana. Pero hoy lo hice.

Lo primero que vi al abrir la puerta fue el suelo cubierto de nieve reciente. Acababa de empezar a nevar. Decidí llevarme el paraguas y, muy abrigada, salí a andar por las oscuras y solitarias calles de la ciudad. En el parque alguien corría con la cabeza descubierta, en apariencia, indiferente a los copos de nieve que se introducían en sus ojos. Creo que no había nadie más, quién querría caminar con ese tiempo…

Me dolían las manos a pesar de los guantes. Moví los dedos una y otra vez para entrar en calor y cerré el paraguas.

La nieve poco a poco fue cambiando el aspecto de las calles, su blancura se derramaba sobre el suelo, los coches, los edificios… con cada paso que daba aplastaba su superficie emitiendo un curioso sonido; tras él quedaban las huellas de mis zapatillas deportivas.

Kinō wa doko ni mo arimasen, de Tatsuji Miyoshi

Otra de las poesías que atrajo mi atención en la colección de poemas Poketto Shishū III (ポケット詩集III) fue Kinō wa doko ni mo arimasen (El ayer no está en ningún lugar) de Tatsuji Miyoshi.


 El ayer no está en ningún lugar

 Autor: Tatsuji Miyoshi
 Traducción: Matilda O. Salinas
 
 El ayer no está en ningún lugar
 Ni en los cajones de la cómoda de allí
 Ni en los cajones del escritorio de aquí
 El ayer no está en ningún lugar
  
 ¿Es una fotografía de ayer?
 Estás de pie ahí
 Estás riendo ahí
 ¿Es una fotografía de ayer?
  
 No, el ayer no está
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
 No es el reloj de ayer
 Las campanadas que suenan hoy son del reloj de hoy
  
 El ayer no está en ningún lugar
 La habitación de ayer no está
 Son las cortinas de hoy
 Son las zapatillas de hoy
  
 La tristeza de hoy es algo de hoy
 No es algo de ayer
 El ayer no está en ningún lugar
 La tristeza de hoy es algo de hoy
  
 No, no hay tristeza
 ¿Por qué tal tristeza?
 El ayer no está en ningún lugar
 ¿Qué tiene de triste?
  
 El ayer no está en ningún lugar
 Estabas de pie ahí
 Estabas riendo ahí
 El ayer no está en ningún lugar 
Kinō wa doko ni mo arimasen

Autor: Tatsuji Miyoshi

Kinō wa doko ni mo arimasen
Achira no tansu no hikidashi ni mo
Kochira no tsukue no hikidashi ni mo
Kinō wa doko ni mo arimasen

Sore wa kinō no shashin deshōka
Soko ni anata no tatteiru
Soko ni anata no waratteiru
Sore wa kinō no shashin deshōka

Iie kinō wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei
Kyō no tokei wa arimasen
Kyō wo utsu no wa kyō no tokei

Kinō wa doko ni mo arimasen
Kinō no heya wa arimasen
Sore wa kyō no madokake desu
Sore wa kyō no surippa desu

Kyō kanashii no wa kyō no koto
Kinō no koto de wa arimasen
Kinō wa doko ni mo arimasen
Kyō kanashii no wa kyō no koto

Iie kanashiku arimasen
Nan de kanashii mono deshō
Kinō wa doko ni mo arimasen
Nani ga kanashii mono desu ka

Kinō wa doko ni mo arimasen
Soko ni anata no tatteita
Soko ni anata no waratteita
Kinō wa doko ni mo arimasen

Antología completa de Tatsuji Miyoshi. Edición definitiva, 1962.

定本三好達治全詩集1962


El poema, escrito en verso libre, está dividido en siete estrofas. Como una letanía se repite una y otra vez el título de la composición o parte de él, haciendo hincapié en la palabra arimasen (no está, no hay).

El poeta observa la habitación de manera minuciosa y nos hace saber que no existe ningún recuerdo del ayer (no hay nada en los cajones de la cómoda ni del escritorio), y enfrenta ese pasado al hoy del son del reloj, al hoy de la habitación, las cortinas y las zapatillas. Sin embargo, hay un elemento que sirve de nexo entre el ayer y el hoy, una foto de una persona que sonríe. ¿Quién es? ¿Una mujer a la que amó? ¿Un querido amigo? El ayer y el hoy se funden en esa foto del pasado que permanece en su presente y que provoca en el poeta un sentimiento de tristeza que se niega a reconocer.

El autor

Tatsuji Miyoshi 三好達治 (1900-1964) fue un poeta, crítico literario y editor japonés de la era Shōwa.

Nace en Osaka el 23 de agosto de 1900.

Debido a las dificultades económicas que sufre su familia, tiene problemas para finalizar sus estudios.

Se alista en el ejercito imperial japonés en 1915 con el propósito de hacer carrera como soldado, pero lo abandona años más tarde. En 1925, inicia sus estudios de literatura francesa en la universidad de Tokio y traduce obras de Charles Baudelaire y otros autores franceses.

En 1930 se da a conocer con la publicación de su primera antología poética, Sokuryōsen  (La nave de medición).

Muere en Tokio el 5 de abril de 1964.

En su obra se ve reflejada la poesía simbolista francesa, con reminiscencias de la tradición poética japonesa. Su estilo es profundo, complejo y visual.

En 2004, la ciudad de Osaka crea el premio Miyoshi Tatsuji para galardonar la mejor antología poética publicada en el país.

Reconocido a nivel nacional, la poesía de Miyoshi empieza a aparecer en los libros de texto de Japón después de la Segunda Guerra Mundial: sus composiciones, breves y aparentemente sencillas, eran idóneas para la enseñanza escolar. Pese a ello, con el paso del tiempo, Miyoshi ha ido cayendo en el olvido y se ha convertido en un poeta del pasado.

Gélido

Sentir frío es agotador. Encoge los músculos y anula el deseo de acción.

Esta mañana había cero grados dentro de casa. En el exterior la temperatura era aún más baja.

Me abrigué con capas y más capas de pesada ropa con el fin de proteger mi fina piel y mantener mi calor coroporal, y luego encendí el aire acondicionado y el kotatsu. Mientras esperaba a que la habitación se calentara, eché un vistazo por la ventana.

En el jardín, las plantas, desnudas tanto en verano como en invierno, estaban arrugadas y habían adquirido un feo tono morado nada favorecedor; otras, convertidas en negros esqueletos sin vida, ya solo eran el triste recuerdo de lo que una vez fueron.

Sin embargo, el sol brillaba alegremente y el cielo estaba azul. Si ahora hiciera una foto a un pedacito de este cielo luminoso, pensé, nadie sabría que es invierno ni que el viento gélido se divierte azotando los cuerpos contraídos de personas y plantas, nadie vería cómo la vida hace frente a las inclemencias del tiempo y se resiste a morir.

Ganjitsu, Año nuevo

Hoy me levanté a las seis de la mañana y me vestí enseguida. La habitación estaba helada, hacía muchísimo frío. Cogí algunas monedas, mi cámara de fotos y salí al exterior.

En la entrada me esperaba el pequeño muñeco de nieve que habíamos hecho el día anterior, que con sus brazos extendidos parecía proteger la casa; había perdido sus ojos, unos guijarros que habían caído pesadamente sobre el suelo, y a duras penas se mantenía en pie. Su vistoso gorro de color rojo era como un faro dentro de la oscura mañana. Todo estaba en silencio, nada se movía, la gente dormía plácidamente en sus camas. Pero el vecino de enfrente también se había levantado, había luces en su casa. Sin pensármelo más, di unos pasos e inicié mi caminata por las calles silenciosas de la ciudad.

Atravesé el parque que estaba extrañamente solitario —nadie andaba por allí—, pero los animales, escondidos en las sombras, se movían y hacían ruiditos extraños, luego, al entrar en la pista de jogging, vi aproximarse a una pareja de ancianos que paseaba a su perro. Eran unos viejos conocidos. Los saludé pero ellos no me contestaron, ¿no me han oído?, pensé dolida.

Apresuré mi paso y crucé la calle. Delante de mí caminaban tres personas, una familia tal vez. El hombre empujaba con brío un carrito de bebé, cuyas ruedas resonaban estrepitosamente sobre la acera. El pequeñajo estaba muy quieto, posiblemente encogido de frío, sentí lástima de él, sin embargo noté que algo no encajaba… Cuando los alcancé me di cuenta de que el adorable angelito era en realidad un perro. Resoplé. Los adelanté rápidamente y llegué antes que ellos al santuario.

No entré por la puerta delantera, sino por la de atrás, por el patio. Allí había un hombre que se calentaba junto a una hoguera. El santuario estaba iluminado con farolillos que creaban una atmósfera cálida y acogedora en esta gélida mañana de enero. Entré sin más preámbulos, deprisa, aprovechando la soledad del momento. Lancé varias monedas dentro del saisenbako y me incliné antes de rezar. Después me acerqué a saludar a mi amigo, el buey sagrado, y di una vuelta por el lugar, que era como mi casa.

En el puesto de los omamori, compré una pequeña vaquita de madera para colgarla en el llavero. ¿Y los omikuji?, le pregunté al hombre que estaba detrás del mostrador, porque no veía por ninguna parte a las jóvenes miko que se encargaban de venderlos. El señor me dio una explicación con un lenguaje tan cortés, que no entendí nada. Le di las gracias, claro. De todos modos, les pregunté a unos chicos que, no muy lejos de mí, estaban leyendo sus papelitos de la suerte y ellos me indicaron dónde estaban, justo a mi lado, en unas cajas que había sobre una mesa plegable. Introduje una moneda de cien yenes en un cuenco de bambú y cogí un papelito muy bien doblado. No lo abrí, lo haría más tarde en casa. Y una vez que cumplí con el propósito de mi visita, emprendí el camino de regreso a casa. Pero antes tenía que seguir otro ritual.

Subí deprisa la colina, mirando constantemente por encima de mi hombro, tan rápido que empezaron a dolerme las piernas y a sentir demasiado calor. Arriba, ya había otras personas congregadas, esperando la salida del sol. Me detuve y miré al horizonte como los demás. Tras las montañas surgía una luz amarilla que gradualmente iba haciéndose más intensa, muy lentamente. Temí que las nubes volvieran a robarnos lo que tanto ansiábamos contemplar, pero no, ¡allí estaba el sol!, con su luz limpia y llena de vida. El disco solar apareció mostrando todo su esplendor. Detrás de mí, un grupo de vecinos charlaba animadamente.

El último día del año

Y nevó. Y lo niños salieron a la calle y jugaron con la nieve.

Yo también.

Después se marcharon las nubes grises con el viento, apareció el sol y la nieve se derritió.

Mañana, nos levantaremos con una nueva ilusión.

Feliz Año Nuevo.

Tradiciones

Es curioso que tengamos que poner límites al tiempo para que la vida sea más llevadera. Cuando terminen de sonar las doce campanadas de la noche del día treinta y uno de diciembre, creeremos que empieza una nueva etapa y que el siguiente amanecer será totalmente diferente del anterior, que los rayos de sol iluminarán con más intensidad, que lo que antes era negro ahora será blanco e incluso que de nuestro interior nacerá otro yo renovado… y tan solo porque nosotros lo hemos decidido así.

Esa ilusión por un nuevo año, que siempre promete ser mejor que el presente, me ha llevado hoy al supermercado para hacer una última compra. El fuerte y gélido viento, que ha soplado desde el mediodía, no invitaba a salir a la calle, pero había olvidado comprar algo muy importante para entrar con buen pie en el 2021: ¡las uvas!

Las que vendían en la tienda procedían de Estados Unidos y eran bastante gordas, pero no había otras. Tendría que cortarlas por la mitad para no morir atragantada en la cuenta final. Con mis uvas en la bolsa, regresé a casa de buen humor y un poquito más tranquila —porque una no puede deshacerse fácilmente de una superstición que viene de la infancia—.

Esta noche y mañana nevará en gran parte del país. Que vuelva la nieve y el frío me parece un buen augurio, aunque es probable que no todos piensen igual. Pero para mí tiene un carácter simbólico: si la naturaleza sigue su rutina, todo irá bien .

Navidad 2020

Mis primeras navidades en Japón fueron también las primeras que pasé lejos de mi familia. Ese año no pude evitar derramar algunas lágrimas y sentirme muy extraña. Descubrí que en este país no existía ningún espíritu navideño —ni siquiera en televisión— y que la navidad, como en otras partes del mundo, solo era un puñado de guirnaldas y luces de colores engalanando tiendas y calles del centro de la ciudad. Estos adornos, inexplicablemente, duraban hasta el día veinticuatro de diciembre. El día de Navidad todo desaparecía —recuerdo el año en que mi vecino de enfrente emperifolló el jardín de su casa con racimos de luces brillantes y un papá noel muy gracioso que simulaba subir por una pared, cuando llegó el día 25, lo desmontó todo en un pispás—.

Sin embargo, el tan ansiado espíritu de la Navidad sí que existía en Japón, oculto en el interior de las iglesias. Pero ¿dónde podía encontrar una?, no te topabas con una iglesia dando un paseíto por las calles de la ciudad como ocurre en España, había que preguntar para conocer su ubicación. Y así, en esa búsqueda, llegué nada menos que a la iglesia de Nakayamate de Kobe. Mi sorpresa fue mayúscula al presentarme en el lugar: donde debía haber una iglesia solo hallé un gran solar en obras. Por desgracia había sido destruida en el gran terremoto de 1995.

Era ya de noche y hacía frío cuando entré en el recinto. Di una vuelta y miré todo aquello en silencio. Las sombras acrecentaban la desolación de aquel terreno casi vacío. Estaba decepcionada y un poco triste. El espíritu navideño estaba resultando ser bastante esquivo. Cerca de un pequeño edificio de una sola planta, que más bien parecía una habitación, habían montado un portal de belén hecho con ramas de pino. La Virgen y san José velaban al niño Jesús, rodeados por los Reyes Magos y los pastores. Me coloqué al lado del portal y me hicieron una foto. Esa foto la tengo ahora frente a mí. Una joven vestida con un abrigo negro y una bufanda blanca mira a la cámara con semblante serio.

Poco tiempo después alguien me dijo que no era necesario ir tan lejos en pos de un espíritu que tenía más cerca de lo que imaginaba.

Han transcurrido muchos años. Y hoy también es Navidad.

Esta mañana, como de costumbre, me levanté muy temprano para dar mi paseo matutino. Sin embargo, hoy no hice la ruta de siempre, me dirigí a la única iglesia católica que hay en mi ciudad. Sabía que sus puertas estarían cerradas y que no podría entrar, pero eso no me importaba, mi propósito era contemplar el pequeño nacimiento que todos los años colocaban junto a la entrada. Observé las figuras depositadas sobre un lecho de paja: los padres, arrodillados en el suelo, miraban a su bebé que dormía en la cuna. Esas figuras toscas y un poco deterioradas simbolizaban el espíritu navideño que yo echaba de menos.

Feliz Navidad.

Primera nevada

El frío ya está aquí, llegó el domingo por la tarde. Y ayer el hombre del tiempo predijo que por la noche caería una fuerte nevada en el norte de la región.

Por eso, esta mañana me habría quedado con gusto en la cama, calentita bajo una montaña de edredones, pero tenía curiosidad por saber si había nevado también aquí y experimentar ese frío de invierno que corta la respiración, así que me levanté de un salto.

Me miré al espejo antes de salir: debajo de mi gruesa chaqueta de chándal llevaba varias camisetas y jerséis, me había encasquetado el gorro hasta las cejas y mi cara estaba totalmente tapada con la mascarilla, solo se me veían los ojos —pensé que nadie me reconocería con esas pintas, pero, más tarde, un vecino de un vistazo supo quién era yo y me saludó como todos los días—, por supuesto también me protegí las manos con unos guantes de lana.

Y al abrir la puerta de casa descubrí que, efectivamente, había nevado por la noche. Me alegré. El termómetro que había en la calle marcaba dos grados bajo cero, sin embargo no sentí demasiado frío cuando inicié mi caminata hacia el parque. Eran cerca de las siete y el sol todavía no había salido. El cielo tenía un color gris sucio. Todo estaba en calma y no soplaba ni una ligera brisa. La acera estaba cubierta por una fina capa de nieve que en algunos sitios se había convertido en hielo. Después de algunos resbalones decidí fijarme bien en dónde ponía los pies.

Era una pena que no hubiera nevado un poco más. Apenas se notaba la nieve sobre el suelo o la vegetación, en pocas horas toda ella se habría derretido con el tímido sol de invierno.

No había casi nadie por la calle, excepto los transeúntes de siempre, los que salen a dar su paseo matutino llueva, nieve o truene. Pero eché en falta a algunos.

En la calle de una urbanización, una niña de unos cinco años recogía la nieve de la calzada con una pequeña pala azul de juguete y luego la depositaba en un cubilete amarillo. A ella no parecía importarle que esta nevada fuera demasiado insignificante. Tampoco el frío, pues llevaba poca ropa de abrigo. ¡Había nevado! ¿Qué había más importante? Después, cuando acabó con su tarea, se metió en su casa corriendo, llevando con ella su pequeño tesoro.

En el santuario, el buey sagrado me saludó de buen humor. Sobre su cabeza y su lomo había algunos copos de nieve, pero no tenía frío. Me dijo que esta nieve era un buen presagio, que en el nuevo año las cosas irían mejor. Sonreí, en mi interior yo también quería creerlo. Le dije que tuviera cuidado con el coronavirus y que se pusiera bien la mascarilla porque la tenía un poco torcida. En enero iba a ver a mucha gente.

Salí de allí y tomé el camino de regreso. Un estudiante de secundaria pasó a mi lado en bicicleta, llevaba una gran mochila roja a sus espaldas y hablaba por el móvil mientras pedaleaba, algo que hacen muchos, pero me sorprendió verlo vestido solo con el uniforme del colegio: unos pantalones, un polo y un jersey negro, nada más. Ni guantes, ni bufanda, ni gorro, ni chaqueta. Iba charlando tan tranquilo en su bicicleta como si estuviéramos en un cálido día de primavera.

¿Es posible que esta primera nieve dé más calor que frío?

Capítulo 1: El capítulo del matrimonio (2)

Sakae pensó que hallaría fácilmente a Shigeji si iba a Tokio, pero fue de un lado a otro buscándolo. Se presentó en su pensión, que estaba en el barrio de Genbē-chō —dentro del distrito de Shinjuku-Totsuka—, visitó los apartamentos de sus amigos y, finalmente, acabó en Chōshi.

En el puerto pesquero, situado en el extremo oriental de Japón, se sentía a merced del viento helado que se colaba por su cuello y la abertura lateral del kimono. El olor a pescado y el aroma de la marea le trajeron el recuerdo de Shōdoshima, pero las olas blancas de la playa de Kujūkuri-hama afluían como si mordieran, y sintió miedo del impetuoso vaivén del oleaje embravecido que, rápidamente, tiraba hacia sí una y otra vez sin dejar nada tras él. En el mar interior de Seto, donde se había criado Sakae, el viento que soplaba en invierno no la golpeaba tan fuerte como este; todo el paisaje marino desprendía una sensación de calma. ¿Sería por la cantidad de luz? ¿O por el diferente tamaño de las islas que flotaban en el mar? Tal vez esa sensación la provocaba la ciudad de Takamatsu que, de cara al mar, seguía el discurrir de las olas aun perdiéndose en la lejana neblina.

De pie, en la playa de Kujūkuri-hama, donde el océano Pacífico de ultramar llega de manera brusca, y con el recuerdo de su pueblo del que acaba de marcharse, Sakae piensa en Shigeji, al que todavía no ha podido ver.

Aunque se había dado por vencida en la estación de Tokio, el simple acto de llevarse a la boca los fideos calientes de udón la había devuelto a sus raíces e hizo que se sintiera otra vez como la chica de campo optimista que se había atrevido a seguir a un hombre hasta ese lugar. Y por primera vez fue capaz de ver su propia fuerza interior.

Sakae era una persona que había trabajado toda su vida para poder alimentar a su gran familia —al principio, haciendo de niñera y tejiendo cuerdas de paja, etc.—, por eso experimentaba un sentimiento de malestar, como si el dios Tendō juzgara que hoy no tenía derecho a comer por holgazanear tan solo un día.

Entonces se acordó de su primer amor. Su inocencia acabó hecha trizas por un hombre que trabajaba en el faro, solo porque se lo había presentado a su mejor amiga. Ese día, a la sombra de unos arbustos, Sakae lo esperó en el camino por el que volvía después de terminar su turno, conteniendo la respiración mientras escuchaba sus pasos acercarse. Esa última noche, su amiga y él pasaron agarrados del brazo entre la maleza en la que estaba escondida la asustada Sakae. Ella era la enfermera del consultorio médico, que más tarde le diría a Sakae: «Lo siento, ha pasado así. ¡Qué le vamos a hacer!». Haciéndole ver de este modo que su primer amor no tendría el final que ella hubiera deseado.

Sin embargo, aquello fue algo que ocurrió en una pequeña aldea, pero ¿y ahora qué? Se había marchado de la lejana isla de Shōdoshima y había seguido el rastro de Shigeji desde Tokio hasta Inubōsaki sin que este le hubiera prometido nada, pensó aturdida. El bicho de Sakae de nuevo empezó a soltar su veneno.

Un amigo del poeta le dijo que Shigeji se había encerrado en una villa de alquiler, que estaba vacía en invierno, con unos compañeros anarquistas y dadaístas que se dedicaban a pintar y escribir novelas y poesía. Nerviosa, se dirigió hacia allí.

En 1923, Shigeji, junto con Kyōjirō Hagiwara, Jun Okamoto, Kiyomi Hatakeyama y otros escritores, fundó la revista Aka to kuro que enseguida dejó de publicarse. De los fondos para la publicación se hizo cargo el escritor Takeo Arishima, que puso la cantidad de cincuenta yenes.

Sakae, que ya conocía su trabajo como poeta anarquista y dadaísta, una vez que supo donde se encontraba, acudió presta a Chōshi, como si fuera atraída por el lugar donde los artistas se afanaban por crear sus obras.

Sin embargo, en la villa Nisshōkan, que no estaba cerrada con llave, no había nadie. Sobre el suelo de tatami rodaban botellas de sake vacías y tazas sin lavar, y en desorden estaban desparramados naipes japoneses y occidentales; quedaban rastros de haber hecho una hoguera con la madera de las contraventanas; en un cubo, que tenía muchas escamas de pescado adheridas por dentro y por fuera, había unas vísceras que desprendían un olor fétido y sobre las que revoloteaban unas moscas de invierno. Sakae, que era una mujer pulcra, estuvo a punto de vomitar. Quiso airear la habitación y hacer una buena limpieza, pero como no había nadie a quien pedirle permiso, ni tampoco podía entrar, salió a la playa.

Sobre unas rocas negras, algo apartadas de la orilla, se había reunido un grupo de cormoranes que en silencio dejaban descansar sus alas exhaustas por el viaje.

«Si el mar interior de Seto fuera una mujer, la playa de Kujūkuri-hama sería un hombre violento. Pero, a todo esto, ¿a dónde habrá ido Shigeji?».

Recogió un puñado de pequeñas conchas y las envolvió en un pañuelo, y trasladó su mirada del lejano horizonte al pinar que había detrás. Empujada por el viento le llegó una extraña canción. Unos jóvenes se acercaban poco a poco a Nisshōkan contoneando sus caderas como borrachos y moviendo sin control las manos que tenían en alto. Entre ellos, Sakae descubrió enseguida a Shigeji que, con un semblante duro y sonriente al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello: ¡ra, ra, rairisu, rairisu! o ¡gue, guimugamu, bururu-guimugamu!

Era la primera vez que Sakae escuchaba esa curiosa canción, y se acercó lentamente. Shigeji, que se había detenido un momento, descubrió a Sakae y salió corriendo hacia ella, mientras gritaba: ¿Sakae, eres tú?

Esa noche, Sakae, en la habitación que había limpiado rápidamente, coció unos fideos secos de udón dentro del caldo que había preparado con las sardinas de casa. Sorprendida por el apetito de los hombres, tuvo que ingeniárselas para satisfacer sus estómagos. Delante del fregadero, comió de pie unos fideos cortados que habían sobrado.

—Sakae, si hubiera sake no te pondríamos ningún pero.

—Shigeji, estarás encantado con la novia tan apañada que tienes.

Decían los hombres en un estado de suma felicidad, entre los que se encontraban Toshio Fukuda, Kimimaro Yabashi y el ilustrador Tatsuo Okada, que se había enfrentado en un duelo a Tokutarō Īda para vengar que este le hubiera quitado a Taiko Hirabayashi, y había perdido.

Shigeji, al oír que llamaban novia a Sakae, dijo de manera evasiva:

—Qué va, no es mi novia. Es una pariente lejana.

Y sacó del armario dos colchones con su ropa de cama, que luego extendió sobre el suelo.

—Qué rabia lo de Taiko. Aunque Okada y ella solo estuvieron juntos tres días, él pensaba hacerla su mujer, pero Taiko se lo montó con Tokutarō en la misma habitación en la que dormíamos, para que lo oyéramos todos.

—No es de extrañar que a Okada se le subiera la sangre a la cabeza.

Los hombres, con sus rostros iluminados por la luz de la luna de invierno, conversaban a oscuras en la habitación sin luz sobre una mujer llamada Taiko Hirabayashi, que había acompañado a Okada para encargarse de las tareas de la casa.

Sakae, que estaba ordenando la cocina, se escandalizó con la conducta libertina de la mujer, cinco años más joven que ella. Contaban que Taiko había viajado a Manchuria con su marido anarquista, pero que cuando este fue procesado por un delito de alta traición, ella le envió una carta a la cárcel de Dalian —donde estaba encarcelado— en la que le notificaba su intención de volver a Tokio para dedicarse a la literatura, y regresó sola. Ese comportamiento tan falto de cariño ya era suficiente para que Sakae se quedara sin habla, pero además decían que Taiko, cuando llegó a la metrópoli, buscó un hombre con el que vivir y que visitó a cada uno de los amigos y conocidos de su marido, suplicando que la ayudaran, y que Suihō Tagawa (antes, Michinao Takamizawa) se la había pasado a Tatsuo Okada. Por esa época, las caricaturas de Okada se vendían bastante bien en los tenderetes nocturnos de Kagurazaka.

Okada recibió a Taiko en una casa que parecía la choza de un mendigo, dentro de un huerto de rábanos de Ochiai, y sobre una caja de mandarinas que hacía de mesa dispuso su banquete de bodas: unos cuencos de arroz blanco que había birlado de un cementerio.

Taiko no pudo acostumbrase a esa despreocupada manera de vivir del estrafalario pintor, y tras pasar dos noches con él, al tercer día, se largó.

Poco tiempo después, Okada convenció a algunos anarquistas y dadaístas que se reunían en la cafetería Lebanon —en la segunda planta de la librería Nantedō— de que se confinaran en algún lugar para trabajar juntos. Justo en ese momento, Taiko Hirabayashi, convocada por Okada, apareció por el Lebanon y se unió también al grupo formado por Shigeji Tsuboi —que recientemente había dejado de publicar la revista Damu Damu—, el joven literato Toshio Fukuda, Tokutarō Īda y Kimimaro Yabashi, miembro del grupo Mavo, y se decidió que ella se encargaría de la cocina.

Por mediacion de Īda, los antiguos subalternos de su padre, que había sido jefe de policía de Chōshi y ya estaba jubilado, se encargaron de llevarles provisiones cuando el grupo arribó a Nisshōkan, pero todos ellos, después de gandulear, alborotar y no hacer absolutamente nada, acabaron por aburrirse y abandonar. Taiko dijo que no le gustaba limpiar ni cocinar y dejaba pasar los días como los hombres. Los pescadores que salían a faenar a primera hora de la mañana les dejaban llenar un cubo con el pescado que se soltaba de las redes, pero ellos terminaron por aborrecerlo. Taiko fue a trabajar a una cafetería de Chōshi para pagar la comida de todos. Pero antes de todo eso, a Taiko no le hizo gracia que Okada diera a entender a los demás que tenía ciertos derechos sobre ella por haber cohabitado con él tres días, por esta razón aceptó de buena gana las insistentes caricias de Īda.

Sakae se preguntó qué clase de mujer sería esa Taiko que con veinte años era capaz de actuar de tal modo en una habitación que compartía con aquellos jóvenes, y retuvo firmemente en su memoria el nombre de la chica.

—Por cierto, ¿por qué Īda y Taiko no están aquí? —le preguntó Sakae a Shigeji.

Él le dijo que, entonces, como un amigo de Īda tenía una tienda en Togoshi-Ginza, en Tokio, los dos se fueron hasta allí para conseguir dinero y que ya no volvieron. Confiando en que los dos regresarían con el dinero, los mocetones esperaron sin dar golpe al agua y, como poco antes había visto la estupefacta Sakae, se dedicaron a bailar como locos y cantar una canción sin sentido (gue, guimugamu, etc.).

Al día siguiente, Sakae le entregó a Shigeji el dinero suficiente para que pudiera comprar unos billetes de tren para todos con destino a Tokio.

Cuando llegaron a Tokio, Sakae se fue a casa de su hermano y Shigeji, a la pensión de un amigo, en Hongō-chō, y a partir de ese día se citaron en Shibuya y recorrieron la línea ferroviaria de Tamagawa, donde el alquiler de la casas era barato.

La línea de tranvías de Tamagawa ya hace tiempo que fue suprimida — en la actualidad, solo permanece la línea que va desde Sangenjaya hasta Shimotakaido, que se extiende circularmente desde Futakotamagawa hasta Tsukimino, en la prefectura de Kanagawa, empalmando con la línea de metro Hanzōmon—. Lo que queda del andén y de los antiguos torniquetes de entrada de la línea Tamagawa se ha convertido en terminales del Tōkyo-Bus y el Tomei Express-Bus, y los autobuses de línea llegan y salen con frecuencia de la salida sur en dirección a Sangenjaya.

Sakae se bajó del tren detrás de Shigeji en la parada de Mishuku. Enseguida cruzaron la calle y marcharon por el camino que hay entre la tienda de tōfu Udagawa (ahora es una gasolinera) y un estanco.

En la cuesta, que desciende suavemente, a la derecha se encuentra la segunda escuela de primaria Ebara Jinjō (actualmente, escuela de primaria Mishuku) y a la izquierda, la escuela de secundaria Setagaya. Bajando esta cuesta hay un puente y a la derecha de este, la fábrica de almidón Yamamoto. Por ahí, después de cruzar el puente Tamonji y siguiendo el camino recto, se llega hasta una colina donde hay un frondoso bosque que está consagrado al dios protector del pueblo. Si se gira hacia la izquierda, se llega a la entrada que sube hasta el santuario Mishuku.

Shigeji le dijo a Sakae que la esperaba en el santuario, y ella se fue caminando por la orilla derecha del río Karasuyama.

Una vez que comprobaron que la casa que les había gustado el día anterior estaba desocupada, decidieron ir a ver al dueño, que tenía una casa de empeño junto al santuario. En torno a la entrada había unos ciruelos de flor blanca y roja en plena floración que despedían un intenso aroma. Aunque era a mediados de invierno, los rayos de sol habían distendido las mejillas de Sakae.

Sakae le hizo una profunda reverencia al patrón, que aparentaba tener unos cincuenta años y se encontraba tras la reja de la puerta, y con mucha timidez le preguntó:

—¿Podría alquilarse la casa que está en el número 169 de Mishuku?

El dueño se rio ante la exagerada cortesía de Sakae y le hizo varias preguntas: ¿es para una familia?, ¿unos recién casados?, ¿de dónde son?

Shigeji le había explicado que, si le preguntaba cuál era su ocupación, dijera que era periodista, pero el casero dio su aprobación sin preguntarle nada.

Cuando Sakae salió fuera, después de pagar unos quince yenes de alquiler y la fianza de dos meses, la bolsa con sus ahorros se había quedado desinflada en su mano y no le era de utilidad.

Ya no podía volver a casa. Tenía que hacerle saber a su madre que iba a contraer matrimonio con Shigeji y pedirle que le enviara un futón, y solo con pensar en ello su paso se volvió más ligero, como si estuviera corriendo por el aire.

Mientras subía los escalones de piedra del santuario Mishuku, saludaba con la mano a Shigeji que estaba acariciando la cabeza de un pequeño koma-inu (perro-león de piedra) tan alto como él.

Pronto vivirían en esa casa y lo primero que pensaba hacer era lavar el kimono índigo de Shigeji, que estaba lleno de mugre, y coser las rasgaduras del pantalón hakama. ¡Todo había salido perfecto!, y Sakae daba vueltas a su bolsa —ahora liviana— sujetándola por la cuerda.

Se despidieron después de deambular por Dōgenzaka. Habían quedado en verse a la mañana siguiente en la nueva casa. A la vuelta Sakae se sentía mucho más feliz que cuando se había marchado. Por la noche les contó todo a su hermano y a su esposa.

Cuando al día siguiente fue a la casa, Shigeji ya se encontraba allí; en cuanto se quedaron a solas, este la tomó en sus brazos mientras le hablaba con voz nerviosa.

Tras pasar el tiempo como en un sueño, Sakae, que permanecía en brazos de Shigeji, de repente se avergonzó como una recién casada y acabó teniendo asco de sí misma, y puso mala cara. También Shigeji se veía con aire melancólico, pero enseguida los dos se relajaron y se miraron a los ojos.

—¿De verdad es así? Me da vergüenza.

—Es lo natural.

¿Ya está? ¡Qué fácil! Tardaron unos cuantos años, pero, como si el cielo se hubiera despejado en un instante, los dos llegaron a sentirse totalmente a gusto el uno con el otro, como si siempre hubiera sido así.

La vida de Shigeji y Sakae comenzó ese día, y hasta la muerte de Sakae discurrió sin contratiempos. No puede decirse que aquella época llena de altibajos, en la que la fortuna era tan voluble, fuera tranquila, pero la hacendosa Sakae trabajó incansablemente toda su vida apoyando a Shigeji, que no sabía arreglárselas muy bien solo.

El río que antes corría cerca del número 169 de Mishuku lo hace ahora bajo una capa de cemento y en su lugar hay un largo y estrecho parque que va desde Taishidō hasta Sangenjaya. En la época en que Sakae residía, no había viviendas de lujo a la orilla del río, que se desbordaba por las continuas lluvias, sino una hilera de pequeñas casas de alquiler. En la actualidad, el sitio lo conforma una sucesión de elegantes casas de estilo occidental con jardín en la entrada y garaje. Sin embargo, el santuario Mishuku aún permanece como en el pasado.

En la oficina del santuario, un grupo de mujeres de aspecto serio practicaba en el koto un conjunto de melodías y hacía resonar con fuerza música folk japonesa a través de la lluvia de otoño; debajo de un gran árbol gingko, un matrimonio anciano miraba las semillas que había recogido y guardado en una bolsa de plástico del supermercado.

El pequeño altar, los pequeños koma-inu, el monumento a Tokutarō Udagawa por sus servicios prestados a esta tierra, etc., todo el santuario con sus frondosos árboles a la espalda aparentemente no ha cambiado nada con respecto al pasado.

Si se cruza el río, que pasa ante el santuario Mishuku, y se va hasta la avenida Tamagawa (dentro de Taishidō-ni-chōme), se llega a la universidad Shōwa para mujeres, situada al otro lado de la avenida.

Sigo traduciendo

Me ha costado mucho, muchísimo, pero por fin he logrado traducir la segunda parte del capítulo uno de la biografía de Sakae Tsuboi, de Reiko Mori. He tenido que lidiar con la lectura de los nombres propios de los artistas y escritores que aparecen aquí —Internet me ha sido de gran ayuda, no sé que haría sin él—; también los topónimos me han traído de cabeza y he invertido mucho tiempo en esa investigación. Pero eso, dentro de lo que cabe, no es lo peor: traducir es un trabajo arduo y penoso —que me desespera y me pone de mal humor—. Traducir es entender las palabras y las construcciones de un lenguaje que no es el tuyo y trasladar todo eso a tu propia lengua, y no es nada fácil.

El español, el japonés, qué idiomas tan diferentes.

Nuestra lengua parece que tuviera una espina dorsal de la que salen todas las palabras y oraciones en perfecto orden; cada elemento conoce su lugar. Pero cuando leo las oraciones en japonés siento que estoy ante un cuadro impresionista que solo se ve bien desde lejos. ¿Dónde está el sujeto? ¿Cuál es el verbo principal? A veces, eso carece de importancia. Así que me devano los sesos y me sale humo de la cabeza, y pregunto a todo bicho viviente (que sea japonés, claro) que pueda resolver mis dudas.

No, no me gusta traducir, pero ¿de qué otro modo podría conocer en profundidad a la escritora Sakae Tsuboi si toda la información está escrita en japonés? En más de una ocasión he tenido la tentanción de abandonar este proyecto, pero el blog me empuja a seguir adelante y llegar hasta el final. Y estoy a punto de dar otro paso.

Todavía tengo que pulirlo un poco más, pero en breve publicaré esa segunda parte del capítulo uno, donde Sakae Iwai, por fin, podrá encontrarse con Shigeji Tsuboi, que estaba ilocalizable. A través de él entrará en contacto con otros artistas que luchan por abrirse camino y hacerse un nombre, como el ilustrador Tatsuo Okada y la escritora Taiko Hirabayashi.

Soñé

Esta mañana no he ido a caminar. El pitido desagradable del reloj me despertó, pero no le hice caso —me dolía la cabeza y estaba cansada—. Cerré de nuevo los ojos tras el sobresalto y soñé un sueño absurdo que terminó en tragedia. ¿Quién escribe el guion de nuestros sueños mientras dormimos? ¿Quién decide el desenlace final? El dolor que sentí fue tan profundo y desgarrador que mi mente no tuvo más remedio que despertarme para dejarme salir de aquel infierno. Lo hice jadeando. Enseguida me di cuenta de que solo había sido una pesadilla, pero no experimenté ningún alivio. Me quedé en la cama sin ganas de moverme y recordando con tristeza aquella imagen de un cuerpo pálido e inerte. Como en la vida real, no había nada que pudiera deshacer. Pero ese dolor estaba dentro de mí y necesitaba entenderlo, conocer su origen, diseccionarlo en pequeñas partes, y eso hice después de desayunar. Me senté ante el ordenador y miré desde la distancia, analicé cada fragmento, cada elemento de mi sueño y, así, palabra a palabra pude llegar a comprender. El hecho era muy simple: en mi sueño solo había rememorado antiguos temores; minúsculos detalles sin importancia del día anterior, palabras que dije, imágenes que vi. Todo eso habría quedado sepultado en el olvido si me hubiera levantado temprano, si no hubiera soñado otra vez.

Por fortuna, casi todos los sueños acaban borrándose de nuestra mente o se transforman en una niebla espesa que no nos deja ver con claridad.

A través de la ventana que tengo a mi lado, el sol entra a raudales y calienta mi cuerpo. Esa luz me reconforta. Lo mejor es olvidar.

Mirar

Con el tiempo, los días se vuelven monótonos y semejantes. Pasan y los olvido. Pero, si no puedo retenerlos, si se han borrado de mi memoria, ¿realmente los he vivido? ¿Cómo hacer para que los días, las semanas, los meses, las estaciones y los años no sean tan solo una masa compacta y sin color? La respuesta no está en el trabajo, ni en las tareas domésticas, ni en la compra semanal. Eso lo sé muy bien. Tampoco, en alterar la vida de manera drástica y sin sentido. No. La respuesta está en mirar.

Mis paseos matutinos me han dado la oportunidad de observar los pequeños cambios de la naturaleza, aquellos que apenas veía a través de la ventana o cuando iba de compras, siempre con prisas. Y a veces son tan pequeños que solamente los veo yo. Salgo cada mañana con mi vieja canon en la riñonera, preparada para guardar ese algo que hará mi día diferente. No siempre lo registro con mi cámara, pero sí lo miro muy bien para poder recordarlo.

Por ejemplo, puedo recordar las flores de los cerezos abriéndose poco a poco como el miedo de la gente al coronavirus, el cuervo que me persiguió en primavera en Shingetsuin, los arrozales verdes en junio, mi pie torcido en un socavón del camino por fotografiar el paisaje, el niño que me sonrió tímidamente cuando iba a jugar al béisbol, el sol atómico en agosto, la flor roja venenosa del cálido otoño, aquella araña en las alturas agarrada al tendido eléctrico, las ramas de los árboles reflejándose en el estanque que ahora está seco.

Puedo recordar que el martes pasado, cuando el sol estaba a punto de salir por el este, la luna resplandecía en el cielo del oeste, redonda e inmaculada, como si fuera otra farola más que iluminaba la calle. Y recordaré que hoy la bruma cercaba mi ciudad y la convertía en otra Brigadoon  —pero sin Gene Kelly —, y que al llegar a casa tenía el flequillo mojado y mis pestañas, cargadas de diminutas gotitas.

Círculo

El otoño rojo y dorado llega a su fin. Los hojas de los árboles, que no hace mucho pintaban el paisaje de color, yacen ahora sobre el suelo secas o apelmazadas. Camino sobre ellas en mis paseos, las arrastro con mis pies. Luego desaparecerán y nadie se acordará de que existieron.

Las ramas desnudas parecen esqueletos, pero bajo su piel duermen acurrucadas otras hojas. Porque siempre hay otro comienzo.

Biyōin

Desde siempre, cortarme el pelo ha sido una tortura que tengo que sufrir por lo menos una vez al año. Y hoy llegó ese día. No podía posponerlo más agarrándome a la excusa del coronavirus.

Por la tarde fui a la peluquería de mi barrio, a una hora en la que no suele haber mucha gente. Cuando llegué la encontré vacía. La peluquera, una señora que ya me conoce desde hace muchos años, en cuanto puse un pie dentro, me señaló el gel hidroalcohólico que había sobre el mostrador. Como buena ciudadana acerqué mis manos al dispensador que, al ser automático, me echó un buen chorro de líquido sobre ellas antes de tener el buen sentido de retirarlas. Después me senté en un sillón giratorio, resignada a sufrir que una (casi) desconocida hurgara en mi cabeza durante bastante tiempo.

Tanto la peluquera como yo llevábamos mascarilla. Sentí curiosidad por saber cómo se las iba a arreglar para cortarme el pelo con eso puesto. La solución fue muy sencilla, aunque no muy refinada. Sacó la goma elástica de mis orejas y luego pegó la mascarilla a la piel de mi cara con esparadrapo blanco. En mi interior recé por que no fuera muy adherente… Y, de esta guisa, la peluquera comenzó a cortar mi larga cabellera —casi, casi como la de Rapunzel— con sus afiladas tijeras. Mientras tanto, teníamos entre nosotras la típica charla insustancial que es de uso obligatorio en estas situaciones, y así hablamos sobre la familia, el trabajo, mi vida en Japón y el tema estrella: el coronavirus y todo lo relacionado con él.

Una vez que la peluquera terminó de trasquilarme, me llevó hasta la zona de lavado —en Japón, no suelen lavar el pelo con champú antes de cortarlo, sino que lo humedecen con un pulverizador de agua—. El agua de la ducha estaba a su temperatura justa, pero ¿por qué todas las peluqueras (o peluqueros) del mundo tienen la manía de restregar el cuero cabelludo hasta dejarlo dolorido?, ¿qué quieren arrancar?

Un rato después, volví a sentarme frente al espejo y esperé pacientemente a que me secaran el cabello. Tenía ganas de irme, pero aún quedaba un suplicio más: el masaje.

Es costumbre en Japón masajear la cabeza y los hombros del cliente para que este se vaya relajado y a gustito a su casa. La primera vez que me lo hicieron me quedé pasmada y mi cuerpo se puso tieso como un palo, pero ahora intento soportarlo con estoicismo y con la mejor cara, como si me agradara.

Y llegó el final de mi padecimiento. La peluquera me preguntó qué me parecía mi nuevo corte de pelo. En esta ocasión no tuve que mentir y le dije que me gustaba mucho. Me levanté y ella fue a por mi bolso y mi abrigo, que había guardado una hora antes en un armario. Pagué, le di las gracias entre risas y bromas (¡se le había olvidado quitarme el esparadrapo!) y… ¡hasta el año que viene!

Un mono en el camino

Adoro mis paseo matutinos. Me relajo, hago ejercicio y descubro cosas interesantes. Pero hoy han sobrepasado mis expectativas. Cuando volvía a casa, en el camino, me he encontrado con un mono. Al principio no daba crédito a mis ojos —no estoy en un zoológico, ¿verdad?– y luego me he detenido asustada y sin saber qué hacer porque era más grande de lo que imaginaba. Un conocido, el día anterior, me había contado que un mono solitario merodeaba por la ciudad, pero no esperaba encontrármelo al día siguiente, ni tampoco que tuviera ese gran tamaño (el mono japonés, Macaca fuscata, mide entre 50 y 90 centímetros, estoy segura de que este no era nada pequeño).

El mono estaba sentado sobre la valla de una casa. Enseguida ha bajado a la acera y se ha paseado de un lado a otro nervioso e inquieto. Desde la casa alguien ha hecho ruido para espantarlo y el mono, enfurecido y con una agilidad asombrosa, se ha metido en el jardín de un salto y ha vuelto a salir después de unos segundos. Yo lo estaba viendo todo a varios metros del lugar y he conseguido hacer algunas fotos.

Muy cerca del animal, en el otro extremo, había una mujer con dos perros. Uno de ellos lanzó algunos ladridos, pero la dueña lo ha hecho callar rápidamente. Finalmente, el mono, harto de la situación, ha cruzado la calle, y yo, temerosa de que fuera hacia donde me encontraba, he salido corriendo calle arriba, una calle sin salidas cercada por dos muros muy altos. Sin embargo, el mono no fue tras de mí, sino que tomó otra dirección. Cuando un minuto más tarde volví al mismo punto, el mono había desparecido. Tal vez había huido por una calleja que desemboca en un bosquecillo de bambúes.

Llegué a casa totalmente excitada y con ganas de narrarle a todo el mundo mi gran aventura. Una vez que me hube calmado, consulté la página web del ayuntamiento donde se hacían unas recomendaciones en el caso de que alguien se topara con el mono. Decía que no se le podía mirar fijamente a los ojos (¡anda que no!) porque lo tomaría como una amenaza y que no se le debía ofrecer ningún alimento (yo había pensado en llevarme un plátano mañana), porque dejaría de tener miedo de los humanos y se acostumbraría a vivir en nuestra ciudad.

En fin, mañana daré mi paseo de siempre, aunque llevaré un paraguas conmigo para sentirme más segura.

Me pregunto a dónde se dirigirá el mono y por qué está solo. Parece un rōnin, un samurái sin amo que se busca la vida sin servir a nadie.

Tumbas sin nombre

Me adentré en el cementerio. Las tumbas, cubiertas por la hojarasca, estaban colocadas de cualquier manera entre una vegetación salvaje y sin control. Delante de cada una de ellas había dos cilindros verdes clavados en la tierra que servían para colocar las flores, pero casi todos estaban vacíos o las flores estaban tiesas y sin vida.

En algunas lápidas, en forma de monolitos, las inscripciones había sido borradas por el tiempo y la naturaleza. Me detuve ante una que estaba ligeramente torcida sobre unas raíces enroscadas que la levantaban de su sitio. Sobre la piedra ya no quedaba rastro de ningún signo que indicara la identidad de la persona que reposaba en aquel pequeño espacio. Era un alma olvidada, sin nombre. El musgo y otros parásitos devoraban la lápida, resquebrajando la dura piedra, convirtiendo en polvo su recuerdo. Quizás —pensé–, en un futuro, la cenizas del cuerpo que descansa aquí y las cenizas de la piedra de la lápida acabarán confundiéndose sobre la tierra y el viento las arrastrará, desparramándolas por el mundo. Polvo eres y en polvo te convertirás, así de ciertas son estas palabras que no pude dejar de evocar.

Miré hacia arriba. Las copas de los árboles se inclinaban y formaban una cúpula sobre mi cabeza, que me encerraba y aislaba del mundo exterior. La luz del día se iba apagando. En lo más profundo del cementerio tan solo quedaba el silencio. Estaba sola entre todas esas tumbas, entre el día y la noche, entre el recuerdo y el olvido. No había nada más. O eso pensaba. Porque realmente no estaba sola. Una sombra surgió de la espesura.

Era un hombre que vestía la ropa de trabajo de los ayudantes de los templos, de un color apagado y poco llamativo, y se cubría la cabeza con un sombrero tradicional de forma cónica. Estaba de espaldas a mí y no podía ver muy bien lo que hacía, pero, al girarse un momento, pude observar que portaba una pequeña cesta de mimbre sin asas. Andaba despacio en medio de las tumbas con el rostro oculto por el sombrero. Empecé a espiarlo por el rabillo del ojo llena de curiosidad. Vi que se detenía ante una lápida, que juntaba las manos y luego inclinaba la cabeza. Supuse que estaba rezando. Enseguida sacó algo del cesto, que me pareció un ramillete de flores, y lo colocó sobre el florero tubular que había a los pies de la lápida. Después, siempre en silencio, se levantó con parsimonia y volvió a hacer lo mismo en otra tumba que había un poco más adelante.

En las viejas tumbas de renombre, las de importantes antepasados e ilustres personajes, siempre había flores, pero no sabía que estas pequeñas tumbas, humildes o sin nombre, también eran honradas por el personal del templo. No habían sido olvidadas después de todo. Inesperadamente me sentí feliz. Volví a mirar la tumba que tenía frente a mí. En otra ocasión yo también traería flores a este espíritu sin nombre con el que me había encariñado —una mujer, un niño o un anciano—, una persona cuyo corazón latió tan fuerte como el mío, que sintió alegrías y penas, y que tuvo sueños.

Mientras contemplaba la lápida deteriorada, sumida en mis pensamientos sobre la vida y la muerte, noté la mirada del hombre clavada en mí, aguda como el pinchazo de una aguja. Había detenido su caminar por las tumbas sin darme cuenta y ahora me observaba desde lejos, muy quieto. Tal vez estaba molesto porque me había visto hacer fotos a las lápidas y eso le había parecido una falta de respeto (aunque esa no había sido mi intención), así que opté por darme la vuelta escondiendo mi perturbación y, sin levantar la vista, me dirigí hacia la entrada del templo. Respiré aliviada cuando lo dejé atrás.

Una señora que ya conocía y con la que había conversado más de una vez me sorprendió saliendo del camposanto. Después de intercambiar los saludos de rigor, me echó una pequeña regañina porque a esas horas, cuando la noche está punto de caer, no era prudente pasearse por el cementerio. Podía toparme con algún indeseable con ganas de hacer daño, y, «además, —bajó la voz— podrías encontrarte con Hanabito, el hombre de las flores, que deambula por el cementerio cuando el sol está a punto de ponerse y las tinieblas se dan prisa en aparecer, dicen que si lo miras a los ojos, no tardarás en morir».